A veces la política estadounidense parece escrita por un guionista de Hollywood que se ha pasado con el café, y la jura de cargo de Markwayne Mullin como Secretario de Seguridad Nacional es uno de esos momentos. No es un burócrata de carrera, ni un académico de esos que llevan coderas en la chaqueta. Estamos hablando de un tipo que, antes de meterse en los pasillos del Capitolio, se ganaba la vida arreglando tuberías y peleando en jaulas de artes marciales mixtas (MMA). Y ahora, de repente, tiene bajo su mando a más de 240.000 empleados y la responsabilidad de proteger las fronteras, los cielos y el ciberespacio de la primera potencia mundial.
La verdad es que verlo ahí, con la mano sobre la Biblia, impone. No por el protocolo, que ya nos lo conocemos, sino por lo que representa este cambio de guardia. Mullin no viene a mantener el statu quo. Viene con la mentalidad de quien sabe que, si una cañería pierde agua, no sirve de nada ponerle un parche de mala calidad; hay que cambiar el tramo entero. Y en el Departamento de Seguridad Nacional (DHS), las «fugas» son el pan de cada día, ya hablemos de la frontera sur con México o de los ataques de ransomware que ponen en jaque a infraestructuras críticas.
Para los que nos leéis desde España, esto puede parecer algo lejano, una noticia más que ocurre al otro lado del charco. Pero ojo, que lo que pase en el DHS afecta directamente a cómo nos movemos por el mundo, a los acuerdos de inteligencia con Europa y, por supuesto, a la ciberseguridad de nuestras propias empresas. Al final del día, si el sheriff de la tecnología mundial cambia de estilo, todos tenemos que revisar nuestras cerraduras.
De la jaula de la MMA al despacho más caliente de Washington
Si echamos la vista atrás, la trayectoria de Mullin es, cuanto menos, curiosa. Si mal no recuerdo, se hizo cargo del negocio de fontanería de su padre cuando solo tenía 20 años. Eso te da una perspectiva de la realidad que difícilmente se aprende en Harvard. Luego están las peleas. Participó en combates profesionales de MMA, y eso se nota en su forma de hacer política: es directo, no rehúye el contacto físico (metafóricamente hablando, aunque casi llega a las manos en alguna comisión del Senado) y tiene una resistencia a prueba de bombas.
Esta mentalidad de «luchador» es precisamente lo que ha buscado la administración actual. El DHS es un monstruo burocrático creado tras el 11 de septiembre que aglutina desde la Guardia Costera hasta el Servicio Secreto, pasando por la TSA (los que te hacen quitarte los zapatos en el aeropuerto) y la ciberseguridad. Gestionar eso requiere a alguien que no se asuste cuando las cosas se ponen feas. Mullin ha prometido mano dura, pero también una eficiencia que, según él, se ha perdido entre tanto papeleo.
Vaya, que no es el típico perfil que se queda esperando a que el asesor de turno le diga qué opinar. Es un hombre de acción, y eso en un puesto que gestiona crisis constantes —desde huracanes hasta crisis migratorias— es un arma de doble filo. O arregla el sistema, o lo rompe intentándolo.
¿Qué demonios hace realmente el Secretario de Seguridad Nacional?
Para que nos entendamos, el cargo de Mullin es como ser el portero de una discoteca gigante, el jefe de mantenimiento, el responsable de informática y el que vigila que nadie se cuele por la ventana, todo a la vez. Es una cartera que en España no tiene un equivalente exacto, porque aquí repartimos esas funciones entre Interior, Defensa y Transformación Digital, pero allí está todo centralizado bajo un mismo paraguas.
- Control fronterizo: Es el tema estrella. Mullin ha sido muy vocal sobre la necesidad de sellar la frontera. No solo por la inmigración ilegal, sino por el tráfico de fentanilo, una droga que está destrozando comunidades enteras en Estados Unidos y que empieza a asomar la patita en Europa.
- Ciberseguridad (CISA): Aquí es donde los que nos gusta la tecnología nos ponemos nerviosos. La Agencia de Seguridad de Infraestructura y Ciberseguridad depende de él. Si un grupo de hackers decide atacar la red eléctrica o el sistema bancario, Mullin es el que tiene que dar la cara.
