A veces uno se levanta, se toma el segundo café del día —porque con uno no llegamos a ninguna parte— y se da cuenta de que el pasado está más vivo que nunca. Resulta que al otro lado del charco, concretamente en la ciudad de Mercedes, se ha dado el pistoletazo de salida al 12º Congreso de Arqueología Uruguaya. Y diréis: «¿Qué nos importa a nosotros lo que pase en Mercedes si estamos aquí, con nuestras propias ruinas y nuestro sol de Cartagena?». Pues la verdad es que nos importa, y mucho. La arqueología no entiende de fronteras, y lo que se discute en estos foros suele ser el preludio de lo que acabaremos viendo en nuestras propias excavaciones en España.
Este tipo de encuentros son como las reuniones de vecinos, pero con gente que sabe distinguir un trozo de cerámica sigillata de una piedra común sin despeinarse. En Mercedes se están juntando expertos para desgranar qué hemos aprendido de los que pisaron esa tierra antes que nosotros. Pero, ojo, que esto no va solo de sacar huesos y vasijas. Va de entender cómo nos movemos, cómo construimos y, sobre todo, cómo narices vamos a conservar todo eso sin que se nos caiga a pedazos por el camino.
La verdad es que, viendo el programa de este congreso, uno no puede evitar pensar en cómo ha cambiado el cuento. Ya no es solo el arqueólogo con el sombrero de ala ancha y el pincel (que también, porque el romanticismo no lo vamos a perder ahora). Ahora la cosa va de satélites, de escaneos en tres dimensiones y de algoritmos que nos dicen dónde es más probable que encontremos algo interesante antes de meter la primera pala. Y es que, para que nos entendamos, la arqueología se ha vuelto «techie».
De Mercedes a Cartagena: un puente de conocimiento
Si nos ponemos a rascar un poco, la conexión entre lo que se está hablando en ese congreso y nuestra realidad en Cartagena, aquí en España, es más estrecha de lo que parece. Al final del día, los problemas son los mismos: la presión urbanística, la falta de presupuesto y esa lucha constante por hacer entender a la gente que un muro viejo no es un estorbo, sino una página de un libro que aún no hemos terminado de leer.
En Cartagena sabemos bien de qué va la vaina. Tenemos el Teatro Romano, que es la joya de la corona, pero también tenemos el Barrio del Foro Romano en el Molinete, que es un ejemplo de manual de cómo se deben hacer las cosas. Lo que se discute en el 12º Congreso de Arqueología sobre la gestión del patrimonio es música para nuestros oídos. Allí están hablando de cómo involucrar a la comunidad local, algo que aquí hemos aprendido a base de golpes y aciertos. Porque, seamos sinceros, si el vecino de al lado no siente que ese yacimiento es suyo, tenemos un problema de los gordos.
Además, hay un detalle que no quiero dejar pasar. En estos congresos se suele hablar mucho de la «arqueología de contrato». Vaya, que es esa arqueología que se hace cuando alguien quiere construir un bloque de pisos o un parking y, ¡pum!, aparece una necrópolis. En España, y especialmente en ciudades con tanta solera como la nuestra, esto es el pan de cada día. La gestión de esos tiempos, entre que el constructor quiere terminar la obra y el arqueólogo quiere documentar hasta la última piedra, es un arte que requiere más diplomacia que una cumbre de la ONU.
La Inteligencia Artificial entra en la trinchera
Como aquí en «aquinohayquienviva.es» nos gusta más un código que a un tonto un lápiz, no podemos hablar de arqueología moderna sin mencionar la Inteligencia Artificial. Sí, habéis leído bien. La IA ya no solo sirve para que ChatGPT te escriba un correo de disculpa o para generar imágenes de gatos espaciales. En el campo de la arqueología, está siendo un cambio de juego total.
