tecnologia / abril 14, 2026 / 10 min de lectura / 👁 98 visitas

La inteligencia artificial se mete en el quirófano (y en la consulta)

A veces me pregunto si los pasillos de las facultades de ciencia huelen igual en todas partes. Ese aroma una mezcla de café de máquina —del que te deja el estómago un poco regular—, ozono de los laboratorios y el polvo acumulado en libros que nadie ha tocado desde los años ochenta. La verdad es que, te guste o no la tecnología, entrar en una Facultad de Ciencia y Tecnología (FCyT) tiene algo de místico. Es como entrar en la sala de máquinas del mundo. Y no lo digo por ponerme intenso, sino porque es allí donde se están cocinando las cosas que, en un par de años, daremos por sentadas en nuestro día a día.

Ojo con esto, porque no es ninguna tontería. Hace poco me enteré de que se está moviendo un posgrado sobre «Inteligencia Artificial en Salud» que tiene una pinta tremenda. Y es que, seamos sinceros, cuando oímos hablar de IA, lo primero que nos viene a la cabeza es un chatbot que nos escribe un correo o una imagen de un gato con tres patas generada por ordenador. Pero la realidad, la que importa de verdad, va por otro lado. La FCyT, junto con la Facultad de Ciencias de la Vida y la Salud, se han liado la manta a la cabeza para lanzar esta formación que arranca en mayo.

La idea es mezclar lo presencial con lo virtual, algo que ya es el pan nuestro de cada día después de lo que todos sabemos. Pero lo interesante no es el formato, sino el fondo. ¿Para qué quiere un médico saber de redes neuronales? Pues mira, para mucho. No se trata de que la máquina sustituya al doctor —que ya nos conocemos y empezamos con el miedo a los robots—, sino de que el doctor tenga una herramienta que le diga: «Oye, en esta radiografía hay un píxel que no me gusta un pelo».

En España, por ejemplo, tenemos un sistema de salud que genera una cantidad de datos brutal. El problema es que esos datos suelen estar ahí, cogiendo polvo digital en servidores que a saber quién gestiona. Si logramos que los profesionales de aquí sepan manejar estas herramientas de IA, el salto de calidad puede ser de órdago. Eso sí, el curso también toca los desafíos éticos. Y menos mal. Porque, ¿quién es el responsable si el algoritmo se equivoca? ¿El programador que estaba a base de Red Bull a las tres de la mañana o el hospital? Es un jardín en el que hay que entrar con cuidado.

Un pequeño ejemplo de lo que hablamos

Para que nos entendamos, no estamos hablando de magia negra. Estamos hablando de código. Imagina un script sencillo que analiza niveles de glucosa. Si mal no recuerdo, la lógica básica (muy simplificada, no me saltéis al cuello los expertos en Python) sería algo así:

# Un intento de lógica para detectar anomalías
import random

def analizar_paciente(datos_glucosa):
    # Aquí es donde la IA haría su magia, pero vamos a lo básico
    promedio = sum(datos_glucosa) / len(datos_glucosa)
    
    if promedio > 140:
        return "Ojo, consulta con el especialista. Esto está alto."
    elif promedio < 70:
        return "Cuidado, bajón a la vista. Toma algo de azúcar."
    else:
        return "Todo en orden, sigue con tu café."

# Datos de ejemplo (esto vendría de un sensor wearable, por ejemplo)
mis_niveles = [110, 120, 135, 105, 115]
print(analizar_paciente(mis_niveles))

Vaya, que esto es la punta del iceberg. Lo que se pretende con estos posgrados es que el profesional sanitario no vea el código como algo de «frikis», sino como una extensión de su estetoscopio. Y la verdad es que ya era hora.

Del «hype» a la realidad: ¿Qué pasa con la nube?

Cambiando un poco de tercio, hay otro tema que me tiene un poco frito: el dichoso «hype» de la inteligencia artificial. Parece que si no dices «IA» tres veces antes de desayunar, no estás en la onda. Por eso me parece un acierto total que se organicen charlas como la de «Inteligencia artificial: del hype a la adopción». Porque, seamos realistas, una cosa es lo que sale en las noticias y otra muy distinta es cómo una empresa de aquí, de las de toda la vida, implementa esto sin arruinarse en el intento.

