historia / mayo 2, 2026 / 13 min de lectura / 👁 188 visitas

Más allá del papel: Lo que la RAE nos cuenta (y lo que no)

Más allá del papel: Lo que la RAE nos cuenta (y lo que no)

A veces me pregunto si somos conscientes de la cantidad de veces que soltamos la palabra «historia» a lo largo del día. «Eso ya es historia», decimos cuando queremos pasar página tras una ruptura o un despido. «No me vengas con historias», soltamos cuando alguien nos intenta colar una excusa barata. Pero, si nos ponemos un poco serios y abrimos el Diccionario de la Lengua Española (esa casa de citas que es la RAE), nos encontramos con algo mucho más profundo que un simple carpetazo al pasado. La definición oficial nos dice que es la narración de acontecimientos pasados dignos de memoria. Y ahí, amigos, es donde empieza el lío: ¿quién decide qué es digno de ser recordado y qué no?

La verdad es que, viviendo en una ciudad como Cartagena, la definición de la RAE se queda casi corta. Aquí, la historia no es algo que solo se lee en los libros de texto con las esquinas dobladas; es algo que te tropiezas cuando intentas construir un parking subterráneo y, de repente, aparece un teatro romano entero que llevaba mil años echándose la siesta bajo el barrio de la Concepción. Eso también es historia, pero de la que se toca, la que mancha de polvo y la que te obliga a cambiar los planes urbanísticos de toda una década.

Si echamos un ojo a la primera acepción del diccionario, la RAE define historia como esa «narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria, sean públicos o privados». Me resulta curioso ese matiz de «privados». Normalmente pensamos en la historia con mayúsculas: reyes, batallas, tratados firmados con plumas de ganso y revoluciones que cambian fronteras. Pero la historia privada, la de tu abuelo que trabajaba en el Bazán o la de aquella mujer que regentaba una pensión en la calle Mayor durante la posguerra, es la que realmente rellena los huecos de la estructura oficial.

La segunda acepción nos habla de la «disciplina que estudia y narra cronológicamente los acontecimientos pasados». Aquí ya entramos en el terreno de los profesionales, de los que se dejan las pestañas en el Archivo Municipal o en el Archivo General de Indias. Y ojo, que no es solo contar cuentos. Hacer historia es casi como ser un detective forense, pero con documentos que a veces se deshacen entre los dedos. Hay que contrastar, dudar de las fuentes (porque, seamos sinceros, los cronistas de antes también barrían para casa) y tratar de montar un puzle al que siempre le faltan piezas.

El filtro de la «dignidad de memoria»

Este es el punto que más me escama. ¿Qué es «digno de memoria»? Durante siglos, parece que solo era digno lo que hacían los señores con armadura o los políticos con chistera. La historia de la gente común, de los procesos tecnológicos o de cómo ha cambiado la forma de comer en el Mediterráneo quedaba en un segundo plano. Por suerte, hoy en día la disciplina ha evolucionado. Ya no nos conformamos con saber cuándo nació Alfonso X el Sabio; ahora queremos saber qué pensaba el campesino que le pagaba los tributos o cómo se gestionaba la sanidad en los hospitales de galeras de nuestra costa.

En España, tenemos una relación un tanto tormentosa con nuestra propia historia. A veces parece que nos cuesta ponernos de acuerdo hasta en el color del cielo de hace dos siglos. Pero es que la historia no es una foto fija; es un proceso vivo. Y ahí es donde entra la importancia de tener una definición clara pero flexible, como la que intenta mantener la RAE, aunque a veces peque de escueta.

Cartagena: Un laboratorio histórico a pie de calle

Para que nos entendamos, no hace falta irse a las pirámides de Egipto para entender qué es la historia. Aquí en Cartagena tenemos el ejemplo perfecto de cómo las capas del tiempo se van amontonando. Si te das un paseo desde la Muralla Púnica hasta el ARQUA, estás recorriendo más de dos mil años en apenas quince minutos. Eso es la historia: una lasaña de civilizaciones donde cada una ha dejado su salsa y su pasta sobre la anterior.

