naturaleza / febrero 15, 2026 / 12 min de lectura / 👁 123 visitas

El cambio de tercio: de la persiana bajada al amanecer en el Gorbea

El cambio de tercio: de la persiana bajada al amanecer en el Gorbea

Si hace diez años le hubieras dicho a un chaval de Bilbao o de Donosti que su plan ideal de sábado iba a ser levantarse a las seis de la mañana para subir al Anboto, probablemente te habría mirado con cara de necesitar un café o, directamente, un psicólogo. Por aquel entonces, lo normal era que a esa hora estuviéramos pidiendo la última en algún garito con olor a humedad y suelo pegajoso. Pero las cosas han cambiado, y de qué manera. La verdad es que basta con echar un ojo a las redes sociales un domingo cualquiera para darse cuenta de que algo se ha movido en el tablero del ocio juvenil en Euskal Herria.

Ya no es solo una percepción de «abuelo cebolleta». Los datos y la realidad de los senderos lo confirman. Estamos asistiendo a una especie de migración masiva: la juventud está cambiando el cubata por el termo de café y las zapatillas de suela plana por unas botas con buen agarre. Y ojo, que esto no es solo una moda pasajera de cuatro «modernos» que quieren sacar la foto perfecta para Instagram. Es un cambio estructural en la forma de entender el tiempo libre, impulsado por una mezcla curiosa de tecnología, salud mental y, por qué no decirlo, un poco de ese «postureo» sano que nos empuja a querer enseñar lo bonito que es nuestro entorno.

Recuerdo que, no hace tanto, el monte era cosa de «mendizales» de pura cepa, de esos que llevan la bota de vino y el bocata de tortilla envuelto en papel de aluminio desde los años setenta. Hoy, ese perfil convive con chavales de veinte años que llevan relojes inteligentes de quinientos euros y mallas térmicas de última generación. La montaña se ha democratizado, o mejor dicho, se ha «juvenilizado».

El algoritmo que nos sacó de la discoteca

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Pues, en gran parte, la culpa (o el mérito) la tienen las pantallas que llevamos en el bolsillo. La verdad es que plataformas como TikTok e Instagram han hecho por el senderismo en el País Vasco más que cualquier campaña institucional de turismo. De repente, el algoritmo ha decidido que ver un vídeo de diez segundos con una música relajante y una panorámica de las campas de Urbia es mucho más atractivo que ver a alguien bailando en una pista oscura.

Aquí es donde entran figuras como Iker Balma (@iker_balma). Este tipo de perfiles no son los típicos influencers de moda que te venden una crema para la cara; son gente que comparte su pasión por la cima, que organiza quedadas masivas y que, de alguna forma, ha hecho que subir al monte sea «cool». Vaya, que han conseguido que el esfuerzo físico y el madrugón tengan un estatus social que antes solo tenía el reservado de una discoteca de moda.

Lo curioso es que estas quedadas no son solo para caminar. Se han convertido en los nuevos eventos sociales. Si antes quedabas en la zona de bares para ver a quién te encontrabas, ahora la gente se apunta a una ruta por el Txindoki para conocer gente nueva. Es una forma de socializar mucho más orgánica y, desde luego, con menos resaca al día siguiente. Además, hay un componente de comunidad muy fuerte. No es solo ir al monte, es pertenecer al grupo de los que «aprovechan el día».

El fenómeno de las ‘quedadas’ digitales

Para que nos entendamos, el funcionamiento es sencillo pero efectivo. Un influencer lanza una historia en Instagram: «Sábado a las 9:00 en el parking de Pagasarri. ¿Quién se viene?». Y de repente, aparecen cincuenta personas que no se conocen de nada pero que comparten un interés común. Esto, en una sociedad donde cada vez nos cuesta más romper el hielo en persona, es una herramienta brutal.

Además, este tipo de ocio tiene una barrera de entrada muy baja. Vale, puedes gastarte una pasta en equipo, pero en esencia, solo necesitas unas zapatillas decentes y ganas de andar. En una época donde salir de noche te puede costar cincuenta euros entre copas y taxis, el monte sale casi gratis. Y eso, para el bolsillo de un estudiante o de un joven con un contrato precario, es un argumento de peso.

La «Gorpcore» y la estética de la montaña

No podemos hablar de este cambio sin mencionar la estética. La verdad es que ahora se lleva lo que los expertos en moda llaman «Gorpcore». Básicamente, consiste en vestir como si fueras a subir al Everest pero para ir a comprar el pan o, en este caso, para hacer una ruta por la costa de Zumaia. Marcas que antes eran exclusivas de montañeros técnicos ahora están en todos los armarios jóvenes de Euskal Herria.

Esta tendencia ha ayudado a que el rechazo que algunos jóvenes sentían hacia el monte (visto como algo «de padres») desaparezca. Ahora, llevar una chaqueta técnica de una marca conocida es un símbolo de estatus. Es una mezcla rara entre funcionalidad y moda que ha encajado perfectamente con la cultura vasca, donde siempre hemos tenido un pie en la naturaleza, aunque a veces se nos olvidara entre tanto asfalto.

