A ver, vamos a empezar poniendo las cartas sobre la mesa. Si escuchas la palabra «hacking», lo más probable es que te venga a la cabeza un tipo con capucha, en una habitación a oscuras, intentando entrar en los servidores del Pentágono o vaciando cuentas corrientes en las Bahamas. Pero la realidad, la que vivimos los que nos manchamos las manos con código a diario, es bastante menos cinematográfica y mucho más útil. El hacking, en su esencia más pura, no es más que buscarle las vueltas a un sistema para que haga algo para lo que no fue diseñado originalmente, o simplemente para que funcione mejor con los recursos que tenemos.
Y eso es precisamente lo que se ha plantado en Cuauhtémoc. La Secretaría de Innovación y Desarrollo Económico (SIDE) ha decidido que ya basta de ver la Inteligencia Artificial como algo que solo pasa en las oficinas de Google en Mountain View o en los rascacielos de Madrid. Han lanzado «Hacking Innovation», un nombre que suena potente pero que, en el fondo, trata de algo muy humano: juntar a gente con ganas, darles herramientas tecnológicas y ver cómo son capaces de resolver problemas locales que les tocan de cerca.
La verdad es que me recuerda mucho a lo que intentamos hacer aquí en España con los centros de emprendimiento en ciudades que no son necesariamente Madrid o Barcelona. Es ese empeño por descentralizar el talento. Porque, seamos sinceros, el ingenio no entiende de códigos postales, pero las oportunidades, por desgracia, a veces sí.
La IA no es magia, es «picar» piedra digital
A veces me da la sensación de que nos están vendiendo la Inteligencia Artificial como si fuera una lámpara de Aladino. Frotas el ChatGPT y, ¡pum!, tus problemas desaparecen. Pero los que andamos metidos en este mundillo sabemos que la IA es, sobre todo, datos, matemáticas y muchísimas horas de probar, fallar y volver a probar. Lo que SIDE está haciendo en Cuauhtémoc no es dar una charla motivacional; es meter a los participantes en un entorno donde tienen que entender cómo funcionan estos algoritmos por dentro.
Para que nos entendamos: no es lo mismo usar una herramienta que construirla. En estos eventos de «hacking», lo que se busca es que el chaval que estudia ingeniería o el profesional que quiere reciclarse entienda que puede coger un modelo de lenguaje, ajustarlo con datos de su entorno (ya sea agricultura, comercio local o logística) y crear algo que aporte valor real. No se trata de «revolucionar» el mundo (odio esa palabra, suena a anuncio de teletienda), sino de mejorar un proceso un 5% o un 10%. Y eso, al final del día, es lo que mueve la economía.
¿Por qué Cuauhtémoc? El valor de lo local
Podrían haber hecho esto solo en las grandes capitales, donde ya hay fibra óptica de sobra y cafeterías que te cobran seis euros por un café con leche de avena. Pero llevarlo a Cuauhtémoc tiene un mensaje claro: la tecnología es el gran igualador. Si tienes una conexión a internet y una neurona funcionando, puedes competir con cualquiera.
En España tenemos ejemplos parecidos. Mira lo que pasa en Málaga o en zonas de Galicia con el sector TIC. Se crean ecosistemas donde antes solo había industria tradicional o agricultura. La IA aplicada a la vida real es donde está el verdadero «hacking». Imagina un sistema de visión artificial que ayude a clasificar la producción de manzana en la región, o un modelo predictivo para optimizar el riego. Eso no es ciencia ficción, es lo que se está cociendo en estos encuentros.
Un poco de código para bajar a la tierra
Como sé que a muchos de los que leéis aquinohayquienviva.es os gusta ver qué hay debajo del capó, vamos a imaginar qué tipo de cosas se pueden estar probando en un evento de este tipo. No hace falta ser un genio de la NASA. Hoy en día, con Python y un par de librerías, puedes montar un prototipo funcional en una tarde.
