A veces me pregunto qué habría sido de nosotros si, en lugar de memorizar la tabla periódica como si fuera un mantra religioso en aquellas aulas que olían a tiza y a bocadillo de mortadela, nos hubieran dejado «cacharrear» de verdad. La ciencia, esa señora tan seria que a veces parece que vive en una torre de marfil, está bajando al barro, y lo está haciendo de una forma que, sinceramente, me da una envidia sana tremenda. Resulta que hace nada nos hemos enterado de que la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación de Cundinamarca ha lanzado una convocatoria que busca importar el modelo de los Clubes de Ciencia de Perú para aplicarlo en sus colegios. Y sí, ya sé que Cundinamarca nos pilla un poco lejos de la Calle Mayor de Cartagena, pero la idea que hay detrás es tan potente que merece que nos detengamos a analizarla, sobre todo viendo cómo está el patio educativo por aquí.
Para que nos entendamos, esto no es la típica actividad extraescolar donde dejas al niño para que no moleste mientras haces la compra. El modelo de los Clubes de Ciencia, que en Perú ha funcionado como un tiro, se basa en algo tan sencillo y a la vez tan complicado como la mentoría. La idea es conectar a investigadores que están en la cresta de la ola —gente que está en el MIT, en la NASA o en el CSIC, por poner ejemplos de aquí— con chavales de secundaria que tienen más curiosidad que un gato en una mudanza.
La verdad es que el sistema tradicional de enseñanza en España, y me atrevería a decir que en casi todo el mundo hispanohablante, peca de ser demasiado teórico. Nos cuentan cómo funciona una célula, pero no nos dejan jugar con ella. Estos clubes rompen esa barrera. En la convocatoria que mencionaba antes, el objetivo es que los semilleros de investigación de las instituciones educativas no se queden solo en el papel, sino que adopten una metodología de «aprender haciendo». Es un cambio de reglas total: el profesor ya no es el que tiene toda la verdad absoluta, sino un guía que acompaña en el proceso de descubrimiento.
Y ojo, que esto no va solo de probetas y batas blancas. Estamos hablando de pensamiento crítico, de saber hacerse las preguntas adecuadas y, sobre todo, de perderle el miedo a equivocarse. Porque en ciencia, si no fallas, es que no estás probando nada nuevo. Y eso, en una sociedad que penaliza el error como si fuera un pecado capital, es aire fresco.
El espejo peruano y su aterrizaje en otros lares
¿Por qué Perú? Pues porque allí se dieron cuenta de que tenían un talento brutal desperdiciado por falta de conexiones. Crearon una red donde científicos peruanos que trabajaban en el extranjero volvían (virtual o físicamente) para trabajar durante una semana intensiva con estudiantes locales. El resultado fue que muchos de esos chavales, que pensaban que la ciencia era algo para gente con gafas y mucho dinero, terminaron estudiando carreras STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas).
Ahora, Cundinamarca quiere replicar esto. La convocatoria está abierta para que los colegios presenten sus proyectos y se sumen a esta red internacional. Lo que me hace pensar: ¿qué estamos haciendo en España, y más concretamente en nuestra Región de Murcia, para fomentar esto? Tenemos la suerte de contar con la UPCT (Universidad Politécnica de Cartagena), que es un motor de innovación brutal, pero a veces parece que hay un muro invisible entre la universidad y los institutos de barrios como Los Dolores o Santa Lucía. Iniciativas como esta convocatoria internacional son las que derriban esos muros.
La importancia de los «semilleros» de investigación
Me hace mucha gracia el término «semillero». Es muy gráfico. No esperas que una semilla te dé sombra mañana mismo, ¿verdad? Pues con la ciencia pasa igual. Estos clubes son el lugar donde se planta la semilla de la curiosidad. Si mal no recuerdo, hace unos años en Cartagena se intentaron cosas parecidas con las ferias de la ciencia en el puerto, y la respuesta del público fue masiva. La gente tiene hambre de saber, solo falta que se lo pongamos fácil.
En estos semilleros, los chavales trabajan en proyectos reales. No es «haz este experimento que ya sabemos cómo sale», sino «tenemos este problema en el barrio con la calidad del agua o con la eficiencia energética, ¿cómo lo solucionamos?». Esa orientación a problemas reales es lo que engancha. Además, el hecho de que sea una convocatoria internacional abre las puertas a que un estudiante de un pueblo pequeño pueda estar hablando por Zoom con un experto en inteligencia artificial de Madrid o de Silicon Valley. Eso te vuela la cabeza cuando tienes 15 años.
¿Y qué pinta la Inteligencia Artificial en todo esto?
No podemos hablar de ciencia hoy en día sin que la IA asome la patita. En estos clubes de ciencia modernos, la IA no es solo una herramienta, es casi un compañero de equipo. Imagina a un grupo de estudiantes en Cartagena analizando los datos de salinidad del Mar Menor. Antes, se habrían vuelto locos con hojas de cálculo infinitas. Ahora, con un poco de Python y alguna librería de aprendizaje automático, pueden encontrar patrones que a simple vista son imposibles de ver.
