IA / agosto 19, 2026 / 11 min de lectura / 👁 64 visitas

Cuando el dueño de la hucha más grande del mundo empieza a sudar frío

Imagínate por un momento que tienes una cuenta de ahorros con 2,4 billones de dólares. Sí, con «b» de barbaridad. Es una cifra que marea, de esas que cuesta procesar si no eres un astrofísico o el contable de una superpotencia. Pues bien, ese es el tamaño del Fondo de Pensiones del Gobierno de Noruega (GPFG), básicamente el seguro de vida de todo un país. Y resulta que su capitán, Nicolai Tangen, no está precisamente durmiendo a pierna suelta. La razón tiene nombre de tendencia tecnológica y apellido de burbuja: la Inteligencia Artificial.

La verdad es que resulta irónico. El fondo ha tenido un primer semestre de año que ya querríamos cualquiera de nosotros para nuestra declaración de la renta. Han ganado unos 161.000 millones de euros en apenas seis meses. Una burrada. Pero claro, cuando rascas un poco en la superficie de esos beneficios récord, te das cuenta de que gran parte del pastel viene de un puñado de empresas tecnológicas que están subidas a la parra de la IA. Y ahí es donde a Tangen le entra el vértigo. No es para menos; cuando estás en la cima de una montaña de billetes construida sobre chips y algoritmos, lo que más te preocupa es que alguien sople demasiado fuerte.

Ojo con esto, porque no estamos hablando de un analista agorero de Twitter que busca clics. Estamos hablando del tipo que gestiona el dinero que paga las pensiones, la sanidad y las carreteras de los noruegos. Si él dice que una pérdida masiva «no es del todo improbable», es que las barbas del vecino están empezando a pelarse y nosotros deberíamos ir poniendo las nuestras a remojar, especialmente aquí en España, donde siempre nos llega el eco de estas tormentas con un poco de retraso pero con la misma fuerza.

El espejismo de los beneficios récord

Para entender el miedo de Tangen, hay que mirar los números sin dejarse cegar por el brillo del oro. El fondo noruego se nutre de los beneficios del petróleo y el gas. Es, en esencia, la forma que tiene Noruega de decir: «Sabemos que el petróleo se acabará, así que vamos a invertirlo todo en el mercado global para que nuestros nietos vivan como reyes». Y les ha ido de cine. Durante los últimos 30 años, han vivido en lo que Tangen llama un período «anormal».

¿A qué se refiere con anormal? Pues a ese ecosistema casi mágico de impuestos bajos, inflación controlada y tipos de interés por los suelos que hemos tenido hasta hace nada. En ese caldo de cultivo, cualquier inversión en tecnología crecía como la espuma. Pero ese mundo ya no existe. Ahora tenemos una inflación que no termina de domarse y unos tipos de interés que, aunque bajen un poco, ya no van a volver a ser el regalo que eran antes. Y en medio de este cambio de paradigma, la IA ha aparecido como el último gran refugio de los inversores desesperados por obtener rentabilidades de dos dígitos.

Vaya, que el fondo ha ganado muchísimo dinero recientemente, sí, pero lo ha hecho apostando fuerte por el sector de los chips de IA. Empresas como NVIDIA han sido el motor de este crecimiento. El problema es que, si esas valoraciones resultan ser castillos en el aire, la caída no va a ser un tropezón, va a ser un salto base sin paracaídas. Tangen advierte que una corrección brusca podría borrar de un plumazo gran parte de la riqueza acumulada en tres décadas. Pensadlo bien: 30 años de ahorro nacional puestos en jaque por la valoración bursátil de unos procesadores.

¿Estamos ante una repetición de las ‘puntocom’?

A los que ya peinamos alguna cana (o directamente ya no peinamos nada), todo esto nos suena peligrosamente familiar. A finales de los 90, cualquier empresa que tuviera un «.com» en el nombre valía millones, aunque no supiera ni cómo generar un euro de beneficio. Con la IA está pasando algo parecido, aunque con una diferencia técnica importante: esta vez sí hay productos reales y una utilidad tangible, pero ¿vale tanto como dicen los mercados?

La conclusión que saco de todo esto es que estamos confundiendo el valor de la tecnología con el precio de las acciones. La IA es útil, por supuesto. En España, empresas de sectores tan tradicionales como la banca o la energía ya la están usando para optimizar procesos. Pero una cosa es que la IA te ayude a gestionar mejor el riesgo de un préstamo y otra muy distinta es que las empresas que fabrican el hardware para esa IA valgan más que el PIB de varios países europeos juntos.

