astronomia / abril 16, 2026 / 9 min de lectura / 👁 200 visitas

Ese viejo sueño de salir pitando de la Tierra

Ayer me quedé un rato mirando el cielo desde la zona de los Castillitos, aquí en Cartagena. Ya sabéis, ese sitio donde las baterías de costa parecen vigilar el Mediterráneo con una paciencia infinita. El cielo estaba despejado, de esos que te dejan ver hasta el último satélite de Elon Musk pasando en fila india, y no pude evitar pensar en lo que estamos celebrando estos días. Resulta que andamos metidos de lleno en la Semana de la Cosmonáutica, y aunque a veces parezca que estas cosas solo pasan en Houston o en Baikonur, la verdad es que el eco de los cohetes llega hasta nuestras costas.

Me topé con una noticia que venía de la UNAM, en México, sobre su Verano Científico y unas jornadas de astronomía que están montando. Y oye, me dio por pensar. A veces nos falta ese empujón para mirar hacia arriba y darnos cuenta de que la tecnología que usamos para pedir una pizza por el móvil nació, en gran parte, porque alguien decidió que quería aparcar un cacharro de metal en la Luna. Así que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid (o que el muelle de Curra sigue en su sitio), vamos a desgranar qué significa esto de la cosmonáutica hoy en día, cómo la Inteligencia Artificial nos está echando un cable y por qué en Cartagena tenemos más que decir de lo que parece.

La cosmonáutica suena a palabra antigua, a película en blanco y negro con señores fumando en salas llenas de botones. Pero la realidad es que es una disciplina que nos define como especie. Si mal no recuerdo, todo este lío empezó en serio con el Sputnik. Un balón de playa con antenas que hacía «beeeep, beeeep» y que puso a todo el mundo de los nervios. Pero, ¿qué es realmente la cosmonáutica? No es solo fabricar cohetes que hagan mucho ruido. Es el arte y la ciencia de navegar más allá de nuestra atmósfera.

La verdad es que, si lo piensas fríamente, es una locura. Estamos intentando enviar cosas a un sitio donde no hay aire, hace un frío que pela y la radiación te fríe los circuitos en un descuido. Y aun así, aquí estamos. La Semana de la Cosmonáutica no es solo para recordar a Gagarin —que también, porque el tío tuvo unos bemoles de acero—, sino para ver dónde estamos ahora. Ya no es solo una pelea entre dos superpotencias por ver quién la tiene más larga (la antena del cohete, digo). Ahora es una cuestión de datos, de sensores y, sobre todo, de algoritmos.

En España, por ejemplo, tenemos una industria aeroespacial que ya quisieran muchos. No todo es la NASA. Aquí tenemos empresas que diseñan componentes críticos para la Agencia Espacial Europea (ESA). Y ojo, que en Cartagena, con nuestra tradición de ingeniería naval y la UPCT (Universidad Politécnica de Cartagena) dándolo todo, el salto del agua al espacio no es tan grande como parece. Al final, un submarino y una estación espacial tienen mucho en común: son latas presurizadas donde si algo falla, te vas a ver a los antepasados muy rápido.

La IA: El copiloto que no necesita café

Aquí es donde me pongo un poco más técnico, pero prometo no aburrir. La Inteligencia Artificial ha dejado de ser una promesa para convertirse en el motor real de la exploración espacial moderna. ¿Por qué? Pues porque el espacio es muy grande y nosotros somos muy lentos procesando información.

Imagina que tienes un telescopio o una sonda en Marte mandando gigas y gigas de fotos. No podemos tener a un becario mirando cada piedra para ver si hay fósiles de marcianos. Ahí es donde entra el Machine Learning. Estamos entrenando redes neuronales para que identifiquen patrones en el ruido cósmico. Vaya, que la IA es como ese amigo que encuentra las llaves en un segundo mientras tú llevas media hora dando vueltas por la casa.

