ciencia / marzo 12, 2026 / 11 min de lectura / 👁 79 visitas

Un viaje al pasado: De 1958 a la vanguardia actual

Un viaje al pasado: De 1958 a la vanguardia actual

¿Alguna vez os habéis parado a pensar qué estaba pasando en la España de finales de los años 50? Mientras el país intentaba desperezarse de una posguerra eterna y el Seat 600 empezaba a asomar por las carreteras de adoquines, en Pamplona se estaba cocinando algo que, sinceramente, pocos vieron venir con la magnitud que tiene hoy. Hablo de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Navarra. No es solo un edificio con laboratorios y gente en bata blanca; es, posiblemente, uno de los motores científicos más potentes que tenemos en el norte de España desde 1958.

La verdad es que, cuando uno pasea por el campus de la UNAV (así la llamamos los que andamos por aquí), lo primero que te golpea no es el olor a reactivos químicos, sino el verde. Es un campus al estilo americano, de esos que ves en las películas, pero con un toque navarro muy marcado. Y en medio de ese ecosistema, la Facultad de Ciencias se levanta como un pilar que ha sabido envejecer con una dignidad envidiable, adaptándose a tiempos donde la Inteligencia Artificial y la edición genética mandan, sin olvidar que todo empezó con unos pocos tubos de ensayo y mucha voluntad.

Si mal no recuerdo, la facultad abrió sus puertas en un momento en que la ciencia en España era, por decirlo suavemente, una carrera de obstáculos. Corría el año 1958. Por aquel entonces, estudiar Ciencias Experimentales no era precisamente la opción más «segura» o común. Sin embargo, hubo una visión clara: crear un centro que no solo enseñara teoría, sino que se manchara las manos en el laboratorio.

Lo que empezó como una pequeña apuesta se ha convertido en un gigante. Al principio, las clases se impartían en edificios que hoy nos parecerían prehistóricos, pero la esencia era la misma: rigor. Vaya, que allí no se regalaba nada, y me consta que sigue siendo así. Con el paso de las décadas, la facultad fue creciendo, incorporando grados que hoy nos parecen básicos pero que en su día fueron punteros, como la Bioquímica, donde fueron pioneros en España.

Es curioso ver cómo ha cambiado el perfil del estudiante. Antes, quizás, se buscaba una formación más académica, casi mística. Hoy, el que entra en Ciencias en Pamplona tiene un ojo puesto en la investigación de alto nivel y el otro en cómo esa investigación puede saltar al mercado. La conexión con la industria farmacéutica y biotecnológica es, a día de hoy, el pan de cada día en sus pasillos.

¿Qué se cuece hoy en las aulas? Grados y algo más

Para que nos entendamos, la oferta académica de esta facultad no es un menú de comida rápida. Es más bien una carta de restaurante de autor donde cada plato tiene su porqué. Actualmente, se mueven en varios ejes fundamentales que cubren casi todo lo que un «loco de la ciencia» podría desear:

  • Biología: El clásico que nunca muere. Pero ojo, no es la biología de clasificar plantas en un herbario (que también), sino una enfocada a la genética, la conservación y la biotecnología.
  • Química: Dicen que es la carrera más dura de la facultad. No seré yo quien lo desmienta. Aquí se forman los que luego diseñarán los materiales del futuro o los nuevos fármacos.
  • Bioquímica: Como decía antes, aquí fueron de los primeros en España. Es ese punto dulce donde la biología y la química se dan la mano para entender cómo funcionamos por dentro a nivel molecular.
  • Ciencias Ambientales: En un mundo que se calienta por momentos, estos graduados son los que intentan poner un poco de cordura y soluciones técnicas al desastre climático.

Pero lo que realmente está marcando la diferencia últimamente son los dobles grados. La gente ya no se conforma con saber de una cosa. Quieren saber de Biología y de Ciencias Ambientales, o de Química y Bioquímica. Es una paliza académica, no nos vamos a engañar, pero el mercado laboral español —y el europeo, que es donde acaban muchos— se los rifa. Al final del día, las empresas buscan perfiles híbridos que sepan hablar varios «idiomas» científicos.

