diabetes / octubre 1, 2026 / 16 min de lectura / 👁 40 visitas

Diabetes mellitus

La diabetes mellitus es una condición que altera cómo el cuerpo procesa la energía. Desde su descubrimiento en el Antiguo Egipto hasta el hallazgo de la insulina, exploramos sus causas, tipos y los síntomas clave para detectarla a tiempo.

Diabetes mellitus

Seguro que conoces a alguien que, antes de comer, se echa un ojo al móvil o a una pequeña pantalla que lleva pegada al brazo. O quizá eres tú quien, en mitad de una cena con amigos, tiene que explicar por qué no puede pasarse con el postre o por qué, de repente, necesita un sobre de azúcar como si le fuera la vida en ello. La verdad es que la diabetes es esa compañera de viaje silenciosa que, aunque parece estar en todas partes, sigue siendo una gran desconocida para el gran público. No es solo «tener el azúcar alto»; es una reconfiguración completa de cómo nuestro cuerpo gestiona la energía, una especie de error en el sistema operativo biológico que nos obliga a convertirnos en matemáticos y biólogos de guardia las 24 horas del día.

Ese extraño fenómeno de «derretirse» en la orina

Si echamos la vista atrás, la diabetes no es precisamente una novedad de la vida moderna, aunque el estilo de vida actual la haya catapultado a niveles de epidemia. Ya en el Antiguo Egipto, concretamente en el Papiro de Ebers (allá por el 1550 a.C.), se mencionaba una extraña dolencia donde los enfermos orinaban demasiado y perdían peso de forma alarmante. Pero fue Areteo de Capadocia, un médico griego del siglo II, quien le puso el nombre que hoy usamos. «Diabetes» significa en griego algo así como «sifón» o «pasar a través de». Él observó que el agua que bebían estos pacientes parecía pasar por su cuerpo sin detenerse, como si los órganos se estuvieran derritiendo y convirtiéndose en orina.

Lo de «mellitus» vino mucho después, y la verdad es que la historia tiene su punto escatológico. Los médicos de la antigüedad, a falta de laboratorios y tiras reactivas, tenían que usar sus propios sentidos. Notaron que las hormigas se amontonaban alrededor de la orina de ciertos pacientes. ¿La razón? Era dulce. De ahí «mellitus», que viene de miel. Imaginaos el panorama: el diagnóstico consistía, literalmente, en probar la orina del paciente. Menos mal que hemos avanzado un poco desde entonces, porque la verdad es que el método dejaba bastante que desear en cuanto a higiene y comodidad para el facultativo.

A pesar de conocerla desde hace milenios, estuvimos a ciegas hasta hace apenas un siglo. Antes de 1921, un diagnóstico de diabetes tipo 1 era, básicamente, una sentencia de muerte a corto plazo. Los niños morían de inanición porque la única «solución» era una dieta de hambre para que el azúcar no subiera. Todo cambió en un caluroso verano en Toronto, cuando Banting y Best (con la ayuda de Collip y Macleod) lograron aislar la insulina. El primer paciente, Leonard Thompson, un chaval de 14 años que pesaba apenas 30 kilos, volvió a la vida gracias a esas inyecciones de extracto de páncreas de perro. Fue uno de esos momentos en la historia de la ciencia que te ponen los pelos de punta.

¿Qué está pasando realmente dentro del cuerpo?

Para entender la diabetes sin usar palabras de diccionario médico que nadie entiende, imagina que tu cuerpo es una ciudad enorme. Cada célula es una casa que necesita combustible para funcionar. Ese combustible es la glucosa (el azúcar que sacamos de la comida). La glucosa viaja por las calles (la sangre) esperando entrar en las casas. Pero hay un problema: las puertas de las casas están cerradas con llave.