Por ejemplo, si alguien quisiera analizar el sentimiento de las quejas ciudadanas o de los comentarios en redes sociales sobre un servicio local, el código no sería mucho más complejo que esto (ojo, que esto es una simplificación, no me saltéis al cuello los puristas):
import openai
# Imaginemos que estamos usando la API de OpenAI para analizar problemas locales
def analizar_problema_local(texto_queja):
prompt = f"Analiza la siguiente queja de un ciudadano de Cuauhtémoc y clasifícala en: Infraestructura, Seguridad o Servicios. Queja: {texto_queja}"
respuesta = openai.ChatCompletion.create(
model="gpt-3.5-turbo",
messages=[{"role": "user", "content": prompt}]
)
return respuesta.choices[0].message.content
# Ejemplo de uso
queja = "El bache en la calle 5ª lleva tres semanas y nadie viene a arreglarlo."
print(f"Resultado del hacking: {analizar_problema_local(queja)}")
Vaya, que con diez líneas de código ya tienes una herramienta que podría ayudar a un ayuntamiento a priorizar reparaciones. La gracia del «Hacking Innovation» es que los participantes no se quedan en el «esto se podría hacer», sino que lo hacen. Se pelean con las APIs, se frustran porque la clave de acceso no funciona y celebran cuando el código por fin corre sin errores. Esa es la esencia hacker.
El papel de las instituciones: ¿Ayudan o estorban?
Aquí entramos en terreno pantanoso. A veces, cuando el gobierno se mete en temas de tecnología, lo hace con un retraso de cinco años y una burocracia que te quita las ganas de vivir. Sin embargo, la iniciativa de SIDE parece tener un enfoque más fresco. Al colaborar con el ecosistema de «Hacking Innovation», están admitiendo que ellos no tienen todas las respuestas y que necesitan el talento joven y disruptivo.
En España, tenemos el ejemplo de las aceleradoras públicas o los fondos Next Generation. La intención es buena, pero a veces el dinero se queda en informes de consultoras que no han escrito una línea de código en su vida. Lo que me gusta de este formato de Chihuahua es que parece más orientado a la acción, al «bootcamp», a sudar la camiseta digital. Es un modelo que deberíamos copiar más a menudo por aquí: menos PowerPoints y más prototipos.
La importancia de fallar rápido
En la cultura tradicional, el error se castiga. Si montas un proyecto y sale mal, eres un fracasado. En el mundo del hacking y la IA, el error es información. Si tu modelo de red neuronal tiene un sesgo espantoso, no pasa nada; lo ajustas, cambias los pesos y vuelves a entrenar.
Este cambio de mentalidad es lo más difícil de transmitir en regiones donde la economía ha sido siempre muy estable o basada en sectores tradicionales. La IA te obliga a ser ágil. Y eventos como este son como un gimnasio para esa agilidad mental. Además, la verdad es que te lo pasas bien. Hay una energía especial en una sala llena de gente intentando romper cosas para construirlas mejor.
¿Qué impacto real tiene esto en el mercado laboral?
No nos engañemos, nadie se convierte en experto en IA en un fin de semana. Pero estos eventos son la chispa. Un chaval de Cuauhtémoc que hoy descubre que puede programar un bot que entiende el lenguaje natural, mañana se apuntará a un grado especializado o empezará a aprender por su cuenta en plataformas online.
La demanda de perfiles técnicos en España y en todo el mundo está por las nubes. Pero ya no buscamos solo al que sabe Java o C++. Buscamos gente que sepa integrar la IA en procesos de negocio. El mercado laboral ya no pide «expertos en herramientas», pide «solucionadores de problemas». Y el hacking es, por definición, la disciplina de solucionar problemas con lo que tienes a mano.
- Creación de redes: Estos eventos sirven para que el programador conozca al diseñador y al experto en negocios. De ahí salen las startups.
- Visibilidad: Las empresas locales se asoman a ver qué se está cocinando y acaban contratando talento que ni sabían que existía en su propia ciudad.
- Actualización: Obliga a los profesionales senior a salir de su zona de confort y ver que el mundo ha cambiado desde que ellos estudiaron.
