naturaleza / marzo 25, 2026 / 12 min de lectura / 👁 87 visitas

El refugio salvaje de Calblanque: mucho más que arena y sal

A veces me pregunto si no estaremos mutando en una especie de híbrido entre humano y silla de oficina. Pasamos tantas horas pegados a la pantalla, entre notificaciones de Slack y despliegues en el servidor, que el concepto de «naturaleza» empieza a parecernos algo que solo ocurre en los fondos de pantalla de Windows o en los documentales de la 2 que ponemos para echar la siesta. Pero la realidad, esa que está ahí fuera y no tiene píxeles, sigue reclamando su sitio. Y no lo digo por ponerme místico, que uno es más de café solo y código limpio que de incienso, sino porque los datos están ahí: el cerebro necesita desconectar del bit para volver a conectar con el átomo.

Hace apenas unos días saltaba la noticia al otro lado del charco: el Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos ha vuelto a abrir la famosa «Cueva de Cristal» en California. Llevaba cuatro años cerrada, primero por incendios y luego por los destrozos de unas tormentas que parecían sacadas de una película de Roland Emmerich. Es curioso cómo valoramos las cosas cuando nos las quitan. Esa cueva es un espectáculo de mármol pulido por el agua durante milenios, un recordatorio de que la naturaleza tiene sus propios tiempos, unos que no entienden de deadlines ni de metodologías ágiles. Pero oye, que no hace falta irse a California para que se nos caiga la mandíbula al suelo. Aquí, en nuestro rincón del Mediterráneo, tenemos joyas que le aguantan el pulso a cualquier parque nacional estadounidense, y sin necesidad de pagar un billete de avión en clase turista.

Si vives por la zona de Cartagena o te has dejado caer por aquí alguna vez, sabrás que hablar de naturaleza es, obligatoriamente, hablar de Calblanque. La verdad es que me produce sentimientos encontrados mencionarlo, porque una parte de mí querría que siguiera siendo ese secreto a voces que solo conocemos cuatro gatos, pero sería egoísta no ponerlo en valor. El Parque Regional de Calblanque, Monte de las Cenizas y Peña del Águila es, probablemente, uno de los pocos lugares de la costa española donde todavía puedes sentir que el ladrillo no ha ganado la batalla.

Lo que hace especial a este sitio no es solo que sus playas sean vírgenes. Es el contraste. Tienes formaciones geológicas que son un libro abierto para entender cómo se formó esta península. Tienes dunas fósiles que parecen sacadas de otro planeta y una flora que ha aprendido a sobrevivir con lo mínimo, como un programador senior optimizando recursos en un servidor de hace diez años. Aquí la jara, el pino carrasco y el palmito (la única palmera autóctona de Europa, ojo con el dato) conviven con el salitre y el viento de levante.

Para los que nos gusta caminar, la subida a la Batería de las Cenizas es un plan que no falla. Es una pista forestal ancha, rodeada de pinos, que te regala una sombra muy de agradecer cuando el sol de Murcia empieza a apretar. Y al llegar arriba… bueno, al llegar arriba te encuentras con la historia militar de Cartagena dándote un bofetón de realidad. Esas piezas de artillería de costa, los enormes cañones Vickers de 381 mm, parecen guardianes dormidos mirando al mar. Es una mezcla extraña: la ingeniería bélica de principios del siglo XX oxidándose lentamente mientras la naturaleza reclama su espacio. La vista desde allí, con el azul del Mediterráneo perdiéndose en el horizonte, es el mejor ansiolítico que conozco.

La tecnología como aliada en la montaña

Sé lo que estás pensando. «Vienes aquí a hablarnos de naturaleza y ahora me vas a meter un rollo de apps». Pues sí, pero con matices. No se trata de ir mirando el móvil mientras caminas (que te vas a meter un leñazo y luego vienen las lamentaciones), sino de usar las herramientas que tenemos para enriquecer la experiencia. La verdad es que la Inteligencia Artificial y el procesamiento de datos están haciendo maravillas por la conservación y el disfrute del medio ambiente.

Por ejemplo, ¿alguna vez te has quedado mirando una planta o un bicho raro y has pensado «qué demonios será esto»? Yo antes llevaba una guía de campo de esas que pesan un kilo en la mochila. Ahora, con proyectos como iNaturalist o PlantNet, que usan redes neuronales para identificar especies mediante una foto, el monte se convierte en un aula abierta. Es fascinante ver cómo el reconocimiento de imágenes ha avanzado tanto que es capaz de distinguir entre dos subespecies de orquídeas silvestres que a simple vista parecen idénticas. Para los que tenemos esa vena curiosa, es un juguete increíble.

