A veces nos levantamos con ganas de cuestionarlo todo, incluso las palabras que usamos para pedir el café por la mañana. Estaba yo dándole vueltas al asunto mientras miraba el puerto de Cartagena, viendo cómo los barcos de la Armada se mecían con esa parsimonia tan suya, y me vino a la cabeza una duda de esas que te arruinan la tostada: ¿qué es exactamente una «cualidad»? Parece una pregunta de examen de primaria, pero si te paras a pensarlo, es el eje sobre el que pivota casi todo lo que valoramos en la vida, desde un buen código de programación hasta la textura de un michirón bien cocinado.
La RAE, que ya sabéis que son los que mandan en esto de poner orden al caos del diccionario, nos dice que una cualidad es un «elemento o carácter distintivo de la naturaleza de alguien o algo». Pero la cosa no se queda ahí, porque también añade que es una «cualidad positiva, especialmente de una persona». Vaya, que si eres un desastre, eso no es una cualidad, es otra cosa que mejor no mentar. La verdad es que esta distinción me parece fascinante porque mezcla lo objetivo (la naturaleza de las cosas) con lo subjetivo (lo que nos parece bueno). Y ahí es donde empieza el lío bueno.
Para entender por qué usamos esta palabra y no otra, hay que mirar un poco hacia atrás. Si mal no recuerdo, el término viene del latín qualitas. Y ojo, que no se lo inventó un cualquiera. Fue Cicerón el que tuvo que estrujarse el cerebro para traducir el concepto griego de poiotēs que usaba Platón. Imagínate al pobre Cicerón intentando explicarle a sus colegas romanos conceptos abstractos griegos; debió de ser algo parecido a cuando yo intento explicarle a mi abuela qué es una API de Inteligencia Artificial.
En aquel entonces, la cualidad era simplemente «cómo es algo». Punto. No tenía ese tinte positivo que le damos ahora. Si una piedra era dura, esa era su cualidad. Si un vino estaba picado, pues también. Con el tiempo, en España y en el resto del mundo hispanohablante, hemos ido refinando el término. Ahora, si dices que alguien «tiene muchas cualidades», nadie piensa que estás diciendo que es muy alto o que tiene el pelo rizado; todos asumimos que es un tipo estupendo, trabajador o que tiene un sentido del humor de los que ya no quedan.
Esta evolución es curiosa porque refleja cómo somos. Nos gusta etiquetar lo bueno. En la Cartagena de toda la vida, por ejemplo, decir que un trabajador tiene «cualidad» es casi un grado militar. Significa que el tío sabe lo que hace, ya esté soldando en Navantia o preparando un caldero en Cabo de Palos. Es esa mezcla de competencia técnica y algo intangible que te hace confiar en él.
¿Atributo, característica o cualidad? No te líes
A ver, que nos entendamos. En el lenguaje cotidiano solemos usar estas palabras como si fueran cromos intercambiables, pero si nos ponemos tiquismiquis (y en este blog nos gusta un poco el tiquismiquismo ilustrado), hay matices.
- Característica: Es algo que te define, pero es neutro. Tener los ojos azules es una característica. No te hace mejor ni peor persona, simplemente es lo que hay.
- Atributo: Suena más a base de datos o a mitología griega. Un atributo es algo que se te asigna o que posees de forma intrínseca. En programación, por ejemplo, un objeto tiene atributos.
- Cualidad: Aquí entra el valor. La cualidad suele implicar una excelencia o una distinción que aporta algo positivo. Es el «plus» que hace que algo destaque sobre el montón.
La verdad es que esta jerarquía es fundamental cuando hablamos de tecnología. Si estás diseñando una interfaz de usuario para una empresa en Madrid o una startup en Barcelona, no buscas que tenga «características» (que también), buscas que tenga «cualidades» como la usabilidad, la rapidez o la intuición. Es la diferencia entre un software que funciona y uno que da gusto usar.
La cualidad en el código: Cuando el software tiene «alma»
Ya sabéis que aquí nos gusta mancharnos las manos con un poco de código. En el mundo de la programación, especialmente en la Orientada a Objetos (POO), las cualidades de un objeto se definen mediante sus propiedades o atributos. Pero, ¿cuándo decimos que un código tiene «cualidad»?
Para un programador español, que suele tener que lidiar con plazos de entrega imposibles y requisitos que cambian más que el tiempo en el Estrecho, la cualidad del código se resume en una palabra: mantenibilidad. No me sirve de nada un algoritmo que sea una obra de arte si luego nadie puede tocarlo sin que explote todo el sistema.
