astronomia / abril 21, 2026 / 11 min de lectura / 👁 40 visitas

Un ordenador de piedra frente al Pacífico

¿Alguna vez os habéis quedado mirando el horizonte desde el espigón de la Curra en Cartagena, intentando adivinar si el Levante va a arruinar la jornada de pesca? Esa sensación de querer leer el entorno para sobrevivir es tan vieja como el mundo. La verdad es que, aunque ahora tengamos apps que nos dicen hasta la dirección del viento en tiempo real, hace cuatro milenios la cosa era bastante más complicada. Y es que, mientras aquí en la península andábamos todavía dándole vueltas a cómo organizar los primeros asentamientos estables, al otro lado del charco, en lo que hoy es Perú, ya tenían montado un sistema de «Big Data» basado en piedras y estrellas.

Me he enterado de una noticia que me ha dejado el café frío de la impresión. Un equipo de arqueólogos, liderado por la incansable doctora Ruth Shady, acaba de sacar a la luz una estructura circular de dos alturas en el asentamiento de Áspero. No es un muro cualquiera; estamos hablando de un observatorio astronómico de la civilización Caral, la más antigua de América. Vaya, que mientras en Egipto estaban levantando pirámides, en el valle de Supe ya tenían a sus propios «analistas de datos» mirando al cielo para saber cuándo echar las redes al mar.

La estructura en cuestión no es solo un capricho arquitectónico. Se trata de un espacio diseñado específicamente para registrar fenómenos astronómicos y su relación directa con el mar. Imaginad la escena: un especialista (lo que hoy llamaríamos un científico o un ingeniero de datos) subido a esa segunda altura, observando cómo el sol se pone en un punto exacto del horizonte o cómo la luna influye en el comportamiento de las mareas.

Ojo con esto, porque no lo hacían por amor al arte. La cultura Caral, que se desarrolló entre el 3.000 y el 1.800 a.C., dependía totalmente de la armonía entre el valle y el océano. Áspero era su puerto principal, el pulmón que alimentaba a la gran ciudad de Caral con proteínas marinas. Si no sabían cuándo venía el fenómeno de El Niño o cuándo las corrientes traerían más anchoveta, la ciudad entera pasaba hambre. La verdad es que este descubrimiento nos recuerda que la tecnología no siempre lleva cables; a veces, son solo piedras alineadas con una precisión que ya quisiéramos para algunos proyectos de obra pública actuales en España.

Este observatorio de Áspero, datado alrededor del año 2.000 a.C., funcionaba como un calendario predictivo. Los antiguos pobladores observaban el Sol, la Luna y las estrellas para anticipar cambios climáticos. Para que nos entendamos: era su AEMET particular, pero sin satélites y con mucha más presión, porque de sus predicciones dependía el intercambio de pescado seco por productos agrícolas como el algodón o el zapallo con la gente del interior del valle.

La conexión con nuestra tierra: De Áspero a Cartagena

Leyendo sobre este hallazgo, no he podido evitar pensar en nuestra propia historia aquí en Cartagena. Salvando las distancias temporales y geográficas, la relación que tenían en Áspero con el mar es idéntica a la que ha forjado el carácter de nuestra ciudad. Al final del día, una cultura marítima se define por su capacidad de entender el medio.

En Cartagena tenemos el ARQUA (Museo Nacional de Arqueología Subacuática), donde guardamos tesoros que nos cuentan historias similares de navegación y observación. Los fenicios, que llegaron a nuestras costas siglos después de que Caral ya fuera historia, también eran maestros de la astronomía náutica. Me pregunto qué pensarían esos sabios de Áspero si vieran los instrumentos de navegación que conservamos aquí. Probablemente se entenderían a la perfección, porque el lenguaje de las estrellas es universal.

Además, hay un detalle que me parece fascinante: la resiliencia de estos sitios. Áspero estuvo décadas en el olvido, ninguneado por las autoridades, hasta que el equipo de Shady se puso manos a la obra. Aquí en España sabemos bien lo que es eso; cuántas veces hemos visto restos arqueológicos esperando su turno mientras la maleza se los come, hasta que alguien con pasión y pocos recursos decide que ya está bien de ignorar nuestro pasado.

¿Cómo funcionaba realmente este observatorio?

Si nos ponemos un poco técnicos (pero sin pasarnos, que no quiero que nadie desconecte), la estructura circular permitía establecer puntos de referencia fijos. Al tener dos alturas, creaban ángulos de visión que ayudaban a medir el desplazamiento de los astros sobre el horizonte marino.

