IA / agosto 26, 2026 / 12 min de lectura / 👁 234 visitas

Esa extraña sensación de que nos la están colando (y por qué suele ser verdad)

Esa extraña sensación de que nos la están colando (y por qué suele ser verdad)

El otro día estaba tomando un café con mi madre —uno de esos cafés largos de media tarde donde se arregla el mundo— y me enseñó un vídeo en el móvil. Era una actriz, o eso parecía, diciendo cosas que sonaban demasiado perfectas, demasiado ensayadas, pero con una naturalidad que te hacía dudar. Mi madre, que es de las que todavía se pelea con el mando de la tele si le cambian el orden de los canales, me soltó: «Hijo, qué bien habla esta mujer, parece que me está leyendo el pensamiento». Y ahí es cuando tuve que soltarle la bomba: «Ay, mamá… si supieras que eso no es una persona, sino una IA».

Se quedó a cuadros. Y no la culpo. La verdad es que estamos llegando a un punto donde la línea entre lo que ha hecho un humano y lo que ha escupido un procesador en un servidor de Ohio es tan fina que ya ni con papel de fumar se distingue. No es solo que la tecnología avance, es que se ha vuelto invisible. Ya no son robots con luces parpadeantes que dicen «hola-soy-tu-amigo»; ahora son voces que te llaman por teléfono para confirmarte una cita médica o vídeos en Instagram que te dejan con el culo torcido porque no sabes si esa persona existe de verdad o es un puñado de píxeles muy bien ordenados.

Lo que pasó con el vídeo de Adriana Fonseca es solo la punta del iceberg. Ese «¡Ay, mamá!» es el grito de guerra de una generación que se está dando cuenta de que el mundo ha cambiado mientras pestañeaban. Y ojo, que no hablo solo de gente mayor. A nosotros, los que nos creemos muy listos porque sabemos lo que es un prompt, también nos la cuelan doblada día sí y día también.

La IA que ya usabas antes de que se pusiera de moda

A ver, vamos a poner un poco de orden en este caos. Parece que la Inteligencia Artificial nació ayer con ChatGPT, pero la realidad es que llevamos años conviviendo con ella sin llamarla por su nombre. Es como ese vecino que te cruzas en el ascensor todos los días: sabes que está ahí, pero no te has parado a preguntarle cómo se llama.

¿Te acuerdas de cuando Netflix te recomendó esa serie coreana que terminaste viéndote en un fin de semana? Eso era IA. ¿O cuando el corrector del móvil te cambia «mañana» por «manzana» y te arruina la vida social? También es IA (aunque una un poco torpe, la verdad). La diferencia es que antes eran algoritmos «tontos» de recomendación y ahora estamos en la era de la IA generativa. Vaya, que ahora la máquina no solo elige, sino que crea.

  • Los filtros de Instagram: No es solo maquillaje digital. Es un modelo de visión por computador que mapea tu cara en tiempo real. Si te ves más guapo, es gracias a las matemáticas.
  • El spam del correo: Ese filtro que evita que te lleguen ofertas de príncipes nigerianos funciona con redes neuronales que aprenden qué palabras huelen a chamusquina.
  • Google Maps: Cuando te dice que hay un atasco en la M-30 y te desvía por una calle secundaria, está procesando millones de datos en tiempo real para predecir el futuro inmediato. Si eso no es magia, se le parece mucho.

La cuestión es que nos hemos acostumbrado tanto a estas pequeñas ayudas que ya no las valoramos. Pero claro, cuando la IA empieza a poner caras, a clonar voces y a escribir poemas que ya quisiera más de uno para el día de los enamorados, ahí es cuando nos entra el miedito. Y es normal.

¿Cómo demonios sabe la máquina lo que tiene que decir?

