A veces tengo la sensación de que nos han vendido una moto averiada. Nos han hecho creer que la ciencia es algo que solo sucede en laboratorios asépticos, con gente que lleva batas impecables y que habla un idioma que el resto de los mortales no alcanzamos a descifrar. Pero, la verdad es que, si rascamos un poco en la historia, la realidad es mucho más sucia, caótica y, sobre todo, colectiva. De eso va precisamente el nuevo libro de Antonio Lafuente, Ciencia en común. Y no, no es otro tostón académico para rellenar estanterías; es más bien un puñetazo en la mesa para recordarnos que los amateurs, los activistas y los hackers han tenido tanto que ver con el progreso como cualquier premio Nobel.
Me pillas hoy con el tercer café en la mano y dándole vueltas a cómo hemos llegado a este punto de desconexión. Aquí en España, y más concretamente cuando paseo por el puerto de mi Cartagena, no puedo evitar pensar en Isaac Peral. Vale, era militar, pero su espíritu tenía mucho de ese «hacker» del que habla Lafuente. Peral no se limitó a seguir el manual; se obsesionó con un problema, buscó soluciones fuera de lo establecido y, al final, se pegó de bruces con una burocracia que no entendía que el conocimiento no siempre pide permiso. Esa es la esencia de lo que Lafuente rescata: la ciencia como algo que nos pertenece a todos, no como un coto privado de caza para expertos titulados.
El mito del genio solitario y la rebelión de los aficionados
La historia oficial de la ciencia es un poco como una película de Hollywood: siempre hay un héroe solitario que tiene un momento «eureka» bajo un manzano o mirando por un telescopio. Pero, seamos sinceros, eso es un cuento chino. La mayoría de los grandes avances han necesitado de una red invisible de personas que, por puro amor al arte (o por necesidad extrema), se dedicaron a observar, anotar y compartir. Lafuente pone el foco en los amateurs, esos que hoy llamaríamos «aficionados», pero que en los siglos XVII y XVIII eran el motor real de la curiosidad europea.
Fíjate en la botánica o en la astronomía. Durante décadas, fueron ciudadanos de a pie —clérigos con mucho tiempo libre, boticarios o simples curiosos— quienes cartografiaron el cielo y clasificaron la flora de medio mundo. En España, esta tradición de «ciencia de barrio» o de «ciencia de casino» (de los de antes, de los de tertulia y periódico) fue fundamental. Lo que pasa es que, cuando la ciencia se profesionalizó y se metió en la universidad, a toda esta gente se la barrió debajo de la alfombra. Se les empezó a ver como intrusos. Y es una pena, porque esa pasión desinteresada es la que suele encontrar los caminos que la academia, a veces demasiado rígida, ni siquiera se atreve a mirar.
Vaya, que lo que nos propone Ciencia en común es recuperar ese orgullo de ser «amateur». No en el sentido de hacer las cosas mal, sino en el sentido etimológico: el que ama lo que hace. Y en un mundo donde todo parece estar medido por el rendimiento económico o el impacto de una publicación en una revista de pago, volver a esa raíz es casi un acto de rebeldía.
Activistas: cuando la ciencia es una cuestión de supervivencia
Hay una parte del libro que me toca especialmente la fibra, y es la que habla de los activistas. A veces, la ciencia no avanza porque alguien quiera ganar una medalla, sino porque un grupo de personas no tiene más remedio que investigar para no morir o para que no destruyan su entorno. Lafuente menciona casos que resuenan mucho con lo que vivimos aquí. Pienso, por ejemplo, en los movimientos vecinales en España durante los años 70 y 80, o más recientemente, en la lucha por el Mar Menor en nuestra Región de Murcia.
¿Qué pasa cuando las instituciones no te dan los datos que necesitas? Pues que te los fabricas tú. Eso es ciencia activista. Vecinos que se ponen a medir la calidad del aire porque sospechan que la fábrica de al lado les está envenenando, o asociaciones de pacientes con enfermedades raras que terminan sabiendo más de genética que los propios médicos de cabecera. Estos grupos no buscan «la verdad absoluta» en un sentido abstracto; buscan soluciones. Y al hacerlo, democratizan el conocimiento. Obligan a los expertos a bajar del pedestal y a dialogar de tú a tú.
La verdad es que este enfoque cambia totalmente el juego. Ya no es «yo, el científico, te explico a ti, el ignorante, cómo funciona el mundo». Ahora es «nosotros, que sufrimos este problema, vamos a usar las herramientas de la ciencia para exigir cambios». Es una ciencia con barro en las botas, y me parece que es la más necesaria que tenemos ahora mismo.
