IA / marzo 31, 2026 / 11 min de lectura / 👁 69 visitas

Esa extraña manía de querer arreglar lo que rompemos

Ayer, mientras me tomaba un café en una de esas terrazas de la calle Mayor de Cartagena, viendo cómo el sol rebotaba en las piedras del Teatro Romano, me quedé pensando en la cantidad de capas que tiene esta ciudad. Debajo de nuestros pies hay siglos de historia, de gente que creía que su mundo era eterno. Y aquí estamos nosotros, en 2024, con una tecnología que parece sacada de una novela de Asimov, pero con los mismos problemas de fondo: no sabemos muy bien qué hacer con el planeta que nos ha tocado cuidar.

La verdad es que me vino a la cabeza Elizabeth Kolbert. Si no os suena el nombre, debería. Es esa periodista de The New Yorker que tiene la habilidad —o la maldición, según se mire— de explicar por qué nos estamos cargando todo de una forma tan elegante que casi te dan ganas de darle las gracias. Acaba de publicar en España La vida en un planeta poco conocido, y es de esos libros que te dejan el café frío porque te olvidas de beber mientras lees.

Kolbert no es una activista de pancarta fácil. Es una reportera de las de antes, de las que se ensucian las botas. Y lo que cuenta en su último trabajo es, para qué engañarnos, un poco de locos. Habla de cómo estamos intentando usar la Inteligencia Artificial para hablar con las ballenas y de cómo en Nueva Zelanda hay gente que ama tanto la naturaleza que se dedica a exterminar animales para salvarla. Sí, habéis leído bien. Es esa paradoja constante en la que vivimos: intentar arreglar el desastre con las mismas herramientas que lo causaron.

El algoritmo que susurraba a los cachalotes

Vamos a lo que nos gusta aquí, que es la tecnología con un toque de «esto no puede ser verdad». Uno de los capítulos más potentes de lo nuevo de Kolbert trata sobre el Proyecto CETI (Cetacean Translation Initiative). La idea suena a ciencia ficción de la buena: usar modelos de lenguaje, parecidos a los que hacen funcionar a ChatGPT, pero para descifrar los chasquidos de los cachalotes.

Ojo con esto, porque no es tan sencillo como ponerle un micrófono a una ballena y esperar a que nos cuente su vida. Los cachalotes se comunican mediante «codas», que son secuencias de clics rítmicos. Durante décadas, los biólogos marinos han intentado entender qué significan, pero es como intentar aprender chino escuchando solo el ritmo de las frases sin saber qué es un verbo o un sustantivo. Aquí es donde entra la IA.

La verdad es que el enfoque es puramente matemático. Los investigadores están alimentando a redes neuronales con miles de horas de grabaciones submarinas. Lo que busca la IA no es el «significado» emocional, sino patrones estadísticos. Si una secuencia de clics A siempre va seguida de una secuencia B en un contexto de caza, ahí hay una estructura. Es procesamiento de lenguaje natural (NLP) aplicado a una especie que lleva en el océano millones de años más que nosotros.

Pero Kolbert, con esa lucidez que tiene, lanza una pregunta que te vuela la cabeza: ¿Y si logramos entenderlas? ¿Qué les diríamos? Ella lo tiene claro: «Lo siento». Y es que, si lo piensas, sería una conversación bastante incómoda. «Hola, somos los que hemos llenado vuestra casa de plástico y ruido de motores, ¿qué tal el día?». Vaya, que la tecnología nos puede dar la capacidad de hablar, pero no nos quita la vergüenza de lo que hemos hecho.

La paradoja de Nueva Zelanda: Matar por amor

Este es uno de esos temas que te hacen torcer el gesto. Kolbert viaja a Nueva Zelanda, un país que a menudo vemos como el paraíso de la sostenibilidad. Pero resulta que allí tienen una guerra montada. Una guerra contra los depredadores introducidos por el hombre: ratas, armiños, zarigüeyas… animales que están aniquilando a las aves nativas, como el icónico kiwi, que no saben defenderse porque evolucionaron en un mundo sin mamíferos terrestres.

Lo curioso, y aquí es donde entra la parte humana y contradictoria, es que hay más de 4.000 grupos conservacionistas locales. Gente normal, jubilados, chavales de instituto, que salen al monte a poner trampas. Kolbert dice algo que me dejó pensando: «Puedes matar animales y aun así amarlos». Es una frase dura, pero refleja la complejidad de lo que ella llama «gestionar la naturaleza».

