IA / mayo 28, 2026 / 12 min de lectura / 👁 33 visitas

El café, el puerto de Cartagena y esa extraña sensación de que el futuro ya está aquí

El café, el puerto de Cartagena y esa extraña sensación de que el futuro ya está aquí

Ayer mismo, mientras me tomaba un asiático —ese café con leche condensada, brandy y canela que solo sabemos hacer bien aquí, frente al Palacio Consistorial de Cartagena—, escuché a dos chavales en la mesa de al lado discutir sobre si la Inteligencia Artificial les iba a dejar sin trabajo antes de terminar la carrera en la UPCT. Es el tema de moda, ¿verdad? La ansiedad tecnológica se respira en el ambiente, casi tanto como el salitre del puerto cuando sopla el Levante. Pero lo curioso es que, a miles de kilómetros de aquí, en el epicentro de Silicon Valley, el discurso está dando un giro de 180 grados que nos ha dejado a todos un poco a cuadros.

Hablemos de Dario Amodei. Si no te suena el nombre, quédate con él: es el CEO de Anthropic, la empresa que ha parido a Claude, ese modelo de lenguaje que muchos preferimos antes que a ChatGPT porque parece que tiene un poco más de «alma» (o al menos no te suelta sermones tan robóticos). Amodei, que hasta hace nada era el profeta de la precaución y el «ojo, que esto se nos va de las manos», ha salido ahora con una tesis que ha corrido como la pólvora: la IA no solo no va a destruir el empleo de forma masiva, sino que va a generar más. Sí, como lo oyes. Tres doritos después de advertirnos sobre los riesgos existenciales, ahora resulta que vamos a estar más ocupados que nunca.

La verdad es que esto suena al típico optimismo tecnológico para calmar a los inversores, pero si rascamos un poco la superficie, hay argumentos que merecen que les echemos un ojo con calma. No es solo una cuestión de «se crearán trabajos que aún no imaginamos», esa frase hecha que ya huele a rancio. Es algo más profundo que toca directamente la economía de nuestras pymes en España y la forma en la que picamos código o gestionamos un negocio en la Región de Murcia.

¿Quién es Dario Amodei y por qué deberíamos escucharle (aunque cambie de opinión)?

Para entender el cambio de discurso, hay que entender al personaje. Amodei no es un «vendehúmos» cualquiera. Salió de OpenAI porque no le gustaba el rumbo comercial que estaba tomando la empresa de Sam Altman. Se llevó a un grupo de ingenieros brillantes y fundó Anthropic con una bandera muy clara: la seguridad. Durante un par de años, sus intervenciones eran casi fúnebres. Hablaba de modelos que podrían ayudar a crear armas biológicas o de cómo la automatización podría desestabilizar las democracias.

Pero algo ha pasado en los últimos meses. Quizás sea el contacto con la realidad de las empresas que ya usan Claude, o quizás sea que ha visto datos que el resto aún no procesamos. La cuestión es que ahora defiende que la IA es una herramienta de «aumento», no de «sustitución». Y ojo, que esto no lo dice desde un púlpito teórico. Lo dice alguien que está viendo cómo las empresas españolas, desde una consultora en Madrid hasta una startup de logística en el polígono de Cabezo Beaza, están integrando estas herramientas.

Vaya, que el tipo ha pasado de ser el que te avisa de que viene el lobo a ser el que te dice que el lobo, en realidad, es un perro pastor muy eficiente que te va a ayudar a cuidar un rebaño mucho más grande. ¿Es un cambio de chaqueta? Puede. Pero en tecnología, cambiar de opinión cuando los datos cambian es casi una obligación si no quieres acabar como los que decían que internet era una moda pasajera.

La paradoja de Jevons: Por qué ser más eficientes nos hace trabajar más

Para explicar por qué Amodei cree que habrá más empleo, tenemos que viajar un poco atrás en el tiempo, algo que en Cartagena se nos da de lujo. Pensemos en la minería de La Unión en el siglo XIX. Cuando se introdujeron máquinas de vapor más eficientes para extraer agua de las minas, cualquiera habría pensado: «Bueno, ahora necesitaremos menos mineros porque las máquinas hacen el trabajo duro». ¿Qué pasó? Todo lo contrario. Al ser más barato y eficiente extraer el mineral, se abrieron muchísimas más minas que antes no eran rentables. Resultado: se necesitó a más gente que nunca.

Esto es lo que los economistas llaman la Paradoja de Jevons. Y es exactamente lo que Amodei sugiere que va a pasar con la IA. Si un programador en una oficina de la calle Mayor puede hacer en dos horas lo que antes le llevaba diez, la empresa no va a decirle: «Oye, vete a casa las otras ocho horas». Lo que va a pasar es que la empresa va a querer hacer cinco veces más proyectos. Proyectos que antes se descartaban por ser demasiado caros o complejos ahora están sobre la mesa.