La charla, que si no me falla la memoria cae a mediados de abril, se centra también en la computación en la nube. Y aquí es donde la cosa se pone interesante para el mercado español. Muchas pymes en España todavía miran la nube con una mezcla de desconfianza y pereza. «Eso de tener mis datos en un servidor de Irlanda o de Madrid… no sé yo», dicen algunos. Pero es que sin nube no hay IA que valga. No puedes pretender entrenar un modelo de lenguaje complejo en el ordenador de la oficina que tarda diez minutos en abrir el Excel.

La adopción real pasa por entender que la nube no es solo «almacenar archivos», sino alquilar potencia de cálculo. Es como si en lugar de comprarte una hormigonera para hacerte un murete en el jardín, pudieras alquilar una profesional solo por las tres horas que la vas a usar. Pues con la IA y el Cloud es lo mismo. Pero claro, hay que saber cómo hacerlo para que la factura de Amazon Web Services o de Azure no te llegue con más ceros de los que tu cuenta bancaria puede soportar. He visto casos de gente que se deja la instancia encendida todo el fin de semana y el lunes se encuentra con una sorpresa de las que quitan el hipo.

Mirar las estrellas para no perder el norte

Pero no todo van a ser pantallas y servidores. La Facultad de Ciencia y Tecnología también tiene ese lado romántico que a veces olvidamos. Me refiero a la astronomía. Van a organizar una maratón de observación astronómica en el patio de la facultad, y la verdad es que me parece un planazo. En un mundo donde estamos todo el día pegados al móvil, levantar la cabeza y mirar el cielo profundo es casi un acto de rebeldía.

En Cartagena, por ejemplo, tenemos una tradición científica y astronómica que viene de lejos. No hay que olvidar que esta ciudad ha sido clave para la navegación, y sin estrellas, los marinos de antes estaban más perdidos que un pulpo en un garaje. La observación de objetos del cielo profundo —galaxias, nebulosas, cúmulos— nos recuerda lo pequeños que somos. Y eso, cuando estás agobiado porque el código no compila o porque la base de datos se ha caído, viene muy bien para poner las cosas en perspectiva.

Además, estas actividades suelen atraer a gente de todo tipo. No hace falta ser un astrofísico de la NASA para disfrutar de un telescopio. Basta con tener un poco de curiosidad y aguantar el fresco de la noche. Es una forma de sacar la ciencia del laboratorio y llevarla a la calle, o al patio, en este caso. Y es que la ciencia, si no se comparte, es como un chiste que te cuentas a ti mismo: no tiene mucha gracia.

La ciencia en el ADN de Cartagena

Ya que mencionaba Cartagena, no puedo evitar barrer para casa. Aunque estemos hablando de facultades de ciencia en general, la realidad de nuestra ciudad está pegada a la tecnología desde hace siglos. Solo hay que darse un paseo por el puerto o ver los edificios de la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT). Muchos de esos edificios eran antiguos cuarteles o instalaciones militares, como el de Antigones o el Hospital de Marina.

Esa transformación de espacios de guerra en espacios de conocimiento es, para mí, una de las cosas más bonitas de la ciudad. Donde antes se guardaba munición, ahora hay servidores. Donde antes dormían soldados, ahora hay estudiantes rompiéndose la cabeza con el cálculo integral. Y eso le da a la formación tecnológica en Cartagena un sabor especial. No es una facultad construida en un polígono industrial a las afueras, es ciencia integrada en la historia.

La conexión entre la industria local —el astillero, la refinería— y la facultad es vital. Al final del día, lo que se estudia en las aulas tiene que servir para que los barcos floten mejor, para que la energía sea más limpia o para que los procesos industriales sean menos contaminantes. Es ese círculo virtuoso el que hace que una ciudad progrese. Y ojo, que no es fácil. A veces la academia y la empresa hablan idiomas distintos, pero para eso están estos eventos y charlas de los que hablábamos antes: para hacer de traductores.

¿Por qué nos debería importar todo esto?