Aquí es donde entra la insulina, que es la llave maestra fabricada en una fábrica muy específica llamada páncreas. En un cuerpo que funciona bien, el páncreas detecta que hay glucosa en la sangre y suelta las llaves. Las puertas se abren, la glucosa entra, las casas tienen energía y la sangre se queda limpia. Pero en la diabetes, este sistema de mensajería y cerrajería falla estrepitosamente por dos motivos principales:

  • El fallo de fabricación (Tipo 1): El sistema inmunitario, que debería protegernos de virus y bacterias, se vuelve loco y ataca a la fábrica de llaves (las células beta del páncreas). Resultado: no hay llaves. Por mucha glucosa que haya en la calle, las casas se mueren de hambre y la sangre se espesa con tanto azúcar acumulado.
  • La cerradura atascada (Tipo 2): Aquí sí hay llaves, pero las cerraduras de las casas están oxidadas o deformadas (lo que llamamos resistencia a la insulina). El páncreas intenta fabricar más y más llaves para compensar, pero llega un momento en que se agota o simplemente no da abasto. Esto suele estar muy relacionado con el exceso de grasa abdominal, que actúa como un «pegamento» que estropea las cerraduras.

Vaya, que al final del día, el problema es que el azúcar se queda donde no debe. Y el azúcar en la sangre, cuando sobra, es como echar arena en el motor de un coche: poco a poco, va lijando y estropeando todo lo que toca, desde los vasos sanguíneos más pequeños de los ojos hasta las grandes arterias del corazón.

Los síntomas: cuando el cuerpo empieza a gritar

La diabetes es traicionera porque, a menudo, no duele. Puedes tener el azúcar por las nubes y sentirte «bien» durante un tiempo. Sin embargo, hay señales clásicas que en medicina llamamos las «tres P», y ojo con esto, porque si las notas, es hora de pedir cita con el médico de cabecera sin falta.

Primero está la Poliuria. Es una forma fina de decir que te pasas el día (y la noche) en el baño. Como hay tanto azúcar en la sangre, los riñones intentan filtrarlo y expulsarlo a través de la orina. Pero el azúcar arrastra agua con él, así que acabas fabricando litros y litros de orina.

Luego viene la Polidipsia. Es una sed insaciable. No es la sed de haber comido pipas; es una sed que no se quita ni bebiéndote el Cantábrico. Es lógico: como estás orinando tanto, tu cuerpo se deshidrata y te pide agua a gritos.

Y finalmente, la Polifagia. Un hambre atroz. Como tus células no pueden recibir la glucosa (porque no hay llaves o las cerraduras no funcionan), le dicen al cerebro que se están muriendo de hambre. Tú comes, pero como esa energía no entra en las células, sigues teniendo hambre. Es un círculo vicioso bastante desesperante.

Además de estas tres, hay otros detalles que a veces pasamos por alto: visión borrosa (el azúcar cambia la forma del cristalino del ojo), cansancio extremo (lógico, si no te llega la energía) y heridas que tardan una eternidad en curar. Si mal no recuerdo, hay gente que incluso nota un olor afrutado en el aliento, como a manzanas podridas o quitaesmalte; eso es una señal de alerta roja llamada cetoacidosis, que básicamente significa que tu cuerpo está quemando grasa a lo loco para sobrevivir y se está volviendo ácido.

La realidad en España: mucho más que una cuestión de dieta

A veces pensamos que la diabetes es algo que les pasa a otros, o que solo afecta a personas con mucha obesidad. La realidad en España es bastante más cruda. Según los últimos datos, casi el 14% de la población española tiene diabetes tipo 2, y lo más preocupante es que casi la mitad de ellos ni siquiera lo sabe. Estamos hablando de millones de personas caminando por la calle con un «asesino silencioso» bajo la piel.

La verdad es que en España tenemos una paradoja curiosa. Presumimos de dieta mediterránea, pero la realidad de nuestros supermercados y de nuestras prisas diarias nos dice otra cosa. Hemos cambiado el aceite de oliva y las legumbres por los ultraprocesados y el sedentarismo de oficina. Y eso se nota. Además, España es un país con una esperanza de vida muy alta, y la edad es un factor de riesgo importante. A más años cumplimos, más papeletas tenemos para que nuestro páncreas empiece a quejarse.