- Gestión de desastres (FEMA): Cuando un huracán arrasa Florida o hay incendios forestales masivos, es su departamento el que gestiona los fondos y la ayuda. Es la cara del Estado cuando la naturaleza se vuelve loca.
- Protección de infraestructuras: Desde puertos hasta aeropuertos. Si alguna vez has volado a EE. UU., has pasado por las manos de su departamento.
La verdad es que es un trabajo ingrato. Si todo sale bien, nadie se acuerda de ti. Si algo falla, eres el primer cabeza de turco. Y Mullin, con su estilo de Oklahoma, parece estar encantado con el reto. Dice que está acostumbrado a trabajar bajo presión y que no le importa mancharse las manos. Literalmente.
El espejo español: ¿Se parece el Río Grande al Estrecho?
Es inevitable hacer comparaciones. Cuando escuchamos a Mullin hablar de muros, sensores térmicos y drones de vigilancia en la frontera con México, a muchos nos viene a la cabeza la situación en Ceuta y Melilla o la ruta canaria. Salvando las distancias geográficas y políticas, los retos son primos hermanos. La presión migratoria es un fenómeno global que requiere soluciones que van más allá de poner una valla más alta.
En Cartagena, por ejemplo, sabemos bien lo que es la vigilancia costera. Nuestro puerto, con su historia milenaria de defensa, desde las murallas de Carlos III hasta el actual Arsenal, siempre ha sido un punto estratégico. Si Mullin visitara la batería de Castillitos, entendería perfectamente ese concepto de «vigilancia total». Claro que hoy en día no usamos cañones Vickers de 381 mm, sino algoritmos de inteligencia artificial y radares de última generación.
La estrategia que implemente Mullin en EE. UU. va a marcar tendencia. Si decide apostar por una «frontera inteligente» basada en tecnología biométrica y vigilancia persistente con IA, es muy probable que veamos un aumento en la demanda de estos servicios por parte de empresas españolas de defensa y seguridad. Empresas como Indra o Navantia (que tiene una presencia brutal en nuestra Cartagena) están siempre atentas a estos movimientos, porque el mercado de la seguridad es global y lo que se valida en la frontera de Texas acaba llegando al Mediterráneo.
Tecnología, IA y la vigilancia del siglo XXI
Hablemos de lo que nos gusta: los cacharros y el código. Mullin hereda un departamento que está en plena transición digital. Ya no se trata solo de poner patrullas a caballo. Ahora el juego va de procesar terabytes de datos en tiempo real. La IA se está utilizando para predecir rutas de tráfico de drogas y para identificar patrones en los cruces fronterizos que el ojo humano pasaría por alto.
Pero ojo con esto, porque aquí entra el debate ético. El uso de reconocimiento facial en aeropuertos y fronteras es algo que Mullin apoya firmemente para agilizar procesos y mejorar la seguridad. Sin embargo, esto siempre levanta ampollas en cuanto a la privacidad. En España, con el RGPD europeo, somos mucho más estrictos, pero la influencia tecnológica de EE. UU. es tan fuerte que a veces acabamos adoptando sus estándares por pura inercia técnica.
Me imagino a Mullin revisando los presupuestos para drones autónomos. Es un tipo práctico. Si un dron puede hacer el trabajo de diez agentes y cubrir una zona desértica de noche sin cansarse, lo va a comprar. Y ahí es donde entra el riesgo de la deshumanización de la seguridad. Es un equilibrio difícil: queremos fronteras seguras, pero también queremos que se respete la dignidad humana. Veremos cómo maneja este fontanero un grifo tan delicado.
El impacto en la ciberseguridad global (y lo que nos toca en España)
Si hay algo que me quita el sueño (además del exceso de cafeína) es la seguridad de nuestras redes. El DHS, a través de CISA, es el que marca el paso en cuanto a estándares de protección contra ataques estatales. Rusia, China, Irán… los sospechosos habituales están siempre intentando buscar una puerta trasera. Mullin ha dicho que la ciberseguridad es «seguridad nacional pura y dura».
Para una pyme en Cartagena o una gran tecnológica en Madrid, lo que decida Mullin sobre la protección de la cadena de suministro de software es vital. Si el DHS decide que ciertos componentes o proveedores extranjeros son un riesgo, eso se traduce automáticamente en listas negras que afectan a todo el mundo occidental. Ya lo vimos con Huawei. Mullin es un halcón en este sentido; no se fía de nadie que no sea un aliado cercano.
