A veces uno se levanta con ganas de ver algo que no sea una pantalla de móvil o el monitor del ordenador. La verdad es que, entre tanto código, algoritmos de IA y el ajetreo diario de aquí, en nuestra querida Cartagena, uno necesita un respiro visual que tenga un poco más de «alma». Y justo me he topado con una de esas historias que te reconcilian con la curiosidad: la exposición de Ernst Saemisch, titulada «La naturaleza íntima de la vida».
Lo primero que me llamó la atención no fue solo el nombre del artista —que, seamos sinceros, no es un nombre que escuches todos los días en la cola del Alsa—, sino quién está detrás de la curaduría. Nada menos que Eugenio Caballero. Si el nombre os suena pero no termináis de ubicarlo, os refresco la memoria: es el tipo que ganó un Óscar por el diseño de producción de El laberinto del Fauno. Sí, el que creó esos mundos oscuros y fascinantes para Guillermo del Toro. Que un visionario del cine se meta a organizar una muestra de pintura sobre un alemán que acabó enamorado de México, ya nos dice que aquí hay tela que cortar.
La exposición se ha montado en el MUSA (el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara, en México), y aunque nos pille un poco a desmano desde el Puerto de Cartagena, la figura de Saemisch y la mirada de Caballero merecen que nos detengamos un buen rato a analizar qué está pasando ahí. Porque, al final del día, la historia de Saemisch es la historia de muchos artistas del siglo XX: una huida constante hacia la luz.
¿Quién era realmente Ernst Saemisch?
Para entender la magnitud de las más de 200 obras que se exponen, hay que ponerse un poco en contexto. Saemisch nació en 1902. Si echamos la vista atrás, nacer en Alemania en esa fecha era comprar todas las papeletas para vivir un siglo de lo más movidito. Le pilló todo: la posguerra de la Primera, el ascenso del nazismo, la Segunda Guerra Mundial y, por supuesto, esa sensación de que el mundo que conocías se desmoronaba cada diez años.
Vaya, que no lo tuvo fácil. Pero lo interesante de Saemisch es cómo procesó todo ese caos. En lugar de volverse un cínico o dejar de pintar, se dedicó a buscar lo que él llamaba la «naturaleza íntima». No se trata solo de pintar árboles o montañas porque sí, sino de captar ese «algo» que hay detrás de las cosas. Es un poco como cuando intentamos explicarle a alguien qué es el feeling de una ciudad como la nuestra; no son solo las piedras del Teatro Romano, es la luz que les pega a las siete de la tarde.
Saemisch fue un nómada. Vivió en:
- Alemania: Donde se formó y absorbió toda esa estructura mental europea, un tanto rígida pero técnicamente impecable.
- Suiza y Finlandia: Lugares donde el paisaje te obliga a mirar de otra manera. La luz del norte es fría, cortante, casi geométrica. Eso se nota en sus primeras etapas, donde hay una limpieza visual que casi asusta.
- México: El gran cambio. Aquí es donde el artista, ya maduro, se suelta la melena (metafóricamente hablando). Lugares como Valle de Bravo o Veracruz le cambiaron la paleta de colores por completo.
La mano de Eugenio Caballero: El ojo del escenógrafo
Me resulta fascinante que Eugenio Caballero sea el comisario de esta muestra. ¿Por qué? Porque un diseñador de producción no mira un cuadro como lo hace un historiador del arte convencional. Caballero mira espacios, atmósferas y narrativas. Para él, colgar un cuadro no es solo poner un clavo en la pared; es crear un recorrido emocional.
La verdad es que se nota su influencia en cómo está organizada la planta alta del MUSA. No es una sucesión aburrida de marcos. Es casi como entrar en el diario personal de Saemisch. Caballero ha sabido leer esa transición de la oscuridad europea a la explosión lumínica de México. Si mal no recuerdo, en alguna entrevista mencionaba que lo que le atrajo de Saemisch fue precisamente esa capacidad de crear «mundos» dentro de un formato tan pequeño como un lienzo o un papel.
Ojo con esto: Caballero ha seleccionado piezas que van desde el realismo más puro hasta una abstracción que roza lo místico. Es como si nos estuviera diciendo que la vida de Saemisch fue un proceso de «desaprendizaje», de quitarse capas de encima hasta quedarse con la esencia pura del color y la forma.
Un viaje visual: De la estructura al caos controlado
Si tuviéramos la suerte de pasear por las salas de esta exposición, veríamos que el recorrido es casi una lección de geografía emocional. Las obras de su etapa europea tienen algo de esa melancolía de entreguerras. Hay paisajes urbanos que parecen escenarios de una película de expresionismo alemán. Sombras alargadas, edificios que parecen vigilarte… es una pintura que se siente, no sé cómo decirlo, un poco «apretada».
Pero luego llegas a la sección de México. Y ahí, amigos, la cosa cambia. Imaginaos a un tipo que viene del frío gris de Europa y de repente se encuentra con el verde eléctrico de Valle de Bravo o el azul profundo de Veracruz. Es como si a un televisor en blanco y negro le subieras la saturación al máximo de golpe.
En esta parte de la muestra destacan:
- Los paisajes de Valle de Bravo: No son postales para turistas. Son interpretaciones de la fuerza de la naturaleza. Saemisch se obsesionó con cómo la vegetación parece devorarlo todo.
