Estaba yo el otro día terminando un café cerca de la Plaza del Ayuntamiento, aquí en Cartagena, mirando las piedras del Teatro Romano y pensando en cómo las estructuras de poder, al final, siempre terminan pareciéndose. Da igual que hablemos de emperadores romanos, de la rebelión cantonal o de un ingeniero en Silicon Valley. El tema es siempre el mismo: ¿quién manda y qué hace con ese mando? Me saltó un tuit de Alonso B. Tamez que me dejó dándole vueltas a la cabeza. Decía algo así como que la Inteligencia Artificial es demasiado poder para estar en pocas manos, ya sean públicas o privadas, y citaba a John Locke. Y es que, la verdad, tiene más razón que un santo.
A ver, para que nos entendamos. No estamos hablando solo de que ChatGPT nos escriba un correo para quedar bien con el jefe. Estamos hablando de la infraestructura que va a decidir quién recibe un crédito, cómo se diagnostica una enfermedad o qué noticias te salen en el móvil mientras esperas el autobús en la calle Real. Si ese «poder» se concentra en tres o cuatro despachos de California o en un búnker estatal opaco, tenemos un problema de los gordos. Locke, que de esto de repartir el bacalao sabía un rato, ya nos avisó hace tres siglos: cuando el poder no tiene contrapesos, la libertad se va por el sumidero.
En España, y especialmente aquí en el rincón del Mediterráneo, sabemos bien lo que es que las decisiones se tomen lejos. Pero con la IA, la distancia no es solo geográfica, es técnica. Por eso, hoy quiero desgranar por qué este dilema filosófico es, en realidad, el debate más práctico y urgente que tenemos encima de la mesa. Y no, no es ciencia ficción; es lo que hay.
¿Qué pintaría John Locke en una junta directiva de OpenAI?
Si resucitáramos a Locke y le pusiéramos una cuenta de Twitter (o X, como quieran llamarlo ahora), probablemente se echaría las manos a la cabeza. El bueno de John fue el padre del liberalismo clásico y el tío que nos convenció de que el poder absoluto es una idea nefasta. Su teoría del contrato social decía que los gobiernos solo son legítimos si tienen el consentimiento de los gobernados y si protegen nuestros derechos naturales: vida, libertad y propiedad.
Ahora, apliquemos esto a la IA. ¿Hemos dado nuestro consentimiento para que nuestros datos alimenten modelos que luego nos venden por una suscripción mensual? La respuesta corta es: no exactamente. Hemos aceptado unos términos y condiciones de cincuenta páginas que nadie lee. Locke argumentaría que estamos ante una nueva forma de tiranía digital. Si una empresa privada controla el modelo de lenguaje más avanzado del mundo, tiene el poder de moldear la opinión pública. Si un Estado lo controla para vigilar a sus ciudadanos, tenemos un panóptico de manual.
La clave de Locke era la separación de poderes. Legislativo, ejecutivo y federativo. En el mundo tecnológico, esto se traduce en que no podemos dejar que la misma entidad que crea la IA sea la que se audite a sí misma, la que ponga las reglas y la que explote los beneficios. Necesitamos contrapesos. Y ojo, que esto no va de estar en contra del progreso. Al revés. Va de que el progreso no nos pase por encima como un camión en la autovía de Murcia.
El riesgo del monopolio cognitivo
Vaya, que el problema no es que la IA sea «lista», sino que es cara. Entrenar un modelo de lenguaje de última generación cuesta millones de euros en electricidad y tarjetas gráficas (las famosas H100 de Nvidia que valen más que un piso en el Barrio de la Concepción). Esto crea una barrera de entrada brutal. Si solo los gigantes pueden jugar, ellos dictan las reglas del juego. Es lo que algunos llaman el «monopolio cognitivo».
Imagina que en España solo una empresa tuviera el derecho a imprimir libros. Pues esto es parecido, pero con algoritmos que generan pensamiento. Locke decía que la propiedad privada es un derecho, sí, pero también hablaba de que debe haber «suficiente y tan bueno» para los demás. Si el conocimiento derivado de la IA se cierra bajo siete llaves, estamos rompiendo ese pacto social básico.
La realidad española: ¿Estamos a por uvas o estamos en el ajo?
A veces pecamos de pensar que estas cosas solo pasan en Estados Unidos o China. Pero aquí en España nos estamos moviendo, aunque sea a nuestro ritmo. Tenemos la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial (AESIA) en A Coruña, que es un intento de poner orden en este gallinero. La idea es que España sea el primer país de la UE en tener un marco regulatorio serio. Pero claro, la regulación es solo una parte del problema.