  • El Sol: Fundamental para marcar los solsticios y equinoccios, determinando las estaciones de pesca y siembra.
  • La Luna: Su ciclo era vital para predecir las mareas. En un puerto pesquero como Áspero, saber cuándo la marea iba a estar en su punto más alto o bajo era la diferencia entre una faena exitosa o un desastre.
  • Las Pléyades: En muchas culturas andinas, la visibilidad de este cúmulo estelar servía para predecir si el año sería seco o lluvioso. Es muy probable que en Áspero también las tuvieran en el punto de mira.

Lo que me vuela la cabeza es pensar en la capacidad de abstracción de esta gente. No tenían escritura (o al menos no una que hayamos descifrado como tal, aunque usaban los quipus para la contabilidad), pero tenían una «gramática visual» del cielo que les permitía gestionar una sociedad compleja de miles de personas. La verdad es que a veces nos creemos muy listos con nuestros smartphones, pero poned a un programador de Python actual en medio del desierto de Supe en el 2.000 a.C. y a ver cuántas mareas es capaz de predecir.

Inteligencia Artificial y Arqueología: El futuro que rescata el pasado

Y aquí es donde entra mi parte favorita, la que mezcla el polvo de las excavaciones con los bits de la tecnología moderna. Hoy en día, para descubrir estructuras como la de Áspero, ya no solo dependemos de la pala y el pincel. En España, y concretamente en proyectos que se están gestando en universidades de la Región de Murcia y otras partes del país, la Inteligencia Artificial está cambiando las reglas del juego.

Vaya, que si Ruth Shady hubiera tenido acceso a modelos de aprendizaje profundo (Deep Learning) aplicados a imágenes de satélite o LIDAR, quizás este observatorio se habría descubierto hace veinte años. Actualmente, se están utilizando algoritmos para analizar el terreno y detectar anomalías que el ojo humano no ve a simple vista. Por ejemplo, en yacimientos de la península, se usan redes neuronales para identificar patrones de muros enterrados basándose en cómo crece la vegetación encima o en las micro-variaciones del relieve.

Para que nos entendamos, es como si le enseñáramos a una IA miles de fotos de estructuras circulares antiguas y luego le dijéramos: «Oye, busca algo parecido en este desierto de 50 kilómetros cuadrados». Lo que a un equipo de arqueólogos le llevaría años de prospección a pie, la máquina lo hace en una tarde. Eso sí, luego hace falta que alguien como la doctora Shady se manche las botas para confirmar que, efectivamente, ahí hay algo importante.

Un fragmento de código para la historia

Si quisiéramos simular cómo esos antiguos astrónomos registraban los datos, hoy podríamos escribir un pequeño script en Python. Obviamente, ellos lo hacían con muescas o memoria, pero la lógica subyacente es la misma. Aquí os dejo una idea de cómo se vería un «rastreador de mareas» básico, algo que en Áspero hacían mentalmente:

# Un intento modesto de emular la sabiduría de Áspero
import datetime

def predecir_marea(fecha):
    # En Áspero miraban la fase lunar
    # Aquí usamos un cálculo simplificado para ilustrar
    dias_desde_luna_nueva = (fecha - datetime.date(2023, 1, 21)).days % 29.5
    
    if dias_desde_luna_nueva  27:
        return "Marea Viva (Ojo, que el mar viene fuerte)"
    else:
        return "Marea Muerta (Momento tranquilo para mariscar)"

# Si estuviéramos en el 2000 a.C., esto sería una alineación de piedras
hoy = datetime.date.today()
print(f"Predicción para hoy: {predecir_marea(hoy)}")

Es una tontería de código, lo sé, pero me sirve para ilustrar que la ciencia es, en esencia, encontrar patrones. Los habitantes de Caral fueron los primeros grandes científicos de datos de nuestro continente hermano. Y lo hacían sin electricidad, solo con la fuerza de la observación y una paciencia infinita.

La importancia del intercambio: Pescado por algodón

Uno de los puntos que destaca Ruth Shady es que este conocimiento astronómico era la moneda de cambio en las negociaciones. No solo servía para pescar más, sino para saber cuándo los agricultores del interior tendrían sus cosechas listas. Áspero no era una isla; era un nodo logístico.

Me recuerda mucho a la logística del puerto de Cartagena. Aquí siempre hemos sido un punto de entrada y salida, un lugar donde se intercambian bienes y, sobre todo, información. En Caral, el sistema funcionaba así: los de la costa (Áspero) daban sardinas y anchovetas (proteína pura para el cerebro) y los del interior daban algodón para las redes de pesca y productos vegetales. Si el observatorio decía que venía un año de sequía, el valor del algodón subía. Era una economía de mercado basada en la meteorología estelar.

La verdad es que la estructura social de Caral era asombrosamente pacífica. No se han encontrado murallas ni armas en las excavaciones. Parece que su «poder» no residía en la fuerza bruta, sino en el conocimiento. Quien controlaba el observatorio, controlaba el calendario, y quien controlaba el calendario, controlaba la comida. Es una lección de historia que nos vendría bien repasar de vez en cuando: el conocimiento es la herramienta más potente para cohesionar una sociedad.

