naturaleza / mayo 10, 2026 / 13 min de lectura / 👁 63 visitas

El horizonte canario y un barco que no es lo que parece

El horizonte canario y un barco que no es lo que parece

Hay algo en el horizonte de las Islas Canarias que estos días no termina de encajar con la postal típica de vacaciones y relax. No es la calima, ni tampoco un temporal de esos que agitan el Atlántico con ganas. Es la silueta del MV Hondius, un crucero que, sobre el papel, debería estar celebrando el final de una expedición épica y que, sin embargo, se ha convertido en el protagonista de una de esas historias que mezclan la psicosis colectiva con la resiliencia humana. La verdad es que, cuando escuchas la palabra «hantavirus» asociada a un barco de lujo, lo primero que te viene a la mente es una película de catástrofes de los noventa, de esas que echaban los domingos por la tarde. Pero aquí no hay guion, hay pasajeros reales contando las horas para pisar tierra firme en España.

Imagínate que te gastas una cantidad indecente de euros en un viaje de casi 40 días. Buscas desconexión, paisajes polares, quizás ver algún pingüino y, sobre todo, esa sensación de exclusividad que solo te da un barco de clase polar 6 como el Hondius. Y de repente, el viaje se tuerce. No por un iceberg, sino por algo invisible. El MV Hondius se dirige a las Canarias rodeado de un ruido mediático ensordecedor. Se ha dicho de todo: que si el barco es una trampa mortal, que si las ratas campan a sus anchas por los camarotes de lujo, que si la tripulación está ocultando cadáveres en las cámaras frigoríficas… Vaya, que la imaginación humana, cuando se junta con el miedo y un poco de aburrimiento, no tiene límites.

Pero la realidad, como suele pasar, es bastante más matizada y, a ratos, sorprendentemente mundana. Mientras en tierra firme los titulares hablan de «el crucero del hantavirus», dentro del barco la gente está haciendo sentadillas en la cubierta y viendo películas para que el tiempo pase más rápido. Es esa dualidad tan extraña de nuestro tiempo: la tragedia potencial conviviendo con la rutina de un buffet libre y una clase de yoga frente al mar.

¿Ratas a bordo? El poder de un rumor en alta mar

Uno de los puntos más calientes de esta travesía ha sido el tema de las ratas. «Están diciendo que tenemos ratas en el barco», comentaba Ibn Hattuta en uno de sus vídeos. Para los que no lo ubiquen, este hombre es un influencer de viajes con bastante tirón, que se puso ese nombre en honor al explorador marroquí del siglo XIV. Y claro, en un entorno cerrado como un barco, un rumor así corre más rápido que el propio virus. La imagen de un roedor correteando por las alfombras de un crucero de lujo es demasiado jugosa para que las redes sociales la dejen pasar.

Sin embargo, los que están allí dentro se han empeñado en desmentirlo. Ibn Hattuta se ha dedicado a pasear la cámara por los rincones más insospechados del Hondius para demostrar que, de momento, los únicos mamíferos a bordo son los humanos y algún que otro cetáceo que se asoma por la borda. La verdad es que el hantavirus no necesita necesariamente una plaga de ratas de alcantarilla para aparecer; a veces basta con un contacto fortuito en tierra firme antes de zarpar o con algún polizón peludo muy concreto que nada tiene que ver con la suciedad, sino con la biología propia de ciertas zonas geográficas.

Ojo con esto, porque la desinformación es casi tan contagiosa como el propio virus. El influencer denunciaba que se estaba intentando vender una imagen de «calamidad» que no se corresponde con lo que él vive cada mañana al despertarse. Según su versión, no hay silencios impuestos ni tripulantes con cara de pánico. Lo que hay es mucha incertidumbre y una logística sanitaria que se prepara en Canarias para recibirlos como si fueran a desembarcar en Marte.