Para que nos entendamos, os voy a poner un ejemplo de cómo se vería un trozo de código (muy simplificado, no me vengáis con correcciones de sintaxis extremas) que podría usar un astrónomo para limpiar el ruido de una imagen capturada por un sensor en órbita. Usaríamos algo de Python, que es el lenguaje rey en esto:

import numpy as np
from scipy import ndimage

# Supongamos que 'imagen_espacial' es nuestra captura llena de ruido cósmico
def limpiar_ruido_estelar(imagen_sucia):
    # Aplicamos un filtro gaussiano para suavizar las imperfecciones
    # Es como ponerle un filtro de Instagram pero para científicos
    imagen_limpia = ndimage.gaussian_filter(imagen_sucia, sigma=1)
    
    # Umbralizamos para quedarnos solo con lo que brilla de verdad
    # Si brilla poco, probablemente sea ruido o un sensor quejándose
    mascara = imagen_limpia > np.mean(imagen_limpia) * 1.5
    
    return imagen_limpia * mascara

# El resultado sería una imagen donde las estrellas se ven más claras
# y el "ruido de fondo" ha pasado a mejor vida.

Este tipo de lógica, llevada a lo bestia, es lo que permite que el rover Perseverance decida por dónde ir en Marte sin esperar a que un humano en la Tierra le diga «gira a la derecha en la próxima duna». La latencia (el retraso en la señal) es un fastidio; a veces tarda 20 minutos en llegar un mensaje. Si el rover ve un barranco, más le vale ser listo por su cuenta.

¿Qué pinta Cartagena en todo este sarao espacial?

A ver, que me pierdo con los algoritmos. Volvamos a casa. Cartagena siempre ha sido una ciudad de ingenieros. Desde Isaac Peral y su submarino —que, por cierto, si no habéis ido a ver el museo renovado, ya estáis tardando— hasta la actual Navantia. La mentalidad es la misma: resolver problemas complejos en entornos hostiles.

La UPCT tiene grupos de investigación que trabajan en telecomunicaciones y teledetección. Eso suena muy rimbombante, pero básicamente consiste en saber qué está pasando en la Tierra mirando desde arriba. Por ejemplo, controlar el estado del Mar Menor (que falta le hace, pobre) usando datos de satélites como los Sentinel de la ESA. Eso también es cosmonáutica. No hace falta irse a Saturno para que el espacio nos sea útil.

Además, la cultura local de «hacer que las cosas funcionen» encaja perfectamente con el espíritu de la Semana de la Cosmonáutica. La verdad es que me imagino a Peral hoy en día y no estaría diseñando solo submarinos; estaría pensando en cómo presurizar una base en la Luna usando materiales locales. Y es que, al final del día, la ingeniería es una sola, cambies el agua por el vacío.

El Verano Científico y la importancia de la divulgación

Mencionaba antes lo de la UNAM y su Verano Científico. Me parece vital. Aquí en España tenemos iniciativas similares, pero a veces se quedan en círculos muy cerrados. La ciencia no debería ser algo que ocurre en un laboratorio oscuro con gente en bata blanca. Debería ser algo de lo que hablemos en la barra de un bar, entre una marinera y una caña bien tirada.

Si no explicamos a los chavales que programar una IA para detectar exoplanetas es igual de divertido (o más) que jugar al Fortnite, nos vamos a quedar atrás. La cosmonáutica es la excusa perfecta para enganchar a la gente a la física, a las matemáticas y a la ética. Porque, ojo con esto, el espacio no es solo tecnología. También es política y filosofía. ¿De quién es la Luna? ¿Podemos llenar la órbita de basura hasta que no podamos salir de aquí? Son preguntas que nos tocan a todos.

La basura espacial: El «botellón» que dejamos arriba

Hablando de problemas, no todo es bonito en la Semana de la Cosmonáutica. Tenemos un problema gordo con la basura espacial. Hay miles de trozos de cohetes viejos, satélites muertos y hasta herramientas que se le escaparon a algún astronauta despistado, dando vueltas a miles de kilómetros por hora.

