A veces nos volvemos un poco locos con el último modelo de móvil que ha salido al mercado o con esa nueva inteligencia artificial que te resume correos en un santiamén. Nos flipa el resultado final, el cacharrito que brilla y que podemos tocar. Pero, la verdad es que se nos suele olvidar que nada de eso —y cuando digo nada, es nada— existiría si hace cincuenta o sesenta años un grupo de personas con gafas muy gordas no se hubieran encerrado en un laboratorio a estudiar cosas que, en aquel momento, parecían no servir para absolutamente nada. Eso es la ciencia básica. Y hoy, mirando lo que nos cuentan desde el programa Futuro 360 sobre la situación en Chile, me he puesto a pensar que aquí, en España, y concretamente mientras me tomo un café viendo los barcos en el puerto de Cartagena, tropezamos exactamente con la misma piedra.
El debate que plantean en Chile no nos es ajeno. Allí, como aquí, siempre surge la misma pregunta cuando se habla de presupuestos generales: «¿Para qué vamos a gastar millones en investigar el comportamiento de una proteína o el origen de una galaxia lejana si tenemos problemas urgentes que resolver?». Es una pregunta con trampa. Es como si alguien en el siglo XIX le hubiera dicho a Isaac Peral, nuestro inventor local más ilustre, que se dejara de tonterías con la electricidad y los torpedos y se dedicara a mejorar las velas de los barcos, que era lo que «funcionaba».
La ciencia básica es, por definición, una investigación que no busca una aplicación práctica inmediata. Se hace por pura curiosidad, por entender cómo funciona el tinglado en el que vivimos. Y ahí está el problema para los políticos: la ciencia básica no entiende de ciclos electorales de cuatro años. Un descubrimiento hoy puede tardar tres décadas en convertirse en una empresa que cotice en el IBEX 35. Pero, ojo, que cuando llega, lo cambia todo. Vaya, que sin la mecánica cuántica (que en su día era lo más abstracto del mundo), hoy no tendrías ni transistores, ni láseres, ni esa placa de inducción donde te haces las gachas por la mañana.
El espejo chileno: ¿Por qué nos importa lo que pase allí?
Chile es un caso curioso y muy parecido al nuestro en ciertos aspectos. Tienen un potencial brutal, sobre todo en astronomía y energías renovables, pero siempre andan peleando por ese porcentaje del PIB que se dedica a I+D. En el programa Futuro 360 ponían el dedo en la llaga: si un país solo financia lo que tiene una «utilidad inmediata», se convierte en un simple comprador de tecnología extranjera. Te vuelves un cliente, no un creador.
La verdad es que, si lo piensas, es un riesgo enorme. Si Chile solo investiga cómo sacar cobre de forma más eficiente, el día que el cobre no haga falta (porque inventamos un material nuevo), se quedan fuera de juego. Lo mismo nos pasa en España con el turismo o la agricultura. Si no invertimos en la base de la pirámide, en el conocimiento puro, estamos construyendo un castillo de naipes sobre la arena de la playa de Cala Cortina. Muy bonito, pero a la primera ola de cambio tecnológico, se nos va todo al traste.
La Inteligencia Artificial no nació en un garaje de Silicon Valley
Ya que estamos en aquinohayquienviva.es, hablemos de lo que nos gusta: los bits. Ahora todo el mundo habla de ChatGPT, de Gemini y de cómo la IA nos va a quitar el trabajo o a hacernos la vida más fácil. Pero, para que nos entendamos, la IA no es un invento de hace tres años. Los fundamentos de las redes neuronales que usamos hoy se empezaron a gestar en los años 40 y 50.
En aquel entonces, investigar cómo aprendía una neurona artificial era visto como una excentricidad académica. No había ordenadores potentes para probarlo, no había internet para sacar datos… era ciencia básica en estado puro. Si los gobiernos de aquel entonces hubieran dicho «esto no sirve para nada, mejor invertid en hacer máquinas de escribir más rápidas», hoy estaríamos en la edad de piedra digital.
- Álgebra lineal: Esa asignatura que muchos odiamos en la carrera es la que permite que tu móvil reconozca tu cara.
- Probabilidad y estadística: Sin los estudios teóricos de hace un siglo, los algoritmos de recomendación de Netflix no sabrían que te gustan las pelis de serie B.
- Física de materiales: Sin entender el silicio a nivel atómico, no habría chips. Punto.
Lo que quiero decir es que la tecnología es solo la punta del iceberg. Debajo del agua, sosteniéndolo todo, hay una masa gigante de conocimiento teórico que nadie ve, pero que es lo que realmente pesa.
