A veces me pregunto qué demonios pasa dentro de mi ordenador cuando no lo estoy mirando. O peor aún, cuando lo estoy mirando y decide que es un buen momento para actualizarse durante tres horas justo antes de una entrega. La mayoría de nosotros vivimos en una especie de «dictadura del clic», donde aceptamos términos y condiciones que no leemos para usar programas que no entendemos y que, en el fondo, no nos pertenecen. Es como alquilar un piso donde el casero puede entrar a cambiarte los muebles de sitio sin avisar. Pues bien, de eso va precisamente el FLISOL, el Festival Latinoamericano de Instalación de Software Libre, que aunque nos pille al otro lado del charco, tiene unas lecciones que aquí, entre las murallas de Carlos III y el puerto de Cartagena, nos vendrían de perlas.
La verdad es que el concepto de «Software Libre» suena a algo muy técnico, casi de gente que vive en sótanos rodeada de cables y latas de refresco. Pero nada más lejos de la realidad. Se trata de una cuestión de derechos, de saber qué hace tu tecnología por ti y, sobre todo, qué hace contigo. El FLISOL lleva desde 2005 dando guerra, organizándose de forma autogestionada por comunidades que creen que el conocimiento debe ser compartido o no es conocimiento. Es un evento masivo, simultáneo y, lo más importante, gratuito. Y aunque el nombre diga «Latinoamericano», su espíritu es tan universal como el código de Linux.
FLISOL: Un veterano que no peina canas (porque es código)
Si mal no recuerdo, la primera vez que oí hablar de una «Install-fest» me imaginé una especie de rave para informáticos. Y oye, no iba desencaminado, solo que en lugar de música techno lo que suena es el tecleo frenético y el zumbido de los ventiladores. El FLISOL nació con una idea muy clara: ayudar a la gente de a pie a dar el salto. Porque seamos sinceros, instalar una distribución de Linux hace quince años era una actividad de riesgo. Podías acabar con un pisapapeles muy caro si no sabías qué era eso de las particiones del disco.
Desde aquel lejano 2005, el festival ha crecido hasta convertirse en el evento de difusión de Software Libre más grande de la región. Se celebra el cuarto sábado de abril de cada año, y es una maravilla ver cómo se coordinan cientos de ciudades. Vaya, que es una logística que ya quisiera para sí alguna multinacional. Lo bonito del asunto es que no hay una «sede central» que mande. Cada comunidad local, ya sea en Buenos Aires, Ciudad de México o Bogotá, monta su propio tinglado. Es la máxima expresión de la descentralización.
¿Y qué se hace allí? Pues principalmente, instalar. Llevas tu portátil, tu torre o incluso tu cafetera inteligente si te pones tonto, y un grupo de voluntarios te ayuda a instalar sistemas operativos libres y programas que no te espían. Pero no se queda solo en el formateo. Hay charlas, talleres y, sobre todo, mucha charla de pasillo, que es donde realmente se aprende. Es como cuando vas al mercado de Santa Florentina y el pescadero te explica cómo limpiar el pescado; aquí te explican cómo limpiar tu vida digital de rastreadores y licencias abusivas.
¿Por qué nos debería importar esto en Cartagena?
Podrías pensar: «Vale, muy bien por ellos, pero yo estoy aquí en Cartagena, tomándome un asiático y disfrutando del sol, ¿qué me importa a mí un festival en Latinoamérica?». Pues resulta que nos importa, y mucho. La soberanía tecnológica no entiende de fronteras. Aquí en España, y concretamente en nuestra Región de Murcia, tenemos una dependencia brutal de gigantes tecnológicos extranjeros. Todo nuestro sistema educativo, nuestras administraciones y nuestras empresas corren sobre software que no controlamos.
Imagina por un momento que la UPCT (Universidad Politécnica de Cartagena) decidiera que todo su ecosistema fuera libre. No solo ahorraríamos una millonada en licencias que se van a Dublín o a Seattle, sino que estaríamos formando a profesionales que entienden la herramienta desde dentro. El Software Libre permite que un estudiante de ingeniería de aquí pueda leer el código de un programa, modificarlo y mejorarlo. Es como si para aprender mecánica te dejaran desmontar un motor entero en lugar de solo dejarte mirar el capó cerrado.