El MV Hondius: Un gigante de hielo en aguas templadas

Para entender por qué este barco es especial, hay que saber que el MV Hondius no es el típico crucero de Benidorm con toboganes de colores. Es una bestia de la ingeniería, el primer barco del mundo registrado con la clase «Polar Class 6». Está diseñado para aguantar embestidas de hielo joven y navegar por los lugares más inhóspitos del planeta. Es irónico que un barco preparado para resistir las condiciones más extremas de la Antártida termine siendo noticia por un problema biológico en su camino hacia las plácidas aguas de las Canarias.

La estructura del barco es robusta, pensada para la exploración científica y el turismo de alto nivel. Tiene capacidad para unos 170 pasajeros, lo que lo convierte en un entorno bastante íntimo. Y es precisamente esa intimidad la que hace que cualquier brote de salud se convierta en un tema de estado a bordo. En un barco de 3.000 personas, quizás podrías pasar desapercibido, pero en el Hondius, todos saben quién ha estornudado y quién no ha bajado a cenar.

La ciencia detrás del susto: ¿Qué es realmente el hantavirus?

A ver, para que nos entendamos y sin ponernos demasiado densos con la medicina, el hantavirus no es algo que deba tomarse a broma, pero tampoco es la peste negra. Es un virus que normalmente transmiten los roedores (ratones de campo, sobre todo) a través de sus fluidos. Lo que pasa es que, cuando salta al ser humano, puede provocar desde un cuadro gripal fuerte hasta problemas pulmonares o renales serios. La clave aquí es el «Síndrome Pulmonar por Hantavirus», que es lo que realmente asusta a las autoridades sanitarias.

Lo curioso de este caso es cómo llegó al barco. Si mal no recuerdo, los primeros informes apuntaban a contagios ocurridos antes de que el barco se alejara definitivamente de las costas americanas. El problema de los barcos es que son ecosistemas cerrados. El aire recircula, los espacios comunes son compartidos y la convivencia es constante. Por eso, Sanidad Exterior en España se pone tan nerviosa cuando oye hablar de virus en alta mar. No es solo por los pasajeros, es por el riesgo de introducir una cepa o un vector en territorio nacional.

La verdad es que, en España, tenemos protocolos muy estrictos para esto. Desde los tiempos en los que los barcos llegaban a puertos como el de Cartagena o Cádiz cargados de especias y, a veces, de enfermedades tropicales, hemos aprendido a base de palos. El Lazareto de Mahón o las antiguas estaciones de cuarentena son testigos mudos de que esto de vigilar lo que viene por mar es una tradición muy nuestra.

El papel de los influencers: Ibn Hattuta y la cámara como escudo

Es fascinante cómo ha cambiado la comunicación en las crisis. Antes, esperábamos al telediario de las tres para saber qué pasaba en un barco aislado. Ahora, tenemos a Ibn Hattuta subiendo stories a Instagram mientras se toma un café. Este tipo de vlogging de supervivencia (aunque sea una supervivencia con aire acondicionado y servicio de habitaciones) humaniza la noticia pero también la complica.

Ibn Hattuta ha asumido un rol de «corresponsal de guerra» contra el clickbait. Al enseñar que la gente está haciendo gimnasia en cubierta, rompe el relato del caos. Pero claro, también hay que tener en cuenta que un influencer vive de su imagen y de que el viaje parezca, dentro de lo que cabe, algo que merece la pena seguir viendo. Aun así, su testimonio es vital para entender el estado de ánimo a bordo: una mezcla de aburrimiento soberano, ganas de llegar y una pizca de indignación por cómo se está contando su historia en tierra.

Él mismo decía que se sentía en la obligación de «echar por tierra» las versiones de catástrofe. Y es que, al final del día, si tú estás allí y ves que la cena está buena y que el gimnasio está abierto, te molesta que tu familia en casa esté llorando porque ha leído en un portal de noticias que el barco es una morgue flotante. Esa desconexión entre la realidad percibida y la realidad mediática es uno de los grandes temas de este siglo.

