juegos / febrero 18, 2026 / 12 min read

Ese punto dulce del nivel medio

Ese punto dulce del nivel medio

Hay algo extrañamente reconfortante en sentarse frente a una cuadrícula de nueve por nueve, con el café humeante a un lado y el ruido del mundo en pausa. No sé si os pasa a vosotros, pero a mí, que paso media vida entre líneas de código y la otra media intentando descifrar la historia de las piedras de Cartagena, el Sudoku me parece el refugio perfecto. Y si hablamos de clásicos en España, la sección de juegos de EL PAÍS es, básicamente, el patio de recreo digital donde muchos terminamos recalando cuando el cerebro nos pide un «mantenimiento preventivo».

La verdad es que el nivel medio es el gran olvidado, y me parece una injusticia. Los niveles fáciles son como un paseo por el puerto: agradables, pero no te despeinan. Los niveles experto, por otro lado, a veces se sienten como intentar optimizar una base de datos sin índices un lunes a las ocho de la mañana; frustrantes si no tienes el día fino. Pero el nivel medio… ah, el nivel medio es otra historia. Es el desafío justo. Te obliga a levantar la ceja, a usar un par de técnicas que van más allá de lo obvio, pero no te deja con la sensación de que necesitas un doctorado en matemáticas para rellenar un mísero 7.

En la plataforma de EL PAÍS, el Sudoku medio es ese compañero de viaje ideal. No es solo cuestión de rellenar huecos; es un ejercicio de lógica pura que, curiosamente, tiene mucho que ver con cómo programamos. Al final del día, resolver un Sudoku es aplicar un algoritmo de búsqueda con restricciones. Si mal no recuerdo, la primera vez que intenté programar un resolvedor de Sudokus en Python, me di cuenta de que el nivel medio es donde los humanos y las máquinas empezamos a divertirnos de verdad.

¿Por qué nos engancha tanto este rompecabezas?

Vaya, que no es solo por pasar el rato. Hay una carga psicológica importante. Vivimos en un entorno caótico, donde las noticias vuelan y a veces parece que nada tiene sentido. El Sudoku nos ofrece un universo cerrado con reglas inamovibles. Si pones un 4 donde no toca, el sistema colapsa, pero es un error que puedes arreglar. No hay ambigüedades. En un mundo de «dependes», el Sudoku es un «es o no es». Y eso, para los que tenemos la cabeza siempre a mil, es casi terapéutico.

Además, la interfaz que se han montado en EL PAÍS está bastante bien resuelta. Es limpia, no te bombardea con distracciones y permite que te centres en lo que importa: la cuadrícula. A veces, menos es más, y en el diseño de juegos online, esa es una máxima que no siempre se respeta.

La anatomía de un Sudoku: Un poco de historia y técnica

Ojo con esto, porque mucha gente piensa que el Sudoku es un invento japonés milenario. Nada más lejos de la realidad. Aunque el nombre es japonés (viene de Sūji wa dokushin ni kagiru, que básicamente significa «los números deben estar solos»), el concepto moderno nació en Estados Unidos a finales de los 70 bajo el nombre de Number Place. Pero si nos ponemos exquisitos y tiramos de historia, el tatarabuelo de todo esto son los Cuadrados Latinos de Leonhard Euler, aquel matemático suizo que era un auténtico genio.

Para que nos entendamos, un Sudoku de nivel medio en EL PAÍS suele requerir algo más que la simple observación directa. Aquí es donde entran en juego técnicas como el «Naked Pair» (parejas desnudas) o el «Hidden Single» (el único oculto). No os asustéis por los nombres en inglés, que suenan a técnica de marketing, pero son conceptos de lógica pura.

  • Parejas desnudas: Si en una fila tienes dos casillas que solo pueden contener los mismos dos números (digamos el 2 y el 5), puedes estar seguro de que esos números no pueden estar en ninguna otra casilla de esa fila. Es una forma elegante de limpiar el ruido.
  • El único oculto: A veces, un número parece que podría ir en varios sitios, pero si miras con atención una región de 3×3, te das cuenta de que solo hay una casilla donde ese número encaja legalmente. Es como encontrar la pieza que falta en un puzle de mil piezas de la Muralla Púnica.