Para que veáis que no me invento nada, os dejo un ejemplo rápido de lo que un chaval en uno de estos clubes podría estar haciendo con un poco de guía. Nada de código de la NASA, algo sencillo pero resultón para analizar datos:
# Un pequeño script para que los chavales vean tendencias
import matplotlib.pyplot as plt
# Supongamos que hemos medido la temperatura del agua en el puerto de Cartagena
dias = ['Lunes', 'Martes', 'Miércoles', 'Jueves', 'Viernes']
temperaturas = [19.5, 20.2, 19.8, 21.0, 20.5]
plt.plot(dias, temperaturas, marker='o', color='b')
plt.title('Variación de temperatura en nuestra costa')
plt.xlabel('Día de la semana')
plt.ylabel('Grados Celsius')
plt.grid(True)
plt.show()
# Vaya, que con cuatro líneas ya estamos haciendo ciencia de datos básica.
La verdad es que ver esto funcionando en directo es una maravilla. El código no es perfecto, ni falta que hace. Lo importante es que el estudiante entiende que la tecnología está a su servicio para entender el mundo, no solo para consumir vídeos de TikTok. Y es ahí donde la IA entra como un multiplicador de capacidades. En los Clubes de Ciencia, se enseña a usar estas herramientas con ética y sentido común, algo que nos hace mucha falta últimamente.
La realidad española: ¿Estamos a la altura?
Al final del día, uno mira estas convocatorias internacionales y se pregunta si en España estamos perdiendo el tren. Tenemos el Certamen de Jóvenes Investigadores, que está muy bien, pero a veces se siente como algo muy elitista o muy puntual. Lo que propone el modelo de los Clubes de Ciencia es una continuidad, una comunidad que no se acaba cuando entregas el trabajo.
En Cartagena, por ejemplo, tenemos un potencial tecnológico increíble. Entre Navantia, el polo industrial de Escombreras y la UPCT, somos un laboratorio viviente. Pero, ¿cuántos chavales de la ciudad saben realmente lo que se cuece ahí dentro? Si aplicáramos este modelo de clubes, conectando a los ingenieros de Navantia con los institutos locales para resolver retos de robótica submarina, el impacto sería brutal. No solo estaríamos creando futuros profesionales, sino ciudadanos que entienden y valoran la tecnología que se desarrolla en su propia calle.
El papel de las empresas locales
Aquí es donde las empresas españolas deberían dar un paso al frente. No se trata solo de responsabilidad social corporativa para quedar bien en la foto. Se trata de supervivencia. Si no fomentamos que los jóvenes se interesen por la ciencia y la tecnología, ¿quién va a trabajar en nuestras empresas dentro de diez años? La convocatoria de Cundinamarca cuenta con el apoyo institucional, pero el éxito real de estos modelos suele venir de la colaboración público-privada.
Imaginaos a una empresa de software de aquí, de las que están peleando en el mercado global, apadrinando un club de ciencia en un instituto. Los beneficios son mutuos: los estudiantes aprenden habilidades reales y la empresa detecta talento de forma temprana. Es un «win-win» de manual, pero a veces nos cuesta salir de nuestra zona de confort y de la burocracia de siempre.
Un poco de historia para dar contexto (sin aburrir, lo prometo)
Esto de los clubes de ciencia no es un invento de anteayer. Si tiramos de hemeroteca, en España tuvimos la Junta para Ampliación de Estudios (JAE) a principios del siglo XX. Aquello fue un intento serio de modernizar la ciencia española, mandando a nuestros mejores cerebros fuera para que trajeran ideas frescas. Personajes como Ramón y Cajal sabían perfectamente que la ciencia no florece en el aislamiento.
Lo que está pasando ahora con esta convocatoria internacional es, en esencia, una versión digital y globalizada de aquel espíritu. La diferencia es que ahora no necesitas un barco para irte a Alemania a aprender física; necesitas una conexión a internet y un mentor que esté dispuesto a dedicarte un par de horas a la semana. La esencia es la misma: el intercambio de conocimiento como motor de progreso. Y es curioso ver cómo países que a veces miramos por encima del hombro, como Perú o Colombia, nos están dando lecciones de cómo organizar estas redes de talento de forma eficiente.
Los retos: No todo es monte de orégano
Claro, decir esto queda muy bonito en un artículo, pero la realidad es tozuda. Montar un club de ciencia requiere tiempo, y el tiempo es lo que menos les sobra a los profesores hoy en día. Entre el papeleo, las clases y lidiar con la adolescencia, pedirles que además gestionen un semillero de investigación es, a veces, pedir peras al olmo.