En España tenemos ejemplos que, salvando las distancias, nos tocan de cerca. Pensad en el arruí en Sierra Espuña, aquí al lado de Cartagena. Es una especie introducida para la caza que compite con la fauna local. ¿Qué haces? ¿Lo proteges porque es un animal vivo y «bonito» o lo eliminas para proteger el ecosistema original? No hay respuestas fáciles, y Kolbert se niega a darlas. Se limita a ponerte el espejo delante para que veas lo complicado que es jugar a ser dioses en un mundo que ya hemos desequilibrado.

¿Por qué vivimos en una época extraordinaria? (Y no lo digo en plan bien)

Cuando le preguntan a Kolbert por qué insiste en que este momento de la historia es único, no se refiere a que tengamos iPhones o que podamos pedir comida a domicilio con un clic. Se refiere al registro geológico. Si un geólogo del futuro —digamos, dentro de diez millones de años— excavara la tierra, encontraría una capa muy fina y muy extraña.

Esa capa tendría restos de hormigón, isótopos radiactivos de las pruebas nucleares y, sobre todo, una ausencia masiva de biodiversidad. Es lo que ella llamó en su libro anterior La sexta extinción. Lo que estamos viviendo ahora no tiene precedentes desde que un meteorito decidió acabar con los dinosaurios. La diferencia es que esta vez el meteorito somos nosotros.

La verdad es que, cuando hablas de estas cosas, la gente suele desconectar porque suena a apocalipsis aburrido. Pero Kolbert lo hace personal. No te habla de estadísticas frías, te habla de científicos que están intentando criar corales en tanques que aguanten el calor o de ingenieros que quieren lanzar partículas a la atmósfera para tapar el sol (la famosa geoingeniería). Es un intento desesperado de usar la tecnología para frenar las consecuencias de la propia tecnología.

El espejo de Cartagena y el Mar Menor

No puedo evitar traer esto a nuestro terreno. Aquí en Cartagena, tenemos el Mar Menor a un tiro de piedra. Es el ejemplo perfecto de lo que Kolbert describe en sus libros: un ecosistema complejo que hemos llevado al límite por una mezcla de negligencia, intereses económicos y una fe ciega en que la naturaleza «ya se recuperará sola».

Al igual que en los casos que narra la periodista estadounidense, en el Mar Menor estamos viendo intentos de solución tecnológica: filtros verdes, tuberías para sacar el agua dulce, sensores de última generación para medir el oxígeno… Todo muy avanzado. Pero, al final del día, el problema de fondo es el mismo que el de las ballenas o el de Nueva Zelanda: nuestra relación con el entorno está rota.

Si mal no recuerdo, hace unos años se hablaba de usar satélites e IA para predecir las anoxias en la laguna. Está genial, de verdad. Pero como diría Kolbert, la tecnología es solo una tirita si no cambiamos la forma en la que ocupamos el territorio. Es esa ironía de gastar millones en máquinas para que hagan el trabajo que la naturaleza hacía gratis antes de que la estropeáramos.

Un código para entender el mundo (literalmente)

Para los que sois más de código y menos de filosofía, dejadme que os cuente un detalle técnico sobre cómo se está trabajando en la comunicación con animales, que es algo que Kolbert menciona de pasada pero que tiene mucha miga. No se trata de un diccionario «clic = hola». Se trata de representaciones vectoriales.

En el procesamiento de lenguaje natural moderno, las palabras se convierten en vectores en un espacio multidimensional. Las palabras que tienen significados similares acaban «cerca» las unas de las otras. Los ingenieros del Proyecto CETI están intentando hacer lo mismo con las codas de los cachalotes. Si logran mapear la estructura del «lenguaje» de las ballenas en un espacio vectorial y luego compararlo con el espacio vectorial del lenguaje humano, podrían encontrar puentes de significado sin necesidad de una traducción directa.


# Ejemplo simplificado de cómo se vería un mapeo de patrones (pseudocódigo irónico)
def analizar_coda(frecuencia, ritmo):
    patron = transformar_a_vector(frecuencia, ritmo)
    if patron.esta_cerca_de(patrones_alimentacion):
        return "Tengo hambre, ¿alguien ha visto un calamar gigante?"
    elif patron.esta_cerca_de(patrones_sociales):
        return "¡Eh, que soy de la familia de las Azores, no me confundas!"
    else:
        return "Error 404: Significado no encontrado (o quizás solo están disfrutando del agua)"

Es fascinante y aterrador a la vez. Estamos intentando hackear la comunicación de seres que llevan comunicándose así desde antes de que nosotros aprendiéramos a frotar dos palos para hacer fuego. Y lo hacemos con servidores que consumen una cantidad ingente de energía, contribuyendo precisamente al calentamiento de los océanos donde viven esas ballenas. Si eso no es una paradoja digna de un libro de Kolbert, que baje Isaac Peral y lo vea.

