Seguro que esta mañana, nada más apagar la alarma del móvil (que probablemente sea un Android), lo primero que has hecho ha sido echar un vistazo a las noticias o a los mensajes de WhatsApp. Pues bien, sin que te hayas dado cuenta, ya has interactuado con el trabajo de miles de personas que jamás conocerás. No hablo de los ingenieros de Silicon Valley que cobran sueldos de seis cifras, sino de una comunidad global que regala su conocimiento para que el mundo siga girando. La verdad es que, si mañana desapareciera el software libre, nos quedaríamos literalmente a oscuras. Ni cajeros automáticos, ni semáforos, ni, por supuesto, esa nube donde guardas las fotos de tus vacaciones en Cabo de Palos.
Para entender de qué va esta movida, hay que viajar un poco atrás en el tiempo. No mucho, solo a principios de los ochenta. Por aquel entonces, un tipo llamado Richard Stallman, que trabajaba en el MIT, se pilló un cabreo monumental porque no podía arreglar el software de una impresora que se atascaba cada dos por tres. La empresa se negaba a darle el código fuente. Vaya, que le estaban diciendo que la máquina era suya, pero lo que la hacía funcionar era un secreto de estado.
Ese momento de frustración fue la chispa. Stallman, que es un personaje de los que ya no quedan —con su barba kilométrica y sus ideas innegociables—, decidió que aquello no podía seguir así. Lanzó el proyecto GNU y redactó un manifiesto que, a día de hoy, sigue siendo la biblia para muchos. La idea era simple pero potente: el software debe ser libre. Y ojo, que aquí siempre hay lío con el idioma. En inglés dicen «free», que sirve tanto para «gratis» como para «libre». Pero para nosotros, la clave está en la libertad, no en el precio. Es como la diferencia entre «barra libre» y «expresión libre». Lo primero te da resaca; lo segundo te da derechos.
La cuestión es que Stallman definió cuatro libertades fundamentales que todo programa debería respetar si quiere llevar la etiqueta de «libre»:
- Libertad 0: Poder usar el programa para lo que te dé la gana. Sin preguntas.
- Libertad 1: Estudiar cómo funciona y cambiarlo si no te gusta. Para esto, claro, necesitas ver las tripas del código.
- Libertad 2: Poder hacer copias y dárselas a tu vecino, a tu primo o a quien quieras.
- Libertad 3: Mejorar el programa y compartir esas mejoras con todo el mundo.
Si lo piensas bien, es una filosofía muy de barrio, muy de «pásame la receta de las marineras que te han salido de lujo». Si alguien mejora la receta añadiendo un toque de pimentón, todos comemos mejor. Pues con el código pasa exactamente lo mismo.
El mito del sótano y la realidad de los servidores
Existe esa imagen mental del programador de software libre como un chaval encerrado en un sótano, rodeado de cajas de pizza y latas de refresco, picando código por amor al arte. Y oye, alguno habrá, pero la realidad actual es que el software libre es el motor de la economía digital. La verdad es que las grandes empresas españolas, desde Telefónica hasta el Santander, dependen críticamente de herramientas abiertas.
Como bien comentaba Rodrigo Carvallo Croskey en el reciente Festival Latinoamericano de Instalación de Software Libre, aunque en el escritorio de tu casa sigas usando Windows o macOS, el 90% de los servidores que mantienen viva la internet funcionan con Linux. Es una victoria silenciosa. No han conquistado el salón de tu casa, pero han conquistado los cimientos del edificio. Cada vez que entras en una web, hay un servidor Apache o Nginx (software libre) sirviéndote los datos, y probablemente una base de datos como MySQL o PostgreSQL (también libre) guardando tu información.
Y es que, al final del día, la seguridad es el argumento de peso. ¿Te fías más de una caja negra que nadie puede revisar o de un sistema que miles de ojos en todo el mundo están escrutando constantemente? Si hay un fallo de seguridad en un programa cerrado, tienes que esperar a que la empresa decida sacar un parche. En el software libre, a veces el parche sale a las pocas horas de descubrirse el fallo porque un desarrollador en Albacete y otro en Berlín se han puesto de acuerdo para arreglarlo.
¿Por qué no lo usamos más en el escritorio?
Esta es la pregunta del millón. Si es tan bueno, tan seguro y encima te ahorras la licencia, ¿por qué mi tía sigue peleándose con las actualizaciones de Windows? La respuesta es compleja, pero tiene mucho que ver con la inercia y el ecosistema. Durante décadas, nos han educado en un entorno específico. Además, hay programas profesionales —el famoso Photoshop o el AutoCAD— que no tienen una versión nativa para Linux que sea exactamente igual. Sí, tenemos GIMP o FreeCAD, que son maravillas, pero el cambio de «chip» cuesta.
