Hace unos días iba caminando por la Calle Mayor de Cartagena, disfrutando de ese sol que a veces pega más de la cuenta incluso en invierno, y me fijé en un chaval que llevaba unas gafas un tanto… peculiares. No eran las típicas de sol que compramos en cualquier óptica de barrio. Tenían un grosor extraño en las patillas. Al principio pensé que sería algún diseño moderno de esos que yo ya no entiendo, pero luego caí en la cuenta: estamos en la era en la que hasta los complementos más básicos quieren tener cerebro propio. Y no me refiero a que piensen por nosotros, sino a que llevan integrada esa etiqueta que ahora se le pone a todo para que parezca más inteligente: la Inteligencia Artificial.
La verdad es que el mercado de los wearables (o dispositivos vestibles, para que nos entendamos) está viviendo una segunda juventud un tanto extraña. Después del amago que supusieron las Google Glass hace ya una década —que, seamos sinceros, nos hacían parecer a todos personajes de una película de ciencia ficción de bajo presupuesto—, parece que la tecnología por fin ha alcanzado a la miniatura. Hoy vamos a desgranar qué hay detrás de estas gafas inteligentes con IA y cámara HD que están empezando a asomar por las tiendas online, y si realmente valen esos 46 euros que marcan algunas etiquetas o si estamos ante otro «juguete» tecnológico que acabará en el cajón de los cables olvidados.
Cuando hablamos de unas gafas que prometen reconocimiento de imágenes, fotos, vídeo, Bluetooth y música, lo primero que me viene a la cabeza es: ¿cómo cabe todo eso ahí sin que pesen un quintal? La clave está en la miniaturización de los componentes, algo en lo que los fabricantes asiáticos se han vuelto unos maestros, aunque a veces a costa de la durabilidad.
Estas gafas suelen montar una cámara HD integrada justo en el puente o en uno de los laterales. Ojo con esto, porque la calidad «HD» es un término muy elástico. En el papel suena genial, pero en la práctica, meter un sensor capaz de grabar con nitidez mientras caminas (con el movimiento que eso implica) es un reto físico considerable. No esperéis la estabilización de un iPhone de última generación o de una GoPro. Es más bien una cámara para capturar momentos puntuales, una especie de «dashcam» para tu cara.
El corazón de la bestia: La batería de 260mAh
Aquí es donde la realidad nos da un bofetón de humildad. 260mAh. Para que os hagáis una idea, un móvil moderno suele rondar los 5.000mAh. Estamos hablando de una capacidad minúscula. ¿Por qué? Pues porque nadie quiere llevar dos baterías de plomo colgando de las orejas. El peso es el enemigo número uno de las gafas inteligentes.
Con 260mAh, la gestión de la energía tiene que ser casi milagrosa. Si activas el Bluetooth para escuchar música y a la vez te pones a grabar vídeo en HD, la autonomía se va a evaporar más rápido que una caña fría en un chiringuito de La Manga en agosto. La verdad es que estas gafas están pensadas para un uso intermitente: una foto aquí, un clip de 30 segundos allá, y quizás una llamada corta. Si pretendes grabar un documental de dos horas sobre la arquitectura modernista de Cartagena, mejor búscate otra cosa.
- Grabación de vídeo: Consumo alto, genera calor cerca de la sien (algo no muy agradable).
- Música vía Bluetooth: Consumo moderado, ideal para podcasts mientras paseas.
- Modo espera: Aquí es donde los 260mAh aguantan el tipo, permitiendo que las gafas estén listas para cuando las necesites.
La IA y el reconocimiento de imágenes: ¿Realidad o marketing?
Llegamos al punto que más me escama y, a la vez, el que más me interesa. ¿Qué significa que unas gafas de menos de 50 euros tengan «IA y reconocimiento de imágenes»? Vaya, que no es que las gafas tengan un cerebro electrónico procesando redes neuronales complejas de forma local. Eso requeriría un procesador que quemaría tus patillas en tres segundos.
Lo que ocurre en realidad es que estas gafas actúan como un puente. La cámara captura la imagen, la envía por Bluetooth a una aplicación en tu smartphone, y es el procesador de tu móvil (o un servidor en la nube) el que hace el trabajo sucio de identificar qué estás viendo. Es un truco viejo, pero efectivo.