Vaya, que si nos ponemos a analizar el concepto de «acontecimientos dignos de memoria», Cartagena se lleva la palma. Tenemos desde la gesta de los Barca hasta la Revolución Cantonal de 1873. Por cierto, lo del Cantón es un caso de estudio fascinante. Imaginaos a una ciudad declarándose independiente del resto de España, acuñando su propia moneda y resistiendo un asedio que ríete tú de las películas de Hollywood. Eso es historia pura, de la que te hace hervir la sangre y que, curiosamente, durante mucho tiempo se pasó de puntillas por ella en los colegios.

  • La herencia romana: No es solo el Teatro. Es entender cómo la Carthago Nova era el centro logístico del Mediterráneo.
  • El Siglo de las Luces: Cuando Carlos III decidió que este rincón era el mejor sitio para poner un arsenal, cambió la fisonomía de la ciudad para siempre.
  • La arqueología industrial: El auge minero de La Unión y Cartagena dejó una huella de castilletes y drama social que todavía se respira en la Sierra Minera.

La verdad es que, cuando la RAE habla de «exposición de acontecimientos», se queda corta ante la magnitud de lo que supone gestionar todo este patrimonio. No es solo narrar; es conservar para que la narración siga teniendo un soporte físico.

La Inteligencia Artificial entra en el archivo

Como sabéis que me gusta meterle el toque tecnológico a todo, no puedo evitar pensar en cómo la IA está dándole una vuelta de tuerca a la definición de historia. Si la historia es estudio y narración, ¿qué pasa cuando le damos a un modelo de lenguaje miles de documentos digitalizados del siglo XVIII? Pues que empiezan a pasar cosas mágicas.

Tradicionalmente, un historiador podía tardar meses en transcribir legajos escritos con una caligrafía que parece hecha por un médico con prisa. Hoy en día, tenemos algoritmos de reconocimiento de texto (HTR – Handwritten Text Recognition) que aprenden a leer esas letras endiabladas. Esto está permitiendo que «historias privadas» que estaban enterradas en cajas de cartón salgan a la luz de forma masiva.

Un pequeño ejemplo de cómo «cocinamos» datos históricos

Para los que os gusta el código, imaginaos que queremos analizar la frecuencia de ciertos términos en las actas municipales antiguas para ver cuándo empezó a preocupar realmente el tema de la piratería en la costa murciana. No es que la IA vaya a sustituir al historiador (ni de broma, le falta ese «olfato» humano), pero le quita el trabajo sucio. Aquí os dejo un ejemplo muy simplificado de cómo podríamos empezar a procesar textos históricos con Python:

import spacy

# Cargamos un modelo de lenguaje en español
nlp = spacy.load("es_core_news_lg")

texto_historico = """En la ciudad de Cartagena, a diez días del mes de julio de 1700, 
se reunieron los señores del cabildo para tratar la defensa del puerto ante las 
noticias de avistamientos de naves berberiscas..."""

doc = nlp(texto_historico)

# Buscamos entidades relacionadas con lugares o fechas
for ent in doc.ents:
    print(f"Entidad: {ent.text} - Categoría: {ent.label_}")

# Resultado esperado: Cartagena (LOC), diez días del mes de julio de 1700 (DATE)

Parece una tontería, pero aplicar esto a millones de páginas permite crear mapas de calor de conflictos, rutas comerciales o incluso la evolución del precio del trigo en el mercado de la plaza de San Francisco a lo largo de tres siglos. La historia, gracias a la tecnología, deja de ser una narración lineal para convertirse en un ecosistema de datos interconectados.

El peligro de la desinformación histórica

Ojo con esto, porque no todo es color de rosa. En la era de las redes sociales, la definición de historia de la RAE se enfrenta a un enemigo peligroso: el revisionismo de barra de bar y los bulos históricos. Si la historia es «narración de acontecimientos pasados», el problema surge cuando alguien se inventa los acontecimientos o los retuerce para que encajen en su ideología actual.

Lo vemos mucho con el tema de la Ley de Memoria Democrática en España. Hay quien piensa que remover el pasado es abrir heridas, y hay quien cree que es la única forma de que cicatricen bien. Al final del día, la historia no debería ser un arma arrojadiza, sino un espejo donde mirarnos para no meter la pata de la misma forma que nuestros antepasados. Pero claro, eso es pedirle mucho a la condición humana.