Si un tornillo a esa velocidad choca contra la Estación Espacial Internacional, el susto es de los que hacen época. Aquí la IA también está echando una mano, prediciendo trayectorias de colisión para que los satélites activos puedan hacer una maniobra de esquive. Es como un baile coordinado, pero si alguien pisa a alguien, el vestido cuesta varios cientos de millones de euros.

Me pregunto qué pensaría un cartagenero del siglo XVIII si viera que hemos llenado el cielo de chatarra. Probablemente nos diría que somos unos guarros, y no le faltaría razón. La sostenibilidad espacial es el próximo gran reto. No podemos ir por el universo como si fuera el descampado de detrás de un polígono industrial.

Un poco de historia para no olvidar de dónde venimos

A veces se nos olvida que España tuvo su propio «momento espacial» con el proyecto Minisat en los años 90. Fue un hito. Diseñamos, fabricamos y lanzamos nuestro propio satélite. Fue un esfuerzo de ingeniería nacional que demostró que, cuando nos ponemos, somos capaces de lo que sea.

Y si nos ponemos nostálgicos, hay que recordar las estaciones de seguimiento de la NASA en Robledo de Chavela o Fresnedillas de la Oliva. Sin la ayuda de los técnicos españoles, el mensaje de Armstrong desde la Luna («Un pequeño paso para el hombre…») igual no habría llegado a Houston con tanta claridad. Fuimos la oreja del mundo en ese momento. Eso es algo que deberíamos sacar a relucir más a menudo cuando nos entra el complejo de inferioridad frente a otros países.

¿Cómo empezar en este mundillo si te pica la curiosidad?

Si después de leer esto te han entrado ganas de saber más, no hace falta que te matricules mañana en Astrofísica (aunque si lo haces, olé tú). Hay herramientas maravillosas para empezar desde casa:

  • Stellarium: Es un programa gratuito que te convierte el ordenador en un planetario. Puedes ver qué estrellas tienes encima de tu casa en Cartagena ahora mismo.
  • NASA Eyes: Una aplicación para ver dónde están las sondas espaciales en tiempo real. Es como un GPS pero para el sistema solar.
  • Python + Astropy: Si sabes un poco de código, esta librería es la biblia para manejar datos astronómicos reales.

La verdad es que nunca ha sido tan fácil acceder a la ciencia de vanguardia. Lo que falta es tiempo y, a veces, ganas de apagar la tele y encender el cerebro.

Reflexiones de bar sobre el futuro

Al final de todo esto, la conclusión que saco es que la Semana de la Cosmonáutica no es una celebración de máquinas frías, sino de la curiosidad humana. Esa misma curiosidad que llevó a los cartagineses a fundar Qart Hadasht o a los ingenieros del Arsenal a innovar en la construcción naval.

El espacio es el nuevo océano. Y como buenos habitantes de una ciudad portuaria, sabemos que el mar (o el vacío) se respeta, pero no se teme. La Inteligencia Artificial será nuestra brújula y los cohetes nuestros nuevos galeones. Lo importante es que no perdamos esa capacidad de asombro.

Vaya, que la próxima vez que estéis por el puerto o subáis al Castillo de la Concepción de noche, echad un ojo arriba. Quizás veáis un puntito brillante que se mueve rápido. No es un ovni, es el trabajo de miles de personas, algunos de ellos quizás vecinos vuestros, que han decidido que el cielo no es el límite, sino solo el principio del camino.

Y recordad, si os interesa el tema de la UNAM o cualquier otro evento científico, no lo dejéis pasar. La oportunidad de aprender algo que te vuele la cabeza está a un clic de distancia. O a un paseo por la Muralla del Mar, que para pensar en el universo, no hay mejor sitio.

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unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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