El «Valle de la Muerte» y por qué el sector privado no suele llegar a tiempo
Hay una teoría muy manida que dice que el mercado debería encargarse de financiar la investigación. «Si es bueno, alguien invertirá», dicen. Pero la realidad es mucho más tozuda. Las empresas, por muy grandes que sean, suelen buscar beneficios a corto o medio plazo. No pueden permitirse el lujo de meter dinero en algo que quizás dé frutos dentro de veinte años.
Es lo que en el mundillo llamamos el «Valle de la Muerte». Es ese espacio donde una idea científica es demasiado joven para ser un producto, pero ya ha salido del laboratorio inicial. En países como Chile o España, ese valle es un desierto. Por eso es vital que el Estado financie la ciencia básica. No es un gasto, es un seguro de vida para el futuro. Es como plantar un árbol: no lo haces para comer sus frutos mañana, sino para que tus hijos tengan sombra y comida dentro de un tiempo.
Además, hay algo que se comenta poco y que en Futuro 360 suelen recalcar: la ciencia básica atrae talento. Si tienes buenos laboratorios de física teórica o de biología molecular, los mejores cerebros se quedan. Si solo ofreces puestos para «optimizar procesos existentes», los chavales brillantes de la UPCT (la Politécnica de aquí de Cartagena) se nos van a Alemania o a Estados Unidos en cuanto tienen ocasión. Y eso sí que es una pérdida de dinero pública: formar a ingenieros y científicos de élite para que luego produzcan riqueza en otro sitio.
¿Qué podemos aprender de la gestión científica en otros lares?
Si miramos a los sospechosos habituales, como Corea del Sur o Israel, vemos que no solo meten dinero a esuertas, sino que tienen claro que la ciencia básica es el motor de su soberanía. No quieren depender de lo que decida una junta directiva en California o en Shenzhen.
En España, a veces pecamos de un complejo de inferioridad histórico. «Que inventen ellos», decía Unamuno, y parece que se nos quedó grabado a fuego. Pero la verdad es que tenemos una capacidad de improvisación y una creatividad que, unidas a una financiación estable, nos harían imparables. No hace falta ser una superpotencia para destacar en ciencia básica; hace falta constancia. Y eso es precisamente lo que se reclama desde las plataformas de divulgación en Chile: que la ciencia no sea una moneda de cambio en las discusiones presupuestarias de cada año.
La anécdota del GPS: De la relatividad a no perderte buscando un bar
Para que veas lo importante que es esto, te cuento un ejemplo que me encanta. Cuando Einstein formuló la Teoría de la Relatividad, la gente pensaba que era algo fascinante pero totalmente inútil para la vida diaria. ¿A quién le importa que el tiempo pase más despacio si vas muy rápido o si estás cerca de una masa enorme?
Pues resulta que los satélites del GPS están a mucha altura (menos gravedad) y se mueven muy rápido. Si no aplicáramos las fórmulas «inútiles» de Einstein para corregir el tiempo de esos satélites, el GPS de tu coche fallaría por varios kilómetros cada día. En una semana, te diría que estás en Murcia cuando en realidad estás intentando aparcar en el Barrio de la Concepción de Cartagena. Eso es la ciencia básica: algo que parece abstracto hasta que se vuelve indispensable.
Ojo con esto, porque lo mismo está pasando ahora con la computación cuántica. Hoy nos parece algo de ciencia ficción, con esos ordenadores que parecen lámparas de araña doradas y que tienen que estar a temperaturas más frías que el espacio profundo. Pero dentro de veinte años, probablemente la medicina que te tomes para un resfriado habrá sido diseñada por uno de esos ordenadores simulando moléculas a una velocidad que hoy ni soñamos.
El papel de la divulgación: No es solo para científicos
Uno de los puntos fuertes de programas como Futuro 360 es que sacan la ciencia de la torre de marfil. Y es que, si el ciudadano de a pie no entiende por qué se gasta su dinero en investigar el apareamiento de un bicho raro o la composición de un asteroide, es normal que proteste.
La labor de los periodistas digitales y redactores (como un servidor) es traducir ese lenguaje críptico a algo que se entienda mientras desayunas una tostada. Hay que explicar que la ciencia es cultura, igual que lo es el teatro o la arquitectura. Un país sin ciencia es un país mudo, que no tiene nada que aportar a la conversación global sobre el futuro de la humanidad.
La verdad es que me da envidia sana ver cómo en Chile se están tomando en serio estos debates en televisión abierta. Aquí en España vamos mejorando, pero todavía nos falta ese empujón para que la ciencia sea un tema de conversación en la barra del bar, al mismo nivel que el fútbol o la política. Porque, al final del día, lo que se decida en un laboratorio del CSIC nos va a afectar mucho más que el resultado del domingo.
