A veces me da por pensar, mientras me tomo el segundo café de la mañana, en cómo demonios se organiza el progreso de un país. No hablo de que una empresa saque una app nueva o de que un chaval descubra un truco de programación en su garaje. Hablo de la estructura, de los cimientos. La verdad es que, a menudo, vemos siglas como SENACYT y nos suenan a burocracia pura, a papeles apilados en un despacho con poca luz. Pero, si rascamos un poco la superficie, la cosa cambia bastante.
La Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (SENACYT) es, en esencia, el cerebro que intenta coordinar que el conocimiento no se quede guardado en un cajón. Es curioso, porque aunque su base está en Panamá, su modelo y sus retos nos resultan extrañamente familiares aquí en España. Al final del día, todos los países que quieren dejar de depender de sectores tradicionales y meterse de lleno en la economía del conocimiento pasan por el mismo aro: crear una institución que ponga orden al caos de la investigación.
Vaya, que no es solo dar becas. Es decidir si el dinero se va a invertir en estudiar el cambio climático, en mejorar la logística de un puerto o en ver cómo la inteligencia artificial puede ayudar a que un médico no se sature en urgencias. Y eso, amigos, es una responsabilidad de las gordas.
Un poco de memoria: De dónde venimos
Si mal no recuerdo, la historia de estas instituciones suele empezar igual en casi todas partes. En los años 90, hubo una especie de «despertar» global. Se dieron cuenta de que no bastaba con tener universidades; hacía falta un puente entre el laboratorio y la calle. La SENACYT nació precisamente con esa idea de ser un ente autónomo, algo que le permitiera moverse con un poco más de agilidad que un ministerio convencional, aunque todos sabemos que la agilidad en la administración pública es un concepto… digamos, relativo.
En sus inicios, la cosa iba muy de la mano de la formación. Se centraron en enviar a gente brillante fuera para que aprendieran lo que se estaba cociendo en los grandes centros tecnológicos del mundo. La idea era buena, pero claro, luego te encuentras con el problema de siempre: ¿qué haces con ese científico cuando vuelve? Si no tienes laboratorios, si no tienes empresas que valoren ese doctorado, lo que tienes es una fuga de cerebros de manual. Es algo que en España hemos vivido (y vivimos) de forma constante. Formamos a gente espectacular para que luego acaben trabajando en Alemania o Estados Unidos porque aquí no les damos las herramientas necesarias.
Con el tiempo, la SENACYT tuvo que evolucionar. Pasó de ser una simple «pagadora de becas» a intentar diseñar una estrategia nacional. Y ahí es donde la cosa se pone interesante, porque es donde entran en juego los planes estratégicos, como el PENCYT. Suena a nombre de robot de película de serie B, pero es el mapa que decide hacia dónde va el barco.
El motor de las becas y el capital humano
Hablemos de dinero, que es lo que nos gusta. Una de las patas más fuertes de esta secretaría es el programa de becas. Y ojo, que no son becas de «toma el dinero y corre». Hay una colaboración muy estrecha con instituciones como el IFARHU para gestionar fondos que permiten a estudiantes realizar maestrías y doctorados en las mejores universidades del mundo.
La lógica es aplastante: si quieres tecnología de punta, necesitas gente que sepa usarla y, sobre todo, crearla. Pero aquí viene el matiz que me parece clave: la reinserción. La SENACYT ha intentado crear programas para que esos investigadores regresen y se incorporen al Sistema Nacional de Investigación (SNI). El SNI es como un club selecto donde se reconoce y se incentiva económicamente a los investigadores que publican y producen ciencia de calidad.
¿Funciona? A medias. La verdad es que crear un ecosistema científico no se hace en dos días ni en diez años. Requiere una constancia que a veces choca con los ciclos políticos. Pero bueno, al menos la estructura está ahí. Es como cuando intentas aprender un lenguaje de programación nuevo: al principio no entiendes nada y te frustras, pero si sigues picando código todos los días, al final algo acaba funcionando.
Innovación empresarial: ¿Ciencia en la oficina?
A veces cometemos el error de pensar que la ciencia solo ocurre en edificios con microscopios. Error garrafal. La innovación ocurre cuando una empresa de logística decide optimizar sus rutas usando algoritmos, o cuando una fábrica de conservas encuentra una forma de gastar menos agua.
