Ayer estaba tomándome un café —un asiático, como manda la tradición aquí en Cartagena— mientras observaba a un chico en la mesa de al lado. Tenía la tapa de su portátil forrada de pegatinas: «Linux Inside», «Privacy Matters», y el logo de la Electronic Frontier Foundation. Sin embargo, al pasar por detrás para ir a por un poco de azúcar, no pude evitar fijarme en su pantalla. Estaba redactando un documento en la versión web de Microsoft Word. Vaya, la ironía se servía sola, casi tan cargada como mi café.
Esta anécdota, que podría parecer un detalle sin importancia, resume perfectamente el estado actual de la comunidad tecnológica en España y en el mundo hispanohablante. Nos encanta la teoría del software libre y de código abierto (FOSS, por sus siglas en inglés), nos llenamos la boca hablando de soberanía digital y de evitar el rastreo de las grandes corporaciones, pero a la hora de la verdad, cuando el cursor parpadea sobre la página en blanco, volvemos a los brazos de lo privativo. La verdad es que nos hemos vuelto cómodos, o quizás, nos han vuelto dependientes.
Hace apenas unas horas, el blog de la Comunidad Hispana de la Document Foundation publicaba una reflexión que me ha tocado la fibra. Hablaban precisamente de esto: de cómo muchos usuarios y organizaciones se declaran defensores a ultranza del código abierto pero, en la práctica, optan por soluciones cerradas. Y lo peor no es la elección en sí, sino los argumentos que se suelen esgrimir para justificarla. Argumentos que, si los analizas con un poco de rigor técnico y menos prejuicios, rara vez se sostienen por su propio peso.
¿Por qué nos cuesta tanto soltar la mano de Microsoft?
La respuesta corta es: por inercia. La respuesta larga tiene que ver con un sistema educativo que, durante décadas en España, ha funcionado como una cantera gratuita para las grandes tecnológicas de Redmond. Si aprendes a escribir en Word y a sumar en Excel desde los ocho años, cambiar a LibreOffice a los treinta se siente como intentar aprender a conducir por el lado izquierdo de la carretera. No es que sea imposible, es que te da pereza mental.
Ojo, que no estoy diciendo que LibreOffice sea perfecto. He tenido mis peleas con el formato de las tablas y alguna que otra vez se me ha cerrado un documento pesado sin avisar (aunque, seamos sinceros, ¿a quién no le ha pasado eso con el software de pago?). Pero el problema real no es la herramienta, sino nuestra percepción de «estándar». Hemos aceptado que el formato .docx es la ley, cuando en realidad es un estándar «abierto» solo sobre el papel, diseñado para ser lo suficientemente complejo como para que cualquier otra suite tenga dificultades al renderizarlo exactamente igual.
En España, muchas administraciones públicas siguen atrapadas en este bucle. A pesar de las directivas europeas que recomiendan el uso de estándares abiertos para garantizar que los ciudadanos no tengan que pagar una licencia privada para leer un documento público, la realidad en las oficinas de cualquier ayuntamiento de Murcia o de una consejería en Madrid suele ser otra. Se gasta una cantidad ingente de dinero público en licencias que podrían ahorrarse o reinvertirse en soporte local para herramientas libres.
El mito de la compatibilidad total
Uno de los argumentos que mencionaba el blog de la Document Foundation es el miedo a que «se mueva el formato». Es el clásico: «Es que si lo abro en LibreOffice y luego se lo mando a mi jefe, las imágenes se descolocan». A ver, vamos a ser realistas. Si tu documento depende de que una imagen esté exactamente a 3.42 milímetros del margen izquierdo para que tenga sentido, quizás lo que necesitas es un programa de maquetación o, mejor aún, exportarlo a PDF antes de enviarlo.
La verdad es que el formato ODF (Open Document Format), que es el que usa LibreOffice por defecto, es mucho más robusto y transparente. Si alguna vez has intentado recuperar un archivo de Word corrupto, sabrás que es como intentar descifrar jeroglíficos. Un archivo .odt, en cambio, no es más que un contenedor ZIP con archivos XML dentro. Si algo falla, puedes entrar «a corazón abierto» y rescatar el texto. Eso es seguridad real, no la falsa sensación de protección que te da un software que no te deja ver sus tripas.