¿Y qué pasa con la ética?
Otro tema que tocan de refilón y que me parece fundamental es que la ciencia básica nos da las herramientas para decidir qué futuro queremos. Con la edición genética (CRISPR) o la propia IA, estamos entrando en terrenos pantanosos. Si no tenemos una base científica sólida en la sociedad, las decisiones las tomarán solo los que tienen el dinero, y eso suele acabar mal.
Financiar ciencia básica también significa financiar el pensamiento crítico. Un científico no solo busca datos; busca la verdad, cuestiona lo establecido y no se cree lo primero que lee en una cadena de WhatsApp. Y eso, amigos, es algo que nos hace mucha falta hoy en día.
Un pequeño tirón de orejas a nuestro sistema
No quiero ponerme demasiado serio, pero la verdad es que el sistema de becas y ayudas en España (y por lo que veo, en Chile también) es un auténtico laberinto de burocracia. A veces parece que pedimos a nuestros investigadores que sean administrativos de primera antes que científicos.
He conocido a gente brillante que ha tirado la toalla porque pasaba más tiempo rellenando formularios de justificación de gastos de 2 euros que investigando. Si queremos que la ciencia básica florezca, hay que dejar que los científicos hagan su trabajo. Hay que confiar. Y sí, habrá investigaciones que no lleguen a nada, pero es que así funciona el método científico: el error es parte del aprendizaje.
Vaya, que si no te arriesgas a fallar, nunca vas a descubrir nada nuevo. Es como cuando intentas programar algo nuevo en Python: lo normal es que el código te pete veinte veces antes de que funcione. Si tu jefe te riñera por cada error de sintaxis, nunca escribirías una línea de código innovadora.
La conexión Cartagena-Mundo: Un ejemplo de lo que podemos hacer
Para barrer un poco para casa, aquí en Cartagena tenemos ejemplos de cómo la ciencia y la técnica se dan la mano. La UPCT está haciendo cosas increíbles en agrotecnología, por ejemplo. Están usando sensores y datos para que el campo de Cartagena no se muera de sed. Pero para llegar a esos sensores, alguien tuvo que investigar antes la física de los semiconductores y la teoría de señales.
Esa es la cadena. Si cortas el primer eslabón (la básica), el último (la aplicación en el campo) acaba desapareciendo. Por eso, cuando oigo hablar de los recortes en ciencia en Chile o en cualquier parte del mundo, me duele. Es como si estuviéramos vendiendo las herramientas de carpintero para comprar leña. Sí, hoy te calientas, pero mañana ¿cómo vas a construir la casa?
El futuro que nos viene (si nos dejan)
Si mal no recuerdo, hace poco leí que la inversión en ciencia básica tiene un retorno estimado de entre el 20% y el 60% anual a largo plazo. No hay fondo de inversión en Wall Street que te dé eso. Lo que pasa es que es un retorno «difuso». No va directamente a la cuenta del Estado, sino que se reparte en forma de nuevas empresas, mejores tratamientos médicos, energía más barata y una sociedad más formada.
Para que nos entendamos: financiar la ciencia básica es como pagar la suscripción a internet. Puede que algunos días solo la uses para ver vídeos de gatitos, pero sin ella no podrías trabajar, ni comprar, ni estar conectado con el mundo. Es la infraestructura invisible del siglo XXI.
Para que no se nos olvide
Al final del día, la importancia de financiar la ciencia básica en Chile, en España o en la Conchinchina, se resume en una palabra: libertad. Libertad para no depender de la tecnología de otros, libertad para encontrar soluciones propias a problemas locales y libertad para seguir explorando los límites de lo que somos capaces de entender.
La próxima vez que leas una noticia sobre un descubrimiento astronómico que parece no servir para nada, o sobre un avance en física de partículas que suena a chino, no pienses que es dinero tirado. Piensa que es una semilla. Y que, aunque nosotros no veamos el árbol gigante, nuestros nietos nos agradecerán haber tenido la visión de plantarla.
La conclusión que saco de todo esto es que no podemos permitirnos el lujo de ser cortos de miras. La ciencia básica es la mayor aventura de la humanidad. Y como toda aventura, tiene sus riesgos y sus momentos de incertidumbre, pero la recompensa siempre merece la pena. Así que, ya sea desde Santiago de Chile o desde mi rincón favorito de Cartagena, seguiremos dando la tabarra para que la ciencia no sea lo último en la lista de prioridades. Porque, seamos sinceros, sin ella, aquí no habría quien viviera… o al menos, no viviríamos ni la mitad de bien de lo que lo hacemos ahora.
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