software libre / mayo 19, 2026 / 12 min de lectura / 👁 39 visitas

El lío semántico: ¿Libre o gratis?

El lío semántico: ¿Libre o gratis?

Estaba el otro día terminando mi tercer café —ya sabéis que sin cafeína en sangre no soy persona— mientras echaba un ojo a Mastodon. Entre el ruido habitual de noticias y memes, me topé con una reflexión de rikylinux que me dejó rumiando un buen rato. Decía algo así como que el Software Libre es libre en cuanto a código, pero que eso no significa que sea gratuito. Y vaya, qué gran verdad y qué poco lo pensamos a veces mientras descargamos una distro o instalamos un paquete nuevo en nuestra terminal.

La verdad es que en España tenemos una cultura muy arraigada de «lo quiero todo y lo quiero gratis». No me malinterpretéis, a todos nos gusta ahorrarnos unos euros, pero cuando hablamos de herramientas que sostienen internet, infraestructuras críticas o incluso ese pequeño script que te salva la vida en el trabajo, la cosa cambia. Aquí en Cartagena, por ejemplo, somos muy de compartir el caldero, pero sabemos perfectamente que el pescado y el arroz tienen un precio en la lonja. Con el software pasa exactamente lo mismo, aunque a veces se nos olvide porque no vemos al pescador.

Para que nos entendamos, el problema viene de lejos, concretamente del inglés. Esa palabra, «free», es una trampa mortal. Richard Stallman, el padre de todo este tinglado de GNU, siempre lo explica con la analogía de la «libertad de expresión» (free speech) frente a la «cerveza gratis» (free beer). En castellano tenemos la suerte de tener dos palabras distintas, pero parece que nos hemos quedado solo con la que más nos conviene.

Cuando rikylinux comenta que el código es libre, se refiere a que tienes el derecho de ver qué hay dentro, de destriparlo, de cambiarlo y de compartirlo. Es una cuestión de soberanía tecnológica. Pero, ojo, que alguien haya decidido que su trabajo sea transparente no significa que ese alguien no coma, no pague el alquiler o no tenga que costear los servidores donde aloja el proyecto. Mantener un repositorio de Linux, por ejemplo, no es moco de pavo. Requiere horas de revisión de código, parches de seguridad y una atención constante que, si la valoráramos a precio de consultor senior en Madrid, nos saldría por un ojo de la cara.

Además, está el tema de la infraestructura. A veces pensamos que los bits flotan en el aire por arte de magia. Pero no, esos bits viven en servidores que consumen electricidad (y ya sabemos cómo está el precio del kilovatio en España) y que necesitan mantenimiento físico. Si un proyecto de difusión y enseñanza como el que menciona rikylinux crece, los costes escalan. Y ahí es donde la comunidad tiene que dar un paso al frente.

La realidad del desarrollador en España

La verdad es que ser desarrollador de software libre en nuestro país es, en muchos casos, un acto de heroísmo o de cabezonería pura. Imagínate que terminas tu jornada laboral de ocho horas en una oficina de Murcia o en el polígono de Cabezo Beaza en Cartagena, llegas a casa, cenas algo rápido y te pones a picar código para un proyecto que usa medio mundo pero por el que nadie te paga. Eso, amigos míos, quema. Es lo que en el mundillo llamamos «burnout».

Muchos proyectos críticos de los que dependen empresas del IBEX 35 están mantenidos por tres personas en su tiempo libre. Es una situación absurda si lo piensas fríamente. Es como si el puente de la Autovía del Mediterráneo lo mantuvieran un par de vecinos en sus ratos libres porque les gusta la ingeniería civil. Si el puente se cae, todos nos echamos las manos a la cabeza, pero nadie se acordó de llevarles un saco de cemento cuando lo necesitaban.

En España, además, tenemos el hándicap de que la cultura del mecenazgo no está tan extendida como en otros sitios. Nos cuesta ver el valor de lo intangible. Si compramos un ordenador, pagamos los 800 euros sin rechistar. Pero si el sistema operativo que hace que ese ordenador funcione nos pide una donación de 5 euros, nos lo pensamos dos veces. «Ya lo pagará otro», solemos decir. El problema es que, al final, ese «otro» también piensa lo mismo.