Y si nos ponemos un poco más técnicos, para los que os gusta el cacharreo, no hay nada como planificar una ruta usando datos de LIDAR. En España, el Instituto Geográfico Nacional (IGN) tiene una base de datos brutal que puedes consultar. Si sabes manejar un poco de Python, puedes bajarte los archivos de elevación y crearte tus propios mapas de sombras o pendientes para saber exactamente a qué te vas a enfrentar antes de calzarte las botas. Aquí os dejo un pequeño fragmento de cómo podrías empezar a juguetear con estos datos si te pica la curiosidad:

import rasterio
from rasterio.plot import show

# Abrir el archivo de elevación (DEM) descargado del IGN
with rasterio.open('ruta_a_tu_archivo_dem.tif') as src:
    # Leer los datos de elevación
    elevation = src.read(1)
    # Mostrar el mapa de calor de la zona
    show(src, cmap='terrain')
    print(f"Altura máxima en esta zona: {elevation.max()} metros")

Vaya, que no es solo caminar por caminar. Es entender el terreno. Es saber que esa vaguada por la que vas a pasar se inunda si caen cuatro gotas porque el análisis de escorrentía te dice que es un punto crítico. La tecnología, bien usada, nos hace más conscientes de nuestro entorno, no nos aleja de él.

La Sierra Minera: belleza en la cicatriz

Si nos movemos un poco desde Calblanque hacia el interior, nos topamos con la Sierra Minera de Cartagena y La Unión. Este es un lugar que no deja indiferente a nadie. No es la naturaleza «bonita» de postal suiza, es una naturaleza herida, transformada por la mano del hombre desde tiempos de los romanos. Y sin embargo, tiene una fuerza visual que te deja pegado al suelo.

Caminar por los antiguos senderos mineros es como recorrer un escenario de ciencia ficción post-apocalíptica. Tienes los castilletes de las minas recortándose contra el cielo, las cortas a cielo abierto con colores que parecen imposibles (rojos, ocres, violetas) debido a la oxidación de los metales, y esos estériles mineros que crean paisajes lunares. Es una lección de historia viva. Los romanos ya sacaban plata de aquí para financiar sus guerras, y en el siglo XIX esto fue el motor económico de la región, con todo lo bueno y lo malo que eso trajo.

La verdad es que es un tema complejo. Por un lado, tienes el desastre medioambiental de la bahía de Portmán, que es una espina clavada en el corazón de todos los cartageneros. Por otro, tienes un patrimonio industrial que es único en Europa. Para un plan de naturaleza diferente, os recomiendo la ruta que va desde el entorno del Llano del Beal hasta las minas de La Unión. Eso sí, id con cuidado y no os salgáis de los caminos marcados, que aquí los pozos no son ninguna broma y no queremos que nadie acabe haciendo espeleología involuntaria.

El papel de la IA en la recuperación de espacios degradados

Ya que estamos hablando de la Sierra Minera, es interesante mencionar cómo la tecnología está ayudando a intentar arreglar los desaguisados del pasado. La recuperación de suelos contaminados por metales pesados es un reto logístico y científico enorme. Aquí es donde entra la Inteligencia Artificial aplicada a la fitorremediación.

¿Qué es eso? Básicamente, usar plantas para «limpiar» el suelo. Pero no vale cualquier planta. Los científicos usan algoritmos de aprendizaje automático para analizar qué especies nativas tienen mejor capacidad para absorber plomo o zinc sin morir en el intento. Se cruzan datos de composición del suelo, humedad, horas de sol y genómica de las plantas para crear modelos predictivos. Es decir, en lugar de probar a ciegas y esperar años a ver qué pasa, la IA ayuda a diseñar estrategias de reforestación mucho más eficaces. Es una forma de devolverle a la tierra un poco de lo que le quitamos, usando las herramientas más avanzadas que tenemos.

Rutas con sabor a historia: el Monte Miral y el Monasterio de San Ginés

Si buscas algo un poco más tranquilo, con un toque espiritual (seas creyente o no, la paz que se respira allí es innegable), tienes que subir al Monte Miral. Allí se encuentran las ruinas del Monasterio de San Ginés de la Jara. Es un lugar que parece suspendido en el tiempo, rodeado de leyendas sobre ermitaños y milagros.

La subida al monte no es especialmente dura, pero las vistas del Mar Menor desde arriba son de las que te hacen replantearte muchas cosas. Ves la manga de tierra, las islas volcánicas (la Perdiguera, la Mayor…) y esa laguna salada que, a pesar de todos los pesares y del maltrato que ha sufrido, sigue teniendo una luz especial al atardecer. Es un buen sitio para sentarse, apagar el móvil (sí, apagarlo del todo) y simplemente escuchar el viento. A veces, el mejor plan de naturaleza es el que no incluye ninguna actividad más allá de existir y observar.

La historia de este monasterio es fascinante. Se dice que fue construido sobre una antigua rábita islámica, y antes de eso, quién sabe. Cartagena es así, capas y capas de civilizaciones una encima de otra. Caminar por estos senderos es pisar las mismas piedras que pisaron monjes franciscanos, soldados imperiales y pastores neolíticos. La verdad es que te hace sentir bastante pequeño, y eso, de vez en cuando, viene muy bien para bajarle los humos al ego.