La Document Foundation y el bastión hispano
Lo que mucha gente no sabe es que la comunidad hispana es una de las más activas dentro de la Document Foundation. No se trata solo de traducir menús de «File» a «Archivo». Hay un trabajo ingente de documentación, soporte en foros y, sobre todo, de evangelización tecnológica. Y no hablo de una evangelización de «pandereta», sino de profesionales que ayudan a empresas españolas a migrar sus sistemas para ser más eficientes.
Para que nos entendamos, LibreOffice no es un proyecto de cuatro amigos en un garaje. Es una infraestructura crítica. En España, tenemos ejemplos de éxito que a veces pasan desapercibidos. Por ejemplo, el despliegue en ciertos sectores de la administración de la Generalitat o el uso intensivo en universidades. Sin embargo, falta ese empujón final, ese «clic» en la mentalidad del usuario de a pie que piensa que si algo es gratis, es porque no es lo suficientemente bueno.
Me recuerda un poco a la historia de la industria naval en Cartagena. Tenemos el conocimiento, tenemos la tecnología (el submarino de Isaac Peral, sin ir más lejos, fue un hito de la ingeniería), pero a veces nos falta creérnoslo y apostar por lo nuestro en lugar de comprar la solución empaquetada que viene de fuera. El software libre es, en esencia, eso: la capacidad de fabricar y reparar nuestras propias herramientas digitales.
Un poco de código: Automatizando con Python en LibreOffice
Para los que pensáis que LibreOffice es solo para escribir cartas al ayuntamiento, dejadme que os rompa un esquema. Una de las cosas más potentes que tiene, y que la mayoría de la gente ignora, es su capacidad de integración con Python. Mientras que en Excel te ves limitado a menudo por VBA (un lenguaje que huele un poco a naftalina, si me preguntáis), en LibreOffice puedes usar toda la potencia de Python para manipular datos.
Imagina que tienes una PYME en Albacete y quieres automatizar tus facturas a partir de una base de datos. Podrías escribir un script sencillo que haga el trabajo sucio por ti. Aquí os dejo un ejemplo rápido de cómo se vería la estructura básica para interactuar con una hoja de cálculo desde Python dentro de LibreOffice:
import uno
def mi_primera_macro():
# Obtenemos el contexto del componente
ctx = uno.getComponentContext()
smgr = ctx.ServiceManager
# Accedemos al documento actual
desktop = smgr.createInstanceWithContext("com.sun.star.frame.Desktop", ctx)
model = desktop.getCurrentComponent()
# Si no es una hoja de cálculo, salimos
if not hasattr(model, "Sheets"):
return
sheet = model.Sheets.getByIndex(0)
cell = sheet.getCellByPosition(0, 0) # Celda A1
cell.String = "¡Hola desde Python en Cartagena!"
# Cambiamos el color de fondo, porque podemos
cell.CellBackColor = 16777215 # Blanco
Vaya, que no es física cuántica. Este tipo de flexibilidad es la que permite que una herramienta libre se adapte a tu negocio y no al revés. No tienes que esperar a que una multinacional decida añadir una función que necesitas; puedes construirla tú mismo o contratar a alguien local para que lo haga. Eso es lo que genera economía real en nuestro entorno.
La soberanía tecnológica en el mercado español
Hablemos de dinero, que al final es lo que suele mover la aguja. El mercado español está lleno de pequeñas y medianas empresas que sobreviven con márgenes ajustados. Pagar suscripciones mensuales por cada puesto de trabajo para usar una suite ofimática, un sistema operativo y un servicio de nube puede suponer un pellizco importante al final del año.
La paradoja es que muchas de estas empresas usan el 10% de las funciones de esos programas. Pagan por un Ferrari para ir a comprar el pan a la esquina. El software libre ofrece ese «pan» de forma gratuita y, si necesitas el Ferrari, te da las piezas para que lo montes. Pero claro, es más fácil pasar la tarjeta de crédito que dedicar una tarde a configurar una alternativa.
Además, está el tema de los datos. En un momento donde la privacidad es casi un lujo, usar herramientas que no envían telemetría constante a servidores en Virginia o Dublín debería ser una prioridad para cualquier empresa española que maneje datos sensibles. La Document Foundation hace hincapié en esto: el software libre no te espía. Es una herramienta, no un vigilante.
El papel de la Inteligencia Artificial en el ecosistema abierto
No puedo escribir un artículo en 2024 sin mencionar la IA. Es la palabra de moda, y parece que si tu procesador de textos no tiene un botón que te escriba los poemas de amor, ya no sirve para nada. Aquí es donde el software privativo está ganando terreno por la mano: la integración de Copilot y similares.
