A veces me pregunto, mientras me tomo un café asiático aquí en el puerto de Cartagena, si no nos estaremos pasando de frenada con esto de la tecnología. No me malinterpretéis, me encanta que mi reloj me diga que he dormido mal (aunque ya lo sepa yo por las ojeras) o que la IA me ayude a picar código más rápido que el submarino de Isaac Peral surcando las aguas del Mediterráneo. Pero la verdad es que el ritmo que llevamos es, cuanto menos, mareante. La actualidad tecnológica no corre, vuela, y a veces parece que vuela sin piloto.
Esta semana nos hemos levantado con un par de noticias que te dejan el cuerpo un poco cortado. Por un lado, la seguridad en nuestros bolsillos —sí, hablo del móvil— se ha visto comprometida de una forma que nos debería hacer reflexionar. Por otro, las guerras internas en las empresas que están diseñando nuestro futuro parecen sacadas de un guion de una serie de sobremesa, pero con presupuestos de miles de millones de euros. Vamos a desgranar esto con calma, que hay mucha tela que cortar.
Siempre nos han vendido que el ecosistema de Apple es como una urbanización de lujo con seguridad privada las 24 horas. «Aquí no entra nada malo», nos decían. Pues bien, resulta que los ciberdelincuentes han encontrado la forma de saltarse la valla y, lo que es peor, se han paseado por el jardín como si fueran los dueños. Se han detectado aplicaciones falsas de criptomonedas que no solo se infiltraron en la App Store, sino que tenían un objetivo único y cristalino: vaciar las billeteras digitales de los usuarios.
La técnica es vieja como el mundo, pero con un envoltorio digital muy sofisticado. Estas apps se presentan como herramientas legítimas de gestión de activos, con interfaces pulidas y nombres que suenan a confianza. El problema es que, una vez que les das permiso o introduces tus claves privadas (las famosas seed phrases), tus ahorros desaparecen más rápido que el sol en un día de levante. Lo que me escama de todo esto es cómo han pasado los filtros de revisión de Cupertino. Se supone que cada línea de código se mira con lupa, pero parece que los malos han aprendido a usar técnicas de «ofuscación» o a activar las funciones maliciosas una vez que la app ya está instalada y aprobada.
Para que nos entendamos, es como si un ladrón se disfraza de revisor del gas, te enseña un carné falso que parece real, y tú le abres la puerta de casa de par en par. En España, donde el interés por las criptos ha crecido una barbaridad en ciudades como Madrid, Barcelona o aquí mismo en la Región de Murcia, este tipo de estafas son un peligro real. No es la primera vez que la CNMV tiene que sacar un aviso de «chiringuitos financieros», pero que la amenaza venga directamente de la tienda oficial de aplicaciones le da un toque extra de mala leche.
¿Cómo se cuelan estas apps?
La verdad es que no hay una sola respuesta, pero suele haber un patrón. Muchas veces utilizan lo que en el mundillo llamamos «hot-patching». La aplicación que envían a revisión es totalmente inofensiva, limpia como una patena. Una vez que Apple le da el visto bueno y tú te la descargas, la app se conecta a un servidor externo y descarga el código «sucio». Es una jugada maestra y, a la vez, una brecha de seguridad que nos recuerda que en internet no te puedes fiar ni de tu sombra.
- Desconfía de las prisas: Si una app te pide tus claves privadas nada más empezar, huye.
- Mira las reseñas: Pero ojo, que las reseñas también se compran. Busca las que parezcan escritas por personas reales, con sus quejas y sus erratas.
- Verifica el desarrollador: Si la app de una plataforma famosa está subida por un tal «Pepito Pérez», algo huele a chamusquina.
La IA y la democratización del cibercrimen
Si lo de las apps falsas os parece preocupante, lo que viene de la mano de la Inteligencia Artificial es para echarse a temblar. El presidente de Palo Alto Networks para Latinoamérica soltó hace poco una perla que debería estar en todos los telediarios: los ciberataques diseñados con IA ya se preparan en cuestión de minutos. Antes, un grupo de hackers necesitaba días o semanas para encontrar una vulnerabilidad, escribir el exploit y lanzar la campaña. Ahora, le piden a un modelo de lenguaje que les optimice el código y, ¡pam!, ataque listo.
Esto no es ciencia ficción. Imagina un correo de phishing. Antes eran fáciles de detectar: faltas de ortografía, traducciones de Google Translate que daban risa y un diseño cutre. Ahora, la IA puede redactar un correo perfecto, imitando el tono de tu banco (ya sea el Santander, el BBVA o la Caja Rural de turno) y personalizándolo con datos que ha sacado de tus redes sociales. Es un ataque a medida, artesanal pero hecho a escala industrial.
Vaya, que estamos ante una carrera armamentística digital. Por un lado, las empresas de ciberseguridad usan IA para detectar patrones extraños en el tráfico de red; por otro, los malos la usan para saltarse esas mismas defensas. En España, las PYMES son el blanco perfecto. Muchas creen que «a quién le voy a interesar yo», pero la realidad es que para un bot programado con IA, eres solo una dirección IP más en una lista de miles. No buscan calidad, buscan cantidad, y la IA les da la velocidad necesaria para que el negocio les salga rentable.