Aun así, en España hemos tenido ejemplos valientes. ¿Os acordáis de Linex en Extremadura o de Guadalinex en Andalucía? Fueron intentos muy serios de las administraciones públicas por dejar de pagar millones en licencias a multinacionales extranjeras y apostar por la soberanía tecnológica. La cosa tuvo sus luces y sus sombras, pero demostró que se puede gestionar una región entera con software libre. Me da la sensación de que nos faltó un poco de constancia y, quizás, un poco menos de política y más pedagogía.
Cartagena y el talento que no se ve
Barriendo un poco para casa, aquí en Cartagena tenemos un ecosistema tecnológico que ya quisieran muchas capitales. La UPCT (Universidad Politécnica de Cartagena) es un hervidero de gente que entiende perfectamente de qué va esto del código abierto. No es raro ver a estudiantes de Teleco o de Industriales colaborando en proyectos de GitHub mientras se toman un café en la plaza de San Francisco.
La verdad es que el software libre encaja muy bien con el carácter cartagenero: somos gente apañada, que si algo se rompe, intentamos arreglarlo nosotros mismos antes de llamar a nadie. Esa cultura del «hazlo tú mismo» (DIY) es el ADN del movimiento Open Source. De hecho, muchas empresas del Parque Tecnológico de Fuente Álamo basan sus desarrollos en estas tecnologías. No solo por el ahorro de costes, que también, sino por la flexibilidad. Si necesitas que un sensor de humedad en un campo de abonado de El Algar envíe datos de una forma específica, con software libre puedes modificar el controlador a tu antojo. Con software propietario, estás vendido a lo que el fabricante quiera ofrecerte.
Un poco de código para perder el miedo
Para que nos entendamos, el código no es más que una lista de instrucciones. Es como una receta de cocina, pero para una máquina que es muy rápida pero un poco tonta. Imagina que quieres hacer un pequeño script para organizar tus fotos de las fiestas de Carthagineses y Romanos. En un sistema libre, podrías hacer algo tan sencillo como esto (no te asustes, que se entiende fácil):
# Esto es un comentario, la máquina lo ignora. # Vamos a mover todas las fotos .jpg a una carpeta nueva. mkdir -p fotos_fiestas mv *.jpg fotos_fiestas/ echo "¡Listo, zagacho! Ya tienes las fotos ordenadas."
Vaya, que con tres líneas le has dicho al ordenador que cree una carpeta y mueva los archivos. En un sistema cerrado, dependes de que el explorador de archivos te deje hacerlo o de comprar una aplicación que lo haga por ti. La libertad es, básicamente, no tener que pedir permiso para usar tu propia máquina.
Y ya que nos ponemos técnicos, pero sin pasarnos, hay que mencionar a Python. Es el lenguaje de programación de moda y, ¡sorpresa!, es software libre. Se usa para todo: desde inteligencia artificial hasta para controlar el telescopio de un aficionado en el monte de las Cenizas. Su sintaxis es tan humana que casi parece que estás escribiendo en inglés (bueno, o en un spanglish muy básico).
La ironía de las grandes corporaciones
Lo más curioso de todo esto es cómo ha cambiado el cuento. Hace veinte años, Microsoft decía que Linux era «un cáncer». Literalmente. Hoy en día, Microsoft es uno de los mayores contribuidores al software libre del mundo y es dueña de GitHub, la plataforma donde se aloja casi todo el código abierto del planeta. ¿Se han vuelto buenos de repente? No seamos ingenuos. Simplemente se han dado cuenta de que el modelo colaborativo es más eficiente. Es imposible competir contra la inteligencia colectiva de millones de personas.
Incluso empresas como Tesla o SpaceX usan Linux para sus coches y cohetes. Imagínate la escena: un cohete aterrizando verticalmente después de poner un satélite en órbita, y todo gestionado por un núcleo de software que tú también puedes descargar gratis en tu portátil. Es, sencillamente, alucinante.
La Inteligencia Artificial: ¿El nuevo campo de batalla?
Ahora que todo el mundo habla de la IA, el software libre vuelve a estar en el centro del debate. Tenemos a gigantes como OpenAI (que de «Open» ya tiene poco) con sus modelos cerrados, y por otro lado tenemos iniciativas como Llama de Meta (que, aunque con matices, es mucho más abierta) o Mistral. La gran pregunta que nos hacemos los que llevamos tiempo en esto es: ¿vamos a dejar que el «cerebro» de la próxima revolución industrial sea una caja negra controlada por tres empresas de California?