La verdad es que la objetividad total en la historia es un unicornio. No existe. Cada historiador escribe desde su tiempo, con sus prejuicios y sus circunstancias. Lo que sí existe es la honestidad intelectual. Por eso es tan importante acudir a las fuentes originales y no quedarse solo con el titular de un hilo de Twitter (o X, como se llame ahora).

La historia como identidad local: El caso de la «Submarino Peral»

Si hay algo que define la historia de Cartagena y que encaja perfectamente en esa idea de «digno de memoria», es la figura de Isaac Peral. Su historia es la de un genio incomprendido, una mezcla de brillantez técnica y burocracia española de la peor especie. Cuando vas al Museo Naval y ves ese casco de acero, no estás viendo solo un barco viejo; estás viendo la materialización de un sueño que pudo haber cambiado la historia naval del mundo.

¿Por qué la RAE insiste en lo de «públicos o privados»? Porque la historia de Peral es pública por su invento, pero privada por el calvario que sufrió el pobre hombre ante la envidia de sus superiores. Esos detalles humanos son los que hacen que la historia nos importe. Si solo fueran fechas y nombres de barcos, nos quedaríamos dormidos a la tercera página. Pero cuando te cuentan que el tío tuvo que luchar contra viento y marea (literalmente) para que le dejaran probar su prototipo, la cosa cambia.

¿Cómo se construye el relato hoy?

Hoy en día, la historia se construye también en formato digital. Los blogs como este, los pódcasts de historia (que están viviendo una edad de oro en España) y los documentales interactivos son las nuevas formas de «narrar y exponer». Ya no dependemos solo de los grandes tomos encuadernados en cuero. Y eso es fantástico porque democratiza el acceso al conocimiento.

Sin embargo, hay que tener cuidado. La facilidad para publicar hace que a veces se pierda el rigor. Por eso, siempre digo que hay que ser críticos. Si lees algo que suena demasiado increíble o que parece encajar perfectamente con lo que tú ya pensabas de antemano… sospecha. La historia suele ser mucho más gris, compleja y llena de matices de lo que nos gustaría.

¿Para qué sirve realmente la historia?

Esta es la pregunta del millón. Si mal no recuerdo, fue Cicerón quien dijo aquello de que la historia es la «maestra de la vida». Suena muy bonito, pero a veces parece que somos alumnos bastante zopencos. Seguimos cometiendo errores similares, tropezando con las mismas piedras de nacionalismos exacerbados, crisis económicas mal gestionadas y conflictos territoriales.

Pero, para que nos entendamos, la historia sirve sobre todo para darnos contexto. Para saber que el hecho de que hoy puedas tomarte una caña en una terraza del puerto de Cartagena sin que te ataque un pirata berberisco no es lo normal en el tiempo largo de la humanidad. Es una excepción fruto de siglos de evolución social, tratados internacionales y seguridad. Entender el pasado nos ayuda a valorar el presente, que a veces se nos olvida lo bien que vivimos comparado con un galeote del siglo XVI.

Además, la historia nos da un sentido de pertenencia. Saber que por las mismas calles por las que tú caminas hoy con tus auriculares puestos, caminó un general cartaginés planeando la conquista de Roma, te hace sentir parte de algo mucho más grande. No eres solo un individuo aislado en el tiempo; eres el último eslabón (por ahora) de una cadena larguísima.

La RAE y la evolución del lenguaje histórico

Es curioso ver cómo el propio diccionario ha tenido que ir adaptando sus definiciones. La palabra «historia» viene del griego historein, que significaba algo así como «curiosear» o «investigar». Me encanta esa raíz. El historiador original no era el que sabía todo, sino el que preguntaba a todo el mundo. Era un cotilla con método.

Con el tiempo, el término se fue institucionalizando. En España, la creación de la Real Academia de la Historia en el siglo XVIII (bajo el reinado de Felipe V) marcó un antes y un después. Se buscaba purificar la historia de España de fábulas y leyendas. Querían algo más científico, más serio. Y aunque hicieron un gran trabajo, también es cierto que crearon un relato oficial que a veces dejaba fuera las aristas más incómodas.