La otra parte es la soberanía tecnológica. Si todas nuestras empresas y administraciones públicas dependen de la API de una empresa de Seattle, ¿qué pasa si mañana deciden subir el precio un 400% o simplemente cortarnos el grifo? Es como si en Cartagena dependiéramos de que un señor de fuera nos abriera el grifo del agua cada mañana. No es un plan muy sólido, la verdad.
Por suerte, hay iniciativas interesantes. El proyecto ALIA, por ejemplo, busca crear modelos de lenguaje potentes en castellano y en las lenguas cooficiales. Porque esa es otra: si la IA solo entiende el mundo bajo la óptica anglosajona, perderemos matices culturales que son fundamentales. No es lo mismo explicarle a una IA qué es una «marinera» (la tapa, no la profesión) que esperar que lo entienda por contexto global. Necesitamos modelos que entiendan nuestra idiosincrasia, nuestra historia y nuestra forma de ver la vida.
Soberanía técnica: Por qué el Open Source es el nuevo «Contrato Social»
Aquí es donde me pongo un poco más técnico, pero seguidme, que esto es importante. Si Locke viviera hoy, sería un firme defensor del software libre. ¿Por qué? Porque el código abierto es la única forma de que el poder esté distribuido. Si el código es abierto, cualquiera (con los conocimientos adecuados, claro) puede auditarlo, modificarlo y ejecutarlo en su propia máquina.
La verdad es que modelos como Llama de Meta (aunque con sus asteriscos de licencia) o Mistral han cambiado las reglas del juego. Ya no necesitas obligatoriamente conectarte a los servidores de un gigante. Puedes montar tu propia instancia. Para que nos entendamos, es la diferencia entre alquilar una casa para siempre o construirte la tuya propia.
Un ejemplo práctico (y un poco de código para los valientes)
Para los que pensáis que esto de la soberanía es humo, os diré que hoy en día es perfectamente posible correr una IA decente en un ordenador normalito. No necesitas una supercomputadora del Ministerio. Usando herramientas como Ollama, puedes tener un modelo funcionando localmente en cinco minutos. Esto es poder real distribuido.
Fijaos qué sencillo es interactuar con un modelo local usando Python. Esto no va a una nube en el extranjero; se queda en tu procesador:
import requests
import json
def consultar_ia_local(prompt):
url = "http://localhost:11434/api/generate"
payload = {
"model": "llama3",
"prompt": prompt,
"stream": False
}
try:
response = requests.post(url, json=payload)
data = response.json()
return data.get("response", "Vaya, algo ha fallado...")
except Exception as e:
return f"Error de conexión: {e}. ¿Has encendido el servidor local?"
# Ejemplo de uso
pregunta = "¿Por qué es importante que la IA no esté centralizada?"
print(consultar_ia_local(pregunta))
Este trozo de código, aunque parezca una tontería, es un acto de resistencia filosófica. Estás usando tecnología sin pedir permiso a una gran corporación. Estás ejerciendo tu libertad de procesar información en tus propios términos. Locke estaría orgulloso, o al menos curioso.
Cartagena y el Cantón: Una lección histórica sobre la descentralización
Hablemos un poco de casa. En 1873, Cartagena se declaró Cantón independiente. Fue un lío monumental, con bombardeos y fragatas de por medio, pero en el fondo, ¿qué buscaban? Buscaban que el poder no estuviera concentrado en un Madrid que sentían lejano y ajeno a sus necesidades. Querían autogestión y federalismo.
Salvando las distancias (y sin necesidad de sacar los cañones del Castillo de Galeras), la lucha por una IA abierta es el «cantonalismo» del siglo XXI. Es la resistencia contra un centro de poder tecnológico que intenta dictar cómo debemos trabajar, escribir y pensar. La historia nos enseña que cuando el poder se aleja demasiado de la realidad local, acaba desconectándose y fallando. Por eso es vital que en regiones como la Región de Murcia fomentemos nuestro propio ecosistema tecnológico. No podemos limitarnos a ser consumidores de tecnología; tenemos que ser creadores.
En la UPCT (Universidad Politécnica de Cartagena), por ejemplo, se están haciendo cosas muy interesantes en robótica y visión artificial. Ese es el camino. Crear talento local que entienda la IA no como una caja negra mágica, sino como una herramienta que podemos y debemos controlar nosotros.