La verdad es que da un poco de vértigo. Si la IA va a decidir quién recibe un préstamo o cómo se diagnostica una enfermedad, necesitamos poder auditar esos algoritmos. Necesitamos «software libre» aplicado a los modelos de lenguaje. En España, se está impulsando el proyecto ALIA, un modelo de lenguaje en español y lenguas cooficiales. Es un paso fundamental para no perder el tren de la soberanía digital. Porque, seamos sinceros, si dejamos que la IA solo aprenda de textos en inglés de Silicon Valley, acabará por no entender qué es un «caldero» o por qué es tan importante la siesta.
El papel de las comunidades locales
Más allá de los grandes servidores y la IA, el software libre vive en las comunidades. En España tenemos grupos de usuarios de Linux (los famosos LUGs) que llevan décadas haciendo una labor de hormiguita. Organizan charlas, ayudan a la gente a instalar sistemas operativos más ligeros en ordenadores viejos para que no acaben en el vertedero y promueven el uso de herramientas éticas.
Esto tiene un componente ecológico brutal. La obsolescencia programada se combate, en gran medida, con software libre. Ese portátil que con Windows 11 va a pedales y parece que va a despegar, le pones una distribución ligera de Linux como XFCE o Linux Mint y revive. Le das otros cinco años de vida. Es una forma de consumo responsable que a veces olvidamos entre tanto anuncio de «oferta flash».
¿Es todo oro lo que reluce?
No quiero sonar como un fanático. El software libre también tiene sus problemas. A veces la documentación es un desastre y parece que la ha escrito un jeroglífico egipcio. Otras veces, el diseño de la interfaz parece anclado en 1998. Y el mayor problema de todos: la sostenibilidad económica. Muchos proyectos críticos para la seguridad de internet dependen de dos o tres voluntarios que lo mantienen en su tiempo libre. Eso es un peligro.
Hubo un caso famoso hace unos años, el fallo «Heartbleed», que puso en jaque la seguridad de medio mundo. Resultó que el software encargado de cifrar las comunicaciones (OpenSSL) lo mantenían muy pocas personas con recursos mínimos. Fue un toque de atención para que las grandes empresas que se benefician de este código empiecen a soltar la gallina y a financiar a los desarrolladores. Porque sí, el código es libre, pero los programadores tienen la mala costumbre de querer comer todos los días.
Cómo empezar sin morir en el intento
Si después de leer este tostón te pica la curiosidad, no hace falta que borres todo tu ordenador y te pongas a escribir comandos como un loco. Puedes empezar poco a poco. La verdad es que ya usas software libre sin saberlo:
- Firefox: El navegador que respeta tu privacidad mucho más que Chrome.
- VLC: Ese cono naranja que reproduce hasta un trozo de pizza si se lo metes por la ranura del DVD.
- LibreOffice: Para hacer tus documentos y hojas de cálculo sin pagar la suscripción de Office 365.
- Signal: Si te preocupa que lean tus mensajes, es la alternativa abierta y segura a WhatsApp.
Dar el salto a Linux también es mucho más fácil hoy que hace diez años. Te descargas una «distro» (una versión del sistema), la metes en un USB y puedes probarla sin instalar nada en tu disco duro. Es como probarse unos zapatos antes de comprarlos. Si te gusta cómo caminas con ellos, te los quedas.
Ojo con esto: la primera vez que instales algo y veas que todo funciona, que tu impresora (sí, la ironía) se configura sola y que el sistema vuela, sentirás una satisfacción especial. Es la sensación de recuperar el control sobre tu tecnología.
Una reflexión final sobre la colaboración
Al final del día, el software libre no va solo de ordenadores. Va de una forma de entender el mundo. Es la prueba de que los seres humanos podemos colaborar a escala global para crear algo complejo y útil sin que el beneficio económico sea el único motor. Es un sueño que empezó con una impresora atascada y que hoy permite que un estudiante en una aldea remota tenga acceso a las mismas herramientas de cálculo que un ingeniero de la NASA.
La verdad es que, en un mundo que a veces parece cada vez más cerrado y lleno de muros, el código abierto es una ventana abierta. Y aquí en Cartagena, mientras vemos pasar los barcos por el puerto, podemos estar orgullosos de formar parte, aunque sea como usuarios, de esta inmensa red de colaboración. Porque, para que nos entendamos, el conocimiento, cuando se comparte, no se divide, se multiplica. Y eso, amigos, es lo más parecido a la magia que tenemos en el siglo XXI.
Así que la próxima vez que veas una actualización en tu móvil o navegues por una web, acuérdate de esos «soñadores» que decidieron que el código debía ser de todos. Y si te animas, bájate Firefox o prueba Linux. Quién sabe, igual acabas descubriendo que tú también tienes alma de hacker.
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