  • Sobrevaloración del hardware: La demanda de chips es altísima, pero ¿qué pasará cuando las grandes tecnológicas ya tengan sus centros de datos llenos? La demanda se estabilizará, pero las acciones están valoradas como si el crecimiento fuera a ser infinito.
  • El coste de la energía: Entrenar estos modelos consume una cantidad de electricidad que asusta. En un contexto de transición energética, este es un cuello de botella que el mercado parece estar ignorando.
  • La monetización real: Muchas startups de IA están quemando dinero a espuertas. Venden promesas, pero pocas tienen un modelo de negocio que no dependa de rondas de financiación constantes.

Si mal no recuerdo, en el año 2000 el discurso era el mismo: «Internet va a cambiar el mundo». Y lo cambió, vaya si lo cambió. Pero eso no impidió que el 90% de las empresas tecnológicas de la época quebraran y que los inversores perdieran hasta la camisa. Tangen teme que estemos en ese mismo punto de inflexión, donde la tecnología es real pero la burbuja financiera que la rodea es insostenible.

El impacto en el presupuesto público: una lección para España

Aquí es donde la cosa se pone seria de verdad. En Noruega, las inversiones del fondo soberano financian aproximadamente una cuarta parte del presupuesto del Gobierno. Una cuarta parte. Imaginaos que en España, de repente, el 25% del dinero para hospitales y colegios dependiera de si a las acciones de Apple o Microsoft les da por bajar un 20%. Es una exposición al riesgo brutal.

Nosotros en España no tenemos un fondo soberano de esa magnitud (ojalá), pero sí tenemos una exposición indirecta muy fuerte. Nuestros fondos de pensiones privados, los planes de inversión de los bancos y hasta la propia estabilidad de la eurozona están ligados a la salud de estos mercados globales. Si el fondo noruego estornuda, el resto de Europa pilla una neumonía. Y si el fondo noruego, que es el inversor más conservador y a largo plazo que existe, está diciendo que tiene miedo, es que hay motivos para estar alerta.

La verdad es que me hace gracia cuando escucho a algunos gurús decir que «esta vez es diferente». Nunca es diferente. Los mercados se mueven por dos sentimientos básicos: la codicia y el miedo. Ahora mismo hemos tenido una racha de codicia alimentada por el hype de la IA generativa (ChatGPT y compañía), y Tangen está oliendo el miedo que viene justo después.

El dilema del gestor: ¿por qué no se salen si tienen miedo?

Esta es la pregunta del millón. Si el director del fondo cree que esto puede explotar, ¿por qué no vende todo y se queda en liquidez? Pues porque la gestión de activos a esa escala no funciona como tu cuenta de Robinhood o de Trade Republic. No puedes simplemente darle a un botón de «vender todo» sin hundir el mercado tú mismo.

Además, existe lo que en el mundillo llamamos el «riesgo de quedarse fuera». Si Tangen vende ahora y la IA sigue subiendo otros dos años, los ciudadanos noruegos pedirán su cabeza por haber dejado de ganar miles de millones. Es la trampa de la gestión institucional: estás obligado a participar en la locura mientras dure, intentando ser el primero en llegar a la puerta de salida cuando alguien grite «fuego».

Para que nos entendamos, es como estar en una fiesta donde la música está demasiado alta y sabes que la policía va a llegar en cualquier momento, pero el ponche está tan bueno que nadie quiere ser el primero en irse a casa. Tangen está mirando el reloj y comprobando dónde están las salidas de emergencia, pero sigue en la pista de baile porque su mandato es estar ahí.

Un vistazo al código: la IA no es magia, es estadística cara

A veces, para entender por qué hay una burbuja, hay que bajar al barro del código. Como alguien que ha trasteado con modelos de lenguaje y redes neuronales, os digo que la IA actual es, simplificando mucho, una calculadora de probabilidades extremadamente sofisticada. No es «inteligente» en el sentido humano; es una bestia estadística que requiere una potencia de cómputo absurda.


# Un ejemplo simplificado de lo que hace a la IA tan cara
import torch
import torch.nn as nn

# Imagina que esto es una capa minúscula de un modelo tipo GPT
# Multiplica el coste por miles de millones de parámetros
class SimpleLayer(nn.Module):
    def __init__(self, size):
        super().__init__()
        self.weights = nn.Parameter(torch.randn(size, size))
    
    def forward(self, x):
        # Aquí es donde NVIDIA hace su agosto
        # Cada multiplicación de matrices consume energía y tiempo de chip
        return torch.matmul(x, self.weights)

# El problema es la escala. Para entrenar algo serio, 
# necesitas miles de estas capas funcionando en paralelo.
# ¿Es sostenible este gasto energético para resumir correos? 
# Tangen sospecha que no.