¿Por qué deberíamos colaborar?

No se trata solo de caridad, se trata de egoísmo inteligente. Si usas una herramienta para tu negocio o para aprender, te interesa que esa herramienta siga existiendo mañana. Si el desarrollador principal decide que ya ha tenido suficiente y cierra el chiringuito porque no puede pagar las facturas, el que se queda colgado eres tú.

  • Sostenibilidad: Para que el software evolucione y no se quede obsoleto frente a nuevas amenazas de seguridad.
  • Independencia: Al apoyar proyectos libres, evitamos el monopolio de las grandes tecnológicas que todos conocemos.
  • Calidad: Un desarrollador que no tiene que preocuparse por cómo pagar la luz puede centrarse en escribir código limpio y eficiente.
  • Comunidad: Ayudar crea lazos. No sabéis la de gente interesante que he conocido simplemente por reportar un bug o donar unos pocos euros a un proyecto local.

Cartagena y la tecnología: Una historia de innovación

A veces me gusta echar la vista atrás y pensar en nuestra propia historia aquí en Cartagena para explicar estos conceptos. Pensad en Isaac Peral. El tío inventó el submarino torpedero, una revolución absoluta. ¿Qué pasó? Pues que entre la burocracia, la falta de visión y, sobre todo, la falta de apoyo económico continuado, el proyecto acabó como acabó. El conocimiento estaba ahí, la voluntad también, pero faltó el «mantenimiento» del proyecto por parte de quienes debían apoyarlo.

El software libre hoy es nuestro submarino de Peral. Tenemos el talento, tenemos las herramientas, pero nos falta esa cultura de soporte que haga que las ideas no se oxiden en un muelle. En la UPCT (Universidad Politécnica de Cartagena) se hace muchísimo con software libre, y es un orgullo ver a chavales jóvenes defendiendo Linux a capa y espada. Pero esos chavales necesitan ver que hay un camino viable, que se puede vivir de crear valor para la comunidad sin tener que vender tu alma a una multinacional que use tus datos para vete tú a saber qué.

La verdad es que, si lo piensas, el espíritu del software libre encaja muy bien con el carácter cartagenero: somos directos, nos gusta saber cómo funcionan las cosas y no nos gusta que nos den gato por liebre. Por eso, defender que «libre no es gratis» es también defender una forma de entender el trabajo y la propiedad intelectual mucho más honesta.

Formas de colaborar (que no siempre son dinero)

Vaya, que me estoy poniendo un poco intenso con el tema del dinero, pero es que es importante. Sin embargo, rikylinux también habla de «difusión y enseñanza». Y ahí es donde entramos todos, tengamos la cartera llena o no. Colaborar con el software libre es un abanico de posibilidades mucho más amplio de lo que parece.

1. Documentación y traducción

No os imagináis la falta que hace gente que sepa escribir bien. Muchos desarrolladores son genios del C++ o de Python, pero a la hora de explicar cómo se instala su programa en un manual para humanos, la cosa flojea. Si sabes inglés y español, traducir una interfaz o una guía de usuario es una ayuda brutal. Ayudas a que ese software llegue a más gente en España y Latinoamérica, rompiendo la barrera del idioma.

2. Reporte de errores (Bugs)

Si algo no funciona, no te limites a maldecir entre dientes y borrar el programa. Abre un «issue» en GitHub o GitLab. Explica qué ha pasado, qué estabas haciendo y qué error te ha dado. Eso es oro puro para un desarrollador. Es como decirle al mecánico exactamente dónde le duele al coche en lugar de dejarlo en la puerta del taller y salir corriendo.

