ubuntu / julio 23, 2026 / 11 min de lectura / 👁 34 visitas

¿Por qué un programador se mete a dar clases?

¿Por qué un programador se mete a dar clases?

Seguro que te ha pasado alguna vez: estás terminando un despliegue, peleándote con un contenedor de Docker que se resiste o simplemente revisando un pull request eterno, y de repente piensas que todo ese conocimiento que tienes en la cabeza podría servirle a alguien más. Y no me refiero solo a tus compañeros de equipo, sino a alguien que está empezando desde cero, con los ojos como platos ante su primer «Hola Mundo». La verdad es que el mercado tecnológico en España está viviendo un momento curioso. Por un lado, las empresas se pegan por perfiles senior, y por otro, hay una marea de gente queriendo subirse al carro del código. Ahí es donde entramos nosotros.

Hace poco me topé con una oferta en Salamanca —aunque siendo teletrabajo, el código postal es lo de menos— que me hizo reflexionar sobre el papel del programador como mentor. La plataforma Tusclasesparticulares está buscando gente para dar clases de programación. Y ojo, que no piden que seas un catedrático de la Politécnica ni que tengas diez años picando código en una fintech de Londres. Buscan gente que sepa, que quiera ayudar y que tenga ese puntito de paciencia necesario para explicar por qué un punto y coma puede arruinarte la tarde.

A ver, seamos sinceros. Lo primero que uno mira es la pasta. La oferta habla de entre 15 y 30 euros la hora. No te vas a comprar un chalé en la Moraleja con eso, pero para ser un extra que haces desde el sofá de tu casa, no está nada mal. Si echas un par de tardes a la semana, te pagas los caprichos tecnológicos o esa suscripción a servicios de despliegue que tanto te gusta. Pero, más allá del dinero, hay algo que los que llevamos tiempo en esto solemos olvidar: el efecto «pato de goma» elevado a la enésima potencia.

Seguro que conoces la técnica del pato de goma: le explicas tu código a un objeto inanimado para encontrar el fallo. Pues bien, explicarle a un alumno por qué usamos una estructura de datos específica o cómo funciona el asincronismo en JavaScript te obliga a entenderlo tú mismo a un nivel mucho más profundo. La de veces que me ha pasado a mí que, intentando explicar un concepto «sencillo», me he dado cuenta de que yo mismo tenía lagunas. Enseñar es, en realidad, aprender dos veces. Y eso, en un sector donde si te descuidas seis meses te quedas obsoleto, es un valor seguro.

El ecosistema ideal: ¿Por qué enseñar sobre Ubuntu?

Ya que estamos en un entorno donde valoramos la robustez y la libertad del software, si vas a dar clases, mi consejo es que intentes llevar a tus alumnos al terreno de Linux, y más concretamente a Ubuntu. ¿Por qué? Porque enseñar a programar en un entorno que no te oculta lo que pasa «bajo el capó» es fundamental. Vaya, que es muy cómodo instalar un ejecutable en otros sistemas, pero cuando un alumno abre la terminal en Ubuntu y escribe su primer sudo apt update, algo hace clic en su cabeza.

Enseñar programación sobre Ubuntu permite explicar conceptos de permisos, gestión de paquetes y variables de entorno de una forma mucho más orgánica. Si tu alumno quiere aprender Python, enséñale a gestionar sus entornos virtuales en la terminal. Si quiere desarrollo web, que aprenda a configurar un servidor Nginx de verdad. Al final del día, le estarás dando herramientas profesionales, no solo trucos de principiante. Además, la mayoría de los servidores donde correrá su código en el futuro serán Linux, así que le estás ahorrando un dolor de cabeza importante para cuando dé el salto al mundo laboral.

La realidad de las clases particulares en España

El perfil del estudiante en España ha cambiado mucho. Ya no es solo el chaval de instituto que necesita aprobar informática. Ahora te encuentras con gente de 40 años que quiere hacer un reskilling (un cambio de aires profesional, para que nos entendamos), o emprendedores que quieren entender qué demonios les está diciendo su equipo de desarrollo. Este abanico de alumnos hace que el trabajo sea mucho menos monótono de lo que parece.

