Ayer, mientras me tomaba un café en una de esas terrazas de la Calle Mayor de Cartagena, viendo cómo el sol rebotaba en las fachadas modernistas, me quedé pensando en esa frase que tanto está circulando últimamente por redes: «¿De vuelta al pasado?». La verdad es que tiene miga. Parece que vivimos en una especie de bucle infinito donde, cuanto más rápido avanzamos tecnológicamente, más nos empeñamos en mirar por el espejo retrovisor. Y no lo digo solo por la moda de los vinilos o porque los chavales ahora vistan como si acabaran de salir de un episodio de Al salir de clase.
Lo digo porque en el mundo de la tecnología, y especialmente con la explosión de la Inteligencia Artificial, tengo la sensación de que estamos redescubriendo la rueda cada martes por la mañana. Nos venden como algo inaudito cosas que, si rascamos un poco en la historia de la computación o incluso en la historia de nuestra propia ciudad, ya estaban ahí. Es como si estuviéramos en un episodio de Cuéntame pero con procesadores de 4 nanómetros. Vaya, que nos gusta más un remake que a un directivo de Hollywood.
En este rincón de aquinohayquienviva.es, sabéis que nos gusta mezclar el código con el barro de la historia. Porque, al final del día, programar no es más que dar instrucciones, y eso es algo que en Cartagena llevamos haciendo desde que los romanos decidieron que este puerto era el mejor sitio del Mediterráneo para aparcar sus galeras. Pero, ¿realmente estamos volviendo atrás o es que nunca nos fuimos?
La Inteligencia Artificial: ¿Un espejo retrovisor de alta resolución?
Hablemos de la IA, que es el tema que nos quita el sueño a los que andamos entre líneas de Python y despliegues en la nube. Se habla mucho de que estamos ante una frontera nueva, pero si te paras a analizar cómo funcionan los modelos de lenguaje actuales (los famosos LLM), te das cuenta de que son, por definición, máquinas de mirar al pasado.
Para que ChatGPT o Claude te escriban un poema sobre el Submarino Peral, han tenido que «leer» prácticamente todo lo que la humanidad escribió hasta hace un par de años. No están creando el futuro; están haciendo una media estadística de nuestro pasado. Es una regresión a la media de proporciones épicas. Y ojo con esto, porque si solo nos alimentamos de lo que ya se hizo, corremos el riesgo de quedarnos estancados en un eco cultural.
La verdad es que me hace gracia cuando veo a empresas españolas intentando subirse al carro de la IA sin entender que, a veces, la solución no es meterle un chatbot a todo, sino recuperar procesos que funcionaban antes de que el marketing digital lo emponzoñara todo. A veces, volver al pasado significa recuperar la simplicidad. En programación, por ejemplo, estamos viendo un retorno a los lenguajes de bajo nivel o a arquitecturas más limpias porque nos hemos dado cuenta de que las capas y capas de abstracción nos están volviendo lentos.
El código que ya no escribimos (y el que deberíamos)
Hubo un tiempo en que cada byte contaba. Si le preguntas a los veteranos que programaban en la Cartagena de los 80, cuando la informática empezaba a asomar la patita en las industrias del Valle de Escombreras, te dirán que optimizar era un arte. Hoy, como tenemos memoria RAM para regalar, nos da igual que un «Hola Mundo» ocupe 50 megas.
Pero fíjate por dónde, la IA nos está obligando a volver a esa eficiencia. Para correr modelos en local, en dispositivos pequeños, tenemos que volver a las técnicas de cuantización y poda de redes neuronales. Es decir, estamos usando tecnología del futuro para aprender de nuevo a ahorrar recursos como hacíamos en el pasado. Irónico, ¿verdad?
Aquí os dejo un pequeño ejemplo de cómo se vería un generador de texto «viejuno», basado en cadenas de Markov. No es un Transformer de última generación, pero para que nos entendamos, es el abuelo de la IA actual. Es simple, es elegante y, sinceramente, a veces da resultados más divertidos porque no tiene tantos filtros de seguridad aburridos.
import random
# Un pequeño homenaje a la historia de Cartagena para nuestro corpus
texto_ejemplo = """
El submarino de Isaac Peral fue una revolución en la navegación submarina.
En Cartagena se respira historia en cada esquina, desde el Teatro Romano
hasta el Arsenal Militar. La tecnología de ayer es la base de la ciencia de hoy.
