software libre / marzo 18, 2026 / 11 min de lectura / 👁 102 visitas

Esa extraña manía de compartir el código (y por qué nos importa lo que pase en Guanare)

Esa extraña manía de compartir el código (y por qué nos importa lo que pase en Guanare)

A veces uno se levanta con el café a medio terminar y se pone a pensar en cómo demonios hemos acabado todos usando las mismas cuatro aplicaciones diseñadas en un despacho de Silicon Valley. Es una reflexión un poco agridulce, la verdad. Pero de repente, navegando por los rincones menos ruidosos de la red, te topas con algo como la Comunidad de Software Libre de Guanare. Y oye, te da un vuelco el corazón. No porque sean una multinacional con miles de empleados, sino precisamente por lo contrario: porque son un grupo de personas que, desde un rincón de Venezuela, defienden lo mismo que nosotros aquí en Cartagena o en cualquier otra ciudad de España: que el conocimiento no debería tener dueño.

La verdad es que, aunque nos separen miles de kilómetros y un océano de por medio, los que andamos trasteando con Linux, Python o cualquier herramienta que no te obligue a firmar un contrato de tres mil páginas, hablamos el mismo idioma. En Guanare, una ciudad con una solera histórica tremenda (aunque no tengan nuestro Teatro Romano, se defienden bien), ha surgido este núcleo de resistencia digital. Es un grupo pequeño, apenas unas decenas de personas en su página de Facebook, pero es que en el mundo del software libre, el tamaño nunca ha sido lo que importa. Lo que importa es la red.

Y es que, si lo piensas, montar una comunidad de software libre en una ciudad que no es una capital tecnológica mundial tiene un mérito increíble. Es como intentar explicarle a mi abuelo por qué prefiero usar un sistema operativo que he montado yo a piezas en lugar de comprar el que viene en la caja. Es una mezcla de cabezonería, ganas de aprender y esa pizca de rebeldía que tanta falta hace hoy en día.

¿Qué se cuece en una comunidad de software libre local?

Si nunca has estado en una reunión de este tipo, te lo cuento: no esperes una oficina de cristal con sofás de colores y máquinas de cereales gratis. La realidad es mucho más mundana y, para qué engañarnos, mucho más auténtica. Suele ser un grupo de gente en un aula prestada, en un centro cultural o incluso en una cafetería con un wifi que va a pedales, compartiendo memorias USB cargadas con la última versión de Debian o Fedora.

En el caso de Guanare, la dinámica es muy similar a la que vemos en los grupos de usuarios de Linux (los famosos LUG) aquí en España. Se centran en tres pilares que son fundamentales para que esto no se hunda:

  • La alfabetización digital real: No se trata de enseñar a usar Word, sino de enseñar qué es un archivo, cómo se protege la privacidad y por qué es peligroso que una sola empresa controle todos tus datos.
  • El soporte mutuo: «Oye, que no me reconoce la tarjeta de red». Esa frase se ha escuchado en Guanare, en Cartagena y en Sebastopol. Y siempre hay alguien que, por amor al arte, te ayuda a compilar el driver necesario.
  • La soberanía tecnológica: Esto suena muy serio, pero en el fondo es simplemente tener la libertad de usar tu ordenador como te dé la gana sin que nadie te espíe por la webcam (o al menos, poniéndoselo difícil).

Lo curioso de la comunidad de Guanare es su empeño en mantener la llama viva a pesar de las dificultades de conectividad que a veces sufren por aquellas tierras. Me recuerda un poco a los inicios de la informática en España, cuando conseguir un manual de C++ era casi como encontrar el Santo Grial. Esa escasez agudiza el ingenio, y vaya si lo hace.

El espejo español: De Cartagena a la red global

A menudo, cuando hablo con colegas de la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT), sale el tema de cómo las comunidades locales son el verdadero motor de la innovación. No son las grandes ferias tecnológicas de Madrid o Barcelona, sino estos pequeños nodos. En Cartagena, por ejemplo, tenemos una tradición de ingeniería brutal. Si Isaac Peral levantara la cabeza y viera que ahora podemos programar un submarino (o un dron) con código abierto, se quedaría de piedra.

La conexión entre un chaval de Guanare que instala su primer Linux y un estudiante de Cartagena que colabora en un repositorio de GitHub es total. Ambos están rompiendo la barrera del «consumidor pasivo». Ya no solo compramos tecnología, ahora la entendemos y, si nos ponemos tontos, la mejoramos. La verdad es que me da cierta envidia esa energía de las comunidades que están empezando; tienen una pureza que a veces perdemos cuando nos profesionalizamos demasiado.