El código que se escribe solo (y con malas intenciones)
Para los que nos gusta trastear con el código, ver lo que hace Copilot o ChatGPT es una maravilla. Pero claro, si le pides: «Escríbeme un script en Python que escanee puertos abiertos y explote una vulnerabilidad conocida en servidores Apache», lo normal es que te diga que no puede. El problema es que los hackers están usando modelos «sin censura» o técnicas de jailbreak para saltarse estas protecciones éticas. Al final del día, el código es solo una herramienta, y en manos de alguien con mala idea, es un arma.
# Ejemplo de lo que un atacante podría automatizar (simplificado)
import requests
def buscar_vulnerabilidad(url):
# La IA podría generar miles de variantes de este ataque en segundos
payload = "{'test': 'malicious_code_here'}"
response = requests.post(url, data=payload)
if response.status_code == 200:
print(f"Posible brecha en {url}")
# Y así con 10.000 webs en un minuto...
Caos en la casa de la IA: El culebrón de OpenAI
Cambiando de tercio, pero sin salirnos de la IA, lo que está pasando en las oficinas de OpenAI en San Francisco parece una tragedia griega. Mira Murati, la que fuera directora de tecnología y una de las caras más visibles de la empresa, se fue dando un portazo y acusando a Sam Altman de generar «caos». Y no es una acusación baladí. Estamos hablando de la empresa que lidera la tecnología más disruptiva del siglo XXI.
La sensación que queda es que hay una lucha encarnizada entre dos visiones. Por un lado, los que quieren ir despacio, asegurándose de que la IA no se nos vaya de las manos (la seguridad y la ética). Por otro, los que quieren correr, sacar productos nuevos cada semana y dominar el mercado antes de que Google o Meta les coman la tostada. Altman parece estar en el segundo grupo, y eso ha provocado una fuga de cerebros que asusta. Si los que están construyendo el motor del futuro no se ponen de acuerdo en cómo frenar, tenemos un problema.
Me recuerda un poco a las discusiones que tenemos aquí sobre el patrimonio de Cartagena. Unos quieren excavar todo ya para atraer turistas, y otros dicen que hay que ir con pies de plomo para no cargaros los restos romanos. Pues en OpenAI igual, pero con algoritmos que podrían cambiar cómo trabajamos, cómo escribimos y hasta cómo pensamos. La salida de Murati es un síntoma de que algo no carbura bien en el núcleo de la empresa. Y ojo, que OpenAI tiene acuerdos estratégicos con medio mundo, incluyendo empresas españolas que están integrando GPT-4 en sus procesos. Si la matriz es inestable, el castillo de naipes puede tambalearse.
Chips «Made in USA»: Apple e Intel se dan la mano
En un giro de los acontecimientos que pocos veían venir hace unos años, Apple e Intel han llegado a un acuerdo preliminar para fabricar chips en suelo estadounidense. Esto es un movimiento geopolítico de manual. Durante décadas, hemos dependido casi exclusivamente de Taiwán (TSMC) para los procesadores más avanzados. Pero con el patio internacional como está, nadie quiere jugársela a que un conflicto bloquee la producción de los cerebros de nuestros iPhone o Mac.
Para Intel, esto es un salvavidas. Han pasado unos años reguleros, perdiendo la hegemonía frente a la arquitectura ARM y los propios chips de Apple (los famosos M1, M2…). Convertirse en la «fundición» de Apple les da una relevancia brutal. Y para nosotros, en Europa, esto debería ser un toque de atención. España está intentando meter cabeza con el PERTE Chip, buscando atraer inversiones para que no todo se fabrique en Asia o EE.UU. La soberanía tecnológica ya no es un capricho, es una necesidad básica.
Imagínate que mañana hay un problema de suministro global. No es solo que no puedas comprarte el último móvil; es que la industria del automóvil en España, que es un pilar de nuestra economía, se para en seco. Ya lo vivimos durante la pandemia y no fue plato de buen gusto. Que Apple e Intel se alíen es una señal clara: el futuro de la tecnología pasa por controlar la fabricación física, no solo el software.
¿Por qué es tan difícil fabricar chips?
La verdad es que fabricar un procesador moderno es lo más parecido a la magia negra que tenemos hoy en día. Hablamos de imprimir transistores que miden nanómetros. Para que os hagáis una idea, un cabello humano tiene unos 80.000 nanómetros de ancho. Estamos fabricando cosas que son miles de veces más pequeñas. Esto requiere unas máquinas de litografía ultravioleta extrema (EUV) que solo fabrica una empresa en el mundo (ASML, en los Países Bajos) y unas salas blancas donde una mota de polvo es como un meteorito cayendo en el centro de Cartagena. Es normal que Apple quiera tener eso cerca de casa, aunque le cueste más dinero.
Fútbol, tokens y el negocio de la pasión
Si hay algo que nos gusta en este país más que un buen tapeo, es el fútbol. Y claro, la tecnología no iba a dejar pasar la oportunidad de meterse en los estadios. La última tendencia es la tokenización de los clubes. Básicamente, están buscando formas de que los aficionados participen en el capital de sus equipos a través de activos digitales. Suena muy bonito, muy democrático, pero tiene sus sombras.
