ciencia / agosto 27, 2026 / 14 min de lectura / 👁 101 visitas

El termómetro de los ODS: ¿Realidad o carta a los Reyes Magos?

El termómetro de los ODS: ¿Realidad o carta a los Reyes Magos?

A veces me pregunto si no estaremos un poco obsesionados con medirlo todo. Desde los pasos que damos al día hasta las calorías de ese pincho de tortilla que nos acabamos de meter entre pecho y espalda. Pero, claro, cuando hablamos de ciencia, la cosa cambia. Aquí los números no son solo una cifra en una pantalla; son la brújula que nos dice si vamos por el buen camino o si nos estamos pegando un mamporro contra la realidad. La verdad es que, cuando nos ponemos a analizar «la ciencia en cifras», lo que estamos haciendo en realidad es radiografiar nuestra propia capacidad como sociedad para resolver problemas. Y ojo, que los datos que arrojan los últimos informes sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y la percepción ciudadana tienen mucha tela que cortar.

Seguro que habéis visto esos circulitos de colores en las solapas de los políticos o en los carteles de las paradas del autobús. Son los ODS, esa lista de diecisiete tareas pendientes que la humanidad se puso para 2030. Pero, ¿qué tiene que ver la ciencia con todo esto? Pues básicamente todo. Sin ciencia, los ODS son solo buenas intenciones escritas en un papel satinado muy bonito. La ciencia es la que pone los datos, la que inventa la placa solar más eficiente y la que nos dice cuántos microplásticos hay en el pescado que compramos en el mercado.

Si echamos un vistazo a los resultados generales por objetivos, la cosa está interesante. No es por ser pesimista, pero hay una brecha curiosa entre lo que los investigadores creen que están logrando y lo que los datos fríos dicen. Por ejemplo, en temas de salud y bienestar (el famoso ODS 3), la ciencia española siempre ha sacado pecho. Tenemos un sistema sanitario que, con sus más y sus menos, es la envidia de medio mundo, y una producción científica en biomedicina que no se queda atrás. Pero, claro, una cosa es publicar un artículo en una revista de prestigio en Boston y otra muy distinta es que esa innovación llegue a la cama del hospital de una ciudad de provincias en España.

La verdad es que la ciencia en cifras nos muestra que estamos invirtiendo mucho esfuerzo en el ODS 9 (Industria, Innovación e Infraestructura). Es lógico. Es donde está el dinero y donde las empresas tecnológicas, desde las grandes de Madrid hasta las startups de Valencia o Málaga, ven una oportunidad clara. Pero, ¿qué pasa con el ODS 13, el de la acción por el clima? Aquí los números bailan un poco más. Los investigadores están a tope con ello, pero la implementación real a veces se queda corta porque, al final del día, la ciencia propone y la política (y el presupuesto) dispone.

La brecha entre el laboratorio y la calle

Uno de los puntos más jugosos de los últimos informes es el comparativo entre lo que piensan los ciudadanos y lo que piensan los investigadores. Es como si hablasen idiomas distintos. Vaya, que si pones a un investigador del CSIC y a un vecino de cualquier barrio a charlar sobre ciencia, es probable que el primero hable de «transferencia de conocimiento» y el segundo de «por qué no han curado ya el cáncer o por qué la luz está tan cara».

  • La percepción del impacto: Los investigadores suelen ser más optimistas sobre el impacto de su trabajo en los ODS. Es normal, nadie quiere pensar que sus diez horas diarias en el laboratorio no sirven para cambiar el mundo. Sin embargo, el ciudadano de a pie es mucho más escéptico. Para el público general, si la ciencia no soluciona un problema tangible en su factura de la luz o en su lista de espera médica, parece que no avanza.
  • Prioridades cruzadas: Mientras que la comunidad científica está muy volcada en la investigación básica y en objetivos a largo plazo, la encuesta a ciudadanos revela una urgencia casi desesperada por soluciones inmediatas. La gente quiere ver la ciencia en el supermercado, en el coche y en el hospital, no solo en los congresos.
  • El lenguaje: Aquí es donde solemos meter la pata. A veces los científicos se olvidan de que no todo el mundo sabe qué es un polímero o cómo funciona la edición genética CRISPR. Esa falta de comunicación hace que las cifras de «éxito científico» no calen en la sociedad.