Lo bueno de plataformas como la que mencionaba antes es la flexibilidad. En el mundo del desarrollo, donde los sprints a veces se vuelven locos y las entregas nos quitan el sueño, poder organizar tu agenda de clases como te dé la gana es un lujo. Si una semana estás hasta arriba de código, cierras el grifo de las clases. Si la siguiente estás más relajado, abres huecos. Es un modelo que encaja muy bien con la mentalidad freelance o incluso con el trabajador por cuenta ajena que quiere un respiro de la lógica empresarial pura y dura.

¿Qué necesitas para empezar? (Spoiler: No es un título)

Mucha gente se frena porque piensa: «Yo no tengo el CAP» o «No soy profesor titulado». A ver, que esto no es una oposición para secundaria. Para dar clases particulares de programación, lo que se valora es la capacidad de transmitir. He conocido a ingenieros con tres másteres que no sabían explicar qué es un bucle for sin que te dieran ganas de llorar, y a gente autodidacta que te explica la recursividad con una analogía de cajas de zapatos y lo entiendes a la primera.

  • Conocimientos sólidos: No hace falta que seas el creador de Linux, pero sí que lo que sepas, lo sepas bien. Si vas a enseñar Java, que no te tiemble el pulso con la Programación Orientada a Objetos.
  • Empatía: Tienes que recordar lo que era no tener ni idea. Esa frustración cuando el código no compila y no sabes por qué. Si pierdes la paciencia rápido, mejor sigue picando código a solas.
  • Un entorno de trabajo decente: Si vas a dar clases por teletrabajo, asegúrate de tener una buena conexión y un micro que no suene a lata. Nadie quiere aprender React escuchando interferencias constantes.

Preparando la primera clase: El diagnóstico

Uno de los errores más comunes cuando empiezas a dar clases es soltar un discurso de una hora sin respirar. Error de novato. La oferta de Tusclasesparticulares menciona algo clave: evaluar el nivel del estudiante. La primera sesión debería ser casi una entrevista técnica, pero amable. Tienes que saber si el alumno sabe qué es una variable, si entiende la lógica booleana o si ya sabe hacer peticiones a una API pero se lía con el CSS.

Yo suelo recomendar hacer un pequeño ejercicio práctico. Nada de exámenes teóricos aburridos. «Oye, vamos a intentar que este botón cambie de color cuando hagamos clic». Según cómo se mueva por el editor de código, verás enseguida dónde están los huecos. Y ojo, que a veces el problema no es el código, sino las herramientas. Me he encontrado alumnos que intentaban programar en el bloc de notas. Ahí es donde entras tú para recomendarles un buen VS Code, explicarles cuatro atajos de teclado y, si te pones profesional, enseñarles a manejarse en una terminal de Ubuntu.

El código como lenguaje, no como jeroglífico

A veces los programadores pecamos de usar un lenguaje demasiado técnico. «Instancia el objeto», «mapea el array», «haz un fetch». Para alguien que está empezando, eso suena a chino mandarín. Parte de tu trabajo como profesor es traducir eso al lenguaje humano.

Por ejemplo, si explicas un array, no hables de «posiciones de memoria contiguas». Habla de una estantería de un supermercado donde cada producto tiene un número de estante. Si explicas una función, di que es como una receta de cocina: le das unos ingredientes (parámetros) y te devuelve una tarta (resultado). Estas analogías son las que hacen que un alumno pase de «no entiendo nada» a «¡ah, vale, ya lo veo!».


// Ejemplo de cómo explicar un bucle de forma sencilla
// Queremos saludar a todos los amigos de una lista

const amigos = ["Ana", "Pepe", "Luis"];

// El bucle es como un cartero que pasa por cada casa
amigos.forEach(amigo => {
    console.log("¡Hola, " + amigo + "!");
});

// Si mal no recuerdo, esta es la forma más limpia de explicarlo
// sin meterse en líos de índices i++ que suelen confundir al principio.

Herramientas que te harán la vida más fácil

Si te lanzas a la piscina de la enseñanza online, no puedes ir solo con el Skype y mucha fe. Hay todo un ecosistema de herramientas que harán que tus clases parezcan de primer nivel. Y lo mejor es que la mayoría funcionan de cine en entornos Linux.