- La abstracción: Poco a poco, los árboles dejan de parecer árboles para convertirse en manchas de color que transmiten sensaciones. Es aquí donde el título «La naturaleza íntima» cobra todo el sentido. Ya no pinta lo que ve, sino lo que siente al estar allí.
- Escenarios urbanos mexicanos: A diferencia de sus ciudades europeas, aquí hay una vitalidad distinta. Hay caos, pero es un caos que late, que tiene ritmo.
¿Por qué nos debería importar esto en España?
A ver, que ya os veo venir. «¿Qué me cuenta este de un alemán en México si yo estoy aquí tomándome un café en la calle Mayor?». Pues tiene más que ver con nosotros de lo que parece. España, y concretamente zonas con tanta historia como la nuestra, sabe mucho de lo que significa la mezcla de culturas y cómo el entorno moldea al artista.
La historia de Saemisch es la historia del exilio y de la adaptación. Muchos artistas españoles tuvieron que hacer el camino inverso o similar durante el siglo XX. Esa búsqueda de un lugar donde la luz no duela, o donde la luz te permita ver cosas nuevas, es universal. Además, la conexión con Eugenio Caballero nos toca de cerca. El cine español le debe mucho a su estética, y ver cómo aplica ese conocimiento a la pintura de un «desconocido» (para el gran público) es una lección de humildad y de amor al arte.
Para que nos entendamos: Saemisch es ese tipo de artista que no buscaba la fama de un Picasso o un Dalí. Él buscaba entender por qué un paisaje le hacía sentir de determinada manera. Y eso, en un mundo donde todo es fachada y likes en Instagram, es casi un acto de rebeldía.
La técnica: Más allá del óleo
Entrando un poco en el «barro» técnico, que sé que a muchos de los que leéis el blog os gusta el detalle, Saemisch no se quedó estancado en una sola herramienta. En las más de 200 piezas hay de todo. Hay una maestría en el uso del temple y la acuarela que es digna de estudio. La acuarela es un medio difícil; no perdona. Si te equivocas, no puedes borrar como en el óleo. Y Saemisch la usaba para captar momentos fugaces, casi como si hiciera fotos mentales antes de que existieran los smartphones.
Me contaron que en la visita guiada que dio Caballero, hizo mucho hincapié en la textura de las obras. Hay cuadros donde la pintura parece que se va a salir del marco, y otros donde es tan sutil que parece un suspiro. Esa variedad es lo que hace que la exposición no sea monótona. Es como un disco con 200 canciones donde cada una tiene un ritmo diferente.
Un detalle curioso que no quiero que se me pase: Saemisch tenía una capacidad asombrosa para retratar la soledad sin que fuera triste. Sus paisajes urbanos, a menudo vacíos de gente, no se sienten abandonados. Se sienten… en calma. Como Cartagena un domingo de agosto a las tres de la tarde, cuando no corre ni un alma pero las piedras parecen hablar.
El legado de un hombre que supo mirar
Al final de todo este recorrido, lo que nos queda de Ernst Saemisch es una invitación a mirar más despacio. La exposición «La naturaleza íntima de la vida» es un recordatorio de que el arte no siempre tiene que ser un gran manifiesto político o una revolución estética. A veces, el arte es simplemente el testimonio de un hombre que caminó por el mundo y se dejó sorprender por la forma de una nube o el color de una montaña en Veracruz.
La labor de rescate que ha hecho el MUSA y la visión de Eugenio Caballero es fundamental. Porque si no fuera por estos esfuerzos, artistas como Saemisch se perderían en los cajones de la historia. Y sería una pena, porque su mirada es un puente entre la vieja Europa y la vitalidad de América Latina.
La conclusión que saco de todo esto es que, aunque estemos rodeados de tecnología y de inmediatez, seguimos necesitando esos espacios de introspección. Ya sea en un museo en Guadalajara o paseando por las murallas de nuestra ciudad, la «naturaleza íntima» es algo que todos llevamos dentro y que, de vez en cuando, necesitamos que alguien nos ayude a redescubrir.
Vaya, que si por un casual alguno de vosotros tiene planeado un viaje a México próximamente, que no se pierda esta muestra. Y si no, pues nos queda el consuelo de investigar su obra por internet, aunque ya os digo que no es lo mismo. La pintura, como el buen café o una charla de bar, gana mucho en las distancias cortas.
Por cierto, me pregunto qué habría pintado Saemisch si hubiera pasado una temporada por aquí, por el Campo de Cartagena. Seguramente se habría vuelto loco con los contrastes entre el ocre de la tierra y el azul del Mediterráneo. Pero eso ya es entrar en el terreno de la imaginación, y para eso ya tenemos bastante con lo que nos ha dejado escrito en sus lienzos.
En fin, que me lío. Si os gusta el arte con sustancia, el que te hace pensar sin darte dolor de cabeza, Ernst Saemisch es vuestro hombre. Y Eugenio Caballero, una vez más, demuestra que el talento no entiende de fronteras entre disciplinas. Cine, pintura, vida… al final, todo es lo mismo si se hace con pasión y un poco de esa «intimidad» de la que hablaba el viejo Ernst.
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