La verdad es que, cuando el repartidor llamó a la puerta con una caja que parecía contener un perchero de diseño o una lámpara de salón de esas que cuestan un riñón, mi primera reacción fue de puro escepticismo. «¿Y yo para qué quiero exactamente este trasto?», le pregunté a mi gata, que me miraba con la misma indiferencia con la que uno mira un manual de instrucciones de un mueble sueco. Como diría una buena amiga mía de aquí de Cartagena, qué atrevida es la ignorancia cuando nos enfrentamos a algo que rompe los esquemas de lo que consideramos «normal».
Hablo de la LG StandbyME 2. Si tuviera que definirla rápido para alguien que me pilla con prisas bajando por la calle Mayor, diría que es una tablet gigante montada sobre una peana con ruedas. Suena simple, casi simplón, pero la realidad es que este «bicho raro» de la tecnología ha conseguido algo que pocos dispositivos logran hoy en día: pasar de ser un objeto de mofa inicial a convertirse en el centro de operaciones de mi casa durante las últimas semanas. Y no, no es que me haya vuelto loco o que el café de la mañana me esté sentando regular; es que hay productos que no sabes que necesitas hasta que, de repente, los tienes delante y te solucionan problemas que ni sabías que tenías.
Lo primero que te choca es el concepto físico. Estamos acostumbrados a que las televisiones sean entes estáticos, tótems sagrados que presiden el salón y dictan hacia dónde deben mirar todos los sofás. Si quieres ver la tele en otra habitación, o te compras otra, o te dejas los ojos en el móvil. La StandbyME 2 rompe esa baraja. Tiene una base circular, pesada (para que no se vuelque al primer tropezón, que nos conocemos), con unas ruedas ocultas que se deslizan con una suavidad que ya quisieran para sí muchos carritos de la compra del súper de la esquina.
Moverla por casa tiene un punto casi cómico. Al principio te sientes un poco como si estuvieras paseando a un robot mayordomo que no sabe hablar. Pero, ojo, que la magia está ahí. La he llevado de la cocina al dormitorio, del dormitorio al despacho, y de ahí a la terraza para ver si el sol de la tarde me dejaba ver algo (spoiler: el panel mate se porta mejor de lo que esperaba, aunque no hace milagros contra el sol directo de las tres de la tarde en pleno agosto cartagenero). La libertad de no depender de un enchufe durante unas cuantas horas —porque sí, lleva batería integrada— es lo que realmente cambia las reglas del juego.
¿Es una tele o es una tablet? Pues un poco de todo
Si nos ponemos técnicos, pero sin aburrir al personal, la pantalla es de 27 pulgadas. Para un salón se queda corta, para una mesa de escritorio es enorme. Es ese punto medio que la hace perfecta para el consumo individual o en pareja a corta distancia. La resolución es Full HD, y aquí alguno se me echará encima: «¿A estas alturas y sin 4K?». Pues mira, la verdad es que para el uso que se le da, no lo echas de menos. No vas a ver Oppenheimer aquí para analizar cada grano de la película; vas a ver un tutorial de cocina mientras intentas que no se te quemen los michirones, o vas a ponerte un capítulo de una serie mientras planchas esas camisas que llevan una semana acumuladas.
Lo que sí es un acierto total es que sea táctil. El sistema webOS de LG se mueve con una soltura digna de mención. No hay ese retardo desesperante que tienen algunas Smart TV baratas donde pulsas un botón y la tele se lo piensa como si le estuvieras pidiendo que resolviera una ecuación de tercer grado. Aquí todo fluye. Puedes girar la pantalla, ponerla en vertical (ideal para ver TikToks o Reels a tamaño gigante, si es que eso es lo tuyo) e inclinarla hacia arriba o hacia abajo. La versatilidad mecánica es, sencillamente, impecable.
El «hack» definitivo para padres: la tele que aparece y desaparece
Donde realmente me ha ganado este invento, y donde creo que LG ha dado en el clavo sin quererlo (o queriéndolo mucho), es en la gestión del ocio infantil. En mi casa somos bastante estrictos con el tiempo de pantalla. No hay tele en el cuarto de los niños, y la del salón es un recurso puntual. El problema de la tele del salón es que siempre está ahí, mirándote con su gran ojo negro, tentando a los más pequeños.
Con la StandbyME 2, el paradigma cambia. Se ha convertido en la «tele de las ocasiones especiales». ¿Que toca tarde de cine porque fuera está cayendo la mundial o sopla un viento de Levante que te vuela las ideas? Se saca la tele al cuarto de juegos. Los niños flipan, ven su película, y cuando termina… ¡pum!, la tele se vuelve a su rincón en el despacho o se guarda en un sitio donde no estorbe. Esa capacidad de hacer «desaparecer» la tecnología es un alivio mental para los padres que no queremos que el salón parezca una sala de recreativos perpetua.
Además, al poder regular la altura y la inclinación, te aseguras de que no estén con el cuello doblado como si estuvieran buscando monedas en el suelo. La pones a su altura, a una distancia prudencial, y te olvidas. Es, posiblemente, el uso más práctico y real que le he encontrado en estas semanas de prueba.
Un vistazo a las tripas: rendimiento y autonomía
Hablemos de lo que importa cuando te gastas los cuartos en un aparato así. La batería promete unas tres horas. En mi experiencia, si le das caña con el brillo a tope y el volumen alto, se queda en unas dos horas y media largas. Suficiente para una película estándar o tres capítulos de una serie de comedia. ¿Podría ser mejor? Pues sí, la verdad es que una hora más le daría la vida, sobre todo para esos maratones de domingo tarde. Pero bueno, siempre puedes arrastrarla hasta un enchufe y seguir la fiesta mientras se carga.