Y ojo, que esto tiene su parte técnica. No es solo fachada. Los chavales ahora saben lo que es una membrana de Gore-Tex, entienden de suelas Vibram y te comparan tracks en Wikiloc como quien compara alineaciones del Athletic o de la Real. La tecnología se ha integrado en la experiencia: Strava para medir los tiempos, Komoot para planificar y el GPS del móvil para no acabar perdidos en mitad de la niebla en el Gorbea, que ya sabemos que allí la cosa se pone fea en cinco minutos.

¿Salud mental o simple postureo?

A veces me pregunto si este cambio es profundo o si solo estamos buscando el siguiente escenario para nuestras fotos. Pero, al final del día, creo que hay algo más. Venimos de unos años complicados, con una pandemia que nos encerró y nos hizo valorar el aire puro. Para muchos jóvenes, el monte se ha convertido en su válvula de escape frente a la ansiedad de los estudios, el trabajo o la presión constante de las redes.

Hay algo terapéutico en caminar durante tres horas sin cobertura, o al menos, sin mirar el móvil cada dos minutos porque estás demasiado ocupado intentando no tropezar con una raíz. Es un «reset» necesario. La verdad es que la satisfacción de llegar a una cima y ver el mar Cantábrico al fondo no te la da ninguna noche de fiesta, por muy épica que sea. Es un tipo de dopamina diferente: más lenta, más sufrida, pero mucho más duradera.

Además, en Euskal Herria tenemos la suerte de tenerlo todo a tiro de piedra. Si vives en Bilbao, tienes el Pagasarri ahí mismo. Si estás en Donosti, el Ulía o el Adarra te pillan al lado. No hace falta planificar un viaje de tres días; es algo que puedes hacer una mañana y estar en casa para comer. Esa accesibilidad es clave para que los jóvenes hayan adoptado este hábito de forma tan natural.

El impacto en la hostelería local

Este cambio de hábitos también está moviendo el dinero de sitio. Los bares de copas de los centros urbanos están notando que el consumo nocturno ha bajado, pero vete tú a un pueblo como Otxandio o Arantzazu un domingo al mediodía. Los bares están a reventar de gente joven pidiendo el «pintxo» de tortilla y el caldo después de la caminata.

Es una economía más diurna. Los negocios rurales están viendo una segunda juventud gracias a este flujo de gente que busca el «post-ruta». Ya no se busca el gin-tonic de madrugada, se busca la ración de rabas y la cerveza artesana a la una de la tarde bajo el sol (si el tiempo lo permite, que ya sabemos cómo es el clima por aquí). Para que nos entendamos: el gasto se ha desplazado de la noche al día, y del centro de la ciudad a la periferia verde.

La Inteligencia Artificial y el senderismo: una pareja inesperada

Como redactor que trastea mucho con la tecnología, no puedo evitar ver cómo la IA está empezando a asomar la patita en todo esto. Ya no solo usamos Google Maps. Hay aplicaciones que utilizan algoritmos de aprendizaje profundo para recomendarte rutas basadas en tu estado físico, el tiempo que va a hacer y lo que han hecho tus amigos.

Incluso en empresas españolas se están desarrollando soluciones interesantes. Por ejemplo, hay startups que usan visión artificial para identificar especies de plantas o animales durante la ruta, convirtiendo el paseo en una clase de biología interactiva. O sistemas de seguridad que, mediante IA, pueden predecir si una zona de montaña va a estar saturada de gente y te sugieren una alternativa más tranquila. Es curioso cómo lo más ancestral (caminar por el monte) se está dando la mano con lo más puntero (la inteligencia artificial).

Vaya, que si mal no recuerdo, hace unos años lo máximo que hacíamos era mirar un mapa de papel que nunca sabíamos doblar bien. Ahora, llevamos un asistente personal en el reloj que nos dice hasta cuánta agua debemos beber según la humedad del ambiente. A veces me parece un poco excesivo, pero si eso ayuda a que la gente salga más y se pierda menos, bienvenido sea.

Comparando con el sur: de Cartagena a los Pirineos

A veces, hablando con amigos de Cartagena —mi otra debilidad geográfica—, comentamos las diferencias. Allí el senderismo es otra historia. El paisaje es más árido, más volcánico en algunas zonas, y el calor manda. En Euskal Herria, el verde es el protagonista absoluto y la lluvia es una compañera de viaje casi constante.

Pero lo que me sorprende es que este fenómeno de los jóvenes volviendo a la naturaleza es global en España. En la Región de Murcia también se ve a más gente joven subiendo al Roldán o recorriendo Calblanque. Parece que hay una desconexión generacional con el modelo de ocio basado exclusivamente en el alcohol y el encierro en locales. Es como si, de repente, nos hubiéramos dado cuenta de que España es un gimnasio al aire libre increíble y que estábamos perdiendo el tiempo entre cuatro paredes.