Hackers y el código como bien común
Y luego están los hackers. Ojo, que no hablo de chavales con capucha intentando entrar en el servidor del Pentágono (que también, pero eso es otra historia). Hablo de la ética hacker: la idea de que el conocimiento debe ser abierto, compartido y mejorable por cualquiera. Antonio Lafuente conoce muy bien este mundo, sobre todo por su vinculación con proyectos como Medialab-Prado en Madrid, que fue un faro de este tipo de pensamiento hasta que, bueno, ya sabemos cómo terminan a veces estas cosas con la política de por medio.
En el libro se explora cómo el software libre y la cultura del «hazlo tú mismo» (DIY) han permeado en la forma de hacer ciencia. Si el código de un programa es abierto, cualquiera puede auditarlo, arreglarlo o adaptarlo. ¿Por qué no hacemos lo mismo con los experimentos científicos? ¿Por qué los resultados de investigaciones pagadas con nuestros impuestos terminan bloqueados tras muros de pago de editoriales privadas? Es un sinsentido total.
Para que nos entendamos: el hacker es el que abre la caja negra para ver cómo funciona el motor. Y esa curiosidad por «destripar» la realidad es la que permite que la ciencia no se convierta en un dogma. En España tenemos comunidades de makers y hackers increíbles, desde Barcelona hasta Granada, pasando por los laboratorios ciudadanos que intentan mantener viva esa llama. Son gente que, con una impresora 3D y cuatro placas de Arduino, te montan una estación meteorológica o un prototipo de prótesis de bajo coste. Eso es ciencia en común en estado puro.
El «Procomún»: una palabra rara para algo muy nuestro
Si hay un concepto que atraviesa todo el trabajo de Lafuente es el del «procomún» (o the commons, si nos ponemos internacionales). A ver cómo explico esto sin que parezca una clase de derecho. El procomún es aquello que no es ni privado (de una empresa) ni público (del Estado), sino que pertenece a la comunidad y es gestionado por ella. El aire, el agua de riego en las huertas tradicionales, o incluso Wikipedia.
Lafuente sostiene que la ciencia debería ser tratada como un procomún. Y aquí es donde la cosa se pone interesante. Si la ciencia es de todos, entonces todos tenemos derecho a participar en su gobernanza. No se trata solo de que nos cuenten los resultados en un documental de la 2 los domingos por la tarde, sino de participar en la elección de qué se investiga y para qué.
Me viene a la cabeza la historia de los molinos de viento en La Mancha o las acequias aquí en el Levante. Eran sistemas tecnológicos complejos, fruto de siglos de observación y «ciencia popular», gestionados por los propios usuarios. Nadie tenía la patente del diseño de una acequia, pero todo el mundo sabía cómo funcionaba y cómo mantenerla. Ese modelo de gestión colectiva es el que Lafuente propone rescatar para el siglo XXI. Frente a la privatización del conocimiento (las patentes farmacéuticas, por ejemplo) y el control estatal rígido, el procomún ofrece una tercera vía mucho más humana y resiliente.
¿Por qué nadie los recuerda así?
El subtítulo del libro, o al menos la idea que circula en su presentación, es demoledora: «Amateurs, activistas y hackers cambiaron la historia de la ciencia. Solo que nadie los recuerda así». Y es verdad. Si vas a cualquier museo de ciencia, verás bustos de señores muy serios con peluca o barba. Pero no verás una placa dedicada a las parteras que, mediante la observación empírica, salvaron miles de vidas antes de que la obstetricia fuera una carrera universitaria. Ni verás menciones a los navegantes anónimos que corrigieron las cartas náuticas de los cartógrafos reales porque ellos eran los que realmente se jugaban el pellejo en el mar.
Hay un proceso de borrado sistemático. La institución científica, para ganar prestigio y autoridad, necesitó crear una frontera clara entre el «experto» y el «profano». Y en ese proceso, se perdió mucha riqueza. Se perdió la conexión con la realidad cotidiana. Por eso, libros como el de Antonio Lafuente son tan necesarios. No es solo una cuestión de justicia histórica; es una cuestión de futuro. Si queremos enfrentar retos como el cambio climático o las futuras pandemias, no podemos depender solo de lo que decidan cuatro expertos en un despacho. Necesitamos la inteligencia colectiva de toda la sociedad.
La ciencia en la barra del bar (o en el laboratorio ciudadano)
A veces me preguntan por qué escribo sobre estas cosas en un blog que se llama «Aquí no hay quien viva». Pues precisamente por eso, porque la ciencia es parte de nuestra convivencia. No es algo ajeno a nuestra comunidad, a nuestros problemas con el alquiler, a la contaminación de nuestras playas o a cómo usamos nuestros teléfonos móviles. La ciencia está en la calle, o debería estarlo.
