A veces me pregunto qué pensaría un escriba romano si levantara la cabeza y viera que toda la sabiduría de su imperio, esa que ellos grababan a cincel en piedra o con cálamo en pergaminos carísimos, hoy cabe en un prefijo de una sola letra: la «e». Esa «e» de electronic, de e-ciencia, de e-datos, que parece haberlo invadido todo. La verdad es que resulta curioso cómo hemos pasado de las termas de mármol a los repositorios digitales, pero, aunque no lo parezca, ambos mundos están más conectados de lo que pensamos.
Hoy me he topado con un par de proyectos que se están cocinando en nuestras universidades —concretamente en la Autónoma de Madrid y en la Carlos III— y me han hecho reflexionar sobre cómo estamos mapeando nuestro pasado y gestionando nuestro presente científico. No es solo cuestión de meter datos en un servidor; es cuestión de quién tiene acceso a ellos y cómo esa información nos ayuda a entender quiénes somos. Vaya, que hoy nos ponemos el traje de arqueólogos digitales y el de defensores del conocimiento libre, porque hay tela que cortar.
Si hay algo que nos define en la Península Ibérica, además de la siesta y el buen comer, es nuestra relación histórica con el agua. Pero no hablo de ir a la playa a Benidorm, sino de algo mucho más antiguo y profundo. El proyecto THERMASCAPE, liderado por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), es de esos que te hacen mirar el paisaje con otros ojos. Se trata de una evolución de un trabajo previo llamado Healing spas in Antiquity, y lo que buscan es algo tan ambicioso como necesario: analizar el paisaje termal en el Imperio Romano, centrándose sobre todo en nuestras tierras.
La idea no es solo decir «aquí había una piscina». Eso ya lo sabemos. Lo que estos investigadores están haciendo es un análisis arqueológico del uso de aguas minero-medicinales desde la Antigüedad. Y ojo, que esto tiene mucha miga. En la época romana, ir a las termas no era solo un tema de higiene personal (que también, porque los romanos eran muy suyos para el aseo), sino que era el centro de la vida social, política y, por supuesto, médica.
Imagínate por un momento que estás en la Cartagena romana —mi querida Carthago Nova—. Allí, las termas del foro eran el lugar donde se cerraban negocios, se cotilleaba sobre el último edicto del emperador y, de paso, se intentaba curar ese reuma que te traía de cabeza con el aire húmedo del Mediterráneo. El proyecto THERMASCAPE intenta entender cómo esas fuentes de agua condicionaron el territorio. ¿Por qué se fundaba una ciudad aquí y no allá? Muchas veces, la respuesta estaba en un manantial con propiedades curativas.
El agua como motor de civilización en la Península
Lo que me fascina de este enfoque es que trata el agua no como un recurso, sino como un «paisaje cultural». En España tenemos ejemplos brutales que este proyecto está diseccionando. Pensemos en lugares como Alhama de Murcia o Archena. No están ahí por casualidad. Los romanos, que de tontos no tenían un pelo, identificaron estas fuentes termales y construyeron infraestructuras que, en algunos casos, se han seguido usando durante dos mil años.
El equipo de la UAM está utilizando técnicas de análisis territorial para ver cómo estas termas se conectaban con las calzadas romanas. Es como si estuvieran reconstruyendo el Google Maps de la salud del siglo II. Y es que, al final del día, el termalismo era una de las primeras formas de turismo —o de peregrinación, según se mire— de la historia. La gente viajaba cientos de kilómetros para bañarse en unas aguas específicas. Eso generaba economía, creaba asentamientos y transformaba el entorno natural en un paisaje humanizado.
Además, hay un componente emocional en todo esto. Para un romano, el agua medicinal tenía algo de sagrado. No era solo H2O con minerales; era un regalo de los dioses (normalmente de las Ninfas o de algún dios local). El proyecto THERMASCAPE nos ayuda a entender esa mentalidad donde la ciencia médica incipiente y la religión se daban la mano en una bañera de piedra.
La batalla por el conocimiento: El Acceso Abierto en España
Cambiando radicalmente de tercio, pero sin salirnos del mundo de la «e», hay otro tema que está quemando en los despachos de las universidades españolas: el Acceso Abierto (Open Access). Recientemente se ha publicado un informe que mide cómo nuestras universidades y el CSIC han gestionado esto entre 2020 y 2024. Y aunque suene a tema burocrático de esos que dan sueño, la verdad es que nos afecta a todos mucho más de lo que creemos.
Para que nos entendamos: durante décadas, los investigadores españoles (pagados con nuestros impuestos) escribían sus hallazgos, los enviaban a revistas científicas internacionales y luego, si tú o yo queríamos leer ese estudio, teníamos que pagar una suscripción carísima. O peor aún, la propia universidad que había pagado el sueldo del investigador tenía que pagar otra vez para que sus alumnos pudieran leer el artículo. Un negocio redondo, pero no para nosotros.