La SENACYT tiene programas específicos para el sector privado. Intentan convencer a los empresarios de que invertir en I+D (Investigación y Desarrollo) no es tirar el dinero, sino comprar un seguro de vida para el futuro. En España tenemos el CDTI (Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial), que hace una labor similar. La comparación es inevitable: ambos luchan contra esa mentalidad de «que inventen ellos», una frase que nos ha hecho mucho daño históricamente.
Para que nos entendamos, la secretaría actúa como un catalizador. Pone una parte del dinero (cofinanciación) y la empresa pone la otra. Si el proyecto sale bien, todos ganan. Si sale mal, al menos se ha generado conocimiento. Es un modelo de riesgo compartido que es fundamental para que las PYMES se atrevan a dar el salto tecnológico.
La Inteligencia Artificial y el reto digital
No podía escribir esto sin hablar de IA. Es el tema del momento y, sinceramente, me tiene un poco saturado, pero es que es inevitable. La SENACYT está metida de lleno en ver cómo la inteligencia artificial puede transformar el país. No se trata solo de usar ChatGPT para escribir correos, sino de soberanía de datos y de crear modelos propios que entiendan la realidad local.
Ojo con esto: la brecha digital no es solo tener o no tener internet. Es saber qué hacer con él. La secretaría impulsa proyectos de transformación digital que van desde la educación básica hasta la digitalización de la administración. Es un trabajo de hormiga.
Imaginaos, por ejemplo, un sistema de IA entrenado para predecir brotes de enfermedades tropicales basándose en datos climáticos y de movilidad. Eso es ciencia aplicada, y es ahí donde una institución pública puede marcar la diferencia frente a una empresa privada que solo busca el beneficio inmediato. La SENACYT tiene esa visión de «bien común» que, aunque a veces peque de idealista, es necesaria.
Un pequeño ejemplo de lo que hablamos (en código)
Para que veáis que esto no es solo palabrería, imaginad que un investigador becado por la SENACYT vuelve a su país y quiere analizar la producción científica local. Podría usar un script sencillo en Python para visualizar cómo han crecido las publicaciones en los últimos años. Algo así, pero con datos reales:
import matplotlib.pyplot as plt
# Datos ficticios de crecimiento de publicaciones científicas
años = [2018, 2019, 2020, 2021, 2022, 2023]
publicaciones = [120, 150, 180, 210, 260, 310]
plt.figure(figsize=(10, 6))
plt.plot(años, publicaciones, marker='o', linestyle='-', color='b')
plt.title('Crecimiento de la Producción Científica (Simulación)')
plt.xlabel('Año')
plt.ylabel('Número de Artículos en Revistas Indexadas')
plt.grid(True)
plt.show()
Este pequeño trozo de código es una metáfora de lo que se busca: claridad, datos y una dirección ascendente. Sin datos, la política científica es solo una opinión. Y la SENACYT se esfuerza mucho en que haya datos detrás de cada decisión.
La conexión con la educación: PISA y más allá
No podemos hablar de ciencia sin hablar de colegios. Es imposible. Si los chavales no saben resolver un problema de lógica básico, olvidaos de tener ingenieros de primer nivel en quince años. La SENACYT lo sabe y por eso se mete en camisas de once varas, como el apoyo a las pruebas PISA o la organización de olimpiadas de robótica y química.
La verdad es que los resultados en estas pruebas suelen ser un jarro de agua fría. Pero, en lugar de esconder los datos, la secretaría los usa para decir: «Mirad, estamos mal, necesitamos cambiar esto». Es una labor pedagógica brutal. Fomentar la curiosidad científica desde pequeños es la única forma de que, en el futuro, la sociedad valore la inversión en ciencia.
Recuerdo que hace poco vi un proyecto de «Clubes de Ciencia» en zonas rurales. Me pareció una idea fantástica. Llevar microscopios y kits de robótica a lugares donde a veces apenas llega la electricidad es sembrar en terreno difícil, pero los frutos suelen ser los más gratificantes. Es acercar la ciencia a la gente, quitarle esa capa de elitismo que a veces la rodea.
¿Cómo se compara esto con la realidad en España?
Es inevitable hacer el paralelismo. En España tenemos el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, y agencias como la Agencia Estatal de Investigación. Los problemas son primos hermanos: burocracia asfixiante, presupuestos que dependen del color del gobierno de turno y una lucha constante por retener el talento.