Gimnasia, cine y buffet: La extraña normalidad de una cuarentena de lujo

¿Qué hace uno cuando sabe que su barco está bajo vigilancia sanitaria y le quedan días de navegación? Pues, por lo visto, lo mismo que harías en un hotel de cinco estrellas, pero con un poco más de intensidad. Los pasajeros del Hondius han convertido la cubierta en una pista de entrenamiento improvisada. Hay algo casi poético en ver a un grupo de personas haciendo estocadas y burpees mientras el barco atraviesa el Atlántico con un virus a bordo. Es la resistencia a través del movimiento.

Además de la gimnasia, el cine se ha convertido en el refugio principal. Imagino que evitarán poner películas como Contagio o Titanic, por pura salud mental. La comida, por supuesto, sigue siendo el eje vertebrador del día. En un crucero, el tiempo se mide entre el desayuno y el almuerzo, y entre el almuerzo y la cena. Si la comida es buena, la moral se mantiene alta. Si el buffet flojea, ahí es cuando empiezan los motines de verdad.

Esta «normalidad impostada» es un mecanismo de defensa psicológico brutal. Si actúas como si estuvieras de vacaciones, quizás, solo quizás, el miedo al hantavirus se quede en un segundo plano. Es como cuando aquí en España decimos eso de «mientras haya salud…», pero aplicado a una situación donde la salud es precisamente lo que está en duda. Los pasajeros se aferran a sus rutinas para no volverse locos en la inmensidad del océano.

El protocolo español: ¿Qué espera al Hondius en las Islas Canarias?

Cuando el MV Hondius aviste por fin las costas canarias, no le espera una alfombra roja, sino un despliegue de Sanidad Exterior que ya quisieran para sí muchas películas de ciencia ficción. España tiene una responsabilidad enorme al ser la puerta de entrada a Europa para este barco. El operativo logístico no es moco de pavo: médicos, técnicos de laboratorio, inspectores de sanidad y, probablemente, fuerzas de seguridad para controlar que nadie salte la valla antes de tiempo.

El protocolo suele ser claro: primero se evalúa el estado de salud de cada persona a bordo. No se baja nadie hasta que no haya una «libre plática» sanitaria, que es el término técnico para decir que el barco está limpio o controlado. Se tomarán muestras, se revisarán los registros médicos del doctor de a bordo y se decidirá si se mantiene una cuarentena en el puerto o si se permite el desembarco controlado.

Para que nos entendamos, las autoridades españolas no se la van a jugar. Las Canarias viven del turismo y lo último que necesitan es un titular internacional que diga que el hantavirus ha saltado del Hondius a las playas de Gran Canaria o Tenerife. Así que el desembarco será lento, protocolario y, seguramente, bastante frustrante para unos pasajeros que llevan 40 días viendo solo agua y metal.

Los guiños de la naturaleza: Delfines y el esquivo rayo verde

Pero no todo ha sido tensión y termómetros. La naturaleza, que es muy suya, ha decidido regalarles a los pasajeros del Hondius un par de momentos de esos que te reconcilian con el mundo. En medio de la incertidumbre, el mar les ha dado dos «guiños» que han servido para calmar los ánimos y recordarles por qué se embarcaron en esta aventura en primer lugar.

El primero fue la aparición de delfines. Puede sonar a tópico, pero cualquiera que haya navegado sabe que ver a una manada de delfines saltando en la estela del barco tiene un efecto casi terapéutico. Es como si el océano te dijera que, a pesar de los virus y las noticias falsas, la vida sigue su curso con una alegría insultante. Los pasajeros se agolparon en las barandillas, cámaras en mano, olvidando por un momento el gel hidroalcohólico y las preocupaciones.

El segundo guiño fue más sutil y espectacular: luces verdes en el horizonte. Algunos hablan del famoso «rayo verde», ese fenómeno óptico que ocurre justo cuando el sol se pone o sale, y que Julio Verne inmortalizó en su novela. Otros mencionan luces extrañas que podrían ser bioluminiscencia o simplemente juegos de la atmósfera. Sea lo que sea, esos destellos verdes en la oscuridad del Atlántico sirvieron para que, por una noche, las conversaciones en el salón del barco no giraran en torno a los síntomas del hantavirus, sino a la belleza de lo inexplicable.