Ojo con esto: el software libre no es solo «software gratis». Esa es la confusión típica. Es software que te hace libre. Y en lugares donde los recursos económicos pueden ser un bache, el software libre es el puente que permite que un programador brillante no se quede fuera del juego por no poder pagar una licencia de mil euros al año. Para que nos entendamos: es democratizar el martillo y el clavo de la era moderna.

Un poco de código para bajar a tierra (con su toque de ironía)

Para que este artículo no parezca solo una oda a la libertad, vamos a mancharnos un poco las manos. Imagina que eres parte de la comunidad de Guanare y quieres automatizar una tarea básica en tu servidor local (porque sí, allí también se montan sus propios servidores con piezas de desguace, como hacemos aquí). Un script de Bash sencillito, de esos que te salvan la vida cuando la conexión parpadea.


#!/bin/bash
# El script del superviviente digital
# Si esto falla, probablemente es que se ha ido la luz o el café se ha acabado.

echo "Iniciando el chequeo de salud del sistema..."

# Comprobamos si tenemos internet, que nunca se sabe
ping -c 3 google.com > /dev/null 2>&1

if [ $? -eq 0 ]; then
    echo "¡Milagro! Hay internet. Vamos a actualizar esto."
    sudo apt update && sudo apt upgrade -y
else
    echo "Vaya, parece que estamos aislados. Momento de leer un libro o revisar el código local."
fi

# Limpiando la basura que sobra, como en el puerto de Cartagena tras un festivo
sudo apt autoremove -y
echo "Sistema limpio y listo para la batalla."

Este trozo de código, por simple que parezca, representa la esencia de lo que se enseña en estas comunidades. Es el control. Es saber qué está pasando bajo el capó de tu máquina. Si mal no recuerdo, la primera vez que ejecuté algo así, sentí que tenía superpoderes. Y esa sensación es la que une a Guanare con el resto del mundo.

¿Por qué Facebook para una comunidad de software libre?

Es una paradoja graciosa, ¿verdad? Un grupo que defiende el software libre usando una plataforma que es el epítome del software privativo y la recolección de datos. Pero la conclusión que saco de todo esto es que hay que estar donde está la gente. En Guanare, como en muchos sitios de Latinoamérica y también en pueblos de la Región de Murcia, Facebook sigue siendo la plaza del pueblo digital.

Es el punto de entrada. Luego, una vez que los captan, se los llevan a terrenos más seguros como Telegram, Matrix o Mastodon. Pero para sembrar la semilla, necesitas un suelo donde haya gente paseando. Y la verdad es que funciona. Esos 48 «me gusta» que mencionan las fuentes no son solo números; son 48 personas que un día decidieron que querían saber más sobre lo que hay dentro de sus ordenadores. Y eso, amigos, es el principio de algo grande.

La importancia de los eventos: El FLISoL y más allá

Si hay un evento que marca el calendario de cualquier comunidad de software libre en el ámbito hispano, ese es el FLISoL (Festival Latinoamericano de Instalación de Software Libre). Aunque el nombre suene a fiesta de pueblo, es el evento de difusión de software libre más grande del mundo. Y Guanare suele estar ahí, al pie del cañón.

En España tenemos eventos similares, como las jornadas de la oficina de software libre de diversas universidades. Lo que se hace en estos festivales es puro activismo:

  • Instalación de distros (Ubuntu, Linux Mint, o la que se tercie) para novatos.
  • Charlas sobre criptografía básica (para que no te lean los mensajes de WhatsApp tan fácilmente).
  • Talleres de hardware libre con Arduino o Raspberry Pi.

Me imagino las charlas en Guanare, con ese calorcito tropical, discutiendo sobre si el kernel de Linux está creciendo demasiado o si Wayland es realmente el futuro. Es exactamente la misma discusión que podrías tener en un bar de la calle Mayor de Cartagena con una marinera y una caña en la mano. Al final del día, los problemas técnicos son universales, y las soluciones compartidas son las que mejor funcionan.

El impacto en la economía local (y por qué España debería mirar más a estos grupos)

A veces pecamos de mirar solo hacia arriba, hacia las grandes corporaciones de Silicon Valley o los centros tecnológicos de Alemania. Pero hay una lección económica brutal en comunidades como la de Guanare. Al fomentar el uso de software libre, están reduciendo la dependencia tecnológica y la fuga de divisas. Cada licencia que no se paga a una empresa extranjera es dinero que se queda en la economía local, o que se invierte en formación de profesionales propios.