Me recuerda un poco a cuando intentas explicarle a tu abuelo cómo funciona la nube. Él solo quiere saber si sus fotos están seguras, no el protocolo de transferencia de datos. Con la ciencia pasa igual: los números dicen que producimos mucho, pero la gente se pregunta para qué sirve tanto papel si luego las soluciones tardan décadas en llegar.

Inversión en I+D: El eterno «quiero y no puedo» español

Si hablamos de cifras, no podemos esquivar el elefante en la habitación: el dinero. En España tenemos esa costumbre tan nuestra de quejarnos de que no se invierte suficiente en ciencia, y la verdad es que los datos nos dan la razón. Estamos lejos de ese 2% o 3% del PIB que manejan países como Alemania o Corea del Sur. Aquí, llegar al 1,5% ya nos parece un triunfo digno de celebración en la Cibeles.

Pero ojo, que no todo es culpa del Gobierno de turno (aunque su parte de responsabilidad tienen, claro). La inversión privada en España es el gran talón de Aquiles. Mientras que en otros países las empresas se pegan por financiar laboratorios universitarios, aquí todavía nos cuesta ver la ciencia como una inversión y no como un gasto. Es esa mentalidad de «que inventen ellos» que decía Unamuno y que parece que todavía no nos hemos quitado de encima del todo.

Para que nos entendamos, la ciencia en cifras en España es como intentar correr un maratón con una mochila llena de piedras. Tenemos el talento, tenemos las ganas, pero nos falta el combustible. Y aun así, con presupuestos que a veces dan ganas de llorar, los científicos españoles consiguen hitos que te dejan con la boca abierta. Es lo que yo llamo la «ciencia de guerrilla»: hacer mucho con muy poco.

¿En qué nos gastamos los cuartos?

Si desglosamos ese presupuesto, vemos que la mayor parte se va a salarios y mantenimiento. Poco queda para la verdadera experimentación disruptiva. Además, hay una centralización brutal. Madrid y Barcelona se llevan la parte del león de los recursos. Si eres un investigador brillante en una universidad de Extremadura o de Castilla-La Mancha, lo tienes mucho más crudo para acceder a grandes infraestructuras. Esto crea una España de dos velocidades también en lo científico, algo que los datos de los ODS reflejan claramente cuando hablamos de «Reducción de las desigualdades» (ODS 10).

La verdad es que, si mal no recuerdo, las últimas estadísticas indicaban un ligero repunte en la contratación de investigadores, pero muchos de esos contratos son temporales o dependen de proyectos específicos que se acaban en tres años. Así es muy difícil asentar una base sólida. Es como intentar construir una casa empezando por el tejado y con materiales prestados.

La Inteligencia Artificial y el nuevo paradigma de los datos

No puedo hablar de ciencia en cifras sin mencionar a la reina del baile: la Inteligencia Artificial (IA). La IA ha cambiado las reglas del juego de cómo medimos el progreso científico. Ya no se trata solo de cuántos experimentos haces, sino de cómo procesas los terabytes de datos que esos experimentos generan. En España, empresas como Indra o Telefónica, y un montón de centros de supercomputación (como el de Barcelona con su MareNostrum), están intentando que no nos quedemos atrás en esta carrera.

La IA está ayudando a que las cifras de los ODS mejoren, al menos sobre el papel. Por ejemplo, en agricultura (ODS 2: Hambre Cero), el uso de algoritmos para predecir cosechas o gestionar el agua de forma eficiente está haciendo que los números de productividad suban sin necesidad de gastar más recursos. Es ciencia aplicada pura y dura, de esa que sí entiende el ciudadano cuando ve que el precio del tomate no sube tanto como se esperaba.

Pero claro, la IA también tiene su lado oscuro en las estadísticas. Consume una cantidad de energía brutal. Así que, mientras mejoramos en innovación, a veces empeoramos en sostenibilidad energética. Es la pescadilla que se muerde la cola. Los investigadores están ahora mismo rompiéndose la cabeza para que los algoritmos sean «verdes». Vaya, que no nos salga más caro el collar que el perro.