"""
def generar_cadena_markov(texto, orden=1):
palabras = texto.split()
modelo = {}
for i in range(len(palabras) - orden):
estado = tuple(palabras[i:i+orden])
siguiente = palabras[i+orden]
if estado not in modelo:
modelo[estado] = []
modelo[estado].append(siguiente)
return modelo
def generar_texto(modelo, longitud=10):
estado_actual = random.choice(list(modelo.keys()))
resultado = list(estado_actual)
for _ in range(longitud):
if estado_actual in modelo:
siguiente = random.choice(modelo[estado_actual])
resultado.append(siguiente)
estado_actual = tuple(resultado[-len(estado_actual):])
else:
break
return " ".join(resultado)
# Vaya, que esto es básicamente un autocompletar con esteroides
modelo = generar_cadena_markov(texto_ejemplo)
print(generar_texto(modelo, 15))
Si ejecutas esto, verás que el resultado es un poco caótico. Pero es un caos humano, predecible dentro de su aleatoriedad. A veces siento que la IA moderna es demasiado perfecta, demasiado «limpia». Le falta ese toque de salitre que tenemos aquí en la costa.
Cartagena y la tecnología que se adelantó a su tiempo
Si hablamos de volver al pasado, no puedo evitar pensar en Isaac Peral. Si mal no recuerdo, fue en 1888 cuando botó su submarino. Aquello era ciencia ficción pura en una España que todavía estaba lamiéndose las heridas de mil guerras civiles y crisis dinásticas. Peral no solo inventó un barco que se hundía y salía a flote (que eso ya lo hacían otros, aunque a veces solo lo primero), sino que inventó el primer submarino militar eléctrico y con sistema de lanzamiento de torpedos bajo el agua.
¿Por qué saco esto a colación? Porque la historia de Peral es el ejemplo perfecto de cómo el pasado a veces es más avanzado que el presente que le sigue. El proyecto fue boicoteado, olvidado y el submarino acabó criando óxido hasta que, décadas después, nos dimos cuenta de la joya que teníamos. A veces, «volver al pasado» es simplemente hacer justicia a las ideas que fueron demasiado grandes para su época.
Hoy, cuando paso por el Museo Naval y veo el casco del submarino restaurado, pienso en las startups de IA en España. Tenemos talento a raudales, gente en universidades de aquí, como la UPCT, haciendo cosas increíbles con visión artificial o robótica submarina. Pero a veces nos falta creérnoslo. Nos falta ese empuje de Peral. Estamos tan obsesionados con lo que viene de Silicon Valley que se nos olvida que aquí, en una ciudad trimilenaria, ya estábamos innovando cuando en California solo había matorrales y buscadores de oro.
El síndrome del «Internet Muerto» y la nostalgia digital
Hay una teoría que me fascina y me aterra a partes iguales: la Teoría del Internet Muerto. Dice, básicamente, que la mayor parte del contenido que consumimos hoy en día en la red está generado por bots para otros bots. Que la frescura de la web de los 2000, con sus blogs personales (como este, pero más feos), sus foros de gente rarísima y su falta de algoritmos de recomendación, ha muerto.
Y aquí es donde la pregunta «¿De vuelta al pasado?» cobra un sentido casi de supervivencia. La gente está volviendo a las newsletters, a los RSS, a buscar espacios donde se note que hay un humano al otro lado, con sus dudas, sus cafés de más y sus opiniones no filtradas por un comité de ética de una multinacional.
La verdad es que echo de menos cuando internet no intentaba venderme algo cada tres segundos. Por eso, en aquinohayquienviva.es, intentamos mantener ese espíritu. Si escribo sobre un tutorial de React o sobre la Revolución Cantonal de Cartagena de 1873, es porque me apetece, no porque un algoritmo me haya dicho que esas palabras clave tienen un CPC alto. Bueno, quizás un poco sí, que de algo hay que pagar el servidor, pero ya me entendéis.
¿Por qué nos sentimos cómodos en lo retro?
- Predictibilidad: El futuro da miedo. El pasado, aunque fuera duro, ya sabemos cómo termina. Es un refugio cognitivo.
- Calidad táctil: En un mundo de pantallas, tocar un libro viejo o usar un teclado mecánico que suena como una metralleta nos devuelve a la realidad física.
- La fatiga de la novedad: Estamos cansados de que cada semana salga una «herramienta definitiva» que va a cambiar nuestra forma de trabajar. A veces solo queremos que el Excel no se cuelgue.
Regulación: Poniendo puertas al campo (otra vez)
Otro aspecto donde parece que volvemos al pasado es en la legislación. Con la nueva Ley de Inteligencia Artificial de la Unión Europea, estamos viendo un intento de poner orden en un territorio que, hasta ahora, era el Salvaje Oeste. Y esto me recuerda mucho a los inicios de la radio o la televisión en España.
Al principio, todo el mundo hacía lo que quería. Luego llegaron las licencias, las normas y el control estatal. Con la IA está pasando lo mismo. La Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) está siendo muy activa, y aunque a veces nos quejamos de que la burocracia frena la innovación, la verdad es que alguien tiene que vigilar que nuestros datos no acaben alimentando a una IA que decida si nos dan una hipoteca o no basándose en si compramos muchas patatas fritas en el súper.