Consejos prácticos para no ser un «dominguero» del montón

Mirad, voy a ser sincero. Me encanta que la gente salga al monte, pero me duele ver cómo algunos tratan el entorno. Si vas a disfrutar de la naturaleza, hay unas cuantas reglas no escritas (y algunas muy escritas) que deberías seguir si no quieres que te miremos mal.

  • La basura no vuelve sola: Parece obvio, ¿verdad? Pues te sorprendería la cantidad de latas y envoltorios que se encuentran en los sitios más remotos. Si tu mochila pesaba más cuando estaba llena de comida, no hay excusa para que no pese menos cuando solo llevas los restos. Llévatelo todo, hasta la piel de la fruta. «Es orgánico», dicen algunos. Ya, pero no es propio de ese ecosistema y tarda en descomponerse.
  • El silencio es un lujo: No vayas con el altavoz Bluetooth a todo trapo escuchando el último hit de reggaetón. La gente va al monte a escuchar los pájaros, el viento o sus propios pensamientos. Si quieres música, ponte cascos, aunque yo te recomiendo que pruebes el sonido del silencio. Es bastante adictivo.
  • Respeta los senderos: Atajar por mitad de la ladera para ahorrarte dos minutos solo sirve para erosionar el terreno y cargarle el trabajo a la lluvia para que cree cárcavas. Mantente en el camino.
  • Ojo con el fuego: En nuestra zona, el riesgo de incendio es extremo casi todo el año. Una colilla mal apagada o un hornillo en un sitio que no toca pueden borrar del mapa siglos de historia natural en una tarde. No te la juegues.

¿Qué llevar en la mochila? (Versión 2.0)

Aparte del agua (mucha agua, que aquí el sol no perdona), el protector solar y un buen calzado, si eres de los míos, tu equipo de naturaleza incluirá algunas cosas más:

  1. Una batería externa: Porque si usas el GPS y haces fotos, el móvil va a volar. Y en caso de emergencia, necesitas batería sí o sí.
  2. Mapas offline: No confíes en que vas a tener cobertura 5G en mitad de una rambla. Descárgate los mapas de la zona en Google Maps o usa apps como Maps.me o Wikiloc en su versión premium.
  3. Un pequeño kit de primeros auxilios: Unas tiritas, algo de desinfectante y un silbato. Sí, un silbato. Si te caes y no puedes moverte, el silbato se oye mucho más lejos que tus gritos y cansa menos.
  4. Una cámara con un buen objetivo: Si te gusta la fotografía, la luz de Cartagena a primera hora de la mañana o a última de la tarde es oro puro. Los contrastes entre el ocre de la tierra y el azul del mar son un regalo para cualquier sensor.

La importancia de la «vitamina N» en la era digital

Al final del día, todo esto de los planes de naturaleza va de una sola cosa: equilibrio. No se trata de abandonar la tecnología y mudarse a una cueva (aunque la de Cristal en California sea una pasada), sino de integrar el mundo natural en nuestra vida hiperconectada. Hay un concepto que me gusta mucho, el de la «vitamina N» (de Naturaleza). Se dice que pasar tiempo en entornos verdes o azules reduce el cortisol, mejora la creatividad y nos ayuda a dormir mejor. Y doy fe de ello.

Cuando paso una semana encerrado picando código, resolviendo bugs y atendiendo reuniones por Zoom, mi cabeza empieza a funcionar a medio gas. Me vuelvo más irritable, menos creativo. Pero basta una escapada de tres horas por la zona de la Algameca Chica o una caminata por el Roldán para que las piezas vuelvan a encajar. Es como si el cerebro hiciera un reboot necesario.

Para que nos entendamos, la naturaleza es el sistema operativo original. Todo lo que hemos construido encima son aplicaciones, algunas muy útiles y otras que solo consumen recursos. Pero de vez en cuando, hay que volver al kernel, a lo básico, para asegurarnos de que todo sigue funcionando como debería. Y aquí en Cartagena, tenemos la suerte de tener ese acceso directo a la naturaleza a la vuelta de la esquina.

Así que, la próxima vez que sientas que el mundo digital te supera, no busques la solución en otra app de meditación. Cierra el portátil, coge las zapatillas y sal ahí fuera. Ya sea para ver una cueva que reabre tras cuatro años, para subir a una batería militar abandonada o simplemente para ver cómo rompen las olas en Calblanque. La naturaleza no te va a pedir que aceptes cookies ni te va a enviar notificaciones push. Solo va a estar ahí, esperando a que te des cuenta de que tú también formas parte de ella.

La conclusión que saco de todo esto es que, aunque nos creamos muy modernos con nuestras IAs y nuestros despliegues en la nube, seguimos siendo esos mismos seres que hace miles de años miraban las estrellas desde la entrada de una cueva. Y reconectar con esa parte de nosotros no es un lujo, es una necesidad biológica. Así que, venga, menos leer y más caminar. ¡Nos vemos por los senderos!

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unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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