Sin embargo, hay algo que envidio de modelos como el de la SENACYT cuando funcionan bien: su capacidad de ser un eje centralizador en un país más pequeño. En España, a veces la transferencia de competencias a las comunidades autónomas hace que la política científica esté un poco fragmentada. Un investigador en Madrid puede estar haciendo lo mismo que uno en Barcelona sin saberlo. La SENACYT, al ser nacional y centralizada, tiene una visión de conjunto que es muy potente.
Además, la colaboración internacional es clave. La SENACYT actúa como embajadora ante organismos como la UNESCO o la OEA. En España, nuestra referencia es la Unión Europea y el programa Horizonte Europa. Al final, la ciencia es un lenguaje universal; un paper escrito en Ciudad de Panamá tiene las mismas reglas que uno escrito en Sevilla.
Los retos que quitan el sueño
No todo es color de rosa, claro. Si hablas con alguien que trabaje allí o que dependa de sus fondos, te contará las mil y una noches de los trámites administrativos. Que si la partida presupuestaria no ha llegado, que si el informe de seguimiento tiene una coma mal puesta… La burocracia es el gran enemigo de la innovación. La ciencia necesita rapidez, y la administración pública se mueve a ritmo de procesión.
Otro reto es la divulgación. La SENACYT hace un esfuerzo enorme con su revista «Imagina» y con eventos públicos, pero sigue costando que el ciudadano de a pie entienda por qué se gastan millones en investigar una rana endémica o en mejorar un proceso químico. «Con la que está cayendo», dicen algunos. Y es que explicar que la ciencia es la solución a largo plazo para «la que está cayendo» es una batalla cultural constante.
Y luego está el tema de la infraestructura. Puedes tener a los mejores científicos del mundo, pero si no tienen un laboratorio con los equipos adecuados, se acabarán yendo. Mantener esos centros de investigación (como los INDICASAT) cuesta una fortuna y requiere una inversión sostenida, no solo un empujón puntual.
¿Hacia dónde vamos?
La conclusión que saco de todo esto es que instituciones como la SENACYT son más necesarias que nunca. En un mundo donde la desinformación vuela y donde parece que cualquier opinión vale lo mismo que un hecho comprobado, tener un organismo que defienda el método científico es vital.
El futuro pasa por la sostenibilidad y la tecnología verde. He visto que están poniendo mucho foco en la transición energética y en la protección de la biodiversidad. Es lógico. Si tienes un país con una riqueza natural brutal, tu ciencia tiene que ir por ahí. No intentes competir con Silicon Valley en hacer la próxima red social de moda; compite en biotecnología o en gestión de recursos hídricos, donde tienes una ventaja competitiva real.
Para que nos entendamos, la SENACYT está intentando que el país no solo compre tecnología, sino que la entienda y, eventualmente, la produzca. Es un camino largo, lleno de baches y con alguna que otra decepción, pero es el único camino que lleva a un desarrollo real.
Unas pinceladas finales sobre la gestión del conocimiento
Al final del día, lo que queda es la gente. Los miles de becarios que han pasado por sus programas, los investigadores que siguen al pie del cañón a pesar de las dificultades y los niños que, gracias a una feria científica, decidieron que de mayores querían ser ingenieros.
La verdad es que, a pesar de las críticas que se le puedan hacer (que siempre las hay y son sanas), la existencia de una Secretaría Nacional de Ciencia es una declaración de intenciones. Es decir: «Nos importa el futuro». Y en los tiempos que corren, eso ya es mucho decir.
Así que, la próxima vez que leáis algo sobre la SENACYT o sobre cualquier organismo científico, no penséis solo en laboratorios aburridos. Pensad en que ahí se está cocinando cómo vamos a vivir dentro de veinte años. Y si podéis, echadle un ojo a sus convocatorias o a sus proyectos de divulgación; a veces hay cosas realmente sorprendentes que pasan desapercibidas por culpa del ruido diario.
Vaya, que me he alargado un poco, pero es que el tema tiene miga. La ciencia no es un lujo, es una necesidad básica, casi como el comer. Y tener a alguien al volante, aunque a veces el coche carraspee un poco, es fundamental para no acabar en la cuneta del progreso tecnológico.
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