Imaginad que tenéis miles de fragmentos de cerámica. Clasificarlos a mano es un trabajo de chinos, literalmente meses de mirar bordes, pastas y decoraciones. Pues bien, ya hay equipos en universidades españolas, y se está comentando mucho en foros internacionales, que están usando redes neuronales convolucionales (CNN) para hacer este trabajo sucio. El sistema aprende a identificar patrones y te clasifica las piezas en un abrir y cerrar de ojos. No es perfecto, claro, pero te quita el 80% del trabajo pesado.
Para los que os guste el cacharreo, aquí os dejo un ejemplo muy simplificado de cómo se vería un script básico en Python para empezar a clasificar imágenes de hallazgos. No es que vayáis a encontrar un tesoro con esto mañana, pero para que veáis por dónde van los tiros:
import tensorflow as tf
from tensorflow.keras import layers, models
# Esto es un modelo muy básico, no me vengáis con que falta optimización
def crear_modelo_arqueologico():
model = models.Sequential([
layers.Conv2D(32, (3, 3), activation='relu', input_shape=(150, 150, 3)),
layers.MaxPooling2D((2, 2)),
layers.Conv2D(64, (3, 3), activation='relu'),
layers.MaxPooling2D((2, 2)),
layers.Flatten(),
layers.Dense(64, activation='relu'),
layers.Dense(5, activation='softmax') # Supongamos 5 tipos de cerámica
])
model.compile(optimizer='adam',
loss='sparse_categorical_crossentropy',
metrics=['accuracy'])
return model
# La idea es alimentar esto con miles de fotos de fragmentos encontrados en el Molinete
# La IA no sustituye al arqueólogo, le da superpoderes.
La verdad es que ver cómo la tecnología se abraza con la historia me pone los pelos de punta (en el buen sentido). En el congreso de Uruguay se están presentando ponencias sobre el uso de drones con sensores LiDAR. Esto es canela en rama: el dron vuela sobre una zona con mucha vegetación y el láser «atraviesa» las plantas para dibujar el relieve del suelo. Así han aparecido estructuras que llevaban siglos escondidas bajo la maleza. Aquí en España, el LiDAR ha sido clave para mapear campamentos romanos en el norte, y no me extrañaría que pronto nos diera alguna sorpresa más por nuestras latitudes.
¿Por qué nos gastamos el dinero en desenterrar cosas?
Esta es la pregunta del millón. Siempre hay alguien que dice: «Oye, que con lo que cuesta esa excavación podríamos arreglar tres parques». Y mira, razón no le falta en parte, pero es una visión muy cortoplacista. La arqueología no es solo «cosas viejas». Es identidad y, si nos ponemos pragmáticos, es motor económico.
Fijaos en Cartagena. Antes de que se recuperara el Teatro Romano, esa zona era… bueno, digamos que no era el sitio más bonito para pasear. Hoy es el centro neurálgico del turismo en la ciudad. La arqueología bien gestionada genera puestos de trabajo, atrae inversión y pone a la ciudad en el mapa mundial. En el congreso de Mercedes se está debatiendo precisamente esto: cómo hacer que la arqueología sea sostenible y rentable para las comunidades locales.
No se trata de musealizarlo todo y ponerle una vitrina. Se trata de integrar el pasado en el presente. Un ejemplo que me encanta es el de las criptas arqueológicas bajo edificios modernos. Vas a comprar el pan y, de paso, ves un trozo de la muralla púnica. Eso es vivir la historia, no solo estudiarla. Y es algo que en España estamos haciendo cada vez mejor, aunque todavía nos queda tela por cortar.
Anécdotas de trinchera: no todo es oro lo que reluce
Si mal no recuerdo, hace unos años en una excavación cerca del puerto, los arqueólogos estaban emocionadísimos porque habían encontrado lo que parecía una estructura portuaria romana de primer orden. Estuvieron semanas documentando, limpiando con pincelito… para acabar descubriendo que era un desagüe del siglo XIX que no venía ni en los planos. Estas cosas pasan. La arqueología tiene mucho de cura de humildad.