Pero ojo con esto. La comunidad de código abierto no se está quedando atrás, aunque su enfoque es distinto. En lugar de enviarlo todo a una nube opaca, se está trabajando en integrar modelos de lenguaje locales (LLMs) que corran en tu propia máquina. Imagina tener un asistente en LibreOffice que te ayude a resumir textos o a limpiar datos en Calc, pero sin que tus datos salgan de tu ordenador. Eso es lo que yo llamo progreso real, y no la entrega total de nuestra propiedad intelectual a cambio de un poco de comodidad.
En España, proyectos como la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial deberían mirar más hacia estas soluciones abiertas. Tenemos talento de sobra en universidades de Granada, Barcelona o Madrid para liderar implementaciones de IA que respeten la privacidad y se integren en herramientas libres. Si mal no recuerdo, ya hay iniciativas para que el español tenga un peso real en los modelos de lenguaje abiertos, evitando los sesgos anglosajones que suelen traer los modelos por defecto.
De Cartagena al mundo: Comunidades que resisten
A veces me preguntan por qué insisto tanto en estos temas desde un blog que parece tan local. La respuesta es sencilla: lo global se construye desde lo local. La comunidad hispana de LibreOffice no es un ente abstracto; son personas de Murcia, de Sevilla, de Buenos Aires o de Ciudad de México que comparten conocimiento en Telegram, que traducen guías de usuario en sus ratos libres y que creen firmemente que el acceso a la tecnología no debe depender de tu cuenta bancaria.
La verdad es que hay algo muy quijotesco en defender el software libre en un mundo dominado por gigantes. Es luchar contra molinos que, a veces, sí que son gigantes. Pero como decía aquel, «la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos». Y en el siglo XXI, la libertad también se escribe en líneas de código.
Para que nos entendamos, no se trata de ser un fundamentalista y borrar Windows de tu vida mañana mismo (aunque si lo haces, te invito a una caña). Se trata de ser conscientes de nuestras elecciones. De entender que cada vez que usamos una herramienta libre, estamos apoyando un modelo de cultura compartida y no un modelo de extracción de rentas.
¿Cómo empezar el cambio sin morir en el intento?
Si después de leer este tostón te ha picado un poco la curiosidad, mi consejo es que no hagas cambios radicales. La transición al software libre es una carrera de fondo, no un sprint. Aquí tienes una hoja de ruta sencilla, «para humanos»:
- Instala LibreOffice junto a tu Office actual: No lo borres todavía. Empieza a abrir tus archivos cotidianos con LibreOffice. Mira qué tal se ven. Acostúmbrate a la interfaz.
- Cambia el formato por defecto: Configura LibreOffice para que guarde en .odt, pero ten presente que puedes exportar a .docx si ese cliente tan pesado te lo pide.
- Únete a la comunidad: Pásate por el blog de la Comunidad Hispana de la Document Foundation. Lee lo que ponen. Si tienes una duda, pregunta en sus foros. Te sorprenderá lo maja que es la gente cuando no hay un departamento de marketing de por medio.
- Prueba herramientas complementarias: Si ya usas LibreOffice, ¿por qué no probar Firefox en lugar de Chrome? ¿O VLC para tus vídeos? Poco a poco, tu «dieta digital» será mucho más saludable.
Al final del día, la tecnología debería estar a nuestro servicio y no nosotros al suyo. El software libre nos devuelve el control, nos permite entender cómo funcionan las cosas y, sobre todo, nos permite compartirlas sin miedo a infringir una licencia de mil páginas que nadie ha leído.
La conclusión que saco de todo esto es que la batalla por el software libre en el mundo hispano no es técnica, es cultural. Tenemos las herramientas, tenemos el talento y tenemos la necesidad. Solo nos falta un poco de esa valentía que tenían los antiguos navegantes que salían del puerto de Cartagena hacia lo desconocido. Porque, seamos sinceros, instalar una suite ofimática nueva da menos miedo que enfrentarse a una tormenta en el Mediterráneo, ¿no?
Así que, la próxima vez que veas ese icono de Word en tu escritorio, piensa un segundo. Piensa en la comunidad que hay detrás de las alternativas, en la soberanía que estás cediendo y en que, quizás, solo quizás, hoy es un buen día para probar algo diferente. Vaya, que por probar no se rompe nada. Y si se rompe, al menos tendrás el código fuente para arreglarlo.
Deja una respuesta