La ética y el elefante en la habitación
No puedo escribir sobre IA y hacking sin mencionar la ética. Es un tema que me quita el sueño a veces (bueno, eso y el exceso de cafeína). Cuando acercamos la IA a una comunidad, también tenemos que hablar de privacidad, de sesgos y de qué pasa con los empleos que se automatizan.
Si mal no recuerdo, hace poco hubo un debate intenso sobre cómo los algoritmos de contratación estaban descartando currículums de mujeres simplemente porque el modelo se había entrenado con datos históricos sesgados. En un entorno de «hacking», es vital que alguien levante la mano y diga: «Oye, esto funciona, pero ¿es justo?».
Espero que en las sesiones de Cuauhtémoc también se hable de esto. No se trata solo de ser el más rápido programando, sino de ser el más responsable. En Europa tenemos el Reglamento de Inteligencia Artificial (AI Act), que es un tostón de leer pero que pone unos límites necesarios. En México y otros lugares, el debate está más abierto, pero la responsabilidad del «hacker» es la misma en todas partes.
¿Y ahora qué? El día después del evento
El gran peligro de estas iniciativas es que se queden en un «fuego de artificio». Un fin de semana muy intenso, muchas fotos con políticos, palmaditas en la espalda y luego… nada. El código se queda en un repositorio de GitHub cogiendo polvo digital y la gente vuelve a su rutina.
Para que el «Hacking Innovation» de SIDE tenga éxito de verdad, necesita continuidad. Necesita que esos prototipos tengan una vía para convertirse en productos reales. Quizás a través de microcréditos, de mentorías o de que las propias instituciones actúen como «clientes» de esas soluciones.
La verdad es que soy optimista. He visto proyectos que empezaron en una servilleta durante un hackathon y que hoy son empresas que dan trabajo a cincuenta personas. Y lo mejor es que esas personas no han tenido que irse a una megaciudad para prosperar. Se han quedado en su tierra, aportando valor a su comunidad.
Un pequeño consejo para los que empiezan
Si me estás leyendo y te pica el gusanillo de la IA pero te da miedo porque no sabes matemáticas avanzadas, te diré un secreto: la mayoría de nosotros tampoco somos matemáticos. Empezamos «cacharreando».
- No tengas miedo a romper cosas: En el software, casi todo tiene arreglo.
- Lee mucha documentación: Es aburrido, lo sé, pero ahí están los tesoros.
- Copia y entiende: Mira código de otros, cópialo, ejecútalo y luego intenta cambiar algo para ver qué pasa. Es la mejor forma de aprender.
- Busca un problema real: No intentes crear el próximo Facebook. Intenta crear algo que le sirva a tu panadero o a tu primo el que tiene un taller.
La conclusión que saco de todo esto…
Al final del día, lo que está pasando en Cuauhtémoc con el apoyo de SIDE es un reflejo de una necesidad global. Necesitamos democratizar la tecnología. No podemos permitir que la Inteligencia Artificial sea un club privado para unos pocos privilegiados con servidores de miles de euros.
El hacking es la herramienta para abrir esa puerta. Es la actitud de decir: «Yo también puedo usar esto para mejorar mi entorno». Ya sea en el norte de México o en un pueblo de Extremadura, el espíritu es el mismo. Se trata de curiosidad, de resiliencia y de un poquito de rebeldía contra el «siempre se ha hecho así».
Ojo con lo que sale de ahí, porque a veces las ideas más potentes no vienen de los laboratorios más caros, sino de una sala llena de gente con ganas de demostrar que ellos también tienen algo que decir en este futuro que ya está aquí. Y si de paso se divierten y aprenden a usar una tecnología que va a definir las próximas décadas, pues oye, eso que nos llevamos todos.
Vaya, que si esto sirve para que un par de personas dejen de tenerle miedo a la pantalla negra y empiecen a verla como un lienzo en blanco, el esfuerzo ya habrá valido la pena. Estaremos atentos a ver qué proyectos salen de Cuauhtémoc, porque igual nos dan una lección de innovación a todos.
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