Por eso, la clave de la convocatoria de Cundinamarca es que ofrece una estructura. No te dicen «búscate la vida», sino «aquí tienes un modelo, unos mentores y una red». Eso es lo que falta en muchos sitios de España. Tenemos iniciativas aisladas, profesores heroicos que hacen cosas increíbles por amor al arte, pero nos falta sistema. Nos falta que, cuando un chaval de Cartagena tenga una idea loca para limpiar el aire de la ciudad, sepa exactamente a qué puerta llamar y que esa puerta esté abierta.
La brecha digital y social
Otro tema que no podemos ignorar es que estos clubes pueden acabar siendo para los de siempre. Si para participar necesitas un portátil de última generación y una conexión de fibra óptica que vuele, estamos dejando fuera a mucha gente. La convocatoria internacional de la que hablamos hace hincapié en llegar a las instituciones educativas públicas, y eso es fundamental. La ciencia debe ser el gran ascensor social, no un club privado para privilegiados.
En nuestra Cartagena, tenemos barrios con realidades socioeconómicas muy distintas. Un club de ciencia bien gestionado podría ser la diferencia entre que un chaval acabe dejando los estudios o que termine siendo el ingeniero que diseñe el próximo submarino Isaac Peral. Y no exagero; el talento está repartido de forma democrática, lo que no está repartido es el acceso a las oportunidades.
¿Cómo sería el «Club de Ciencia ideal» en nuestra tierra?
Si me dejáis soñar un poco, después de este café que me estoy tomando, me imagino un club de ciencia en Cartagena que fuera algo así:
- Sede: Un espacio compartido entre la universidad y algún centro cultural. Nada de aulas aburridas; un sitio con herramientas, impresoras 3D y pizarras por todas partes.
- Proyectos: Centrados en problemas locales. Arqueología submarina con drones, monitorización del ecosistema del Mar Menor, optimización del tráfico en el centro… cosas que los chavales vean al salir de clase.
- Mentores: Una mezcla de investigadores de la UPCT, ingenieros jubilados con ganas de enseñar y jóvenes profesionales que trabajan en remoto para empresas tecnológicas.
- Conexión: Hermanados con un club de ciencia de, por ejemplo, Perú o Colombia. Intercambio de datos, de ideas y, por qué no, algún viaje de intercambio si el presupuesto llega.
La verdad es que no parece algo imposible, ¿no? Es cuestión de voluntad política y de que alguien coja el toro por los cuernos. La convocatoria de Cundinamarca es solo el disparador que nos recuerda que el mundo se está moviendo y que no podemos quedarnos mirando.
La ciencia como lenguaje universal
Lo que más me gusta de esta noticia es que demuestra que la ciencia es un lenguaje que une. Da igual que estés en Bogotá, en Lima o en Cartagena; un experimento de química funciona igual (bueno, si la presión atmosférica te deja). Esa capacidad de crear redes internacionales de jóvenes que comparten una pasión es el mejor antídoto contra el aislamiento y la polarización que vemos todos los días en las noticias.
Para que nos entendamos, estos clubes son como las antiguas logias de conocimiento, pero con acceso a Wikipedia y a ChatGPT. Son espacios donde se cultiva la duda metódica. Y en un mundo lleno de «fake news» y de soluciones fáciles para problemas complejos, necesitamos más que nunca gente que sepa analizar datos y sacar sus propias conclusiones.
¿Y ahora qué?
La convocatoria ya está ahí, y los colegios de Cundinamarca empezarán pronto a trabajar con este modelo peruano. Nosotros, desde «aquinohayquienviva.es», seguiremos de cerca cómo evoluciona esto. Porque, aunque nos pille al otro lado del charco, las lecciones que saquen allí nos sirven a nosotros. La innovación no tiene fronteras, y a veces las mejores ideas vienen de donde menos te lo esperas.
Al final de todo esto, la conclusión que saco es que necesitamos menos burocracia y más acción. Menos leyes educativas que cambian cada cuatro años y más apoyo real a los que quieren aprender y enseñar de forma distinta. La ciencia no es algo que se lee en un libro; es algo que se vive, que se toca y que, a veces, explota (metafóricamente, espero).
Así que, si eres profesor, padre o simplemente alguien con curiosidad en Cartagena o en cualquier rincón de España, quédate con esta copla: los Clubes de Ciencia son el futuro. Y si no hay uno cerca de ti, quizá sea el momento de empezar a pensar cómo montarlo. Porque, como decía aquel, la mejor forma de predecir el futuro es inventándolo. Y si es con un soldador en una mano y una IA en la otra, pues ni tan mal.
Vaya, que me he puesto un poco intenso, pero es que estos temas me tocan la fibra. Al final, se trata de que nuestros chavales tengan las herramientas para construir un mundo un poco mejor que el que nos hemos encontrado nosotros. Y si un modelo que viene de Perú y se aplica en Colombia nos puede dar pistas de cómo hacerlo, bienvenido sea. ¡A seguir cacharreando!
Deja una respuesta