El código como nueva probeta

Hoy en día, un biólogo pasa casi más tiempo delante de una consola de Python que delante de un microscopio. El código es la nueva herramienta de laboratorio. Y aquí es donde la formación en España tiene un reto. Los datos dicen que nos faltan perfiles híbridos: gente que sepa de biología y de programación, de historia y de análisis de datos. La ciencia en cifras nos advierte de que, si no actualizamos el sistema educativo, nos vamos a quedar con un montón de microscopios muy caros que nadie sabe usar para procesar datos masivos.

Os pongo un ejemplo rápido de cómo se ve esto en el día a día de un investigador (con un toque de ironía, claro):

# Intento de un investigador español de procesar datos con presupuesto limitado
import time

def procesar_datos_cientificos(datos):
    try:
        print("Analizando datos para salvar el mundo...")
        # Simulamos un proceso pesado
        time.sleep(5) 
        return "Resultado: Necesitamos más financiación"
    except MemoryError:
        return "Error: El ordenador de la facultad tiene 15 años"

print(procesar_datos_cientificos("Secuencia_Genetica_Importante"))

Bromas aparte, la realidad es que la digitalización de la ciencia es imparable. Las cifras de publicaciones que incluyen análisis de Big Data han crecido exponencialmente en la última década en nuestro país. Eso es bueno, pero requiere una infraestructura que no siempre está a la altura.

La ciencia y la calle: ¿Qué nos dicen las encuestas de percepción?

Me resulta fascinante ver cómo cambia la película según a quién le preguntes. La Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) hace unos estudios magníficos sobre esto. La última vez que leí uno de sus informes, me llamó la atención que la confianza en los científicos sigue siendo altísima, mucho más que en los políticos o los periodistas (lo siento por la parte que me toca). Pero esa confianza es un arma de doble filo.

La gente confía en la ciencia como si fuera una especie de magia moderna. «Ya inventarán algo», decimos cuando hablamos del cambio climático o de las pensiones. Y claro, cuando las cifras no acompañan o los resultados tardan en llegar, aparece la frustración. El ciudadano medio, según las encuestas, siente que la ciencia es algo que ocurre en edificios grises de Madrid o Valencia, lejos de su realidad cotidiana.

Para que nos entendamos, hay un divorcio emocional. Los investigadores están preocupados por el ODS 7 (Energía asequible y no contaminante) desde un punto de vista técnico: eficiencia de materiales, almacenamiento en baterías de litio, etc. El ciudadano está preocupado por el ODS 7 porque no puede poner la calefacción en enero. Si la ciencia no consigue conectar esos dos puntos, las cifras de «éxito» seguirán siendo solo eso, números en un PDF que nadie lee.

El papel de la divulgación

Aquí es donde entramos los que nos dedicamos a contar historias. La divulgación científica en España ha pegado un salto de gigante. Ya no solo tenemos el mítico «Redes» (que en paz descanse el gran Punset), sino una legión de youtubers, podcasters y blogueros que intentan traducir esas cifras áridas a un lenguaje que se entienda en la barra de un bar. Y es fundamental. Porque si el ciudadano no entiende por qué es importante invertir en ciencia básica, nunca presionará para que los presupuestos cambien.

La verdad es que la ciencia en cifras nos dice que los países que mejor comunican sus avances son los que más inversión consiguen. No es casualidad. Es una cuestión de cultura científica. En España, todavía tenemos esa espinita clavada de que la ciencia es «de letras» o «de ciencias», como si el mundo se pudiera dividir en dos cajones estancos. Los ODS nos demuestran que no, que todo está mezclado: la economía, la biología, la sociología y hasta la ética.

Casos de éxito: Cuando los números cuadran

No todo va a ser quejarse, que nos conocemos. En España tenemos ejemplos de que, cuando se quiere, se puede. Mirad el sector de las energías renovables. Las cifras aquí son espectaculares. Somos uno de los países líderes en producción eólica y solar. Esto no ha caído del cielo (bueno, el sol y el viento sí, pero la tecnología no). Es el resultado de décadas de investigación en centros como el CIEMAT o en departamentos de ingeniería de universidades de todo el país.

Este éxito impacta directamente en varios ODS:

  • ODS 7 (Energía): Obvio, estamos descarbonizando la red eléctrica a pasos agigantados.
  • ODS 13 (Clima): Menos emisiones de CO2 gracias a que quemamos menos carbón.
  • ODS 8 (Trabajo decente): El sector de las renovables crea miles de empleos cualificados en zonas rurales, ayudando a combatir la España vaciada.