Además, está el tema de la IA generativa. Los ciberataques ahora son más sofisticados gracias a herramientas que permiten crear correos de phishing perfectos o malware que muta para no ser detectado. Mullin va a tener que invertir muchísimo en «IA defensiva». Es una carrera armamentística digital donde no puedes permitirte quedar segundo. La conclusión que saco de todo esto es que vamos a ver un aumento masivo en la inversión tecnológica bajo su mandato, algo que podría beneficiar a los profesionales del sector aquí en España si sabemos movernos bien.
Una anécdota desde las murallas de Cartagena
Paseando el otro día por la Muralla del Mar, pensaba en cómo ha cambiado el concepto de «seguridad nacional». Antiguamente, con cerrar las puertas de la ciudad y tener un par de barcos bien artillados en la bocana del puerto, ya estabas más o menos tranquilo. Hoy, Mullin tiene que preocuparse de un hacker en un sótano de San Petersburgo que puede apagar un hospital en Oklahoma con un clic.
La seguridad ya no es solo física, es una sensación, un flujo de datos constante. Mullin, con su pasado de luchador, entiende que la mejor defensa es un buen ataque, o al menos una guardia muy alta. Pero en este mundo hiperconectado, no basta con tener músculos o saber arreglar una fuga. Hace falta una visión estratégica que entienda que la seguridad de EE. UU. empieza en la estabilidad de sus aliados y en la integridad de los cables submarinos que cruzan el Atlántico.
Es curioso, pero a veces los perfiles más «mundanos» son los que mejor gestionan la complejidad. Alguien que ha tenido que lidiar con clientes enfadados porque se les ha inundado el sótano tiene una paciencia y una capacidad de resolución de problemas que a veces le falta al político de carrera. Ojalá esa practicidad se traduzca en una gestión sensata de un departamento que, seamos sinceros, da un poco de miedo por el poder que acumula.
¿Qué podemos esperar en los próximos meses?
No esperéis una transición suave. Mullin ya ha empezado a pedir informes detallados sobre la eficiencia de cada sub-agencia. Es probable que veamos una purga de mandos intermedios para poner a gente de su total confianza, algo muy común en la política estadounidense pero que él llevará al extremo de la «lealtad y resultados».
- Aceleración de deportaciones: Es su promesa electoral y la va a cumplir. Esto va a generar una tensión diplomática brutal con los países del Triángulo Norte y con México.
- Refuerzo tecnológico: Más contratos para empresas de defensa. Si tienes acciones en el sector, estate atento.
- Cambios en los visados: Podría haber endurecimientos en los procesos de entrada, lo que afectaría a turistas y trabajadores temporales españoles.
- Lucha contra el fentanilo: Veremos operaciones conjuntas de la DEA y el DHS mucho más agresivas, posiblemente con incursiones tecnológicas en la dark web para cortar el flujo financiero de los cárteles.
La verdad es que el panorama es intenso. Mullin no ha venido a Washington a hacer amigos, ha venido a «limpiar las tuberías», como él dice. Y cuando alguien se pone a limpiar a fondo, suele salir mucha suciedad y, a veces, se rompe algo por el camino.
Al final del día, la jura de Markwayne Mullin es el reflejo de una época donde se prefiere al hombre de acción frente al intelectual. En un mundo que parece que se va a pique cada martes, tener a un ex-luchador y fontanero al mando de la seguridad da a algunos una sensación de alivio y a otros un escalofrío por la espalda. Lo que es seguro es que no nos vamos a aburrir siguiendo sus pasos.
Para que nos entendamos, estamos ante un experimento político fascinante. ¿Puede un hombre que sabe cómo funciona el mundo real —el de las herramientas, el sudor y los golpes— domar a la bestia burocrática más grande del planeta? El tiempo lo dirá, pero de momento, ya ha jurado el cargo y tiene las llaves. Esperemos que, por el bien de todos, sepa qué cerraduras abrir y cuáles mantener cerradas a cal y canto.
Y mientras tanto, aquí en España, seguiremos mirando de reojo, aprendiendo de sus aciertos y, sobre todo, de sus errores. Porque en este barrio global, cuando el vecino de enfrente refuerza la puerta, todos acabamos revisando nuestros propios cerrojos. Y si el vecino es el que tiene el garrote más grande, más nos vale que sepa usarlo con cabeza.
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