curiosidades / abril 25, 2026 / 12 min de lectura / 👁 51 visitas

Del mercado de barrio a la mesa: la ciencia que no ves en tu ensalada

A veces me pasa que estoy tomándome el segundo café del día —ese que ya entra más por vicio que por necesidad— y me quedo mirando una mosca o el reflejo de la cucharilla y me asaltan dudas que nadie ha preguntado. La verdad es que vivimos rodeados de cosas que damos por sentadas, pero que si rascas un poco, tienen una historia detrás que te deja con la boca abierta. No es que quiera ir de sabelotodo en la cena de Navidad, pero es que hay datos que, una vez que los conoces, te cambian un poco la forma de mirar la calle por la que caminas todos los días.

Hoy me ha dado por ahí. Me he puesto a hilar cabos entre lo que comemos, lo que inventamos y lo que fuimos, especialmente aquí, en este rincón del Mediterráneo que es Cartagena. Porque, seamos sinceros, a veces nos flipamos con lo que pasa en Silicon Valley y nos olvidamos de que en la calle Mayor o en el puerto han pasado cosas que ríete tú de las películas de Nolan. Así que, prepárate, porque te voy a soltar una serie de curiosidades que no me has pedido, pero que me parecen canela en rama.

Hace poco vi un vídeo de una frutería de Tegueste, en Tenerife, que hablaba de curiosidades cotidianas. Y me hizo pensar en nuestro Mercado de Santa Florentina. Vamos allí, compramos un kilo de tomates y nos vamos a casa tan tranquilos. Pero, ¿te has parado a pensar en la ingeniería que hay detrás de una simple fruta? La agricultura en el Campo de Cartagena es, posiblemente, una de las más avanzadas del mundo, aunque a veces solo nos acordemos de ella por las polémicas.

Por ejemplo, hablemos de los tomates. ¿Sabías que el sabor «a tomate de antes» que tanto añoramos no se perdió por casualidad? Resulta que, al buscar tomates que aguantaran mejor el transporte y tuvieran un color rojo uniforme y precioso para el súper, se desactivó sin querer un gen llamado SIGLK2. Este gen es el que ayuda a producir azúcares y aromas. Vaya, que elegimos la estética sobre el sabor. Ahora, gracias a la biotecnología y a empresas de aquí de la Región de Murcia, se está intentando recuperar ese sabor mediante cruces inteligentes sin perder la resistencia. Es como hacerle un «rollback» al software del tomate.

Y ya que hablamos de software, la Inteligencia Artificial está entrando en los invernaderos de una forma que asusta (para bien). Ya hay sistemas que, mediante cámaras y sensores, detectan si una planta tiene sed o si le va a atacar una plaga antes de que el ojo humano vea ni una mancha. Es el «Big Data» aplicado a la alcachofa. La próxima vez que veas un camión saliendo de Cartagena cargado de hortalizas, piensa que lleva dentro más tecnología que el primer cohete que llegó a la Luna. No exagero, es pura matemática aplicada al riego por goteo.

El submarino de Peral: una historia de genio y… bueno, de política española

Si eres de Cartagena o has pasado por aquí, habrás visto el submarino de Isaac Peral. Está ahí, imponente, en su museo. Pero la historia de este trasto es para escribir un guion de HBO. A ver, que nos pongamos en situación: finales del siglo XIX. Un marino cartagenero, Isaac Peral, se inventa el primer submarino torpedero eléctrico del mundo. Repito: del mundo. No era un barril con remos, era una máquina que funcionaba con baterías, tenía periscopio y lanzaba torpedos bajo el agua.

La verdad es que Peral era un visionario, pero se topó con el muro más infranqueable de España: la burocracia y las envidias. El tipo demostró que su invento funcionaba, que podía hundir barcos sin ser visto. Pero en Madrid, los que mandaban decidieron que aquello no tenía futuro. Hay quien dice que hubo presiones de potencias extranjeras que no querían que España tuviera esa ventaja tecnológica. Al final, el proyecto se canceló y Peral murió joven, un poco amargado, imagino. Si le hubieran hecho caso, la historia naval del siglo XX habría sido otra muy distinta. Es el clásico ejemplo de «tenemos el talento en casa, pero preferimos mirar para otro lado».

¿Por qué el acero del submarino no se deshizo?

Una curiosidad técnica que me encanta: el casco del submarino aguantó décadas a la intemperie antes de ser restaurado. ¿Cómo? Pues porque el acero de finales del XIX tenía unas impurezas y una composición que, curiosamente, creaba una capa de óxido protectora muy densa. Además, Peral era un obseso del detalle y utilizó remaches y ajustes que eran pura artesanía industrial. Si hoy intentas hacer eso con un coche moderno, a los diez años se te cae a trozos.

El Cantón de Cartagena: cuando fuimos un país (más o menos)

Esta es de mis favoritas. Si te gusta la historia y no conoces la Revolución Cantonal de 1873, te estás perdiendo el momento más «punk» de la historia de España. Cartagena se declaró independiente. Así, por las buenas. Bueno, por las buenas no, a base de cañonazos y convicción republicana federalista.