La irrupción de la tecnología y la IA en la probeta

Aquí es donde la cosa se pone interesante para los que nos gusta la tecnología. Ya no se entiende la ciencia sin el código. En la Facultad de Ciencias de la Universidad de Navarra, esto lo han calado bien. No es raro ver a un estudiante de tercero de Bioquímica peleándose con un script de Python para analizar una secuencia de proteínas.

La Inteligencia Artificial ha dejado de ser algo de la Facultad de Informática para ser una herramienta básica aquí. Para que nos hagamos una idea, el análisis de datos masivos (Big Data) en genómica o la simulación de reacciones químicas mediante modelos de IA son áreas que están integradas en el día a día. Ya no se trata solo de observar por el microscopio, sino de entrenar algoritmos que predigan qué molécula va a encajar mejor en un receptor celular para curar una enfermedad. Es, literalmente, ciencia ficción hecha realidad en Pamplona.

El edificio Hexágono: Mucho más que arquitectura

Si vas por allí, hay un edificio que te va a llamar la atención sí o sí: el Hexágono. Es icónico. No solo por su forma, que ya de por sí es un reto geométrico, sino por lo que representa. Es el corazón de la facultad. Sus pasillos tienen ese aroma a café de máquina mezclado con el entusiasmo de quien acaba de descubrir algo en el laboratorio.

La verdad es que el diseño del campus fomenta algo que en otros sitios se echa de menos: la interdisciplinariedad. Al estar todo cerca, el de Química se toma un pincho de tortilla con el de Medicina o el de Farmacia. Y de esas charlas informales, a veces, salen mejores ideas que de una reunión formal en un despacho. Es ese «roce» el que crea una comunidad científica real, no solo un grupo de gente que comparte código postal laboral.

Investigación con sello navarro: El CIMA y el BIOMA

Hablar de la Facultad de Ciencias sin mencionar su potencia investigadora sería quedarse a medias. La facultad no vive aislada; está conectada por vasos comunicantes con centros de prestigio mundial como el CIMA (Centro de Investigación Médica Aplicada).

Ojo con esto, porque el CIMA es donde se libra la batalla real contra enfermedades como el cáncer o el Alzheimer. Muchos de los profesores que dan clase por la mañana en la facultad, están por la tarde liderando equipos de investigación en el CIMA. Eso para un alumno es un lujo: que quien te explica la replicación del ADN sea el mismo que está intentando editar genes para curar una patología rara.

Y luego tenemos el BIOMA. Este es un proyecto ambicioso que une el Museo de Ciencias con un centro de investigación en biodiversidad y medio ambiente. Es una apuesta por la divulgación. Porque, seamos sinceros, de nada sirve que los científicos descubran la cura de algo o una forma de limpiar los océanos si luego no saben explicárselo a la sociedad. El Museo de Ciencias de la Universidad de Navarra hace una labor ahí increíble, acercando la ciencia a los colegios y a las familias de una forma que no aburre ni a las piedras.

La vida más allá de los libros: El «estilo UNAV»

No todo es estudiar hasta que se te nuble la vista. La experiencia en esta facultad tiene un componente humano muy fuerte. Al ser una universidad de dimensiones manejables, el trato con el profesor es, por lo general, muy directo. No eres el número 452 de una lista; eres «Fulanito» que tiene problemas con la termodinámica.

Además, Pamplona es una ciudad que abraza muy bien al estudiante. Tienes la vida del Casco Viejo, los Juevintxos (una tradición sagrada de pincho y bebida a precio de estudiante) y un entorno natural que te permite desconectar de los exámenes en diez minutos. Para alguien que viene de fuera, el choque cultural es suave y acogedor.

La facultad también pone mucho énfasis en la formación ética. Puede sonar a cliché, pero en un mundo donde la edición genética (CRISPR, por ejemplo) nos permite jugar a ser dioses, tener una base ética sólida es fundamental. No se trata solo de si *podemos* hacer algo, sino de si *debemos* hacerlo. Ese debate está muy presente en las aulas, y creo que es algo que diferencia a sus graduados.

¿Por qué elegir Pamplona para estudiar Ciencias?

Si me preguntáis a mí, o a cualquier profesional del sector en España, la respuesta suele ir por el lado de la empleabilidad y el prestigio. Pero hay algo más. Es la red de contactos. La Universidad de Navarra tiene una de las redes de antiguos alumnos (alumni) más potentes del mundo.