La verdad es que, si lo piensas, tiene sentido. En España tenemos un tejido empresarial formado por pymes que siempre van ahogadas. Si a un pequeño empresario de aquí le das una herramienta que le quita el 40% de la carga administrativa, no va a despedir a su administrativo; lo va a poner a vender, a buscar nuevos mercados o a mejorar la atención al cliente. La demanda de «cosas bien hechas» es infinita, lo que es finito es el tiempo y el dinero para pagarlas.

El código ya no es el fin, es el medio (con un toque de ironía)

Si eres desarrollador, esto te toca la fibra. Amodei insiste en que la IA va a democratizar la creación de software de una forma que aún no procesamos. Y aquí es donde entra mi parte favorita: el código comentado con un poco de mala leche. Antes, para montar un script que conectara el inventario de una tienda de repuestos en el Barrio de la Concepción con una API de envíos, necesitabas una tarde entera y tres cafés. Ahora, le pides a Claude que te lo haga y, bueno, el resultado es… interesante.

# Intento de script de IA para un negocio local
# Según Amodei, esto me hace 10 veces más productivo.
# Según mi realidad, esto me ahorra el "boilerplate" pero me obliga a revisar que no se invente funciones.

import anthropic

def gestionar_pedidos_cartagena(pedido):
    # La IA cree que esto es magia, pero ojo con los nulos
    try:
        # Aquí Claude generaría una lógica compleja de asignación de rutas
        # Evitando que el repartidor se meta por las calles peatonales del centro
        ruta = calcular_ruta_optima(pedido.destino) 
        print(f"Enviando pedido a {pedido.destino} por la ruta menos congestionada")
    except Exception as e:
        # El clásico error que la IA no previó porque no sabe que en Cartagena
        # si hay procesión, no pasa ni un patinete.
        print(f"Error: Probablemente hay un trono en medio de la calle. {e}")

# La conclusión de Amodei: ahora puedo gestionar 100 pedidos en vez de 10.
# Mi conclusión: ahora tengo que supervisar 100 rutas en vez de 10. Más trabajo, pero diferente.

Este pequeño fragmento de código es una analogía de lo que viene. La IA nos quita la parte aburrida (escribir el `try-except`, configurar la conexión), pero nos deja la parte difícil: entender el contexto local, saber que si es Viernes de Dolores la logística de la ciudad cambia por completo y decidir qué hacer cuando la tecnología falla. Amodei sostiene que este «superpoder» hará que la demanda de profesionales que sepan orquestar estas herramientas se dispare.

¿Y qué pasa con el mercado laboral español?

Aterrizando esto a nuestra realidad, España tiene una oportunidad de oro, pero también un riesgo de quedarse en fuera de juego. Históricamente, hemos sido un país de servicios y turismo, pero el sector tecnológico ha crecido una barbaridad en ciudades como Málaga, Valencia o incluso aquí, con el polo tecnológico de la Región de Murcia. Si Amodei tiene razón, el cuello de botella ya no será la falta de programadores senior que sepan C++ de memoria, sino la falta de gente con visión de negocio que sepa usar la IA para resolver problemas reales.

Imagina una empresa conservera de la zona. Antes, implementar un sistema de visión artificial para descartar latas defectuosas costaba una fortuna en licencias y consultoría. Ahora, con modelos de lenguaje que entienden imágenes y pueden generar código de control de calidad, esa misma empresa puede permitirse innovar. Y para eso necesita gente. Necesita a alguien que entienda el proceso, alguien que supervise la IA y alguien que gestione los nuevos clientes que van a conseguir gracias a ser más competitivos.

La clave aquí es que la IA reduce el «coste marginal» de la inteligencia. Y cuando algo se vuelve muy barato, tendemos a usarlo en todas partes. Es lo que pasó con la electricidad. Al principio solo servía para iluminar bombillas; luego, como era barata y estaba en todas partes, inventamos la lavadora, el frigorífico y el aire acondicionado (bendito sea en los agostos cartageneros). Cada uno de esos inventos creó industrias enteras y millones de empleos.

El efecto «Tres Doritos Después»: Del miedo al FOMO

Es gracioso ver cómo ha cambiado el tono de la conversación en los foros tecnológicos. Hace un año, el sentimiento predominante era el miedo: «Me van a sustituir». Hoy, el sentimiento es el FOMO (miedo a quedarse fuera): «Si no aprendo a usar esto ya, mi competencia me va a pasar por la derecha con un Tesla».

Amodei ha sabido leer este cambio de marea. En sus últimas intervenciones, recalca que estamos entrando en la era de los «agentes». Ya no es solo un chat al que le preguntas cosas; es un software que puede usar tu ordenador, mover el ratón, rellenar formularios y tomar decisiones sencillas. Esto, que suena a ciencia ficción, ya está en fase beta. Y sí, da un poco de vértigo. Pero si lo piensas, ¿cuántas horas al día pasas haciendo tareas mecánicas que no aportan nada? Copiar datos de un Excel a un CRM, responder correos rutinarios, agendar reuniones…

Si delegamos eso, lo que queda es el trabajo puramente humano. La estrategia, la empatía, la creatividad y, sobre todo, el criterio. Porque, seamos sinceros, la IA es muy buena ejecutando, pero es bastante mediocre decidiendo qué es lo que realmente importa. Puede escribirte un plan de marketing, pero no sabe si ese plan va a encajar con la idiosincrasia de un cliente de toda la vida de Santa Lucía que prefiere un apretón de manos a un PDF de veinte páginas.

