A veces uno se levanta, se sirve el segundo café del día —ese que ya empieza a saber a gloria— y se pone a mirar qué pasa al otro lado del charco. Pero no hablo del «otro lado» habitual, como Nueva York o Buenos Aires. Hablo de bajar hasta el fondo del mapa, allí donde el viento corta la cara y los nombres de los lugares suenan a aventura de las de antes, de las de galeón y frío en los huesos. Me he pasado la mañana buceando en lo que cuentan los compañeros de Radio Polar, en Magallanes, y la verdad es que la realidad que viven en el Estrecho tiene unos ecos que aquí, en nuestra Cartagena o en cualquier rincón de España, nos deberían sonar bastante familiares.
Resulta curioso cómo, a pesar de los miles de kilómetros, los problemas y las alegrías se parecen tanto. Que si nombramientos políticos que levantan polvareda, que si hallazgos que nos recuerdan quiénes fuimos, o esa lucha eterna por hacer que las infraestructuras funcionen sin arruinar a nadie. Me ha llamado especialmente la atención una serie de noticias que han saltado estos días en la región magallánica y, si me permitís el inciso, creo que hay mucha tela que cortar aquí. Vamos a desgranarlo con calma, como quien comenta la jugada en la barra de un bar, pero con la precisión de quien sabe que el diablo está en los detalles.
La política, ya sabéis, nunca descansa, ni siquiera en las latitudes más australes del planeta. El Presidente José Antonio Kast ha movido ficha y ya tenemos nombres para las delegaciones provinciales de Última Esperanza, Tierra del Fuego y la Antártica Chilena. Para que nos entendamos, estos cargos son un poco como nuestros delegados del Gobierno aquí en España, pero con el añadido de que allí, si te descuidas, te quedas aislado por la nieve o el temporal en cuestión de horas. No es un despacho cualquiera.
La verdad es que el nombramiento de estas autoridades el pasado 13 de marzo marca un punto de inflexión en la gestión del territorio. En lugares como Última Esperanza —vaya nombre con fuerza, ¿eh?—, la gestión no solo es administrativa, es casi de supervivencia logística. El desafío para estos nuevos delegados no es pequeño: tienen que lidiar con una población que se siente, a menudo, olvidada por el «centralismo» de Santiago, algo que a los que vivimos fuera de Madrid nos suena de sobra. Ojo con esto, porque la estabilidad de estas provincias depende de que estos nombres propios sepan leer las necesidades de una tierra que no perdona los errores de cálculo.
Además, el analista político Ignacio Imas Arenas ya ha salido a la palestra advirtiendo que el escenario no es precisamente un camino de rosas. Hay desafíos estructurales y una fragmentación que obliga a hilar muy fino. Es un poco lo que vemos aquí con los pactos y las mayorías ajustadas; al final del día, lo que importa es si el vecino de Puerto Natales o el de Porvenir ve que su vida mejora o si todo se queda en fotos oficiales y apretones de manos.
El tesoro de 1584: cuando España dejó su huella en el Estrecho
Aquí es donde me sale la vena de historiador y se me pone la piel de gallina. Se ha producido un hallazgo arqueológico en Puerto del Hambre que es, sencillamente, una locura. Han encontrado una moneda fundacional de 1584 en el Parque del Estrecho. Para los que no ubiquen la zona, Puerto del Hambre (o Rey Don Felipe, como se llamó originalmente) fue uno de los intentos más dramáticos y trágicos de la Corona Española por fortificar el Estrecho de Magallanes.
Vaya, que estamos hablando de la expedición de Pedro Sarmiento de Gamboa. Imaginaos la escena: finales del siglo XVI, barcos de madera, un frío que te hiela el alma y la misión de fundar ciudades en el fin del mundo para evitar que los piratas ingleses —como Drake— se pasearan por el patio trasero del imperio. Aquello acabó fatal, con la mayoría de los colonos muriendo de inanición (de ahí el nombre tan poco optimista de Puerto del Hambre), pero esa moneda que ha aparecido ahora es un vínculo directo con nuestra propia historia.
Es una pieza que nos habla de una logística global que ya existía hace casi 500 años. Que esa moneda haya sobrevivido al clima inclemente de Magallanes es casi un milagro. Me recuerda mucho a los hallazgos que hacemos aquí en Cartagena cada vez que levantamos una piedra y aparece algo de la época romana o de la Ilustración. Al final, somos lo que dejamos atrás, y esa moneda es un recordatorio de que España estuvo allí, intentando domar lo indomable. La arqueología en el Parque del Estrecho está haciendo un trabajo brutal para rescatar estos fragmentos de identidad que, sinceramente, deberían estudiarse más a fondo en los colegios de ambos lados del Atlántico.
Guerra de aeropuertos: ¿Punta Arenas o Puerto Natales?
Cambiando radicalmente de tercio, pero siguiendo en la zona, hay un lío montado con las concesiones aeroportuarias que tiene mucha miga económica. El operador del aeropuerto de Punta Arenas ha dado un puñetazo sobre la mesa diciendo que su contrato es inviable. ¿El motivo? La competencia de Puerto Natales. Esto es un caso de manual de cómo la planificación de infraestructuras puede volverse un quebradero de cabeza si no se ajustan bien las piezas.
Resulta que, al potenciar el aeropuerto de Puerto Natales para facilitar la llegada de turistas a las Torres del Paine (que es la joya de la corona del turismo chileno), le han quitado un trozo importante del pastel a Punta Arenas. El concesionario pide modificar el contrato porque, claro, las cuentas no salen. Esto me recuerda un poco a lo que ha pasado en España con algunos aeropuertos regionales que están a tiro de piedra unos de otros. Si divides el tráfico, al final nadie es rentable sin subvenciones.