Eso sí, el «kit» del montañero vasco sigue teniendo su sello de identidad. Aquí, si no te cae un chaparrón y acabas con barro hasta las orejas, parece que la ruta no ha valido la pena. Es parte del encanto, supongo. Esa resiliencia que tenemos en el norte, donde el mal tiempo no es una excusa, sino un ingrediente más de la aventura.

El papel de la educación y la conciencia ecológica

No todo es culpa de Instagram. También hay que reconocer que las nuevas generaciones tienen una conciencia ambiental mucho más afilada. Para muchos jóvenes, cuidar el entorno empieza por conocerlo. No puedes amar lo que no pisas. Al frecuentar los montes, se vuelven más conscientes de problemas como la gestión de residuos o el cambio climático.

He visto grupos de chavales haciendo «plogging» (recoger basura mientras corres o caminas) por las faldas del Amboto. Eso era impensable hace dos décadas. Hay un respeto por la naturaleza que, aunque a veces conviva con el deseo de sacar la foto perfecta, es real. Saben que esos paisajes son su patrimonio y quieren que sigan ahí.

Además, las escuelas y universidades en el País Vasco siempre han fomentado mucho las salidas al aire libre, pero ahora esa semilla está germinando de forma autónoma. Ya no es una obligación escolar; es una elección de vida. Y eso es lo que realmente marca la diferencia.

¿Es el fin de la fiesta nocturna?

Tampoco nos volvamos locos. No es que las discotecas vayan a cerrar todas mañana porque todo el mundo esté subiendo al Aizkorri. La fiesta sigue ahí, pero ya no es el único menú disponible. Lo que estamos viendo es una diversificación. Muchos jóvenes ahora eligen sus batallas: «Este viernes no salgo porque el sábado quiero hacer la ruta de los flysch en Zumaia».

Es una gestión del tiempo más consciente. La resaca se ha convertido en un precio demasiado alto que pagar cuando el plan alternativo es tan potente. Antes, no salir un viernes era «quedarse en casa haciendo nada». Ahora, no salir un viernes es «prepararse para un planazo el sábado». El cambio de narrativa es total.

Incluso el concepto de «fiesta» está cambiando. Ahora se ven más barbacoas en campas permitidas, o grupos de amigos que alquilan una casa rural para pasar el finde caminando y luego cenar juntos. Es una fiesta más privada, más tranquila y, sinceramente, mucho más sana.

Anécdotas de cumbre: lo que se ve en los senderos

La verdad es que te encuentras de todo. El otro día, subiendo hacia las campas de Urbia, me crucé con un grupo de chavales que llevaban un altavoz Bluetooth (algo que, personalmente, me horroriza, pero bueno). Lo curioso no era el altavoz, sino que no estaban escuchando reggaetón a todo trapo, sino un podcast sobre historia. Me quedé a cuadros.

Esa es la nueva juventud montañera: hiperconectada, curiosa y con una forma de consumir contenido que no entiende de silencios absolutos, pero sí de entornos abiertos. También ves a mucha gente joven con perros. El «boom» de los perros en los pisos de las ciudades ha empujado a muchos dueños jóvenes a salir al monte para que el animal desfogue, y de paso, desfogan ellos. Al final, el perro es el mejor entrenador personal que puedes tener.

Y luego están los «pro». Esos que te adelantan subiendo una pendiente del 20% como si estuvieran paseando por la Gran Vía de Bilbao. Suelen ir con ropa de trail running, apenas llevan una mochila minúscula con agua y parecen no sudar. Son la élite de esta nueva tendencia, los que han llevado el senderismo al siguiente nivel del rendimiento deportivo.

La conclusión que saco de todo esto…

Al final del día, que los jóvenes de Euskal Herria prefieran el aire puro al humo de los garitos es una noticia excelente. Nos dice mucho sobre hacia dónde vamos como sociedad. Estamos buscando experiencias más auténticas, más ligadas a la tierra y menos prefabricadas.

Es verdad que las redes sociales tienen su parte de culpa en la masificación de ciertos puntos (vete tú a San Juan de Gaztelugatxe un festivo y me cuentas), pero en general, el balance es positivo. Hemos recuperado el monte para una generación que parecía perdida entre pantallas. Y lo mejor de todo es que lo han hecho a su manera: con tecnología, con estilo y con una nueva forma de entender la comunidad.

Así que, si este fin de semana pasas por algún sendero de nuestra geografía y te cruzas con un grupo de veinteañeros equipados hasta los dientes, no pienses que están perdidos. Simplemente han descubierto que la mejor red social no es la que tiene una aplicación en el móvil, sino la que se teje paso a paso, entre el barro y las nubes, buscando la siguiente cima. Y oye, si después de la caminata cae un buen chuletón o unos pintxos en el pueblo de abajo, pues eso que se llevan. Que una cosa es ser sano y otra muy distinta es olvidar de dónde venimos.

Para que nos entendamos, el monte en Euskal Herria siempre ha estado ahí, pero ahora tiene una nueva energía. Y a mí, qué queréis que os diga, me parece un cambio de aires maravilloso. Menos luces de neón y más amaneceres entre hayas. No suena nada mal, ¿verdad?

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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