A lo mejor estás leyendo esto y piensas: «Vale, muy bien, pero yo soy administrativo (o panadero, o ilustrador) y esto de la IA y la astronomía me pilla lejos». Pues la verdad es que no. Nos afecta a todos. La tecnología no es un compartimento estanco. Cuando la facultad abre una preinscripción para un posgrado de salud, está formando a la gente que te va a atender a ti o a tus hijos dentro de cinco años.

Cuando se habla de modernización e innovación, no son palabras vacías para rellenar folletos. Es la diferencia entre que una región se quede estancada o que sea capaz de atraer talento y generar empleo de calidad. En España tenemos la costumbre de pensar que la tecnología siempre viene de fuera, de Silicon Valley o de Shenzhen. Y sí, gran parte viene de allí, pero la capacidad de adaptarla a nuestra realidad local es lo que marca la diferencia.

Por ejemplo, el tema del género en la ciencia. Es otro de los puntos que toca la FCyT en sus áreas de interés. Durante demasiado tiempo, las facultades de tecnología han sido un campo de nabos, hablando en plata. Y eso es un desperdicio de talento increíble. Que se trabaje activamente en integrar la perspectiva de género no es por «quedar bien», es porque necesitamos todas las mentes disponibles para resolver los problemas que se nos vienen encima, que no son pocos (cambio climático, crisis energética, envejecimiento de la población…).

La importancia de la «Internacionalización» (sin postureos)

Otro tema que aparece en el radar de la facultad es la internacionalización. A veces suena a que los profesores se van de congreso a Cancún, pero va mucho más allá. Se trata de que un estudiante de aquí pueda colaborar con uno de Alemania o de Japón sin que el idioma o la distancia sean una barrera insalvable. La ciencia es, por definición, global. Un descubrimiento en un laboratorio de Oro Verde puede tener aplicaciones en un hospital de Cartagena o en una fábrica de coches en Alemania.

Ese intercambio de datos y conocimientos es lo que acelera el progreso. Y para eso, hay que estar conectados. No solo por fibra óptica, sino por convenios, por ganas de colaborar y por una mentalidad abierta. La verdad es que, cuando ves a chavales de veinte años trabajando en proyectos internacionales, te da un poco de esperanza en el futuro, que falta nos hace.

Un poco de realidad sobre el terreno

Para que no parezca que todo es de color de rosa, hay que decir que la vida en la facultad también tiene sus sombras. La falta de presupuesto, la burocracia que a veces parece diseñada por Kafka en un mal día, y la dificultad de mantener los equipos actualizados. No es raro encontrar laboratorios donde se hace ciencia de vanguardia con ordenadores que tienen más años que el hilo negro.

Pero ahí es donde entra el ingenio. He visto a investigadores hacer maravillas con cuatro duros y mucha imaginación. Eso también es ciencia: resolver problemas con los recursos que tienes a mano. Y en eso, en España, somos unos artistas. El «atado con alambre» que dicen algunos, pero elevado a la categoría de ingeniería.

Al final de todo esto, lo que queda es la curiosidad. Ya sea para apuntarse a un curso de IA, para ir a una charla sobre la nube o para mirar por un telescopio un viernes por la noche. La Facultad de Ciencia y Tecnología no es solo un edificio con aulas; es un motor de cambio. Y aunque a veces el café de la máquina sea imbebible, lo que se cuece dentro merece mucho la pena.

La conclusión que saco de todo esto es que no podemos permitirnos el lujo de ignorar lo que pasa en estos centros. La ciencia no es algo que sucede «allí», en un lugar lejano, sino algo que nos atraviesa constantemente. Así que, la próxima vez que pases por delante de una facultad, no veas solo ladrillos y ventanas. Mira un poco más allá. Puede que dentro se esté gestando la solución al próximo gran problema de la humanidad, o al menos, alguien esté intentando que la IA no nos confunda con un mueble de Ikea.

Y si tienes oportunidad, pásate por una de esas charlas sobre el «hype». Igual descubres que la nube no está tan lejos y que la inteligencia artificial, bien usada, puede ser una aliada cojonuda. O al menos, te echarás unas risas viendo cómo intentamos explicar con palabras sencillas cosas que son endiabladamente complejas. Que eso también tiene su mérito, vaya que sí.

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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