Lo que mucha gente no sabe es que Cartagena llegó a acuñar su propia moneda (el duro cantonal) y que incluso pidió la adhesión a los Estados Unidos. Imagínate por un momento que el presidente de EE. UU. hubiera dicho que sí. Tendríamos el puerto lleno de portaaviones americanos y comeríamos hamburguesas con michirones. La verdad es que fue un caos absoluto, con la flota bombardeando Almería y Alicante para que se unieran a la causa. Al final, la cosa acabó como suele acabar todo lo que empieza con mucha pasión y poca organización: con un asedio brutal y la ciudad medio derruida. Pero oye, ese espíritu rebelde y un poco «echao p’alante» se nos ha quedado grabado en el ADN.

La Inteligencia Artificial y el «Valle Inquietante»

Cambiando radicalmente de tercio, hablemos de algo que nos toca de cerca hoy en día: la IA. Seguro que has oído hablar del «Valle Inquietante» (o Uncanny Valley). Es esa sensación de repelús que te da cuando ves un robot o una animación que se parece mucho a un humano, pero no llega a serlo del todo. Como cuando ves a un personaje de una peli de animación antigua y dices: «Hay algo en sus ojos que me da mal rollo».

Esto tiene una explicación evolutiva. Nuestro cerebro está programado para detectar enfermedades o cadáveres (cosas que no se mueven de forma natural). Cuando vemos algo que parece humano pero se mueve de forma un poco rígida o tiene una mirada vacía, nuestro instinto de supervivencia nos dice: «¡Huye, eso no está vivo!».

Lo curioso es que con la IA generativa de imágenes, estamos saliendo de ese valle a toda velocidad. Ahora mismo, una IA puede crear la foto de una persona que no existe y no notarías nada raro. De hecho, hay empresas españolas que ya están usando modelos de IA para sus campañas de publicidad, ahorrándose el fotógrafo y el modelo. Ojo, que esto tiene su miga ética, pero técnicamente es fascinante. Estamos enseñando a las máquinas a ser tan perfectas que ya no nos dan miedo, nos engañan.

¿Cómo sabe una IA lo que es un gato?

Para que nos entendamos, una IA no «sabe» qué es un gato como lo sabes tú. Tú ves un bicho con bigotes que maúlla y dices: «Gato». La IA lo que hace es analizar millones de píxeles. Aprende que, estadísticamente, cuando hay un grupo de píxeles con forma de oreja puntiaguda cerca de otros que parecen bigotes, la etiqueta suele ser «gato». Es pura probabilidad. Si mal no recuerdo, los primeros modelos de reconocimiento de imágenes se confundían mucho entre magdalenas de arándanos y perros chihuahua. Si lo buscas en Google, verás que el parecido es razonable. Eso te da una idea de que la IA, por muy lista que parezca, no deja de ser una calculadora gigante con mucha memoria.

El café asiático: un ritual que solo entendemos aquí

Si vienes a Cartagena y pides un café con leche, te lo pondrán, claro. Pero si quieres vivir la experiencia completa, tienes que pedir un asiático. Y no, no tiene nada que ver con Extremo Oriente. Es una mezcla de café, leche condensada, Brandy, Licor 43 (que, por cierto, se fabrica aquí al lado), canela y un trocito de corteza de limón. Ah, y dos granos de café flotando.

La historia cuenta que lo inventaron los marinos que llegaban al puerto, que pedían un café con «todo lo que hubiera por ahí» para entrar en calor. Lo que me parece fascinante es el recipiente. Se sirve en una copa especial, de cristal grueso, diseñada específicamente para aguantar el contraste térmico y para que se vean perfectamente las capas. Es casi una obra de ingeniería termodinámica. Si te lo bebes sin mezclar, primero te quemas con el café y luego te llega el subidón del licor. La clave es el equilibrio. Es nuestro pequeño secreto local que, curiosamente, cada vez se conoce más fuera. Pero ojo, que si no lleva Licor 43, no es un asiático de verdad. Es otra cosa.

Curiosidades científicas que te harán dudar de tus sentidos

Ya que estamos en plan didáctico, vamos con un par de píldoras científicas de esas que te dejan pensando mientras miras al techo por la noche.

  • El efecto Mpemba: ¿Sabías que el agua caliente se congela más rápido que el agua fría en ciertas condiciones? Parece un error del sistema, pero es real. Se llama así por un estudiante tanzano que lo observó mientras hacía helados. Todavía hay debate entre los físicos sobre por qué pasa exactamente (evaporación, convección, gases disueltos…), pero ahí está. La naturaleza es así de caprichosa.
  • Tardígrados, los tipos duros: Estos bichos microscópicos, también llamados «osos de agua», son indestructibles. Aguantan el vacío del espacio, presiones brutales en el fondo del mar y temperaturas de casi el cero absoluto. Si mañana cayera un meteorito y nos borrara del mapa, los tardígrados seguirían ahí, tan tranquilos, esperando a que pase la tormenta.
  • El olor a lluvia: Ese olor tan rico cuando empieza a llover después de un tiempo seco tiene nombre: petricor. No es el agua lo que huele, sino una combinación de aceites de las plantas y una sustancia llamada geosmina que producen unas bacterias en el suelo. Los humanos somos increíblemente sensibles a este olor, mucho más que los tiburones a la sangre. Se cree que es una herencia de nuestros antepasados, para quienes la lluvia significaba supervivencia.