El código detrás de la cuadrícula

Como sé que por aquí hay mucho perfil tecnológico, no puedo evitar mencionar cómo se genera esto. No creáis que hay un señor en una oficina de Madrid poniendo números a mano cada mañana. Se utilizan algoritmos de backtracking. Básicamente, el programa intenta poner un número, ve si cumple las reglas y, si llega a un callejón sin salida, vuelve atrás y prueba otra combinación.

Para un nivel medio, el algoritmo tiene que asegurarse de que el Sudoku tenga una única solución (esto es vital, un Sudoku con dos soluciones es un Sudoku mal hecho) y que el número de pistas iniciales sea el adecuado para que no sea trivial pero tampoco imposible. Es un equilibrio delicado, casi como cocinar un buen caldero cartagenero: si te pasas de arroz, mal; si te quedas corto de pescado, peor.


# Un ejemplo rápido de cómo piensa la máquina (Backtracking simplificado)
def es_valido(tablero, num, pos):
    # Comprobar fila
    for i in range(len(tablero[0])):
        if tablero[pos[0]][i] == num and pos[1] != i:
            return False
    # Comprobar columna...
    # Comprobar cuadrado 3x3...
    return True

La verdad es que ver cómo una máquina resuelve en milisegundos lo que a nosotros nos lleva diez minutos de café es humillante y fascinante a partes iguales.

Más allá del Sudoku: El ecosistema de juegos de EL PAÍS

Pero no solo de Sudokus vive el hombre (o la mujer) curioso. Si entras en la sección de juegos de EL PAÍS buscando ese nivel medio, es muy probable que acabes picando en otras cosas. Y es que han sabido crear un ecosistema de «gimnasia mental» muy apañado.

La Palabra Secreta y el fenómeno Wordle

Seguro que os acordáis de la fiebre del Wordle hace un par de años. Pues bien, la «Palabra Secreta» es la versión de la casa. Son cinco letras, seis intentos y esa tensión de ver si la ‘E’ va en el sitio correcto o si te has vuelto a olvidar de que en español usamos muchas tildes (aunque en estos juegos suelan omitirse por salud mental). Es un juego rápido, ideal para el trayecto en el metro o mientras esperas a que se compile el código.

Autodefinidos y Crucigramas

Aquí es donde sale mi vena más clásica. Los autodefinidos son un pilar de la cultura de quiosco en España. Quién no ha visto a alguien en una terraza de la Plaza del Ayuntamiento de Cartagena, boli en mano, peleándose con una definición de «río de Alemania en tres letras». En la versión online de EL PAÍS, han conseguido trasladar esa experiencia sin que se pierda la esencia. El crucigrama experto, por cierto, es harina de otro costal. Ahí ya entramos en terrenos donde la cultura general y la agilidad mental tienen que ir de la mano.

El MiniSudoku: Para los que tienen prisa

Si el nivel medio se te hace largo porque tienes una reunión en cinco minutos, el MiniSudoku es tu salvación. Cuadrículas más pequeñas, resolución rápida, pero con la misma satisfacción de «misión cumplida». Es el equivalente a un snack saludable para el cerebro.

La importancia de mantener el cerebro ágil

A veces nos olvidamos de que el cerebro, aunque no sea un músculo en el sentido literal, se comporta como tal. Si no lo usas, se oxida. Y en una era donde los algoritmos de las redes sociales nos lo dan todo masticado, forzarnos a pensar, a descartar opciones y a establecer conexiones lógicas es más necesario que nunca.

Jugar al Sudoku nivel medio no te va a convertir en el próximo Isaac Peral, pero sí que ayuda a mantener esa chispa de curiosidad y esa capacidad de análisis que tanta falta hace hoy en día. Además, hay estudios que sugieren que este tipo de actividades pueden ayudar a retrasar el deterioro cognitivo. No sé si será verdad al cien por cien, pero por si acaso, yo sigo rellenando mis cuadritos.