3. Difusión

Lo que hace rikylinux en Mastodon es fundamental. Hablar de las herramientas, enseñar a otros a usarlas, montar talleres… Todo eso crea ecosistema. Si en tu empresa usáis Linux y os va de cine, cuéntalo. Si has descubierto una alternativa libre a Photoshop que funciona de maravilla, compártelo con tus colegas. La publicidad boca a boca es la única que el software libre se puede permitir.

4. Soporte a otros usuarios

¿Sabes cómo solucionar ese problema típico con los drivers de Nvidia en Ubuntu? Pásate por un foro o un grupo de Telegram y ayuda al que está empezando. Ese tiempo que ahorras a otros es tiempo que el desarrollador no tiene que gastar respondiendo las mismas dudas una y otra vez.

Un poco de código para los más cafeteros

Para que este artículo no sea solo filosofía y bar de puerto, vamos a aterrizar un poco la idea de cómo se gestiona esto técnicamente. Muchos proyectos hoy en día utilizan un archivo llamado FUNDING.yml en sus repositorios de GitHub. Es una forma sencilla y estandarizada de decirle al mundo: «Oye, si te gusta lo que hago, aquí tienes cómo invitarme a un café».

Si eres desarrollador y quieres empezar a recibir ese apoyo que menciona rikylinux, crear este archivo es el primer paso. Se coloca en la carpeta .github/ de tu proyecto. Aquí tienes un ejemplo de cómo se ve por dentro, comentado con mi habitual ironía:

# Ejemplo de archivo FUNDING.yml para gente con ganas de apoyar
github: [tu_usuario] # Tu nombre de usuario en GitHub, para que sepan quién eres
patreon: tu_patreon # Para los que prefieren una suscripción mensual, como el Netflix del código
open_collective: mi-proyecto # Ideal para proyectos con varios colaboradores
ko_fi: mi_usuario # Por si alguien quiere invitarte a un café virtual (o a una marinera)
custom: ["https://miweb.es/donar"] # Tu propia pasarela, por si pasas de intermediarios

Parece una tontería, pero tener esto configurado profesionaliza mucho el proyecto. Le dice al usuario: «Esto es un trabajo serio y acepto apoyo para mantenerlo». En España, plataformas como Ko-fi se han vuelto muy populares porque son sencillas y no requieren grandes configuraciones. Es lo más parecido a dejar una propina en el mostrador después de que te hayan servido un buen asiático (el café típico de Cartagena, para los que nos leen desde fuera).

El coste oculto de la «gratuidad»

A veces, cuando algo es gratis, el precio lo pagamos de formas que no vemos. Si no apoyamos el software libre, nos vemos abocados a usar software privativo donde el producto somos nosotros. Nuestros datos, nuestros hábitos de navegación, nuestra privacidad… todo eso se vende al mejor postor para que la cuenta de resultados de una empresa en Silicon Valley siga subiendo.

La verdad es que el software libre es una de las pocas trincheras que nos quedan para defender nuestra libertad digital. Pero las trincheras hay que mantenerlas. Si el software libre muere por falta de apoyo, nos quedaremos en un mundo donde no seremos dueños de nuestros propios dispositivos. ¿Os imagináis que para arreglar vuestro coche tuvierais que pedir permiso al fabricante y que este os cobrara solo por abrir el capó? Pues eso ya pasa con mucho software, y es lo que el movimiento GNU intenta evitar.

Ojo con esto, que no es una distopía futurista. Es la realidad de muchos servicios en la nube actuales. Pagas una suscripción eterna por algo que nunca es tuyo. Con el software libre, el programa es tuyo para siempre, pero para que ese programa nazca y crezca, hace falta que alguien riegue la planta.

¿Cómo podemos cambiar el chip en España?

Creo que el primer paso es la educación, y no me refiero solo a las escuelas. Me refiero a las empresas. Una empresa española que ahorra miles de euros en licencias al usar Linux, PostgreSQL o Apache, debería tener una partida en su presupuesto para «donaciones a proyectos de software libre». No es un gasto, es una inversión en su propia estabilidad.