Imagina que estás en el supermercado y no sabes si ese vino es bueno. En teoría, las gafas podrían «ver» la etiqueta y decirte el precio o la puntuación. O mejor aún, para los que somos un poco despistados con los nombres, reconocer a alguien por la calle (aunque esto último entra en un terreno pantanoso de privacidad del que hablaremos luego). En España, empresas como Telefónica o diversas startups tecnológicas están explorando cómo integrar estos flujos de datos de forma más fluida, pero a nivel de usuario doméstico, todavía estamos en una fase muy experimental.
¿Para qué sirve realmente el reconocimiento de imágenes hoy?
- Traducción en tiempo real: Miras un cartel en otro idioma y la app te lo traduce al oído. Muy útil si te vas de viaje y no quieres estar sacando el móvil cada dos por tres.
- Asistencia para personas con visibilidad reducida: Este es, para mí, el uso más noble. Una IA que te susurre «tienes un paso de cebra a dos metros» o «hay una silla delante» puede cambiar vidas.
- Lectura de códigos QR: Parece una tontería, pero en un mundo post-pandemia donde todo es un QR, tenerlo integrado en la vista es cómodo.
Resistencia IP65: ¿Aguantan el chaparrón?
El certificado IP65 es un viejo conocido. El «6» significa que son totalmente estancas al polvo (importante si vives cerca de zonas de campo o playa donde la arena vuela). El «5» significa que aguantan chorros de agua a baja presión.
Traducción para humanos: Si te pilla una de esas tormentas repentinas que a veces caen por aquí, las gafas no deberían morir en el acto. Pero ni se te ocurra meterte a la piscina con ellas ni ducharte pensando que vas a grabar un videoclip. La resistencia al agua en los gadgets es como la paciencia de un camarero en hora punta: tiene un límite muy claro. Además, el sudor es corrosivo, así que después de una caminata intensa, no vendría mal pasarles un paño húmedo para quitarles la salinidad.
El elefante en la habitación: La privacidad en las calles de España
Aquí es donde me pongo un poco más serio. En España somos muy celosos de nuestra privacidad, y con razón. La Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) no se anda con chiquitas. Llevar una cámara HD en la cara que puede estar grabando en cualquier momento genera una desconfianza natural.
Si vas por la calle con estas gafas, técnicamente estás captando imágenes de personas en la vía pública. Mientras sea para uso personal y doméstico, no suele haber problema, pero en cuanto empiezas a subir esos vídeos a redes sociales sin pixelar caras, te estás metiendo en un jardín legal considerable. Y es que, a diferencia de un móvil, donde es obvio que estás grabando porque lo sostienes en alto, las gafas son discretas. Esa discreción es su mayor virtud y su mayor peligro ético.
La verdad es que todavía no estamos acostumbrados a interactuar con personas que llevan cámaras en los ojos. Me recuerda un poco a cuando empezaron a popularizarse los drones; al principio todo el mundo miraba al cielo con sospecha. Con las gafas inteligentes pasará lo mismo. Mi consejo: si vas a usarlas, sé transparente. No seas ese tipo raro que graba conversaciones ajenas en la barra de un bar.
¿Merecen la pena por 46 euros?
Si mal no recuerdo, hace unos años cualquier cosa que dijera «gafas con cámara» costaba el triple y la calidad era similar a la de una webcam de los años 90. Por 46 euros, lo que estamos comprando es, esencialmente, un experimento.
No esperes sustituir tus Ray-Ban favoritas ni tener la experiencia de realidad aumentada de las Apple Vision Pro (que cuestan casi cien veces más). Estas gafas son para el entusiasta de la tecnología que quiere probar qué se siente al tener un asistente visual, o para alguien que necesita grabar manos libres de forma ocasional, como un cocinero que quiere mostrar una receta o un mecánico que necesita enseñar una pieza a un compañero de forma remota.
Lo que me gusta y lo que no
Para que nos entendamos, vamos a poner las cartas sobre la mesa con lo bueno y lo malo de este tipo de dispositivos económicos:
- A favor: El precio es imbatible. Es una forma barata de entrar en el mundo de los smart glasses sin arruinarse. La conectividad Bluetooth suele ser estable y para escuchar música o podcasts mientras caminas sin taparte los oídos (seguridad vial, ante todo) funcionan de maravilla.