En España, y concretamente en nuestra zona, esto es vital. Tenemos un tejido de PYMES que a veces se ahoga pagando suscripciones de software que apenas aprovechan al 10%. Si tuviéramos más «comunidades de Guanare» en nuestros polígonos industriales, otro gallo nos cantaría. La formación técnica que se adquiere trasteando con código abierto es mucho más profunda y versátil que la que se obtiene simplemente aprendiendo a hacer clic en un menú preconfigurado.

La IA y el Software Libre: El nuevo frente de batalla

No puedo escribir esto sin mencionar el elefante en la habitación: la Inteligencia Artificial. Ahora mismo, estamos en un momento crítico. O dejamos que la IA sea un «agujero negro» controlado por tres empresas, o luchamos por modelos abiertos. Comunidades como la de Guanare tienen un papel fundamental aquí: el de la ética.

En estos grupos se debate sobre quién entrena los modelos, con qué datos y si esos modelos van a estar disponibles para todos. Es un tema que me quita el sueño a veces, la verdad. Pero ver que hay gente organizada, incluso en ciudades pequeñas, me da cierta tranquilidad. Si el conocimiento está distribuido, es mucho más difícil de secuestrar.

¿Cómo apoyar a estos nodos de conocimiento?

Si estás leyendo esto desde Cartagena, o desde cualquier punto de España, y te pica la curiosidad, lo mejor que puedes hacer es buscar tu grupo local. Y si no existe, pues oye, ya tienes plan para el fin de semana: montarlo. No necesitas ser un genio de la computación. Solo necesitas ganas de compartir.

Para que nos entendamos, apoyar a la Comunidad de Software Libre de Guanare o a cualquier otra similar es tan sencillo como:

  1. Compartir su contenido: Que se sepa que existen. Que un chaval de un instituto de Cartagena sepa que en Venezuela hay gente haciendo cosas chulas con código.
  2. Contribuir a proyectos abiertos: No hace falta programar. Traducir documentación, reportar fallos o simplemente ayudar a otros en los foros ya es un mundo.
  3. Usar software libre: Empieza por algo pequeño. Cambia el navegador, prueba una alternativa a Photoshop como GIMP, o dale una oportunidad a LibreOffice. El cambio empieza por uno mismo.

La verdad es que, a veces, nos perdemos en grandes discursos sobre la transformación digital y nos olvidamos de que la tecnología va de personas. La Comunidad de Software Libre de Guanare es un recordatorio de que, con un poco de organización y mucha voluntad, se pueden romper barreras que parecen infranqueables.

Reflexiones finales desde la barra del bar digital

Al final del día, lo que nos queda es esa sensación de comunidad. Da igual si estás viendo el atardecer en el puerto de Cartagena o si estás en los llanos venezolanos. Si tienes un teclado delante y la curiosidad encendida, eres parte de algo más grande. La gente de Guanare lo sabe, y por eso siguen ahí, publicando en su muro, organizando sus quedadas y manteniendo viva la llama del software libre.

Vaya, que no es poca cosa. A veces pensamos que para cambiar el mundo hace falta un presupuesto de millones de euros, pero la historia de la informática nos dice lo contrario. Empezó en garajes, en dormitorios universitarios y en pequeñas comunidades locales. Guanare es solo un ejemplo más de que el futuro no está escrito en código cerrado, sino en el código que todos podemos leer, modificar y mejorar.

Así que, la próxima vez que te quejes porque tu ordenador va lento o porque una actualización te ha borrado los archivos, acuérdate de que hay otra forma de hacer las cosas. Hay gente que ya está en ello. Y ojo, que esto no ha hecho más que empezar. La soberanía tecnológica es una carrera de fondo, y lo mejor es que no corremos solos.

Para que nos entendamos: el software libre es como una buena receta de cocina de la abuela. Alguien la inventó, pero todo el mundo puede añadirle su toque, mejorarla y, sobre todo, compartirla con los vecinos para que nadie pase hambre (digital). Y en eso, tanto en Guanare como en Cartagena, somos expertos.

¿Te ha gustado este artículo?

unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Resuelve la operación para enviar el comentario * Time limit is exhausted. Please reload the CAPTCHA.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.