La propuesta de Lafuente es, en el fondo, una invitación a que nos quitemos el miedo. A que dejemos de pensar que «yo de eso no entiendo» y empecemos a preguntar «¿y esto por qué funciona así?». La verdad es que todos tenemos un poco de amateur, de activista o de hacker dentro. Cuando intentas arreglar un electrodoméstico que la obsolescencia programada ha decidido matar, estás hackeando. Cuando te juntas con tus vecinos para entender por qué hay tantos casos de alergia en el barrio, estás haciendo ciencia activista.
En España, tenemos una oportunidad de oro para liderar este cambio de paradigma. Tenemos una red de centros culturales y laboratorios ciudadanos que son la envidia de muchos países. Lo que nos falta, quizás, es creérnoslo un poco más y dejar de mirar siempre hacia fuera buscando la validación de los grandes centros de poder. La ciencia en común empieza en lo local, en lo pequeño, en lo que nos afecta directamente.
Un pequeño desvío por la Cartagena de Peral
Si me permitís una pequeña digresión (ya sabéis que me pierdo con la historia de mi tierra), volvamos un momento a Isaac Peral. Su historia es el ejemplo perfecto de lo que pasa cuando la «ciencia oficial» se cierra en banda. Peral no solo inventó un submarino; inventó un sistema eléctrico completo, resolvió problemas de profundidad y armamento que parecían imposibles. Y lo hizo con un equipo pequeño, con recursos limitados y con mucha inventiva «hacker».
¿Qué recibió a cambio? Desprecio por parte de los que se consideraban los «verdaderos» expertos en Madrid. Al final, su proyecto fue saboteado por envidias y por una visión estrecha de lo que debía ser la innovación tecnológica en España. Si hubiéramos tenido una cultura de «ciencia en común» en aquel entonces, si el conocimiento de Peral se hubiera compartido y protegido como un procomún, quizás la historia naval de este país habría sido muy distinta. Pero preferimos el secretismo y la jerarquía. Es una lección que no deberíamos olvidar.
¿Cómo empezamos a hacer ciencia en común hoy?
Seguramente te estarás preguntando: «Vale, muy bonito todo, pero yo qué hago». Pues la respuesta es más sencilla de lo que parece. No hace falta que te matricules en Física Cuántica (aunque si te apetece, adelante, oye). Hacer ciencia en común es, ante todo, una actitud.
- Cuestiona las cajas negras: No aceptes que algo funciona «por arte de magia». Ya sea un algoritmo de redes sociales o el recibo de la luz, intenta entender la lógica que hay detrás.
- Comparte lo que sabes: Si has descubierto una forma más eficiente de cultivar tomates en tu balcón o de optimizar el código de una web, no te lo guardes. Ponlo en común.
- Participa en proyectos de ciencia ciudadana: Hay muchísimas iniciativas en España donde puedes colaborar, desde contar aves migratorias hasta analizar la calidad del agua de tu zona. Tu móvil es un laboratorio portátil, úsalo para algo más que para ver vídeos de gatitos.
- Apoya lo abierto: Siempre que puedas, elige software libre, publicaciones de acceso abierto y hardware que se pueda reparar. Es una forma política de decir que el conocimiento no debe tener dueño.
Al final del día, lo que Antonio Lafuente nos está diciendo es que la ciencia es demasiado importante como para dejársela solo a los científicos. Es una herramienta de libertad, de autonomía y de cuidado mutuo. Y en estos tiempos que corren, donde la desinformación y el control tecnológico parecen ganarnos la partida, recuperar la «ciencia en común» es, posiblemente, la mejor defensa que tenemos.
La verdad es que me he quedado a gusto soltando todo esto. Espero que, la próxima vez que pases por delante de un centro de investigación o que leas una noticia sobre un nuevo descubrimiento, te acuerdes de que tú también tienes un sitio en esa mesa. Que la ciencia no es un templo, es una plaza pública. Y en las plazas, ya se sabe, es donde ocurre la vida de verdad.
Vaya, que si tienes oportunidad, échale un ojo al libro. No porque lo diga yo, sino porque te va a dar ganas de abrir las ventanas y dejar que entre un poco de aire fresco en esa idea tan cerrada que tenemos de lo que significa saber cosas. Y ahora, si me disculpáis, voy a ver si hackeo un poco mi cafetera, que me da a mí que este último café no ha salido como debería. ¡Nos vemos por la plaza!
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