La educación y el reciclaje: El gran elefante en la habitación

Claro que no todo es de color de rosa en el discurso de Amodei. Para que este aumento de empleo sea real, necesitamos que la gente sepa subirse al carro. Y ahí es donde me entran las dudas. ¿Está nuestro sistema educativo preparado para esto? ¿Están nuestras empresas dispuestas a invertir en formación o solo quieren el beneficio inmediato?

La verdad es que, a veces, parece que vamos a dos velocidades. Por un lado, tienes a ingenieros en la Politécnica de Cartagena haciendo cosas increíbles con redes neuronales, y por otro, tienes procesos burocráticos que parecen sacados de la época de Felipe II. El optimismo de Amodei funciona si, y solo si, somos capaces de flexibilizar nuestra forma de trabajar. Si intentamos aplicar IA a procesos del siglo XX sin cambiarlos, lo único que conseguiremos es cometer errores mucho más rápido que antes.

Ojo con esto: el empleo no va a aparecer por arte de magia. Va a aparecer porque habrá una explosión de productividad que bajará los precios y aumentará la demanda. Pero ese proceso es doloroso. Habrá gente que vea cómo sus habilidades actuales pierden valor de la noche a la mañana. La diferencia con otras revoluciones industriales es la velocidad. Esta vez no tenemos cincuenta años para adaptarnos; tenemos cinco, o quizás tres.

¿Y si Amodei se equivoca?

Es una posibilidad, claro. Hay voces, como las de algunos economistas del MIT, que dicen que esta vez es diferente porque la IA no solo sustituye la fuerza física, sino también la cognitiva. Si la IA llega a ser mejor que nosotros en *todo* lo que implique procesar información, ¿qué nos queda? Es la pregunta del millón.

Sin embargo, la historia nos dice que siempre hemos subestimado nuestra capacidad para inventar nuevas necesidades. Hace doscientos años, el 90% de la población trabajaba en el campo. Si les hubieras dicho que en el futuro la gente se ganaría la vida como «Community Manager» o «Analista de Datos», se habrían reído en tu cara. Simplemente no tenían los conceptos para entender esos trabajos. Con la IA nos pasa lo mismo. Estamos intentando imaginar el futuro con las gafas del presente.

Personalmente, y esto es una opinión muy mía tras leer mucho sobre el tema y probar estas herramientas hasta la extenuación, creo que Amodei tiene parte de razón. No sé si se creará *más* empleo en términos netos absolutos a largo plazo, pero sí estoy convencido de que el trabajo que quede será mucho más interesante. Menos picar piedra digital y más diseñar catedrales.

El factor humano y la «chispa» de Cartagena

Para ir aterrizando este trasatlántico de ideas, me gustaría volver a lo local. Cartagena ha sobrevivido a crisis de todo tipo: el cierre de las minas, la reconversión industrial de los 90, crisis inmobiliarias… Y siempre ha salido adelante gracias a una mezcla de resiliencia y capacidad de adaptación. La IA es solo un reto más.

La conclusión que saco de todo esto es que no debemos tener miedo a la herramienta, sino a la inmovilidad. Dario Amodei nos está diciendo que el pastel va a hacerse más grande, pero no nos está diciendo que nuestra porción esté asegurada. Esa nos la tenemos que ganar nosotros aprendiendo a bailar con estos algoritmos.

Al final del día, la tecnología pasa, pero las personas y sus necesidades permanecen. La IA podrá redactar un contrato, podrá optimizar una ruta de reparto por el Ensanche o podrá incluso diseñar la estructura de un nuevo buque en Navantia, pero no podrá sustituir el juicio crítico, la ética y esa chispa de ingenio que surge cuando te sientas con alguien a solucionar un problema real.

Así que, la próxima vez que veas una noticia apocalíptica sobre robots quitándonos el pan, acuérdate de los «tres doritos después» de Amodei. Quizás, solo quizás, estamos a las puertas de una era donde el trabajo deje de ser una carga pesada para convertirse en algo donde nuestra humanidad brille más que nunca. O al menos, eso es lo que me gusta pensar mientras termino mi asiático y veo cómo el sol se pone tras el Castillo de la Concepción. El futuro está ahí, y la verdad es que tiene una pinta de lo más curiosa.

  • La IA como motor de eficiencia: Menos tiempo en tareas repetitivas, más tiempo para la estrategia.
  • El cambio de narrativa de Anthropic: De la seguridad extrema al optimismo productivo.
  • La importancia del contexto local: Por qué una IA necesita un humano que conozca «el terreno».
  • Nuevos roles: El fin del programador «pica-código» y el nacimiento del arquitecto de soluciones.

Vaya, que la cosa promete. No bajemos la guardia, pero tampoco nos escondamos debajo de la cama. Como decimos por aquí, «pijo, que no sea nada», y que nos pille trabajando en algo que nos apasione, con o sin ayuda de un modelo de lenguaje.

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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