Para que nos entendamos, y sin entrar en rollos de ingeniería que nos harían falta tres cafés más para digerir, una IA como la que vemos en esos vídeos virales no «piensa». No tiene una epifanía ni se levanta con ganas de crear contenido. Lo que hace es, básicamente, ser la mejor imitadora del mundo. Imagina que le das a alguien todos los libros escritos en español, todos los guiones de cine y todas las conversaciones de Twitter (bueno, mejor Twitter no, que saldría un poco maleducada). La máquina analiza los patrones: qué palabra suele ir después de otra, qué tono se usa para dar una noticia triste y cómo se mueve un labio al pronunciar la letra «p».

Al final del día, es pura estadística con esteroides. Si yo te digo «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero…», tu cerebro completa automáticamente «acordarme». Pues la IA hace lo mismo, pero a una escala bestial. Lo que pasa es que lo hace tan rápido y con tantos datos que parece que tiene alma. Pero no, lo que tiene son muchas tarjetas gráficas echando humo en algún centro de datos.

Un pequeño ejemplo de «lógica» de máquina

Si quisiéramos programar algo muy básico para que una IA decidiera si un comentario de Instagram es positivo o negativo (lo que llamamos análisis de sentimiento), el código —escrito de forma un poco irónica para que se entienda— sería algo así:

# Intentando entender a los humanos (misión casi imposible)
def analizar_comentario(texto):
    palabras_felices = ["me encanta", "brutal", "top", "ia", "madre mía"]
    palabras_vinagre = ["estafa", "fake", "horror", "miedo"]
    
    puntuacion = 0
    for palabra in texto.lower().split():
        if palabra in palabras_felices:
            puntuacion += 1
        elif palabra in palabras_vinagre:
            puntuacion -= 1
            
    if puntuacion > 0:
        return "El usuario está flipando (en el buen sentido)"
    else:
        return "Alguien necesita un abrazo o un café"

Obviamente, las IAs modernas no funcionan con una lista de palabras tan cutre. Usan algo llamado Transformers (y no, no son los coches que se hacen robots, aunque el nombre mola). Estos modelos son capaces de entender el contexto. Saben que no es lo mismo decir «¡Qué bruto eres!» cuando alguien hace una genialidad, que cuando alguien rompe un jarrón. Esa sutileza es la que nos está volando la cabeza últimamente.

El efecto «Lola Flores» y la IA con acento español

En España tenemos un ejemplo que a mí me parece el manual perfecto de «¡Ay, mamá! Si supieras…». ¿Os acordáis del anuncio de Cruzcampo donde aparecía Lola Flores hablando a las nuevas generaciones? La Faraona llevaba años fallecida, pero ahí estaba, con su fuerza y su acento, diciéndonos que el «manoseo» es importante. Eso fue un hito. No solo por la técnica (que fue un trabajo de chinos, o mejor dicho, de ingenieros muy pacientes), sino por el impacto emocional.

Ese anuncio nos demostró que la IA puede tocar fibras sensibles. Y ahí es donde entra el debate ético. Porque claro, si puedes «resucitar» a Lola Flores para vender cerveza, ¿qué impide que alguien use la voz de tu abuela para pedirte dinero por WhatsApp? Ojo con esto, porque los timos con clonación de voz están a la orden del día. Ya no vale con que «suene» como tu madre; ahora hay que tener una palabra clave familiar, como si estuviéramos en una peli de espías de los años 70.

La verdad es que en España nos estamos poniendo las pilas. Empresas como Telefónica o Inditex ya están integrando estas movidas en sus procesos. No es solo para hacer vídeos graciosos; es para gestionar inventarios de millones de prendas o para predecir cuándo se va a romper un cable de fibra óptica antes de que tú te quedes sin internet en medio de una partida al Fortnite.

¿Nos va a quitar el puesto de trabajo un algoritmo?