Para que nos entendamos: estamos volviendo a un modelo de «tecnología vigilada». Y no es malo. En Cartagena sabemos bien lo que pasa cuando no se vigila lo que se hace; solo hay que ver el estado del Mar Menor. La falta de control en el pasado nos ha dejado una herencia envenenada. No cometamos el mismo error con la tecnología digital. La innovación sin ética es como un submarino sin escotilla: parece una buena idea hasta que te sumerges.
La paradoja del progreso en la Región de Murcia
Es curioso cómo en nuestra región conviven la agricultura más tecnificada de Europa con tradiciones que no han cambiado en siglos. Vas por el Campo de Cartagena y ves sensores de humedad controlados por satélite junto a molinos de viento que, si bien ya no muelen grano, siguen ahí como testigos de un tiempo donde la energía era limpia por necesidad, no por postureo verde.
¿Estamos volviendo al pasado cuando apostamos por la sostenibilidad? No, estamos recuperando el sentido común. La IA puede ayudarnos a optimizar el riego de una manera que nuestros abuelos ni soñaban, pero el objetivo final es el mismo que tenían ellos: que la tierra siga dando de comer y que el agua no se pierda. Es un círculo, no una línea recta.
A veces, cuando hablo con colegas programadores en Madrid o Barcelona, les cuento que aquí en Cartagena tenemos una perspectiva diferente. Vivimos rodeados de ruinas que nos recuerdan que nada es eterno. El Teatro Romano estuvo enterrado bajo un barrio entero durante siglos. Vaya, que lo teníamos delante y no lo veíamos. Con la tecnología pasa igual: a veces la solución a un problema complejo de arquitectura de software está en un algoritmo de hace cuarenta años que alguien publicó en un paper académico y que nadie se molestó en leer porque «era viejo».
Un pequeño inciso sobre la «curiosidad»
Mencionaba el tweet de Gerson Arias al principio, ese que hablaba de las curiosidades que nos recuerda la Fiscalía. Aunque el contexto original fuera otro, me quedo con la palabra: curiosidad. Es lo que nos falta. Nos hemos vuelto consumidores pasivos de tecnología. Nos dan el feed masticado, la respuesta de la IA generada y el código sugerido por Copilot.
Si volvemos al pasado, que sea para recuperar la curiosidad del que abre un aparato para ver cómo funciona por dentro. Menos «magia» y más entender los fundamentos. Porque si no entendemos cómo se toman las decisiones en los algoritmos que rigen nuestra vida, estamos volviendo a una especie de Edad Media digital donde los sacerdotes son los que saben programar y el resto solo podemos rezar para que el servidor no se caiga.
¿Hacia dónde vamos cuando parece que volvemos?
Al final de todo este rollo que os estoy soltando, la conclusión que saco es que «¿De vuelta al pasado?» no es una amenaza, sino una oportunidad de mejora. No se trata de renunciar a los avances, sino de no dejarnos cegar por ellos.
En Cartagena, hemos aprendido a integrar el pasado en nuestro día a día. Puedes ir a un concierto en un auditorio de vanguardia que está pegado a una muralla del siglo XVIII. Esa mezcla es la que nos hace fuertes. En la tecnología y en la vida, el secreto está en el merge, no en el overwrite. No borres lo que aprendiste ayer para meter lo que te venden hoy; combínalo.
La IA seguirá avanzando, los procesadores serán más rápidos y probablemente dentro de diez años este artículo parezca escrito por un hombre de las cavernas. Pero los problemas fundamentales del ser humano —la ética, la comunicación, el deseo de dejar huella— seguirán siendo los mismos. Y para resolver esos, siempre tendremos que mirar un poco hacia atrás.
Así que, la próxima vez que sientas que el mundo va demasiado rápido o que estamos repitiendo errores de bulto, date una vuelta por el puerto, mira el mar y recuerda que hasta el submarino más moderno necesita una brújula. Y las brújulas, amigos míos, funcionan igual desde hace cientos de años.
Vaya, que me he puesto un poco filosófico. Debe ser el tercer café. Pero oye, si habéis llegado hasta aquí, es que algo de razón tengo en que todavía nos gusta leer a humanos. O eso espero, porque si eres un bot de Google indexando esto… ¡hola, colega! Espero que tu entrenamiento incluya un poco de retranca cartagenera.
Nos leemos en la próxima, probablemente con más código, menos nostalgia y el mismo escepticismo saludable de siempre. Porque aquí no hay quien viva si no nos cuestionamos de vez en cuando hacia dónde narices estamos yendo.
Deja una respuesta