Pero no todo es culpa de la persona que la padece. Hay un componente genético brutal. Hay gente que se cuida muchísimo y acaba desarrollando diabetes, y gente que come fatal y tiene unos niveles de glucosa envidiables. La genética carga el arma, y el estilo de vida aprieta el gatillo. Por eso es tan importante quitarle el estigma a la enfermedad. Tener diabetes no es un «castigo» por haber comido muchos dulces de pequeño; es una patología compleja donde influyen desde tus genes hasta el código postal donde vives (que determina si tienes acceso a comida fresca o a parques para caminar).

Tecnología y algoritmos: el «páncreas artificial» ya está aquí

Si hay algo que ha cambiado las reglas del juego en los últimos años, es la tecnología. Para alguien que vive con diabetes tipo 1, el cambio ha sido como pasar de escribir con pluma y tintero a usar un MacBook Pro.

Hace no tanto, los pacientes tenían que pincharse el dedo seis, ocho o diez veces al día para saber cómo estaban. Ahora, tenemos los sensores de monitorización continua de glucosa (MCG). Son esos pequeños parches que se ven en los brazos de mucha gente. Estos aparatitos miden el azúcar en el líquido intersticial cada pocos minutos y envían el dato al móvil. Es como tener un velocímetro en el coche; antes solo sabías a qué velocidad ibas cuando te parabas a mirar, ahora lo ves en tiempo real.

Pero lo más alucinante es lo que llamamos el «sistema de lazo cerrado» o páncreas artificial. No es un órgano de silicona metido dentro del cuerpo, sino un conjunto de dispositivos externos que se comunican entre sí. Un sensor mide el azúcar, envía el dato a un algoritmo (una app en el móvil o dentro de la propia bomba) y este decide cuánta insulina necesita el cuerpo en ese momento, ordenándole a una bomba de insulina que la administre.

Para que nos entendamos: es como un piloto automático para la diabetes. El usuario sigue teniendo que contar los hidratos de carbono de la paella que se va a comer, pero el sistema se encarga de corregir las subidas y bajadas mientras duerme. Esto ha mejorado la calidad de vida de una forma que cuesta explicar con palabras. Poder dormir una noche entera sin miedo a una hipoglucemia (una bajada de azúcar peligrosa) es, para muchos, el verdadero milagro de la tecnología moderna.

Incluso en España, empresas y equipos de investigación están trabajando en mejorar estos algoritmos. El sistema público de salud ha empezado a financiar estos dispositivos para la mayoría de los pacientes con tipo 1, lo cual es un avance social de primer orden. Porque la tecnología es fantástica, pero solo si todo el mundo puede acceder a ella, no solo quien pueda pagarla de su bolsillo.

El código de la vida: ¿Podemos programar una cura?

Como redactor que trastea con código y tecnología, no puedo evitar ver la diabetes como un error de programación en el ADN. Y la pregunta del millón es: ¿podemos «parchear» ese error? La investigación actual va por varios caminos que parecen sacados de una novela de ciencia ficción, pero que son muy reales.

  1. Terapia con células madre: La idea es fabricar nuevas células beta (las que producen insulina) en el laboratorio a partir de células madre y luego trasplantarlas al paciente. El reto aquí es que el cuerpo no las vuelva a atacar. Se están probando «cápsulas» que protegen a estas células del sistema inmunitario pero dejan salir la insulina.
  2. Edición genética (CRISPR): Si el problema es que el sistema inmunitario está programado para atacar al páncreas, ¿podemos cambiar esa instrucción? Es un terreno pantanoso y complejo, pero se está investigando cómo «reeducar» a los linfocitos para que dejen de disparar fuego amigo.
  3. Inmunoterapia: Especialmente para los recién diagnosticados de tipo 1. Se trata de usar fármacos que frenen el ataque al páncreas justo cuando empieza, para intentar salvar las pocas células beta que aún quedan vivas. Es como intentar apagar un incendio antes de que queme toda la casa.