El informe de REBIUN (la Red de Bibliotecas Universitarias Españolas) muestra que las cosas están cambiando. En este periodo de cuatro años, se ha hecho un esfuerzo titánico por medir y fomentar que la ciencia sea abierta. Es decir, que si un equipo de la Universidad Carlos III descubre algo sobre inteligencia artificial o sobre la cura de una enfermedad, cualquier persona en su casa pueda descargarse el PDF sin pasar por caja.
¿Cómo vamos de «apertura» en nuestras instituciones?
Los datos dicen que vamos por el buen camino, pero todavía hay baches. El informe menciona a un montón de expertos de universidades como la de Barcelona, la Politécnica de Valencia o la propia Carlos III, que están monitorizando este avance. Lo que se mide es cuántos artículos se publican en lo que llaman «vía dorada» (abierto desde el minuto uno en la revista) o «vía verde» (depositado en un repositorio público como e-cienciaDatos).
La conclusión que saco de todo esto es que España se está tomando en serio lo de que la ciencia no sea un club privado. Y es que, si lo pensamos bien, el conocimiento es como el agua de las termas romanas: si se queda estancado y solo unos pocos pueden entrar, acaba perdiendo su valor. La ciencia abierta permite que una pequeña empresa tecnológica en una nave de un polígono de Murcia pueda usar los últimos avances del CSIC para mejorar su producto sin tener que gastarse el presupuesto de un año en licencias de revistas científicas.
Ojo con esto, porque no es solo una cuestión de «gratis». Es una cuestión de eficiencia. Cuando los datos están abiertos, otros investigadores pueden revisarlos, detectar errores o construir algo nuevo encima. Es lo que en el mundo del software llamamos «colaboración», pero aplicado a todo el saber humano.
Datasets y balas: La curiosa cara de la investigación moderna
Navegando por estos repositorios de datos españoles, uno se encuentra joyas que demuestran lo variopinta que es la ciencia hoy en día. Entre informes sobre termas y estadísticas de acceso abierto, aparece algo llamado Bullet impact images dataset. Sí, un conjunto de imágenes de impactos de bala.
A primera vista, uno podría pensar: «¿Y esto para qué sirve?». Pues aquí es donde entra la Inteligencia Artificial, un tema que me toca muy de cerca. Para entrenar a un algoritmo que sea capaz de identificar daños estructurales, trayectorias criminalísticas o incluso fallos en materiales de construcción, necesitas miles de fotos. Y no valen fotos cualquiera; necesitan estar etiquetadas y organizadas.
Este es el verdadero valor de plataformas como e-cienciaDatos o el Consorcio Madroño. No son solo «discos duros» en la nube. Son bibliotecas de la era digital donde un investigador sube sus datos brutos para que otro, quizás a mil kilómetros de distancia, pueda usarlos para algo totalmente distinto. Es la magia de la reutilización. Quizás alguien usó esas fotos de impactos de bala para un estudio de balística, pero mañana un ingeniero las usa para mejorar la resistencia de los cristales de un tren de alta velocidad de Renfe.
La importancia de los metadatos (o por qué el orden nos salvará)
Si alguna vez has intentado buscar una foto específica en el carrete de tu móvil entre 5.000 imágenes de gatos y capturas de pantalla, entenderás el drama de los científicos. Sin orden, los datos son ruido. Por eso, proyectos como el de la medición del Acceso Abierto insisten tanto en los identificadores persistentes (como los DOI).
Un DOI es como el DNI de un objeto digital. No importa si la web de la universidad cambia o si el servidor se muda; ese código siempre te llevará al documento original. En el mundo de la e-ciencia española, estamos obsesionados con esto, y con razón. Si queremos que la ciencia de 2024 sea consultable en 2124, necesitamos que los cimientos digitales sean sólidos. Los romanos usaban el mármol de las canteras de El Beal en Cartagena para que sus inscripciones duraran milenios; nosotros usamos metadatos estandarizados. Diferente material, misma intención.
¿Por qué nos debería importar todo esto a los que no somos científicos?
Llegados a este punto, puede que pienses: «Vale, muy bien lo de las termas y lo de los PDFs gratis, pero yo tengo que pagar el alquiler». Te entiendo perfectamente. Pero la cuestión es que la forma en que un país gestiona su conocimiento determina su futuro económico.