Hoy, la RAE mantiene una definición que intenta ser un paraguas para todo: desde la historia clínica de un paciente (que también es historia, ojo) hasta la Historia Universal. Es una palabra tan potente que se nos cuela en todas partes.

Pequeñas anécdotas que hacen grande la historia

Para no ponerme demasiado denso, dejadme que os cuente una de esas historias «privadas» que mencionaba la RAE y que me fascina. Tiene que ver con la construcción del Arsenal de Cartagena. Se dice que se gastó tanto dinero en piedra, madera y mano de obra que el rey Carlos III, desde su palacio en Madrid, se asomaba al balcón con un catalejo diciendo que, con lo que le estaba costando, el Arsenal debería verse desde allí.

¿Es verdad? Probablemente sea una leyenda urbana del siglo XVIII, pero esa «historia» nos dice mucho más sobre la percepción del gasto público y la magnitud de la obra que cualquier gráfico de costes de la época. Esas son las perlas que un buen historiador sabe buscar entre la paja de los documentos oficiales.

Y es que, al final, la historia se compone de eso: de grandes estructuras y de pequeñas anécdotas. De la definición aséptica del diccionario y de la pasión de quien la cuenta. Sin una de las dos partes, nos quedaríamos cojos.

El futuro de nuestro pasado

¿Qué pasará con la historia en los próximos cien años? Es una paradoja, pero nunca hemos generado tanta información y, a la vez, nunca ha sido tan frágil. Antes, un documento en pergamino podía aguantar mil años en un sótano seco. Ahora, nuestras fotos, correos y registros están en servidores que podrían desaparecer si alguien aprieta el botón equivocado o si el formato queda obsoleto.

La labor de los historiadores del futuro va a ser titánica. Tendrán que filtrar trillones de datos para entender cómo vivíamos en el siglo XXI. Imaginaos a un historiador del año 2300 intentando entender la sociedad española de 2024 a través de los memes de WhatsApp. Vaya papelón tienen por delante.

Por eso, iniciativas como la digitalización de archivos nacionales (el portal PARES es una joya que tenemos en España y que no valoramos lo suficiente) son fundamentales. Están asegurando que la «narración de los acontecimientos» no se pierda en el vacío digital.

Unas últimas reflexiones sobre el diccionario y la vida

La conclusión que saco de todo esto es que la historia es demasiado importante como para dejársela solo a los académicos o a los políticos. La definición de la RAE nos da el marco, pero nosotros ponemos el contenido. Cada vez que te interesas por el origen de una costumbre de tu pueblo, cada vez que preguntas a tus padres cómo fue su infancia o cada vez que visitas un museo y te detienes a leer el cartelito de una pieza, estás haciendo historia.

La verdad es que no hace falta ser un experto en latín ni saberse de memoria la lista de los reyes godos (que, por cierto, vaya nombres tenían los pobres). Lo que hace falta es curiosidad. Esa curiosidad que mencionaba la etimología griega de la palabra. Mientras sigamos preguntándonos el «porqué» de las cosas que pasaron, la historia seguirá viva.

Así que, la próxima vez que alguien te diga que «eso ya es historia», sonríe y piensa que, según la RAE, eso significa que es algo digno de memoria. Y si es digno de memoria, merece la pena ser contado, analizado y, sobre todo, no ser olvidado. Porque un pueblo que olvida su historia está condenado a… bueno, ya sabéis cómo termina la frase, y no quiero caer en clichés, pero es que los clásicos a veces tienen más razón que un santo.

Al final del día, la historia es el hilo que nos une a todos. Un hilo que a veces se enreda, que a veces se tensa, pero que nunca se rompe del todo. Y aquí en Cartagena, con el mar Mediterráneo de fondo, ese hilo tiene un color azul especial y un olor a salitre que te recuerda que, por mucho que avancemos hacia el futuro con IAs y naves espaciales, siempre seremos hijos de los que navegaron estas mismas aguas hace milenios.

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