La verdad es que, aunque siempre se dice que «la cura está a cinco años vista» (una frase que los veteranos de la diabetes odian con toda su alma), nunca hemos estado tan cerca de entender los mecanismos íntimos de la enfermedad. La inteligencia artificial está ayudando a analizar bases de datos gigantescas de pacientes para entender por qué a unos les funcionan unos tratamientos y a otros no. Estamos pasando de una medicina de «talla única» a una medicina de precisión.

Complicaciones: lo que pasa cuando el azúcar se descontrola

No me gusta ser alarmista, pero hablar de diabetes sin mencionar las complicaciones sería como hablar de conducir a 200 km/h sin mencionar los accidentes. Es necesario saber a qué nos enfrentamos para valorar la importancia del control diario. El exceso de azúcar en sangre es corrosivo. Con el tiempo, daña los vasos sanguíneos y los nervios.

Uno de los puntos más sensibles es la retinopatía diabética. Los pequeños capilares del ojo se vuelven frágiles, gotean o se cierran. Es la principal causa de ceguera en adultos en edad laboral en España. Por eso es vital que cualquier persona con diabetes se haga un fondo de ojo una vez al año. No duele, y puede salvarte la vista.

Luego están los riñones (nefropatía). El riñón es básicamente un filtro lleno de vasos sanguíneos minúsculos. Si el azúcar los rompe, el filtro deja de funcionar y las toxinas se acumulan en el cuerpo. En casos graves, esto acaba en diálisis o trasplante. Es una de las complicaciones más duras y que más recursos consume de nuestra sanidad pública.

Y no podemos olvidar el pie diabético. Esto ocurre por una mezcla de mala circulación y pérdida de sensibilidad (neuropatía). Si no sientes el pie, puedes tener una piedra en el zapato o una rozadura y no darte cuenta. Esa herida, con mala circulación y azúcar alto (que le encanta a las bacterias), se infecta con una facilidad pasmosa. En España se realizan miles de amputaciones al año por este motivo, muchas de las cuales se podrían evitar con una revisión diaria de los pies y un calzado adecuado. Vaya, que algo tan simple como un espejo en el suelo para mirarse las plantas de los pies puede valer más que el tratamiento más caro del mundo.

La importancia de la salud mental: el «burnout» del paciente

A menudo nos centramos en la hemoglobina glicosilada (la media del azúcar de los últimos tres meses), en las dosis de insulina y en los gramos de carbohidratos. Pero nos olvidamos de lo que pasa por la cabeza del paciente. La diabetes es una enfermedad de 24 horas, 7 días a la semana, 365 días al año. No hay vacaciones. No puedes decir «hoy no me apetece tener diabetes».

Esto genera lo que los psicólogos llaman «distrés por diabetes» o agotamiento por la enfermedad. Imagina tener que tomar unas 180 decisiones extra al día relacionadas con tu salud: ¿qué como?, ¿cuánta insulina me pongo?, ¿esta caminata me va a bajar el azúcar demasiado?, ¿por qué tengo el azúcar alto si no he comido nada? (spoiler: el estrés, el ciclo menstrual, un resfriado o incluso el tiempo que hace pueden afectar).

Es normal que, de vez en cuando, la gente tire la toalla o se sienta abrumada. En España, el apoyo psicológico en las unidades de diabetes sigue siendo la asignatura pendiente. Necesitamos entender que cuidar la mente es tan importante como cuidar el páncreas. Un paciente motivado y con herramientas emocionales gestionará mucho mejor su glucemia que uno que vive con miedo o culpa.

Y hablando de culpa, hay que desterrar esa idea de que si alguien con diabetes tiene una complicación es porque «no se ha cuidado». A veces, a pesar de hacerlo todo perfecto, la biología es caprichosa. La diabetes no es un examen que se aprueba o se suspende; es una carrera de fondo con obstáculos donde lo importante es levantarse después de cada caída.