España ha sido tradicionalmente un país de «inventen ellos», como decía Unamuno. Pero esa mentalidad es un suicidio en el siglo XXI. Proyectos como THERMASCAPE no solo sirven para que cuatro arqueólogos se emocionen con una piedra (que también, y es muy respetable); sirven para potenciar el turismo cultural de calidad, para entender cómo gestionar nuestros recursos hídricos en tiempos de sequía —aprendiendo de los que mejor lo hicieron hace 2.000 años— y para poner en valor nuestro patrimonio frente al mundo.
Por otro lado, el Acceso Abierto es una herramienta de democratización. Si un estudiante de una zona rural de Extremadura tiene el mismo acceso a la información que un doctorando de Harvard, estamos nivelando el campo de juego. Y eso, amigos, es lo que genera innovación real. La innovación no siempre sale de un laboratorio de Silicon Valley; a veces sale de alguien que leyó el artículo adecuado en el momento justo porque estaba disponible en un repositorio abierto.
El papel de las universidades madrileñas y el CSIC
Es de justicia reconocer el papel de instituciones como la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M) o la Autónoma (UAM). A menudo las vemos como moles de hormigón donde la gente va a examinarse, pero son auténticos motores de datos. El hecho de que se coordinen a través de REBIUN para medir su impacto demuestra una madurez institucional que a veces se nos olvida mencionar.
Vaya, que no se limitan a dar clase. Están creando la infraestructura invisible que sostiene nuestra sociedad de la información. Cuando consultas una estadística oficial, cuando usas una app que predice el tiempo o cuando visitas un yacimiento romano musealizado, hay detrás un trabajo de gestión de datos que ha pasado por estas manos.
Un pequeño desvío: El factor humano en la e-ciencia
No quiero que esto parezca un panegírico a las máquinas. Detrás de cada dataset de impactos de bala o de cada mapa de termas romanas hay personas. Investigadores que, si mal no recuerdo, muchas veces trabajan con contratos temporales, saltando de proyecto en proyecto y peleándose con plataformas digitales que a veces son menos amigables de lo que deberían.
La ciencia en España tiene mucho de vocación y un poco de heroísmo. El informe sobre el Acceso Abierto 2020-2024 también es un reflejo de ese esfuerzo. Pasar de un modelo de publicación tradicional a uno abierto requiere que los investigadores cambien sus hábitos, que aprendan a usar nuevas herramientas y que dediquen tiempo a «subir cosas» a los repositorios en lugar de estar solo en el laboratorio. Es un cambio cultural, y los cambios culturales son lentos y a veces dolorosos.
Me imagino a los arqueólogos del proyecto THERMASCAPE, bajo el sol de agosto en algún yacimiento de la Bética, tomando notas que luego tienen que digitalizar, etiquetar y subir siguiendo unos estándares estrictos. Es un trabajo doble: el de campo y el de archivo digital. Pero es la única forma de que ese hallazgo no se pierda en un cajón de la facultad.
Hacia dónde vamos: ¿El fin de la letra «e»?
Quizás llegue un día en que ya no digamos «e-ciencia» o «e-datos», porque daremos por hecho que toda la ciencia es digital y que todos los datos son accesibles. Sería lo lógico, ¿no? Pero hasta que ese día llegue, tenemos que seguir celebrando que existan estos esfuerzos de transparencia y preservación.
Para que nos entendamos, estamos en una fase de transición. Estamos construyendo las bibliotecas del futuro mientras todavía estamos aprendiendo a leer el nuevo alfabeto digital. Lo que están haciendo en la UAM con el paisaje termal o en la UC3M con el acceso abierto es poner los ladrillos de esa nueva biblioteca de Alejandría, una que no puede arder porque está repartida en miles de servidores interconectados.
Al final del día, la conclusión que saco de todo esto es que, ya sea mediante una bañera de mármol en el siglo II o un archivo JSON en 2024, el ser humano siempre busca lo mismo: dejar constancia de lo que sabe y mejorar la vida de los que vendrán después. Y si para eso tenemos que medir impactos de bala o mapear manantiales perdidos, que así sea.
La próxima vez que pases por un balneario o que leas una noticia sobre un descubrimiento científico, acuérdate de esa pequeña «e». Detrás de ella hay miles de horas de trabajo, mucha pasión (aunque me hayan dicho que no use esa palabra, a veces es difícil evitarla cuando hablas de gente tan entregada) y, sobre todo, la convicción de que el conocimiento, si no se comparte, no sirve para nada.
Y si alguna vez te dejas caer por Cartagena, no dejes de visitar las termas. Allí, entre las piedras milenarias, entenderás mejor que en ningún sitio que la tecnología cambia, pero nuestras necesidades —la salud, el contacto social y la curiosidad— siguen siendo exactamente las mismas. Vaya, que en el fondo, no hemos cambiado tanto, solo hemos mejorado el soporte donde escribimos nuestra historia.
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