¿Por qué nos importa esto hoy?

A ver, entiendo que alguien pueda pensar: «Vale, han encontrado unas piedras viejas en Perú, ¿a mí qué me cuenta esto?». Pues nos cuenta mucho sobre quiénes somos. Al final del día, todos buscamos lo mismo: seguridad y previsibilidad.

En España estamos viviendo una transformación digital sin precedentes, pero a veces perdemos de vista que la tecnología es un medio, no un fin. El observatorio de Áspero era tecnología punta en su época. Su fin era que la comunidad no muriera de hambre. Hoy usamos la IA para optimizar rutas logísticas o predecir el consumo eléctrico, pero el impulso humano es el mismo que el de aquel especialista que se subía a la estructura circular hace 4.000 años.

Además, este tipo de hallazgos pone en valor la arqueología como una ciencia de futuro. No se trata solo de mirar atrás con nostalgia. Se trata de entender cómo otras civilizaciones gestionaron crisis climáticas. Caral acabó colapsando, posiblemente por cambios ambientales drásticos que ni sus mejores observatorios pudieron mitigar. Si ellos, que estaban tan conectados con la naturaleza, sufrieron las consecuencias, ¿qué nos espera a nosotros que a veces no sabemos ni por dónde sale el sol?

Detalles que marcan la diferencia en la excavación

Si bajamos al barro (o a la arena del desierto peruano), los detalles técnicos del descubrimiento son para quitarse el sombrero. La estructura tiene muros de piedra unidos con mortero de barro y fibras vegetales. Han encontrado ofrendas, lo que indica que la observación del cielo tenía un componente sagrado. Para ellos, la ciencia y la religión no estaban peleadas; eran dos caras de la misma moneda para intentar entender un mundo que a veces resultaba hostil.

La doctora Shady menciona que este hallazgo revela la existencia de «especialistas». Esto es clave. Significa que había gente que no tenía que ir a pescar ni a cultivar porque su trabajo era pensar y observar. Es la aparición de la clase intelectual. En Cartagena, salvando las distancias, tuvimos algo parecido con los ingenieros militares que diseñaron nuestras defensas o los arquitectos romanos que proyectaron el Teatro. Gente que usa la cabeza para que el resto de la sociedad funcione mejor.

Vaya, que Áspero era mucho más que un pueblo de pescadores. Era un centro de investigación. Y lo más increíble es que todavía queda muchísimo por excavar. Se calcula que solo conocemos una pequeña fracción de lo que Caral y sus asentamientos satélites tienen que decirnos. Es como tener un disco duro de terabytes de información y haber leído solo los primeros sectores.

Reflexiones desde la barra del blog

La conclusión que saco de todo esto es que somos una especie curiosa por naturaleza. Ya sea en la costa de Perú o en el puerto de Cartagena, siempre hemos mirado hacia fuera para entendernos por dentro. El descubrimiento en Áspero es un recordatorio de que la ciencia no empezó con la Revolución Industrial ni con el primer ordenador de IBM. Empezó cuando alguien decidió que el movimiento de las estrellas tenía algo que ver con la cantidad de peces en el mar.

La verdad es que me encantaría ver más colaboraciones entre instituciones españolas y peruanas para aplicar nuestras tecnologías de escaneo 3D y análisis de materiales en sitios como Áspero. Tenemos empresas en España que son punteras en la digitalización de patrimonio, y este observatorio milenario sería el lienzo perfecto para demostrar lo que podemos hacer.

Para que nos entendamos, rescatar el pasado no es un gasto, es una inversión en nuestra identidad. Y si de paso aprendemos un par de trucos sobre cómo predecir el tiempo mirando las estrellas, pues eso que nos llevamos. Que nunca se sabe cuándo se nos va a quedar el móvil sin batería en mitad de una travesía por el Mediterráneo.

Así que, la próxima vez que paséis por el puerto y veáis la luna reflejada en el agua, acordaos de la gente de Áspero. Hace cuatro mil años, ellos estaban haciendo exactamente lo mismo, intentando descifrar el código del universo con un par de piedras y mucha, mucha intuición. Y la verdad, no les iba nada mal.

Al final del día, la tecnología cambia, pero las preguntas siguen siendo las mismas. ¿Habrá pesca mañana? ¿Lloverá? ¿Cómo podemos ayudarnos unos a otros para prosperar? En aquinohayquienviva.es seguiremos atentos a estas historias que mezclan lo más antiguo con lo más nuevo, porque ahí es donde realmente se pone interesante la cosa. ¡Nos vemos en la próxima excavación, ya sea digital o de las de mancharse las manos!

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unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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