Mitos que deberíamos haber superado ya

A estas alturas del siglo XXI, todavía escucho cosas que me dejan de piedra. Vamos a darles un repaso rápido para que, la próxima vez que oigas a alguien decirlas en la barra de un bar, puedas corregirle con propiedad:

  • «La diabetes de la buena»: Mucha gente llama así a la tipo 2, la que no requiere insulina de entrada. Error. No hay diabetes «buena». Las complicaciones de la tipo 2 son exactamente las mismas que las de la tipo 1 si no se controla. Es más, al ser más silenciosa, a veces se diagnostica cuando ya hay daños en los órganos.
  • «No puedes comer nada de azúcar»: Una persona con diabetes puede comer de todo, siempre que sepa cómo gestionarlo. Obviamente, no es buena idea hincharse a bollos, pero eso vale para todo el mundo. Lo importante es el equilibrio y el conteo de raciones.
  • «La insulina te deja ciego»: Este es un mito clásico y muy peligroso. Antiguamente, se empezaba a poner insulina cuando el paciente ya estaba muy mal y tenía los ojos destrozados por años de azúcar alto. La gente asociaba la insulina con la ceguera, cuando en realidad era el azúcar alto previo lo que la causaba. La insulina es vida, no un castigo.
  • «Se cura con canela/limón/hierbas mágicas»: Cuidado con los vendedores de humo. No hay ningún producto natural que sustituya a la insulina o a la medicación pautada por un médico. Algunos alimentos pueden ayudar ligeramente, pero la diabetes no se cura con infusiones. Jugar con esto es jugarse la vida.

El papel de la alimentación y el ejercicio (sin fanatismos)

Al final del día, los pilares del tratamiento siguen siendo la medicación, la alimentación y el ejercicio. Pero ojo, que «hacer dieta» no significa comer solo lechuga y pechuga a la plancha. La clave está en la educación nutricional. Aprender qué son los hidratos de carbono de absorción lenta (como las legumbres o los cereales integrales) y cómo afectan a tu cuerpo es mucho más útil que seguir una lista de alimentos prohibidos.

En cuanto al ejercicio, es lo más parecido a una droga mágica que tenemos. Cuando mueves los músculos, estos consumen glucosa incluso sin necesidad de tanta insulina. Es como si el ejercicio abriera unas puertas traseras en las células para que entre el azúcar. No hace falta correr una maratón; caminar a buen ritmo 30 minutos al día ya marca una diferencia abismal en los niveles de glucosa.

Lo ideal en España, con el clima que tenemos, es aprovechar para caminar, nadar o ir en bici. Eso sí, para los que usan insulina, el ejercicio requiere planificación para evitar bajadas bruscas. Es un baile constante entre la comida, la actividad y la medicación. Un baile que, con el tiempo, se acaba aprendiendo, aunque a veces te pisen los pies.

¿Hacia dónde vamos?

La conclusión que saco de todo esto es que estamos en un momento agridulce. Por un lado, las cifras de diabetes tipo 2 siguen subiendo debido a nuestro estilo de vida occidental, lo que supone un reto enorme para el sistema sanitario. Por otro lado, nunca hemos tenido mejores herramientas para combatirla.

La integración de la inteligencia artificial en los dispositivos de control, el desarrollo de insulinas más rápidas y estables (ya se están probando insulinas semanales, imaginaos qué cambio pasar de 28 pinchazos a uno solo) y los avances en terapia celular nos permiten ser optimistas.

Pero más allá de los laboratorios, el gran cambio debe ser social. Necesitamos ciudades que inviten a caminar, menús escolares más saludables y, sobre todo, una mayor empatía hacia quienes conviven con esta condición. La diabetes no define a la persona; es solo una circunstancia más, como ser miope o tener el pelo rizado, aunque requiera un poco más de matemáticas diarias.

Si tienes diabetes, recuerda que no estás solo en esto. Y si no la tienes, espero que este texto te haya servido para entender un poco mejor qué pasa por la cabeza (y por el cuerpo) de ese amigo que, de vez en cuando, tiene que parar para medirse el azúcar o para comerse un azucarillo. Al final, todos buscamos lo mismo: que la maquinaria siga funcionando lo mejor posible para disfrutar de la vida, que es, en definitiva, lo que realmente importa.

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unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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