En cuanto al sonido, me ha sorprendido para bien. No es una barra de sonido de gama alta, pero los altavoces que lleva integrados en la parte trasera tienen cuerpo. No suenan a «lata», que es el miedo que yo tenía al ver un diseño tan estilizado. Para ver contenido en una habitación normal, vas sobrado. Si ya quieres montar una fiesta en el patio, pues mejor le conectas un altavoz Bluetooth y a correr.
Y hablando de conectividad, tiene de todo: Wi-Fi, Bluetooth, NFC para emparejar el móvil con un toque y hasta una entrada HDMI y USB oculta tras una tapita. Yo le conecté una consola pequeña un par de tardes y, oye, la experiencia de jugar tirado en la cama con la pantalla justo a la altura de los ojos es un placer culpable que recomiendo a todo el mundo al menos una vez en la vida.
¿Para quién es realmente este invento?
Esta es la pregunta del millón. No es un producto para todo el mundo, y eso está claro. Si buscas la mejor calidad de imagen por euro invertido, cómprate una OLED de 55 pulgadas y cuélgala en la pared. Pero si tu vida es un poco más caótica, si teletrabajas y necesitas una segunda pantalla que puedas mover, si te gusta cocinar siguiendo vídeos de YouTube sin miedo a manchar el monitor principal, o si simplemente vives en un piso donde el espacio es un bien escaso y prefieres tener una pantalla polivalente que un armatoste fijo, entonces la cosa cambia.
Me la imagino perfectamente en un estudio de un artista en el Barrio del Foro Romano, moviéndola según la luz para ver referencias, o en una oficina moderna de una startup tecnológica aquí en España, donde las reuniones improvisadas son el pan de cada día. Es un dispositivo que se adapta a ti, y no al revés. Y eso, en un mundo donde la tecnología a veces parece que nos dicta cómo debemos vivir, es muy de agradecer.
Pequeños detalles que te hacen la vida más fácil (o no)
- El mando a distancia: Es minimalista, blanco, muy en la línea de la estética del aparato. Funciona bien, pero la verdad es que acabas usando más los dedos directamente sobre la pantalla. Es más intuitivo.
- El montaje: No hace falta ser ingeniero de la UPCT para montarla. Viene todo muy bien explicado y en diez minutos la tienes rodando por el pasillo. Eso sí, la caja es enorme, así que prepárate para un viaje al contenedor de cartón.
- El diseño: La parte trasera está forrada de una tela de color beige muy sufrida y elegante. No desentona en ningún sitio. No parece un aparato electrónico frío, sino más bien un mueble moderno.
- La cámara: No lleva cámara integrada, pero LG vende una aparte que se acopla magnéticamente arriba para hacer videollamadas. Hubiera estado bien que viniera de serie, pero bueno, supongo que así ahorran costes para los que no la van a usar nunca.
Vaya, que después de este tiempo con ella, me he dado cuenta de que mi desconfianza inicial era puro miedo al cambio. No es una tele, es otra cosa. Es un híbrido que ocupa un lugar que no sabíamos que estaba vacío. ¿Es un capricho? Probablemente. Pero es un capricho endiabladamente bien ejecutado.
Reflexiones sobre el futuro de nuestras pantallas
Al final del día, lo que la LG StandbyME 2 nos está diciendo es que la pantalla estática tiene los días contados en ciertos entornos. Estamos en una era de movilidad, de consumo rápido y de espacios multifuncionales. Ya no nos sentamos «a ver la tele» como hacían nuestros abuelos; ahora la tele nos acompaña mientras hacemos otras cosas. Y en ese sentido, tener ruedas es la evolución lógica.
Me hace gracia pensar en cómo ha cambiado la tecnología en Cartagena desde que yo era crío. De aquellas teles de tubo que pesaban como un muerto y que necesitaban a dos personas para moverlas un centímetro, a esta pantalla estilizada que muevo con un dedo mientras me tomo un café. A veces nos quejamos de que ya no se inventa nada nuevo, de que todo son iteraciones de lo mismo, pero luego llega un bicho raro como este y te rompe los esquemas.
La verdad es que me va a costar devolverla. Me he acostumbrado a tenerla a mi lado mientras escribo, con música puesta o con alguna noticia de fondo. Me he acostumbrado a que sea mi pinche de cocina y mi compañero de series antes de dormir. Y sobre todo, me he acostumbrado a esa libertad de movimiento que, una vez que la pruebas, hace que las teles fijas te parezcan un poco… aburridas.
Para que nos entendamos: no es un producto que necesites para sobrevivir, pero es uno de esos gadgets que, si te lo puedes permitir y encaja en tu estilo de vida, te hace el día a día un poquito más cómodo y, por qué no decirlo, un poquito más divertido. Y al final, ¿no es eso lo que buscamos todos con la tecnología?
Ojo con esto, que igual dentro de un par de años lo raro no es tener una tele con ruedas, sino tener una que esté pegada a la pared y no se pueda mover. El tiempo dirá, pero de momento, yo me quedo con la sensación de libertad de poder llevarme mis series favoritas a cualquier rincón de la casa sin soltar la taza de café. La conclusión que saco de todo esto es que, a veces, las ideas más locas son las que terminan teniendo más sentido en nuestro día a día más mundano.
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