La muralla que no se ve y el teatro que apareció de la nada

Volviendo a Cartagena, hay algo que siempre me ha volado la cabeza: el Teatro Romano. Estuvo ahí, debajo de nuestras narices, durante siglos. La gente construyó casas encima, una catedral, calles enteras… y nadie sabía que debajo había un teatro para 7.000 personas. No fue hasta finales de los 80 cuando, al empezar a demoler unas casas viejas, empezaron a salir piedras que no encajaban.

La verdad es que es una metáfora perfecta de la ciudad. Somos capas y capas de historia. Debajo de una zapatería puede haber una calzada romana, y debajo de un bloque de pisos, una necrópolis púnica. Pasear por Cartagena es como caminar sobre un hojaldre histórico. Y lo mejor es que todavía queda muchísimo por descubrir. Cada vez que hay una obra en el casco antiguo, los arqueólogos se frotan las manos y los constructores se echan a temblar, porque saben que van a encontrar algo que va a parar la obra seis meses. Es el precio de vivir en una ciudad con más de 2.000 años de solera.

El misterio de la Muralla Púnica

Y no podemos olvidar la Muralla Púnica. Es de los pocos restos que quedan de la época de los cartagineses (los de verdad, los de Asdrúbal). Lo curioso es su construcción: dos muros paralelos de grandes bloques de arenisca rellenos de tierra y piedras. Era un sistema defensivo brutal para la época. Cuando los romanos llegaron con Escipión el Africano a la cabeza, se las vieron y se las desearon para entrar. Al final lo consiguieron, claro, porque los romanos eran muy pesados y tenían mucha paciencia, pero la muralla ahí sigue, aguantando el tipo.

¿Por qué nos gustan tanto las curiosidades?

Al final del día, uno se pregunta por qué nos quedamos embobados leyendo estas cosas. Yo tengo mi propia teoría. Creo que es porque nos gusta sentir que el mundo no es tan gris ni tan predecible como parece. Saber que un submarino de 1888 funcionaba con electricidad o que el olor a lluvia es un mensaje de unas bacterias nos hace sentir que formamos parte de algo mucho más grande y complejo.

Además, en un mundo donde la IA nos da respuestas masticadas en tres segundos, pararse a profundizar en una anécdota histórica o en un detalle científico es un acto de rebeldía. Es recuperar la curiosidad infantil, esa que te hacía preguntar «¿por qué?» hasta que tus padres se desesperaban. La verdad es que nunca deberíamos dejar de preguntar.

Un poco de código para los más cafeteros

Como sé que por aquí también hay gente que se pelea con el teclado, no quería terminar sin un guiño tecnológico. Si estuviéramos programando una «IA de curiosidades de Cartagena», el código (en un Python muy simplificado y con un toque de ironía) podría verse algo así:

class CartagenaCuriosities:
    def __init__(self):
        self.city = "Cartagena, España"
        self.spirit = "Cantonal y rebelde"
        self.drinks = ["Asiático", "Estrella de Levante"]

    def get_random_fact(self, category):
        if category == "history":
            return "Isaac Peral inventó el submarino y le pagaron con olvido. Clásico."
        elif category == "food":
            return "Si le echas limón al café y no estás en Cartagena, te miran raro."
        elif category == "ai":
            return "La IA todavía no sabe distinguir un michirón de una piedra, pero dale tiempo."
        else:
            return "Pásate por el puerto y tómate algo, que se vive mejor."

# Instanciamos nuestra ciudad
mi_city = CartagenaCuriosities()

# Intentamos entender por qué somos así
print(f"Estado mental: {mi_city.spirit}")
print(f"Dato del día: {mi_city.get_random_fact('history')}")

Vaya, que la tecnología y la tradición no están tan reñidas como pensamos. Al final, todo se resume en datos, historias y personas que intentaron hacer algo diferente, ya fuera construir un submarino o inventar una forma nueva de tomar café.

La conclusión que saco de todo esto es que no hace falta irse muy lejos para encontrar cosas alucinantes. A veces están en el mercado de la esquina, en un museo que ves todos los días al ir a trabajar o en la propia palma de tu mano, en ese móvil que tiene más potencia de cálculo que toda la NASA en los años 60. Solo hay que tener las ganas de mirar un poco más allá de lo evidente.

Espero que estos datos te sirvan para, al menos, soltar alguna perla en la próxima caña con los amigos. Y si no, pues mira, ya sabes por qué el tomate del súper no sabe a nada y por qué los tardígrados nos van a sobrevivir a todos. Que no es poco.

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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