Clubes como el Atlético de Madrid, el Barça o el Valencia ya han coqueteado con los «Fan Tokens». La idea es que, al comprar estos tokens, tienes derecho a votar en cosas menores (como la canción que suena cuando marcan un gol) o acceder a sorteos. Pero ahora se quiere ir más allá: que el aficionado sea, de alguna forma, «dueño» de una parte del club. El riesgo es evidente: estamos convirtiendo la pasión en un activo volátil. Si el equipo pierde tres partidos seguidos o se queda fuera de la Champions, ¿qué pasa con el valor de tus tokens? ¿Se desploma como la moral de la afición?
Me da miedo que esto acabe siendo otra forma de exprimir al socio de toda la vida. En España, el fútbol es algo sagrado, una herencia que pasa de padres a hijos. Meterle el componente de la especulación cripto me parece jugar con fuego. Al final del día, un club de fútbol no debería ser solo una empresa que busca maximizar el beneficio del accionista (o del «tokenista»), sino una institución social. Pero bueno, parece que el dinero manda y la tecnología es el vehículo perfecto para estas nuevas formas de financiación.
Netflix y el regreso al pasado: anuncios en el streaming
¿Os acordáis de cuando nos vendieron Netflix como la alternativa a la tele de toda la vida porque no tenía anuncios? Pues donde dije digo, digo Diego. La noticia de que Netflix lanzará cuentas con publicidad en más mercados (como Colombia en 2027, tras haberlo hecho ya en España y otros países) confirma que el modelo de «barra libre sin interrupciones» no es sostenible a largo plazo.
La verdad es que es un movimiento lógico desde el punto de vista del negocio, pero un poco decepcionante para el usuario. Hemos pasado de pagar 8 euros por todo el catálogo a tener planes de casi 20 euros si quieres 4K, o tragarte anuncios si quieres pagar menos. Al final, el streaming se está convirtiendo en la televisión por cable de los años 90, pero con una interfaz más bonita. Y ojo, que no es solo Netflix; Disney+, Amazon Prime Video… todos están siguiendo el mismo camino.
Lo curioso es cómo usan la tecnología para que esos anuncios no sean tan molestos (o eso dicen). Usan algoritmos para saber qué te gusta y ponerte publicidad «relevante». A mí, sinceramente, que me pongan un anuncio de un coche cuando estoy viendo una serie de época me sigue cortando el rollo igual, por muy relevante que sea el coche. Pero parece que es el precio que tenemos que pagar para que sigan produciendo series de presupuestos astronómicos.
TikTok y el nuevo mapa de la influencia
Para cerrar este repaso, no podemos ignorar el crecimiento bestial de TikTok. En países como Colombia ha crecido un 53% en clientes, consolidándose como un hub para toda la región. En España, la situación no es muy distinta. TikTok ha dejado de ser la app de los bailes para adolescentes y se ha convertido en el buscador principal para la Generación Z. Si quieres saber dónde comer en Cartagena, ya no buscas en Google; buscas en TikTok y ves un vídeo de 15 segundos de alguien probando las marineras de un bar local.
Este cambio en el consumo de información es brutal. Las empresas españolas se están volviendo locas intentando entender cómo funciona el algoritmo. Ya no vale con poner un anuncio bonito; ahora tienes que ser «auténtico», rápido y, sobre todo, entretenido. El impacto en el mercado local es innegable: desde pequeñas tiendas de barrio que se hacen virales y agotan existencias, hasta grandes marcas que intentan hablar el lenguaje de los chavales (a veces con resultados un poco vergonzosos, todo hay que decirlo).
Lo que me preocupa de TikTok es la cámara de eco que genera. El algoritmo es tan bueno dándote lo que quieres, que acabas viendo siempre lo mismo, reforzando tus propias ideas y aislándote de otras realidades. Es una herramienta tecnológica increíble, pero requiere un nivel de espíritu crítico que a veces, con las prisas del día a día, se nos olvida activar.
Una reflexión final frente al mar
Al final del día, la conclusión que saco de todo este batiburrillo de noticias es que la tecnología es un reflejo de nosotros mismos. Tiene nuestra capacidad para crear cosas maravillosas, como chips imposibles o IAs que nos ayudan a trabajar, pero también arrastra nuestras miserias: la codicia de los estafadores, las luchas de ego en las grandes empresas o la necesidad de monetizar hasta el último segundo de nuestro ocio.
Vaya, que no es que la tecnología sea buena o mala, es que va muy rápido y nosotros, como sociedad, a veces vamos con la lengua fuera intentando entender las reglas del juego. Lo importante es no perder la curiosidad, pero tampoco la cautela. Que no se nos olvide que, por muy inteligente que sea la IA o muy seguro que parezca nuestro móvil, al otro lado siempre hay personas (con sus luces y sus sombras).
Y ahora, si me disculpáis, voy a cerrar el portátil y a disfrutar de la brisa del puerto, que eso todavía no lo han podido tokenizar ni meterle anuncios. De momento.
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