Otro ejemplo es la biotecnología agraria. En regiones como Murcia o Almería, la ciencia ha convertido desiertos en huertos que alimentan a media Europa. Las cifras de eficiencia hídrica en esos invernaderos son de otro planeta. Se aprovecha cada gota de agua como si fuera oro líquido. Eso es ciencia en cifras, aplicada a la supervivencia y al desarrollo económico local.

El reto de la igualdad en la ciencia

No podemos cerrar este análisis sin hablar del ODS 5: Igualdad de género. Si miramos las cifras de la ciencia en España, vemos un fenómeno curioso que los sociólogos llaman «la tubería que gotea». En las carreras de ciencias hay muchísimas mujeres, a veces incluso más que hombres. Pero, a medida que subimos en la escala jerárquica (catedráticos, directores de centros de investigación, premios nacionales), el número de mujeres cae en picado.

¿Por qué? Pues por lo de siempre: dificultades para la conciliación, techos de cristal y una estructura académica que parece diseñada en el siglo XIX. Las cifras nos dicen que estamos perdiendo un talento brutal. No es solo una cuestión de justicia social, es una cuestión de eficiencia. Ningún país puede permitirse el lujo de desperdiciar el 50% de su capacidad intelectual. La verdad es que se están haciendo esfuerzos, con leyes de ciencia que obligan a planes de igualdad, pero los números todavía no reflejan un cambio real y profundo. Va lento, demasiado lento para los tiempos que corren.

La ciencia joven: ¿Fuga de cerebros o movilidad necesaria?

Este es otro tema que me toca la fibra. Las cifras de investigadores jóvenes que se van de España siguen siendo preocupantes. Se suele decir que «la ciencia es internacional» y que «moverse es bueno». Y es verdad. Pero una cosa es irse a Alemania o a Estados Unidos para aprender una técnica nueva y otra muy distinta es irse porque aquí solo te ofrecen un contrato de 900 euros y tres meses de duración después de haberte tirado seis años haciendo un doctorado.

La ciencia en cifras nos muestra que España exporta talento formado con dinero público para que otros países recojan los beneficios económicos de sus descubrimientos. Es, posiblemente, el negocio más ruinoso de nuestra historia reciente. Para que nos entendamos: pagamos la formación de un cirujano o de un físico de partículas para que luego trabaje en un laboratorio de Múnich y patente allí sus inventos. Un plan sin fisuras, vamos.

¿Hacia dónde vamos? Reflexiones finales

Al final del día, la ciencia en cifras es un espejo de lo que somos y de lo que aspiramos a ser. Los datos sobre los ODS nos dicen que tenemos el conocimiento, pero nos falta la voluntad (y el dinero) para aplicarlo a gran escala. La brecha entre investigadores y ciudadanos nos advierte de que tenemos que bajar de la torre de marfil y explicar mejor por qué cada euro invertido en un laboratorio vuelve multiplicado a la sociedad.

La conclusión que saco de todo esto es que no podemos permitirnos el lujo de ser meros espectadores. La ciencia no es algo que «hacen otros». Es la herramienta que va a decidir si dentro de cincuenta años viviremos en un planeta habitable o si estaremos peleándonos por el último litro de agua potable. Y las cifras, por muy frías que parezcan, nos están gritando que es hora de tomárselo en serio.

Ojo con esto: no se trata solo de pedir más dinero. Se trata de gestionar mejor, de conectar la universidad con la empresa, de fomentar la curiosidad desde el colegio y de entender que la ciencia es cultura, igual que lo es la literatura o el arte. La verdad es que nos queda mucho camino por recorrer, pero al menos ahora tenemos los datos para saber por dónde empezar a caminar. Y eso, en un mundo lleno de incertidumbres, ya es un paso de gigante.

Vaya, que si queremos que las cifras de la ciencia en España dejen de ser un «quiero y no puedo» para convertirse en un «aquí estamos nosotros», tenemos que empezar a creérnoslo un poco más. Porque talento hay de sobra, solo falta que el resto de las piezas del puzle encajen de una vez por todas. Y mientras tanto, seguiremos mirando esos circulitos de colores de los ODS, esperando que algún día dejen de ser una meta lejana para convertirse en nuestra realidad cotidiana.

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