Además, la filosofía del FLISOL encaja perfectamente con el carácter cartagenero: somos gente de compartir, de comunidad y de no dejar que nadie nos diga cómo tenemos que hacer las cosas en nuestra propia casa. El software libre es, en esencia, una herramienta de resistencia cultural y económica. Es decir: «Oye, que mi ordenador es mío y yo decido qué corre en él».
El ritual de la ‘Install-fest’: Mucho más que formatear
Entrar en un FLISOL es una experiencia curiosa. Lo primero que notas es el olor a café y el calor humano. Hay mesas llenas de cables, pendrives que pasan de mano en mano como si fueran tesoros y gente de todas las edades. He visto desde chavales de quince años explicando cómo configurar un servidor, hasta abuelos que solo quieren que su ordenador viejo vuelva a ir rápido para poder hacer videollamadas con sus nietos.
Y es que esa es una de las grandes bazas del software libre: la lucha contra la obsolescencia programada. Ese portátil que tienes en un cajón porque Windows 11 dice que «no cumple los requisitos» (vaya cara tienen), con una distribución ligera de Linux como XFCE o AntiX vuela. Literalmente. Es como darle una segunda juventud a una máquina que el mercado ya había dado por muerta. En un mundo donde generamos basura electrónica a un ritmo de locos, esto no es solo una opción técnica, es una responsabilidad ética.
Ojo con esto, que no todo es instalar y ya está. El proceso de instalación es una excusa para la alfabetización digital. Mientras el progreso de la barra llega al 100%, el voluntario te explica qué es el kernel, por qué es importante usar formatos abiertos como .odt en lugar de .docx y cómo puedes proteger tu privacidad en la red. Es una clase magistral gratuita que te llevas puesta.
Software Libre vs. Código Abierto: Una pelea de bar con mucha miga
Para que nos entendamos, en este mundillo hay dos términos que a menudo se confunden, pero que tienen matices muy distintos. Por un lado tenemos el «Open Source» (Código Abierto) y por otro el «Free Software» (Software Libre). Es la típica discusión que podrías tener en una barra de bar después de un par de cañas, pero que define el futuro de la tecnología.
Richard Stallman, el padre de todo esto (un tipo peculiar, las cosas como son), siempre dice que el Software Libre es una cuestión de libertad, no de precio. «Free as in speech, not as in beer» (Libre como en libertad de expresión, no como en cerveza gratis). El Software Libre se basa en cuatro libertades fundamentales:
- Libertad 0: Usar el programa para lo que quieras.
- Libertad 1: Estudiar cómo funciona y cambiarlo (necesitas el código fuente para esto, claro).
- Libertad 2: Distribuir copias para ayudar a tu vecino.
- Libertad 3: Mejorar el programa y publicar esas mejoras para que toda la comunidad se beneficie.
El Código Abierto, en cambio, es un enfoque más pragmático. Se centra en que compartir el código es una forma más eficiente de desarrollar software porque hay más ojos buscando fallos. Es el modelo que han adoptado las grandes empresas como Google o Microsoft (sí, Microsoft ahora ama Linux, quién lo hubiera dicho hace veinte años). Pero el FLISOL bebe directamente de la fuente del Software Libre. No se trata solo de que el código sea mejor, sino de que el usuario sea libre.
Pequeña guía de supervivencia para el recién llegado
Si después de leer esto te pica la curiosidad y quieres probar algo por tu cuenta antes de que alguien monte un FLISOL en el Paseo de Alfonso XII, aquí te dejo unos consejos básicos. No tengas miedo, que el ordenador no va a explotar (probablemente).
1. Elige tu «sabor» (Distribución)
En Linux no hay un solo sistema, hay cientos. Se llaman distribuciones o «distros». Para empezar, no te compliques la vida. Ve a por algo sencillo:
- Linux Mint: Es lo más parecido a Windows que vas a encontrar. Muy estable y viene con todo lo necesario para funcionar desde el minuto uno.
- Ubuntu: El clásico. Tiene una comunidad gigante detrás. Si tienes un problema, alguien ya lo ha solucionado en un foro.
- Pop!_OS: Si te gusta jugar o trabajas con temas de IA y diseño, esta distro de la gente de System76 es una maravilla.