La labor del periodista en tiempos de ruido

Otra cosa que me encanta de Elizabeth Kolbert es cómo entiende su oficio. En un mundo de titulares de tres segundos y vídeos de TikTok, ella se va meses a una isla remota o se pasa semanas hablando con expertos en genética. Su periodismo es de cocción lenta.

En la entrevista que mencionaba al principio, ella dice algo fundamental: «Soy una reportera. No me fío de mi instinto, me fío del trabajo de muchos científicos». Esa humildad es rara hoy en día. En una época donde todo el mundo tiene una opinión formada sobre todo sin haber leído más de un párrafo, que alguien con un Pulitzer te diga que su trabajo es simplemente ser el altavoz de los que realmente saben, es refrescante.

Y es que escribir sobre ciencia y medio ambiente no es solo contar desgracias. Es saber transmitir la complejidad. Lo fácil sería decir «los humanos son malos, la naturaleza es buena». Pero Kolbert te cuenta que los conservacionistas de Nueva Zelanda matan armiños porque aman a los pájaros. Te cuenta que la IA puede ser la clave para entender a otras especies, aunque la hayamos creado nosotros, los destructores. El mundo no es blanco o negro; es de un gris tecnológico bastante complicado.

¿Hay esperanza o nos vamos todos al garete?

Esta es la pregunta del millón. Kolbert no es una optimista profesional, de esas que te dicen que todo saldrá bien si reciclas tus yogures. De hecho, a veces puede resultar un poco deprimente. Pero hay una diferencia entre ser pesimista y ser realista.

Ella sostiene que ya no existe una «naturaleza virgen» a la que volver. Ese barco ya zarpó. Ahora vivimos en un planeta que es, básicamente, un jardín mal gestionado. Todo lo que hagamos a partir de ahora, incluso no hacer nada, es una forma de intervención. Si decidimos no intervenir en el Mar Menor, estamos interviniendo por omisión. Si decidimos usar IA para hablar con ballenas, estamos cambiando nuestra relación con ellas para siempre.

La conclusión que saco de todo esto —y ojo, que esto es cosecha propia tras leerla mucho— es que la tecnología no nos va a salvar por sí sola, pero es la única herramienta que nos queda para intentar mitigar el desastre que nosotros mismos hemos creado. Es como intentar arreglar un reloj de precisión con un martillo, pero resulta que el martillo es lo único que tenemos en la caja de herramientas.

Un último pensamiento frente al puerto

Para ir terminando, que se me acaba el café y la batería del portátil, os diré que leer a Kolbert es un ejercicio de honestidad necesario. Aquí en Cartagena, con nuestro puerto milenario, sabemos mucho de cambios de era. Hemos visto pasar a cartagineses, romanos, bizantinos y árabes. Cada uno creía que su forma de entender el mundo era la definitiva.

Ahora nos toca a nosotros, los de la era del silicio y el cambio climático. Quizás, dentro de mil años, alguien encuentre los restos de nuestros servidores en el fondo del Mediterráneo y se pregunte qué intentábamos hacer con tanta computación y tan poco sentido común. O quizás, gracias a gente como Kolbert que nos pone los puntos sobre las íes, logremos entender que la tecnología más avanzada debería servir, ante todo, para pedir perdón y empezar a escuchar de verdad lo que el planeta tiene que decirnos.

Vaya, que si tenéis un rato, haceos un favor y buscad La vida en un planeta poco conocido. No os va a dar soluciones mágicas, pero os va a ayudar a entender por qué el mundo está como está. Y eso, en los tiempos que corren, ya es mucho. Para que nos entendamos: es como pasar de usar Windows 95 a tener fibra óptica en el cerebro. Duele un poco al principio, pero ves las cosas con mucha más claridad.

Al final del día, lo que nos queda es la curiosidad. Esa misma curiosidad que lleva a un científico a ponerle un hidrófono a un cachalote o a un periodista a viajar al fin del mundo para ver cómo alguien pone una trampa para ratas. Mientras sigamos haciéndonos preguntas, aunque las respuestas nos den un poco de miedo, todavía hay algo por lo que pelear. O al menos, algo sobre lo que escribir mientras el sol se pone tras la Algameca Chica.

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