  1. Visual Studio Code con Live Share: Esto es magia negra. Permite que tú y tu alumno estéis en el mismo archivo de código al mismo tiempo. Tú puedes ver lo que él escribe en tiempo real y corregirle ese error de sintaxis antes de que se frustre.
  2. Excalidraw o pizarras virtuales: A veces un dibujo rápido explica mejor un flujo de datos que mil palabras. Dibujar cómo viaja una petición desde el cliente al servidor ayuda muchísimo.
  3. Repositorios en GitHub: Enseña a tus alumnos a usar Git desde el día uno. Crea un repo para sus clases donde vayas subiendo los ejercicios. No solo les enseñas código, les enseñas el flujo de trabajo real de la industria.
  4. Docker: Para alumnos un poco más avanzados, usar contenedores es la salvación. «No me funciona en mi ordenador» deja de ser una excusa. Si funciona en el contenedor, funciona en cualquier parte.

La verdad es que, cuando usas Ubuntu para estas cosas, todo fluye mejor. La gestión de dependencias suele dar menos problemas raros y, si algo se rompe, los logs suelen ser mucho más descriptivos. Además, le das ese aura de «hacker de verdad» que tanto motiva a los que empiezan.

¿Es rentable a largo plazo?

Vaya, esta es la pregunta del millón. Si lo ves solo como un intercambio de tiempo por dinero, puede que llegue un punto en que prefieras echar horas extra en tu empresa si te las pagan bien. Pero si lo ves como una inversión en tu marca personal y en tus habilidades de comunicación, la rentabilidad es brutal.

Un programador que sabe explicar conceptos complejos es un programador que destaca en cualquier reunión de equipo, que sabe hablar con los clientes y que, eventualmente, puede liderar equipos. Dar clases es el mejor entrenamiento para convertirte en un Tech Lead. Aprendes a gestionar la frustración ajena, a dar feedback constructivo y a estructurar el conocimiento de forma lógica. Eso, en el mercado laboral español, se paga mucho más caro que saberse de memoria la última librería de moda.

El impacto social de enseñar código

No quiero ponerme demasiado sentimental, pero hay algo muy gratificante en ver cómo alguien que no sabía ni qué era una variable termina construyendo su propia aplicación web. En un país con las tasas de desempleo que tenemos, dar a alguien las herramientas para defenderse en el sector tecnológico es casi un acto de justicia social.

He tenido alumnos que venían de sectores totalmente distintos —hostelería, turismo, administración— y que, gracias a unas cuantas horas de clases particulares y mucho esfuerzo por su parte, han conseguido su primer trabajo como junior. Esa sensación de «he ayudado a cambiarle la vida a alguien» no te la da el cerrar un ticket de Jira, por muy complejo que sea el bug.

Consejos para no morir en el intento

Si después de leer esto te pica el gusanillo y decides apuntarte a la oferta de Salamanca o de cualquier otra ciudad, ten en cuenta un par de cosas para no quemarte en dos semanas.

Primero, pon límites. Define bien tus horas y no contestes dudas por WhatsApp a las once de la noche. Segundo, prepara las clases, pero no te obsesiones. A veces es mejor dejar que la clase fluya según las dudas del alumno que seguir un temario rígido como si fueras un robot. Y tercero, sé honesto. Si un alumno te pregunta algo que no sabes (y pasará, créeme), no te inventes la respuesta. Dile: «Pues mira, ahora mismo no estoy seguro, vamos a buscarlo juntos en la documentación». Así también le enseñas la habilidad más importante de un programador: saber buscar en Google y leer la documentación oficial.

Para que nos entendamos, ser profesor particular de programación es como ser un guía de montaña. Tú ya conoces el camino, sabes dónde están los baches y dónde la vista es más bonita. Tu trabajo no es llevar al alumno en brazos, sino darle el bastón, enseñarle a mirar el mapa y evitar que se despeñe en el primer barranco de sintaxis que encuentre.

Al final del día, la programación es una herramienta de creación. Enseñar a otros a usar esa herramienta es, posiblemente, una de las formas más nobles de ejercer nuestra profesión. Así que, si tienes un rato libre, unos cuantos conocimientos de Python, Java o JavaScript, y ganas de compartir lo que sabes, dale una oportunidad a la enseñanza. Quién sabe, igual descubres que se te da mejor explicar el código que escribirlo, o al menos, que te divierte mucho más.

Y si lo haces desde una buena terminal de Ubuntu, con un café cargado al lado y la satisfacción de ver cómo a alguien se le ilumina la cara cuando por fin entiende qué es una promesa en JavaScript… bueno, eso no tiene precio. O sí, tiene el precio de 30 euros la hora, que tampoco está nada mal para empezar.

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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