// Ejemplo de un objeto con "cualidades" en JavaScript
const ProgramadorCartagenero = {
nombre: "Pepe",
energia: "Baja" (necesita un café asiático),
habilidades: ["JavaScript", "Python", "Resiliencia"],
// Una cualidad positiva (método)
picarCodigo: function() {
if (this.energia === "Baja") {
console.log("No puedo, necesito un asiático del bar de la esquina.");
} else {
console.log("Escribiendo el mejor código de la Región de Murcia...");
}
}
};
En este fragmento de código, las habilidades son características, pero la capacidad de «picar código» bajo ciertas condiciones es lo que define la cualidad operativa del objeto. Si el código está limpio, bien comentado (sin pasarse) y sigue los principios SOLID, decimos que tiene calidad. Y la calidad no es más que el conjunto de cualidades que hacen que algo sea excelente.
El factor humano: Cualidades que la IA todavía no nos quita
Mucho se habla de que la Inteligencia Artificial nos va a dejar a todos en el paro. Que si escribe mejor que nosotros, que si programa sin errores… Bueno, lo de los errores es discutible, que ya he visto yo a GPT alucinar más que uno después de tres noches sin dormir. Pero hay algo que la IA todavía no tiene: cualidades humanas reales.
Hablo de la empatía, de la intuición o de ese «saber estar» que es tan valorado en las empresas de aquí. En España, el mercado laboral se mueve mucho por la confianza. Puedes ser el mejor ingeniero del mundo, pero si no tienes la cualidad de saber trabajar en equipo o de entender los problemas reales de tu cliente (que a veces ni él mismo sabe cuáles son), estás fuera.
La IA puede procesar millones de datos en un segundo, pero no puede sentir la satisfacción de resolver un problema complejo que llevaba días dándote dolor de cabeza. Esa «cualidad» de la perseverancia humana es lo que nos hace seguir adelante. Y es algo que, por ahora, no se puede replicar con una tarjeta gráfica de NVIDIA por muy potente que sea.
La cualidad de la «chispa» española
Hay una cualidad muy nuestra que a veces infravaloramos: la capacidad de improvisación creativa. En otros países son muy cuadriculados (que oye, para algunas cosas viene de cine), pero aquí tenemos esa chispa. Si algo falla, buscamos la vuelta, hacemos un «apaño» que acaba siendo mejor que la solución original. Esa es una cualidad distintiva de nuestra naturaleza técnica y cultural.
Cartagena y la cualidad de lo eterno
No puedo hablar de cualidades sin barrer para casa. Cartagena no es solo una ciudad, es un catálogo de cualidades históricas. Si te paseas por el Teatro Romano, te das cuenta de la cualidad de los materiales y de la ingeniería de hace dos mil años. Eso sí que era «código» bien escrito. Los tíos construyeron algo que, a pesar de estar enterrado siglos bajo un barrio humilde, ha salido a la luz con una dignidad que ya querrían muchos edificios modernos de la costa.
La cualidad de la piedra, la orientación para aprovechar la luz, la acústica… Todo eso son elementos distintivos de su naturaleza. Y si nos venimos a tiempos más modernos, piensa en el Submarino Peral. Isaac Peral no solo era un inventor, tenía la cualidad de la visión. Vio el futuro cuando los demás solo veían un trozo de hierro que se hundía. Esa es la cualidad que transforma el mundo: la capacidad de ver lo que otros no ven.
Incluso en la gastronomía local vemos esto. ¿Qué cualidad tiene un café asiático? No es solo que lleve leche condensada, brandy y Licor 43. Es el equilibrio. Si te pasas de uno, te cargas el invento. La cualidad es la armonía de los ingredientes. Y eso, amigos, se aplica a todo en la vida.
¿Se pueden entrenar las cualidades?
Esta es la pregunta del millón. ¿Uno nace con ciertas cualidades o se hacen? La verdad es que yo creo que es un poco de las dos cosas. Hay gente que nace con una facilidad pasmosa para las matemáticas o para caerle bien a todo el mundo (una cualidad envidiable, por cierto). Pero la mayoría de las cualidades que importan en el mundo profesional y personal se trabajan.
La disciplina es una cualidad que se entrena. La curiosidad, aunque viene de serie, hay que alimentarla. En el blog de aquinohayquienviva.es siempre intentamos fomentar esa cualidad: la de no conformarse con la primera definición que encuentras en Google y querer rascar un poco más la superficie.