El peligro de la «Caja Negra» y la falta de transparencia
Uno de los mayores miedos de Locke respecto al poder era la arbitrariedad. Un gobernante que toma decisiones sin explicar por qué es un tirano. Con la IA, nos enfrentamos al problema de la «caja negra». Muchos de estos modelos son tan complejos que ni sus propios creadores saben exactamente por qué han dado una respuesta concreta.
Si un algoritmo decide que no eres apto para un puesto de trabajo en una empresa de Cartagena, y nadie puede explicarte el motivo, estamos ante una arbitrariedad tecnológica. Es el fin del debido proceso. Por eso, la transparencia no es un capricho de programadores pesados; es una necesidad democrática. Necesitamos una IA que sea explicable. Si no podemos entender cómo llega a una conclusión, no podemos confiar en ella para gestionar nuestras vidas.
Además, está el tema de los sesgos. Si entrenas a una IA solo con textos escritos por señores de mediana edad de entornos privilegiados, la IA tendrá esa visión del mundo. Y es que, al final, la IA es como un espejo: refleja lo que le echamos. Si no diversificamos quién controla y quién entrena estos modelos, el espejo nos va a devolver una imagen muy distorsionada de la realidad.
¿Hacia un nuevo contrato social digital?
Llegados a este punto, la pregunta es: ¿qué hacemos? No podemos prohibir la IA, porque sería como intentar prohibir la electricidad a finales del XIX. Sería absurdo y nos dejaría en la irrelevancia. Pero tampoco podemos dejar que sea un «salvaje oeste» donde el que tiene más servidores impone su ley.
La solución pasa por lo que algunos llaman un Nuevo Contrato Social Digital. Esto implica varios puntos clave:
- Educación crítica: No basta con saber usar ChatGPT. Hay que entender qué hay detrás. En los institutos de Cartagena y de toda España, la alfabetización en IA debería ser tan importante como las matemáticas o la lengua.
- Fomento del Open Source: Las administraciones públicas deberían priorizar el uso de modelos abiertos y soberanos. Si se paga con dinero público, el código y los datos (anonimizados) deberían ser públicos.
- Regulación con cabeza: La ley debe proteger al ciudadano sin asfixiar a la pequeña empresa local que intenta innovar. No podemos ponerle las mismas trabas a un chaval que está programando en su cuarto en Santa Lucía que a Google.
- Ética por diseño: La ética no puede ser un parche que se pone al final. Tiene que estar en el núcleo del desarrollo.
La verdad es que estamos en un momento histórico fascinante, pero también un poco aterrador. Es como estar en la cubierta de un barco que navega por aguas desconocidas. Podemos dejar que el capitán sea un algoritmo opaco o podemos coger el timón entre todos.
Reflexiones finales desde la orilla del puerto
Al final del día, lo que Alonso B. Tamez planteaba en su tuit es una llamada de atención. La IA tiene el potencial de ser la herramienta más liberadora de la historia de la humanidad, permitiéndonos curar enfermedades, resolver problemas logísticos complejos o simplemente liberarnos de tareas tediosas. Pero ese mismo potencial, si se tuerce, puede convertirse en una herramienta de control sin precedentes.
Me gusta pensar que, si Locke paseara hoy por el puerto de Cartagena, vería las grúas de Navantia y los yates de lujo, y nos diría que la tecnología cambia, pero la naturaleza humana no. Seguimos necesitando límites, seguimos necesitando transparencia y, sobre todo, seguimos necesitando ser dueños de nuestro propio destino.
No se trata de ser luditas y tirar los ordenadores al mar. Se trata de ser ciudadanos activos. De preguntar, de investigar y de exigir que la IA sea un bien común y no el cortijo de unos pocos. Porque, vaya, si algo hemos aprendido en esta ciudad trimilenaria es que los imperios van y vienen, pero lo que queda es la gente y su capacidad para organizarse y defender lo que es justo.
Así que, la próxima vez que uses una IA, acuérdate un poco de Locke. Piensa en dónde están tus datos, quién está ganando dinero con esa consulta y si tienes una alternativa abierta. Puede parecer una tontería, pero en esos pequeños gestos es donde empezamos a construir ese contrapoder que evite que la tecnología se convierta en nuestra nueva dueña. Y ahora, si me disculpáis, voy a por otro café, que este tema da para largo y la tarde está muy buena para seguir debatiendo.
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