2. Prueba sin romper nada
Lo mejor de Linux es que puedes probarlo desde un USB sin tocar nada de tu disco duro. Se llama «Live Session». Metes el pendrive, arrancas desde ahí y puedes navegar, escribir y trastear. Si te gusta, le das al botón de instalar. Si no, sacas el USB, reinicias y aquí no ha pasado nada.
3. Pierde el miedo a la terminal
Esa pantallita negra con letras blancas no es tu enemiga. Es, de hecho, la forma más rápida de hacer las cosas. En lugar de buscar un programa en una web, descargarlo, darle a siguiente-siguiente-siguiente, en Linux abres la terminal y escribes algo como:
# Actualizar el sistema (el ritual sagrado)
sudo apt update && sudo apt upgrade
# Instalar un editor de video potente
sudo apt install kdenlive
# Limpiar la morralla que sobra
sudo apt autoremove
La verdad es que una vez que te acostumbras a la terminal, usar un ratón para todo te parece de una lentitud desesperante. Es como pasar de ir en carro de bueyes a ir en un coche de Fórmula 1, aunque al principio te cueste meter las marchas.
La Inteligencia Artificial y el Software Libre: El nuevo frente
Como redactor que trastea mucho con la IA, no puedo dejar pasar este punto. Estamos en un momento crítico. Las IAs que usamos a diario (ChatGPT, Claude, Midjourney) son cajas negras. No sabemos con qué datos han sido entrenadas exactamente, ni qué sesgos tienen, ni qué hacen con lo que les escribimos. Son el culmen del software privativo.
Aquí es donde el espíritu del FLISOL se vuelve más relevante que nunca. Están surgiendo alternativas libres como Llama (de Meta, aunque con matices en su licencia), Mistral o modelos totalmente abiertos que puedes correr en tu propio ordenador si tienes una tarjeta gráfica decente. ¿Por qué es importante? Porque si la IA va a decidir quién consigue un trabajo o cómo se redacta una noticia, el código que rige esa IA debe ser auditable. No podemos dejar las llaves de nuestra inteligencia colectiva en manos de tres empresas de Silicon Valley.
En España tenemos proyectos muy interesantes en este sentido. Hay comunidades trabajando en modelos de lenguaje entrenados específicamente en nuestras lenguas cooficiales y con nuestra cultura. Porque, seamos sinceros, una IA entrenada solo con datos de California no va a entender nunca qué es el sentimiento de un cartagenero cuando ve salir el primer trono en Semana Santa.
¿Y si montamos algo así por aquí?
Al final del día, el FLISOL es una lección de humildad y de poder ciudadano. Nos demuestra que no necesitamos esperar a que una gran corporación nos traiga la solución tecnológica de turno. Podemos organizarnos, aprender unos de otros y construir nuestras propias herramientas.
Me imagino un evento similar en Cartagena, ocupando alguna plaza o algún espacio en la universidad. Un día dedicado a desintoxicar nuestros teléfonos de aplicaciones que nos roban el tiempo y la atención, a instalar sistemas operativos que respeten nuestra privacidad y a hablar de ética tecnológica mientras nos tomamos algo. Porque la tecnología no es algo que nos «pasa», es algo que nosotros, como sociedad, deberíamos moldear.
La conclusión que saco de todo esto es que el Software Libre no es solo para informáticos. Es para el periodista que quiere proteger sus fuentes, para el profesor que quiere enseñar sin atar a sus alumnos a una suscripción mensual, para el pequeño empresario que quiere ahorrar costes y para cualquier persona que crea que la libertad también se ejerce detrás de una pantalla.
Así que, la próxima vez que tu ordenador te dé problemas o sientas que tu móvil sabe demasiado de ti, acuérdate de que hay alternativas. Que hay gente, como la del FLISOL, que lleva décadas construyendo un camino diferente. Quizás sea el momento de dejar de ser meros consumidores y empezar a ser usuarios soberanos. Y quién sabe, igual el próximo abril nos vemos con un pendrive en una mano y un asiático en la otra, instalando un poco de libertad en nuestras máquinas.
Vaya, que al final se trata de eso: de ser dueños de nuestras herramientas y no esclavos de ellas. Y si para eso hay que aprender cuatro comandos en una pantalla negra, pues se aprenden. Que peor fue aprender a aparcar en el centro de Cartagena un sábado por la mañana y aquí seguimos, ¿no?
Deja una respuesta