En los congresos, estas historias se cuentan entre café y café (o entre caña y caña al terminar la jornada). Porque, al final, los arqueólogos son humanos. Sufren el calor, la lluvia y la burocracia. Pero esa chispa que se les enciende en los ojos cuando encuentran algo que no esperaban… eso no tiene precio. En el 12º Congreso de Arqueología Uruguaya seguro que están saliendo anécdotas parecidas. Porque da igual que estés en Mercedes o en Cartagena: la emoción de ser el primero en tocar un objeto después de dos mil años es universal.
El reto de la divulgación: que no se quede en el cajón
Uno de los grandes temas que se están tocando estos días es la divulgación. Durante décadas, la arqueología ha sido un mundo un poco cerrado, de académicos escribiendo para otros académicos en revistas que no lee nadie fuera del gremio. Pero eso está cambiando. Ojo con esto, porque es vital.
Si no contamos lo que encontramos de forma que la gente lo entienda y le interese, estamos muertos. Por eso plataformas como «aquinohayquienviva.es» son importantes (barriendo un poco para casa, ya me perdonaréis). Necesitamos que el conocimiento fluya. En Uruguay están probando formatos nuevos: visitas guiadas nocturnas, talleres para niños donde ellos mismos «excavan» y aplicaciones de realidad aumentada que te muestran cómo era el edificio original mientras miras las ruinas con el móvil.
En Cartagena, el ARQUA (Museo Nacional de Arqueología Subacuática) es un referente en esto. No solo guardan los tesoros del Odyssey, sino que te explican la tecnología que hay detrás de la recuperación de esos restos. Es didáctico, es ameno y, sobre todo, es honesto. No te venden una película de Indiana Jones, te enseñan el trabajo científico que hay detrás.
¿Hacia dónde vamos?
La conclusión que saco de todo esto, viendo lo que se cuece en el congreso de Mercedes y comparándolo con lo que vivimos aquí, es que la arqueología está en un momento dulce y amargo a la vez. Dulce por la tecnología y las nuevas capacidades de análisis (análisis de ADN antiguo, isótopos para saber qué comía un romano de a pie, etc.). Amargo porque el patrimonio siempre está en peligro, ya sea por el cambio climático, las guerras o la simple desidia.
Pero bueno, no nos pongamos trágicos. El hecho de que se celebre la duodécima edición de un congreso así demuestra que hay cantera y que hay interés. Que seguimos queriendo saber de dónde venimos para ver si, de paso, entendemos a dónde vamos (aunque esto último parece que nos cuesta más).
Para que nos entendamos: la arqueología es como el código fuente de nuestra sociedad. Si no lo revisamos de vez en cuando, no entenderemos por qué el sistema tiene tantos «bugs». Así que, desde aquí, mandamos un saludo a los colegas que están en Mercedes dándole vueltas a las piedras. Nosotros seguiremos aquí, con un ojo en la pantalla y otro en el suelo de Cartagena, porque nunca se sabe cuándo va a aparecer la próxima pieza del puzle.
Y recordad, la próxima vez que veáis una zanja abierta en la calle con gente con chalecos reflectantes mirando el suelo con mucha intensidad, no penséis que están perdiendo el tiempo. Están intentando leer el disco duro de nuestra historia. Y eso, amigos, es lo más parecido a viajar en el tiempo que tenemos por ahora.
- La arqueología moderna combina técnicas tradicionales con IA y LiDAR.
- Los congresos internacionales son fundamentales para compartir estrategias de conservación.
- La divulgación es la clave para que el patrimonio sea valorado por la sociedad.
- Cartagena sigue siendo un referente mundial en arqueología urbana y gestión de restos.
Vaya, que si os pica la curiosidad, no dejéis de visitar los museos locales. Que a veces buscamos la aventura en Netflix y la tenemos debajo de las zapatillas. ¡Nos leemos en la próxima!
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