Para que nos entendamos, si quieres mejorar tus cualidades como desarrollador o como profesional en cualquier ámbito, no basta con leer manuales. Hay que practicar, fallar y, sobre todo, observar a los que tienen esas cualidades que admiras. Es un proceso de mimetismo y luego de adaptación a tu propia naturaleza.
La trampa de las «cualidades» en el currículum
Ojo con esto, que es un error clásico. Vas a LinkedIn y ves a todo el mundo con una lista de cualidades que parecen sacadas de una peli de superhéroes: «Líder carismático», «Pensador estratégico», «Gurú de la resiliencia». Vamos a ver, si todos somos líderes carismáticos, ¿quién es el que pica el código al final del día?
La verdadera cualidad no se anuncia, se demuestra. Es como el valor en la mili, que se le supone, pero hay que verlo en el campo de batalla. En el sector tecnológico español, estamos empezando a valorar más las «soft skills» (que no dejan de ser cualidades humanas) que los títulos colgados en la pared. La capacidad de comunicación, la honestidad cuando algo sale mal y la humildad para seguir aprendiendo son las cualidades que realmente marcan la diferencia en un equipo de alto rendimiento.
Un pequeño consejo de barra de bar
Si alguna vez tienes que describir tus cualidades en una entrevista, huye de los adjetivos vacíos. En lugar de decir «soy muy trabajador», cuenta esa vez que te quedaste hasta las tres de la mañana arreglando un servidor que se había caído porque un becario (o tú mismo, que la honestidad es una gran cualidad) borró lo que no debía. Los hechos demuestran las cualidades; las palabras, a veces, se las lleva el viento de Levante.
Cualidad vs. Cantidad: El dilema de la era digital
Vivimos obsesionados con la cantidad. Cuántos seguidores tienes, cuántas líneas de código has escrito hoy, cuántos pasos has dado según tu reloj inteligente. Pero la cualidad es la que da sentido a la cantidad. De nada sirven diez mil seguidores si ninguno aporta una crítica constructiva o una idea nueva. De nada sirven mil líneas de código si son una chapuza ilegible.
En la creación de contenido, que es a lo que nos dedicamos aquí, la cualidad es lo que hace que te quedes leyendo hasta el final. Podríamos usar una IA para generar veinte artículos al día sobre definiciones de la RAE, pero no tendrían este toque, esta conexión con lo que pasa en las calles de Cartagena o en las oficinas de Madrid. La cualidad de lo humano es la imperfección, la digresión y la pasión (uy, casi uso la palabra prohibida, digamos «el entusiasmo desmedido»).
La verdad es que, al final del día, lo que buscamos es la excelencia en lo pequeño. Una cualidad no tiene por qué ser algo grandioso. Puede ser la precisión con la que un carpintero ajusta una puerta o la claridad con la que un profesor explica un concepto difícil. Esas pequeñas cualidades son las que mantienen el mundo funcionando.
Reflexión final sobre lo que nos define
La conclusión que saco de todo esto es que la palabra «cualidad» es mucho más que una entrada en el diccionario de la RAE. Es una declaración de intenciones. Al buscar las cualidades de las cosas, estamos buscando su esencia, lo que las hace únicas y valiosas.
Ya sea que hablemos de la naturaleza de un lenguaje de programación, de la historia de una ciudad milenaria como Cartagena o de las virtudes de una persona, las cualidades son las que pintan el cuadro de la realidad. Sin ellas, el mundo sería una masa gris y uniforme de características neutras.
Así que, la próxima vez que alguien te pregunte por tus cualidades, no pienses en una lista de adjetivos para quedar bien. Piensa en qué es eso que te hace ser tú, ese «carácter distintivo de tu naturaleza» que dirían los académicos. Y si entre esas cualidades está la de ser un curioso empedernido que disfruta leyendo artículos largos sobre palabras cortas, entonces estás en el lugar adecuado.
Para que nos entendamos, la cualidad es el alma de las cosas. Y en un mundo cada vez más automatizado y frío, cultivar nuestras cualidades más humanas es, posiblemente, la mejor inversión que podemos hacer. Vaya, que al final me ha quedado un poco filosófico el asunto, pero es que después de tres cafés, uno se pone a pensar y no hay quien lo pare. ¡Nos leemos en la próxima!
Deja una respuesta