- En contra: La batería es un suspiro. La calidad de construcción suele ser plasticosa y, seamos sinceros, el diseño no siempre es el más favorecedor. Además, la dependencia del móvil para las funciones de IA es total; sin un buen smartphone al lado, son solo unas gafas con cámara.
Un vistazo al futuro (y un poco de historia)
A veces se nos olvida lo rápido que avanza esto. Si echamos la vista atrás, a la Cartagena de hace un siglo, la idea de llevar un dispositivo en la cara que pudiera reconocer objetos y hablarte al oído parecería brujería o, como poco, una locura digna de Julio Verne. Hoy, lo vemos en una oferta de internet por menos de lo que cuesta una cena para dos.
El camino de las gafas inteligentes ha sido tortuoso. Tuvimos las Google Glass, que fracasaron por ser demasiado caras y parecer demasiado «tecnológicas». Luego vinieron las Spectacles de Snapchat, que eran divertidas pero limitadas. Ahora, estamos en la fase de integración. Meta (la empresa de Facebook) se ha aliado con Ray-Ban para hacer gafas que parecen gafas normales pero tienen IA. El hecho de que ahora aparezcan versiones «low cost» como estas que comentamos indica que la tecnología se ha democratizado.
¿Hacia dónde vamos? Al final del día, la meta es que la pantalla del móvil desaparezca y la información se superponga a nuestra realidad. Imagina caminar por el casco antiguo de Cartagena y que las gafas te vayan mostrando fotos antiguas de los edificios que estás viendo, o que te marquen el camino hacia la tapa de michirones más cercana. Eso es la Realidad Aumentada de verdad, y estas gafas con IA son los primeros pasos, balbuceantes pero decididos, hacia ese futuro.
Consideraciones técnicas para los más cafeteros
Si eres de los que lee la letra pequeña de las instrucciones, hay un par de detalles técnicos que deberías tener en cuenta antes de lanzarte a por unas. El Bluetooth que suelen usar estas gafas es el 5.0 o superior. Esto es importante porque gestiona mucho mejor el consumo de energía que las versiones antiguas. Si tu móvil es muy viejo, quizás tengas problemas de sincronización o de retardo (lag) en el audio.
En cuanto al almacenamiento, estas gafas no suelen tener mucha memoria interna. Funcionan con tarjetas microSD (que normalmente tienes que comprar aparte) o enviando el contenido directamente al teléfono. Mi recomendación es que uses una tarjeta de buena calidad, clase 10, porque si la tarjeta es lenta, el vídeo HD se cortará o dará tirones, y no hay nada más frustrante que grabar algo y que luego parezca un pase de diapositivas.
¿Y el sonido?
La mayoría de estas gafas no usan auriculares que se meten en el oído. Utilizan pequeños altavoces situados en las patillas, cerca de tus orejas, o tecnología de conducción ósea. Esto es genial porque te permite seguir escuchando lo que pasa a tu alrededor (el tráfico, la gente, el mar). La contrapartida es que, si subes mucho el volumen, la persona que tienes al lado en el autobús se va a enterar de que estás escuchando el último hit de la radio o ese podcast sobre crímenes reales que tanto te gusta. No son para audiófilos, pero cumplen su función para un uso casual.
La conclusión que saco de todo esto
Vaya, que no estamos ante el dispositivo definitivo que va a cambiar nuestras vidas mañana mismo. Las gafas inteligentes con IA y cámara HD de gama económica son, hoy por hoy, un gadget curioso, un regalo ideal para el «techie» de la familia o una herramienta específica para ciertos trabajos.
Lo que sí es cierto es que marcan una tendencia imparable. La tecnología ya no quiere estar en nuestro bolsillo, quiere estar en nuestros sentidos. Queremos ver más, oír mejor y tener información al instante sin tener que bajar la mirada hacia una pantalla de cristal. Estas gafas, con sus limitaciones de batería y su IA dependiente del móvil, son un recordatorio de que el futuro ya está aquí, aunque todavía necesite un cable de carga cada pocas horas.
Si te decides a probarlas, hazlo con curiosidad pero con expectativas realistas. Disfruta de la libertad de hacer una foto con un parpadeo o un botón en la sien, pero no te olvides de mirar el mundo con tus propios ojos de vez en cuando. Al fin y al cabo, ninguna cámara HD, por muy buena que sea, puede captar la luz del atardecer en el puerto de Cartagena como lo hace la retina humana. O al menos, no todavía.
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