Esta es la pregunta del millón. La que sale siempre que se habla de IA en la barra del bar. «Es que la máquina lo hace más rápido y no pide vacaciones», dicen algunos. Y tienen parte de razón, pero solo parte. La IA es buenísima procesando datos, escribiendo correos corporativos aburridos y generando imágenes de gatitos en Marte. Pero le falta lo que nos sobra a nosotros: el sentido común y la mala leche (o la buena, según el día).

La IA no sabe lo que es el hambre, ni el cansancio, ni esa sensación de victoria cuando encuentras aparcamiento a la primera en el centro un sábado por la tarde. No tiene contexto vital. Puede escribir un artículo sobre la historia de la paella, pero no sabe a qué huele el sofrito ni por qué el «socarrat» es sagrado. Por eso, más que sustituirnos, lo que va a pasar es que los que sepan usar la IA van a adelantar por la derecha a los que se nieguen a tocarla ni con un palo.

Vaya, que el problema no es que la IA sea inteligente, el problema es que nosotros nos volvamos perezosos. Si dejas que la máquina escriba todos tus mensajes, al final acabarás hablando como un manual de instrucciones de una lavadora. Y eso, amigos, sí que es para echarse a temblar.

El valle inquietante: por qué nos da repelús

¿Te ha pasado alguna vez que ves un vídeo de una persona creada por IA y, aunque parece perfecta, hay algo que te da «cosica»? Como si algo no encajara, pero no sabes decir qué es. Eso tiene un nombre técnico: el Uncanny Valley o Valle Inquietante. Es una teoría que dice que cuanto más se parece un robot o una animación a un humano, más nos gusta… hasta que llega un punto en que se parece demasiado pero no llega a ser perfecto. En ese punto, nos produce rechazo, asco o miedo.

Es lo que pasa con muchos de esos vídeos de «influencers» virtuales. Los ojos no brillan igual, el parpadeo es un pelín mecánico o la piel parece de plástico. Nuestro cerebro, que lleva miles de años evolucionando para detectar engaños y peligros, nos lanza una alerta roja: «¡Cuidado, eso no es un humano de verdad!».

Lo curioso es que estamos saliendo de ese valle a una velocidad de vértigo. Las nuevas herramientas de generación de vídeo, como Sora o Kling, están consiguiendo que ese rechazo desaparezca. Y ahí es donde la frase «¡Ay, mamá! Si supieras…» cobra todo su sentido. Si ya no podemos confiar en nuestros ojos, ¿en qué vamos a confiar?

Cómo pillar a una IA en un renuncio

Si quieres jugar a ser detective y ver si ese vídeo que te han pasado por el grupo de la familia es real o es «maquinaria», fíjate en estos detalles:

  • Las manos: A la IA le cuesta horrores dibujar manos. A veces pone seis dedos, otras veces los dedos parecen salchichas que se fusionan. Si la persona del vídeo esconde las manos, sospecha.
  • Los pendientes: Por alguna razón, a los modelos de IA les cuesta mantener la simetría. Fíjate si lleva un pendiente diferente en cada oreja o si uno parece estar flotando.
  • El fondo: A veces el fondo se deforma cuando la persona se mueve. Si ves que una estantería se dobla como si fuera de chicle, ahí tienes a tu IA.
  • El parpadeo: Las primeras IAs no parpadeaban. Ahora lo hacen, pero a veces el ritmo es raro o los ojos no se cierran del todo.

La ética de la «mentira» digital

No todo es risas y filtros de gatitos. El tema de la IA generativa tiene una cara B bastante oscura. El caso de Adriana Fonseca, aunque sea un vídeo inofensivo o promocional, abre el melón de la identidad. Si yo puedo crear un vídeo tuyo diciendo que odias a tu jefe y mandárselo por correo, te he arruinado la vida en cinco minutos. Y lo peor es que tú no has hecho nada.