La cuestión es técnica pero el trasfondo es puramente humano: ¿cómo garantizas la conectividad de una región tan aislada sin que las empresas privadas salgan huyendo? Es un equilibrio delicado. Si mal no recuerdo, situaciones similares hemos vivido con las autopistas de peaje o con las líneas de alta velocidad que no terminan de llegar a ciertos sitios. En Magallanes, el avión no es un lujo, es una necesidad básica, y este conflicto contractual podría poner en jaque la movilidad de miles de personas si no se llega a un acuerdo pronto.
Fuego en el paraíso y la justicia que perdona (a veces)
Otro tema que ha saltado a la palestra es el del uso de fuego en las Torres del Paine. El Juzgado de Garantía de Puerto Natales ha aprobado la suspensión del procedimiento para alguien que, supuestamente, hizo un uso indebido de fuego en el parque. Para los que no lo sepan, Torres del Paine es extremadamente sensible a los incendios. Ya han tenido desastres gordos en el pasado provocados por turistas descuidados que se cargaron miles de hectáreas de bosque nativo.
La noticia de la suspensión del procedimiento puede sonar a «se ha ido de rositas», pero suele llevar aparejadas condiciones estrictas, como multas potentes o trabajos comunitarios. La verdad es que, viendo cómo se nos queman los montes en España cada verano por negligencias similares, uno se pregunta si la justicia es lo suficientemente dura. En un ecosistema tan frágil como el patagónico, un cigarrillo mal apagado o un hornillo fuera de sitio es una sentencia de muerte para especies que tardan siglos en crecer. Ojo con esto, porque la educación ambiental sigue siendo nuestra asignatura pendiente, ya sea en el Pirineo o en los Andes.
Y hablando de cuidar el entorno, me quito el sombrero ante la IVª Brigada Aérea. Se han liado la manta a la cabeza y han hecho una limpieza del borde costero en Punta Arenas por el Mes del Aire y del Espacio. Es un gesto pequeño, si quieres, pero ver a militares recogiendo plásticos y basura de la playa dice mucho de la implicación de las instituciones en la comunidad. A veces nos olvidamos de que las Fuerzas Armadas también están para estas cosas, para cuidar el territorio que juraron defender, aunque sea de la mugre que nosotros mismos dejamos.
El «Gaucho Antártico» y la ciencia que no se ve
Si hay algo que me ha fascinado de lo que cuenta Radio Polar es la figura del «Gaucho Antártico» del INACH (Instituto Antártico Chileno). A menudo pensamos en la Antártida y nos imaginamos a científicos con batas blancas mirando por microscopios, pero nos olvidamos de la logística. Para que ese científico pueda trabajar a -20 grados, hace falta alguien que sepa mover toneladas de equipo, que entienda el hielo y que tenga la piel curtida por el clima.
Esta «logística magallánica» es la que hace posible la ciencia en el continente blanco. Es un trabajo silencioso, duro y, muchas veces, poco reconocido. Es ese saber hacer de la gente del sur, que sabe que con la naturaleza no se juega y que la improvisación es el camino más rápido al desastre. Me parece una analogía perfecta para muchas profesiones técnicas aquí en España: esos ingenieros o técnicos de mantenimiento que hacen que todo funcione (la red eléctrica, el agua, internet) mientras nosotros simplemente pulsamos un botón. Sin el «gaucho», no hay ciencia. Así de claro.
Salud y sociedad: la sepsis y el valor del voluntariado
No todo son noticias de política o historia. También hay espacio para la preocupación social. Un estudio reciente ha advertido que la sepsis podría convertirse en la tercera causa de muerte en Chile. Es un dato demoledor. La sepsis es esa respuesta extrema del cuerpo a una infección que, si no se pilla a tiempo, te apaga las luces en un suspiro. En España también es un tema que preocupa mucho en las UCIs, y ver que en Chile están poniendo el foco ahí demuestra que los retos sanitarios son globales.
Por otro lado, me ha reconfortado leer sobre la Corporación Dversian y su llamada a profesionales para sumarse como voluntarios. En un mundo que parece ir cada vez más rápido y de forma más individualista, que existan estos espacios para ayudar a los demás es vital. O el caso de Alcohólicos Anónimos en la región, que celebran el aniversario del grupo «Amor y Ser» con reuniones informativas. Son esas redes de seguridad humana que no salen en los grandes titulares nacionales pero que salvan vidas a diario en los barrios de Punta Arenas o de cualquier ciudad española.
Una reflexión final desde la distancia
Al final del día, leer las noticias de Radio Polar es como mirar por un catalejo hacia el pasado y el futuro a la vez. Tenemos esa moneda de 1584 que nos conecta con la ambición y el sufrimiento de nuestros antepasados, y tenemos los desafíos de la sepsis o la logística antártica que nos hablan de lo que está por venir.
La conclusión que saco de todo esto es que, vivas donde vivas, los problemas de fondo son los mismos: cómo gobernarnos con justicia, cómo proteger nuestro entorno, cómo recordar nuestra historia sin quedarnos anclados en ella y cómo ayudarnos cuando las cosas se ponen feas. Magallanes está lejos, sí, pero sus historias tienen un latido que se siente muy cerca. Vaya, que después de todo, no somos tan distintos, ya estemos frente al Mediterráneo o frente al Estrecho de Magallanes. Mañana, más café y más historias, que el mundo no para y nosotros tampoco.
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