Si mal no recuerdo, hubo un tiempo en el que algunas administraciones públicas en España intentaron migrar masivamente a software libre. El problema fue que pensaron que el ahorro era total. «Instalamos esto y nos olvidamos», debieron pensar. Y claro, sin invertir en formación ni en apoyo a los desarrolladores locales que mantenían esas distros, la cosa no terminó de cuajar en muchos sitios. Fue una oportunidad perdida de crear un tejido industrial tecnológico potente en nuestro país.

En Cartagena, tenemos el ejemplo del CEEIC (Centro Europeo de Empresas e Innovación), donde se apoya a startups. Me encantaría ver más proyectos allí que no solo usen software libre, sino que contribuyan activamente a él. Imaginad una red de empresas locales que sostienen las herramientas que todas usan. Sería como una cooperativa tecnológica. Suena bien, ¿verdad?

Un pequeño ejemplo de ironía técnica

A veces, la falta de apoyo lleva a situaciones cómicas, si no fueran trágicas. ¿Os acordáis del bug de Heartbleed en OpenSSL? Resulta que media internet dependía de una librería de cifrado mantenida por apenas un par de personas con un presupuesto ridículo. Cuando saltó el fallo, las grandes empresas corrieron a poner dinero. Vaya, qué sorpresa. Tuvieron que ver las orejas al lobo para darse cuenta de que el «gratis» les podía salir muy caro.

Es como si en el Puerto de Cartagena dejáramos que el faro se caiga a trozos porque total, «la luz es gratis para todos los barcos». El día que un barco encalle porque el faro no luce, entonces sí, todos querremos comprar bombillas nuevas. Pero igual para entonces el farero ya se ha buscado otro trabajo.

Pasos prácticos para empezar hoy mismo

Si después de leer este tostón —espero que ameno— te ha picado un poco la curiosidad o la conciencia, aquí tienes una hoja de ruta sencilla para colaborar, inspirada en lo que comentaba rikylinux:

  1. Haz inventario: Mira qué programas libres usas a diario. ¿Firefox? ¿LibreOffice? ¿Ese reproductor VLC que se traga cualquier vídeo?
  2. Elige uno: No intentes salvar el mundo de golpe. Elige el que más te guste o el que más uses.
  3. Busca su sección de «Contribuir»: Casi todos tienen una. Mira si aceptan pequeñas donaciones. A veces, el precio de un par de cañas al mes marca la diferencia para un desarrollador independiente.
  4. Si no tienes dinero, da tiempo: Entra en su foro, ayuda a traducir una página, o simplemente escribe un correo al autor dándole las gracias. No sabéis lo que anima recibir un «gracias, tu programa me sirve de mucho» entre tanto reporte de errores y quejas.
  5. Usa Mastodon u otras redes libres: Apoya a creadores de contenido como rikylinux que se dejan la piel en difundir estas ideas. Comparte sus posts, comenta, genera debate.

La verdad es que el software libre es un procomún, algo que es de todos y de nadie a la vez. Y como todo lo que es común, corre el riesgo de que lo descuidemos pensando que ya se encargará otro. Pero en una comunidad sana, todos arrimamos el hombro de la forma que podemos.

Al final del día…

La conclusión que saco de todo esto es que el software libre es un regalo, sí, pero un regalo que conlleva una responsabilidad. No es un producto que consumes y tiras, es un ecosistema del que formas parte, quieras o no, desde el momento en que pulsas el botón de «descargar».

Como bien dice rikylinux, colaborar es lo que permite que estos proyectos de difusión y enseñanza sigan vivos. Y en un mundo cada vez más digitalizado, donde la inteligencia artificial y los algoritmos deciden tantas cosas por nosotros, tener acceso al código y a una enseñanza libre es más vital que nunca. No dejemos que se apague la luz del faro por no querer pagar entre todos las bombillas.

Y ahora, si me disculpáis, voy a ver si me tomo otro café y reviso un par de «pull requests» que tengo pendientes. Que aquí en Cartagena el sol aprieta, pero el código no se escribe solo. ¡Nos vemos por los repositorios!

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unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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