En España, la Unión Europea ya se ha puesto las pilas con la AI Act, la primera ley seria que intenta poner puertas al campo. No se trata de prohibir, sino de obligar a que se diga claramente: «Oye, esto lo ha hecho una máquina». Porque la transparencia es lo único que nos va a salvar de volvernos locos. Si sabemos que es IA, podemos disfrutar del truco de magia. Si nos lo venden como real, es una estafa.

Y luego está el tema de los derechos de autor. ¿De quién es el vídeo? ¿De la actriz, del programador que hizo el modelo, o de la empresa que pagó la suscripción? Es un lío legal de tres pares de narices que va a dar de comer a muchos abogados en los próximos años. Si mal no recuerdo, ya hay varios juicios en marcha de artistas que se han plantado porque las IAs han aprendido a dibujar usando sus obras sin permiso. Y tienen razón, la verdad.

El futuro que ya está aquí (y no es como en las pelis)

A menudo pensamos en el futuro de la IA como en Terminator o Matrix, con robots rebelándose y humanos viviendo en alcantarillas. Pero la realidad es mucho más mundana y, a la vez, más interesante. El futuro no es una guerra contra las máquinas, es una integración total.

Imagina que vas al médico y, antes de que entres, una IA ya ha analizado tus últimas diez analíticas, tu historial familiar y hasta el ritmo de tus pasos que registra tu reloj inteligente. El médico no pierde tiempo en mirar papeles; lo usa para hablar contigo, para entender cómo te sientes. Eso es usar la tecnología para ser más humanos, no menos.

O en la educación. Una IA podría explicarle matemáticas a un niño de diez años usando ejemplos de Minecraft porque sabe que le flipa el juego, mientras que a otro se lo explica con ejemplos de fútbol. Personalización extrema. Ese es el potencial real, más allá de los vídeos virales de Instagram.

¿Y ahora qué hacemos?

Pues lo primero es no entrar en pánico. La IA es una herramienta, como lo fue el fuego, la rueda o la fregona (gran invento español, por cierto). No es buena ni mala por naturaleza; depende de quién tenga el mando a distancia.

Lo segundo es aprender. No hace falta que te pongas a escribir código en Python como un loco, pero sí que entiendas cómo funciona el mundo en el que vives. Que cuando veas algo que parece demasiado perfecto, te pares un segundo y pienses: «¿Esto es real o es un ‘¡Ay, mamá!’?». La curiosidad es nuestra mejor defensa.

La verdad es que estamos viviendo un momento histórico. Somos la generación que vio nacer a la inteligencia no humana. Es un poco abrumador, sí, pero también es una pasada. Poder hablar con una máquina y que te ayude a organizar tus vacaciones o a entender la teoría de la relatividad es algo que hace veinte años sonaba a ciencia ficción de la barata.

Al final del día, lo que nos queda es la capacidad de asombro. Mi madre, después de que le explicara todo este rollo, me miró y me dijo: «Bueno, pues si la máquina esa es tan lista, dile que me diga qué voy a hacer mañana para comer, que no tengo ideas». Y ahí me pilló. Porque la IA te puede dar mil recetas, pero no sabe qué es lo que tienes en la nevera ni si te apetece más un guiso o una ensalada.

La conclusión que saco de todo esto es que, por mucha IA que haya, el toque humano sigue siendo el ingrediente secreto. Ese «¡Ay, mamá!» no es solo una frase, es la expresión de nuestra sorpresa ante un mundo que corre más que nosotros. Así que, la próxima vez que veas algo sospechoso en internet, sonríe, disfruta del avance tecnológico, pero no te olvides de llamar a tu madre para contarle que, efectivamente, eso sí que era IA.

Y ojo, que este texto lo he escrito yo, con mis cafés encima y mis dudas existenciales. O eso quiero que creas. ¿Ves? Ya te he hecho dudar. Bienvenido al siglo XXI.

¿Te ha gustado este artículo?

unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Resuelve la operación para enviar el comentario * Time limit is exhausted. Please reload the CAPTCHA.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.