Una reflexión desde el puerto de Cartagena: Barcos, miedos y el paso del tiempo

Escribiendo esto desde Cartagena, no puedo evitar trazar paralelismos. Aquí, en mi ciudad, el puerto es el corazón que lo bombea todo. Hemos visto entrar de todo por esa bocana: desde las legiones romanas hasta los submarinos de última generación, pasando por barcos apestados en siglos pasados. La historia de Cartagena es, en gran medida, la historia de cómo gestionamos lo que viene de fuera.

Recuerdo las historias que cuentan los mayores sobre las cuarentenas en el puerto, cuando los barcos tenían que fondear lejos de los muelles de Alfonso XII hasta que se demostraba que no traían el cólera o la fiebre amarilla. El miedo que sienten hoy los que esperan al Hondius en Canarias es el mismo miedo atávico que sentían nuestros antepasados. La tecnología cambia, tenemos influencers y PCRs, pero el recelo ante el barco que llega de lejos con una enfermedad a bordo es una constante humana.

La verdad es que, al final, estos episodios nos sirven para darnos cuenta de lo vulnerables que somos y, a la vez, de lo increíblemente adaptables que podemos llegar a ser. Quién nos iba a decir que la respuesta a una amenaza biológica en un crucero de lujo sería hacer gimnasia en cubierta y esperar a ver delfines. Es, cuanto menos, curioso.

El factor humano: Entre la impaciencia y la solidaridad

En un encierro de este tipo, aflora lo mejor y lo peor de cada uno. Las fuentes nos dicen que, a pesar de los roces lógicos de la convivencia forzada, se ha creado una especie de camaradería entre los pasajeros. Cuando compartes un destino incierto, las barreras sociales se difuminan. El millonario que pagó la suite más cara termina compartiendo mesa y miedos con el vlogger que viaja con lo puesto.

Esa solidaridad es la que mantiene el barco a flote emocionalmente. Se organizan charlas, se comparten anécdotas de viajes pasados y se especula, con más o menos acierto, sobre qué será lo primero que harán al bajar. La mayoría coincide: una comida que no sea de buffet, un paseo por tierra firme que no tenga límites de eslora y, sobre todo, apagar el móvil para dejar de leer lo que el mundo dice de ellos.

Vaya, que la experiencia del Hondius va a dar para muchos libros y vídeos de YouTube. Pero más allá del contenido generado, queda la vivencia personal de haber estado en el ojo del huracán mediático sin haber visto ni una sola rata, solo mucho mar, mucha gimnasia y esos guiños verdes de la naturaleza que, a veces, son lo único que nos mantiene cuerdos.

Al final del día, lo que nos queda de esta historia no es solo el susto sanitario, sino la capacidad del ser humano para normalizar lo extraordinario. El MV Hondius llegará a las Canarias, los protocolos se activarán, los pasajeros bajarán y, con el tiempo, esto no será más que una anécdota que contar en las cenas de Navidad. «Yo estuve en el crucero del hantavirus», dirán, mientras alguien les pasa el plato de gambas. Y es que, la verdad, no hay nada que el tiempo y una buena ración de realidad no puedan curar.

Para los que seguimos la noticia desde la distancia, ya sea desde una oficina en Madrid o mirando al mar desde el puerto de Cartagena, el Hondius nos recuerda que el mundo es pequeño y que estamos todos en el mismo barco, a veces de forma literal. Ojo con los rumores, disfrutad de los delfines si se cruzan en vuestro camino y, sobre todo, no dejéis de moveros, aunque sea haciendo gimnasia en una cubierta en mitad del Atlántico.

Productos recomendados en Amazon

¿Te ha gustado este artículo?

unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Resuelve la operación para enviar el comentario * Time limit is exhausted. Please reload the CAPTCHA.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.