Vaya, que si terminas la carrera y quieres irte a un laboratorio en Boston o a una farmacéutica en Suiza, lo más probable es que haya alguien de la UNAV allí que te pueda echar una mano o, al menos, orientarte. Eso, en el mundo real, vale oro.

Además, la facultad se ha tomado muy en serio la internacionalización. Muchos grados se pueden cursar con itinerarios en inglés, y los intercambios con universidades extranjeras son la norma, no la excepción. Ver a un chaval de un pueblo de Navarra discutiendo sobre biotecnología con un estudiante de intercambio de Singapur es lo más normal del mundo en sus laboratorios.

Un pequeño apunte sobre el Museo de Ciencias

No quiero pasar por alto el Museo de Ciencias. Si alguna vez pasáis por Pamplona, entrad. Tienen una colección de zoología que es una joya oculta. Pero más allá de los animales disecados (que tienen su aquel histórico), lo que mola es cómo usan el museo para educar. Organizan la «Science Night», ciclos de cine científico y talleres que hacen que la ciencia parezca lo que es: una aventura constante. Es la cara amable y necesaria de la facultad hacia el exterior.

El reto de la transferencia tecnológica

Uno de los puntos donde la Facultad de Ciencias está poniendo más carne en el asador es en la transferencia tecnológica. ¿Qué significa esto en cristiano? Pues que los descubrimientos que se hacen en el laboratorio no se queden en un artículo publicado en una revista que solo leen cuatro expertos, sino que se conviertan en empresas, en patentes y en soluciones reales.

En España siempre hemos tenido el problema de que investigamos muy bien pero vendemos regular. La UNAV está intentando romper ese ciclo. Fomentan el espíritu emprendedor entre los alumnos. No es raro que de un proyecto de fin de grado acabe saliendo una pequeña startup biotecnológica apoyada por la propia universidad. Esto es vital para el tejido económico de Navarra y de España en general.

¿Es todo perfecto?

Bueno, nada lo es. Si hablas con los alumnos, te dirán que el nivel de exigencia es altísimo. Que hay épocas de exámenes donde el edificio de la biblioteca (la famosa Biblioteca de Ciencias) no cierra y las ojeras llegan hasta el suelo. También es una universidad privada, con lo que eso conlleva a nivel de costes, aunque tienen un sistema de becas bastante potente que intenta que el talento no se quede fuera por falta de recursos.

Pero, al final del día, esa presión es la que curte. La sensación que te queda es que, si sales de allí con el título bajo el brazo, estás preparado para lo que te echen. Ya sea en un laboratorio de investigación básica, en una planta de producción química o liderando un equipo de consultoría ambiental.

La conclusión que saco de todo esto…

Mirando hacia atrás, desde aquel 1958 hasta hoy, la Facultad de Ciencias de la Universidad de Navarra ha recorrido un camino impresionante. Ha pasado de ser una facultad pequeña en una ciudad de provincias a ser un referente internacional.

Para que nos entendamos, lo que han logrado es crear un ecosistema donde la tradición y la innovación no se pegan, sino que colaboran. Puedes tener un edificio con solera y, dentro, la tecnología más puntera de secuenciación genómica. Puedes tener valores humanistas profundos y, a la vez, estar a la vanguardia de la Inteligencia Artificial aplicada a la salud.

Si eres un apasionado de la ciencia (y sí, he usado la palabra prohibida, pero es que a veces no hay otra que encaje mejor para definir ese gusanillo que te entra al descubrir cómo funciona el mundo), este lugar es, sin duda, uno de los mejores sitios de España para perderse… y encontrarse. Porque al final, la ciencia va de eso: de hacerse preguntas difíciles y tener la paciencia y las herramientas para buscar las respuestas. Y en Pamplona, de eso saben un rato.

Así que, ya sea porque estés pensando en qué estudiar, o simplemente porque te interese saber dónde se corta el bacalao científico en nuestro país, no le quites el ojo a esta facultad. Porque lo que salga de sus laboratorios en los próximos años, seguramente, nos acabará afectando a todos para bien. Y eso, tal y como está el patio, es una noticia excelente.

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