Este pequeño fragmento de código es la base de la fortuna de NVIDIA y del temor de Noruega. Cada vez que una empresa decide «implementar IA», está comprando tiempo de computación que se traduce en beneficios para las tecnológicas. Pero, ¿cuál es el retorno real de esa inversión? Si una empresa española gasta 100.000 euros en implementar un chatbot de IA y solo ahorra 10.000 euros en atención al cliente, las cuentas no salen. Y si las cuentas no salen a nivel micro, tarde o temprano dejarán de salir a nivel macro.

La realidad española frente al gigante nórdico

Aterrizando un poco el tema a nuestra realidad, en España estamos en una posición curiosa. No somos productores de hardware de IA (no tenemos una NVIDIA patria, por mucho que nos gustaría), pero somos grandes consumidores. Nuestras empresas del IBEX 35 están integrando estas tecnologías a marchas forzadas para no quedarse atrás en la foto de la modernidad.

Sin embargo, el riesgo para el inversor español medio es la «contaminación» de sus carteras. Muchos fondos de inversión que se venden en las sucursales de Madrid o Barcelona como «diversificados» tienen una exposición brutal al sector tecnológico estadounidense. Si la burbuja de la IA estalla en Silicon Valley, el impacto en los ahorros de un jubilado en Albacete va a ser muy real. Y es que, al final del día, el sistema financiero global está tan interconectado que el miedo de un noruego es, o debería ser, el miedo de todos.

La verdad es que en España tendemos a ser muy entusiastas con las novedades tecnológicas, pero a veces nos falta esa visión crítica y prudente que muestra Tangen. Aquí celebramos cada anuncio de un nuevo centro de datos como si fuera la llegada del maná, sin pararnos a pensar en si la valoración de esas infraestructuras tiene sentido a largo plazo o si estamos simplemente alimentando una hoguera que se apagará en cuanto se acabe el combustible del hype.

¿Qué podemos aprender de la cautela de Tangen?

No se trata de ser un ludita y odiar la tecnología. La IA tiene aplicaciones maravillosas. El problema es la desconexión entre la utilidad y la valoración financiera. Lo que Tangen nos está diciendo es que el mercado ha descontado un futuro perfecto donde la IA resuelve todos los problemas del mundo sin encontrar ningún obstáculo, y eso, amigos míos, no pasa nunca.

  1. Diversificación real: No basta con tener acciones de diferentes empresas si todas dependen del mismo sector (tecnología).
  2. Atención a los fundamentales: Una empresa debe valer por lo que genera, no por lo que promete generar gracias a una palabra de moda.
  3. Prepararse para la volatilidad: Si el fondo más grande del mundo espera curvas, nosotros deberíamos abrocharnos el cinturón.

Me gusta mucho una frase que suele decirse en los mercados: «Cuando hasta tu taxista te recomienda comprar acciones de algo, es hora de vender». No tengo nada en contra de los taxistas, pero la analogía sirve para entender que cuando el entusiasmo es universal y ciego, el peligro es máximo. Y ahora mismo, la IA está en boca de todos, desde el consejo de administración de Telefónica hasta la charla de café en el bar de la esquina.

El fin de la era «anormal»

Lo más profundo de la advertencia de Nicolai Tangen no es solo sobre la IA, sino sobre el fin de una época. Ese período de 30 años de crecimiento fácil y dinero barato ha terminado. La IA es solo el último gran baile de esa era. Lo que viene ahora es un mercado mucho más duro, donde los errores se pagan caros y donde no basta con subirse a la última tendencia para ganar dinero.

Para Noruega, esto es una cuestión de estado. Para nosotros, es una lección de humildad financiera. El hecho de que el GPFG esté alertando sobre la posibilidad de perder una parte masiva de su valor debería hacernos reflexionar sobre dónde tenemos puesto nuestro dinero y nuestras expectativas de futuro. La IA va a cambiar el mundo, sí, pero el camino va a estar lleno de cadáveres financieros de empresas que prometieron demasiado y de inversores que creyeron que los árboles podían crecer hasta el cielo.

Al final del día, lo que nos queda es la prudencia. No es cuestión de entrar en pánico y venderlo todo, sino de entender que los beneficios récord que estamos viendo en el sector tecnológico tienen pies de barro. Tangen lo sabe, y por eso ha decidido dar la voz de alarma. Ahora la pelota está en nuestro tejado: ¿seguimos ignorando las señales o empezamos a prepararnos para cuando la música deje de sonar?

La verdad es que, después de analizar todo esto, uno se queda con una sensación agridulce. Por un lado, el potencial de la tecnología es asombroso. Por otro, la estupidez humana a la hora de crear burbujas financieras parece no tener límites. Sea como sea, lo que está claro es que los próximos años no van a ser aburridos. Estaremos aquí para contarlo, probablemente con la ayuda de alguna IA, pero manteniendo siempre ese ojo crítico que, de momento, las máquinas no pueden replicar.

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