Un pequeño truco personal

Os voy a contar algo que yo hago cuando me quedo atascado en un Sudoku de nivel medio. A veces, el problema no es que no sepas la solución, sino que tus ojos se han acostumbrado al error. Lo que yo hago es dejar el móvil o la pantalla, levantarme, mirar por la ventana (si tengo vistas al mar, mejor, pero una pared también sirve) y volver a los dos minutos. Casi siempre, el número que faltaba aparece ante mis ojos como por arte de magia. Es el famoso «efecto incubación» de la psicología creativa. A veces, para avanzar, hay que saber parar.

¿Por qué EL PAÍS y no otra plataforma?

Hay mil sitios para jugar al Sudoku, eso es verdad. Pero la ventaja de EL PAÍS es la curación de contenidos. Sabes que los niveles están bien calibrados. No hay nada más molesto que entrar en una web de juegos aleatoria, poner «nivel medio» y encontrarte con algo que resolvería un niño de cinco años o, peor aún, algo que requiere técnicas de nivel experto que no vienen a cuento.

Además, está el componente de comunidad. Aunque juegues solo, sabes que hay miles de personas en toda España peleándose con la misma cuadrícula que tú. Es una especie de ritual compartido, una tradición que ha pasado del papel al píxel sin perder su dignidad. Y eso, en los tiempos que corren, tiene su mérito.

La transición del papel al digital

Reconozco que echo de menos el olor a tinta y el tacto del papel de periódico de vez en cuando. Había algo místico en emborronar los márgenes con números pequeñitos. Pero la versión digital tiene ventajas imbatibles: puedes borrar sin dejar un agujero en el papel, el sistema te avisa si has cometido un error flagrante (si quieres, claro, que hay quien prefiere el modo masoquista) y no necesitas llevar un bolígrafo encima que siempre se queda sin tinta en el momento más inoportuno.

Para los que vivimos en ciudades con tanta historia como Cartagena, donde el pasado te asalta en cada esquina, combinar esa herencia con herramientas digitales modernas nos resulta de lo más natural. El Sudoku es, en esencia, un juego atemporal. No necesita gráficos en 4K ni una conexión de fibra óptica de última generación para ser adictivo. Solo necesita tu atención.

Consejos para dominar el nivel medio

Si estás decidido a hincarle el diente a los Sudokus de nivel medio en EL PAÍS, aquí te dejo unos consejos de «viejo lobo de mar» de las cuadrículas:

  1. No adivines nunca: El Sudoku es un juego de certeza. Si pones un número «por si acaso», tienes un 90% de probabilidades de arruinar la partida. Si no estás seguro, sigue buscando en otra parte del tablero.
  2. Escanea por números: Empieza buscando todos los 1, luego todos los 2, y así sucesivamente. A veces, al centrarte en un solo dígito, los patrones saltan a la vista mucho más rápido.
  3. Usa las notas: En la versión online de EL PAÍS puedes poner números pequeñitos en las esquinas de las casillas. Úsalos. No intentes retenerlo todo en la cabeza, que para eso están las máquinas.
  4. Mira las intersecciones: El secreto de los niveles medios suele estar en las intersecciones entre filas, columnas y regiones. No mires solo el cuadrado de 3×3; mira cómo las filas que lo atraviesan limitan las opciones.

Al final del día, lo importante no es si tardas cinco o quince minutos. Lo importante es ese momento de «¡ajá!» cuando encajas la última pieza y todo el tablero cobra sentido. Es una pequeña victoria cotidiana, un orden efímero que nosotros mismos hemos creado en medio del caos del día a día.

La conclusión que saco de todo esto es que, ya sea por nostalgia, por mantener el cerebro activo o simplemente por desconectar del trabajo, los juegos online de EL PAÍS, y en concreto sus Sudokus de nivel medio, son una herramienta fantástica. Son accesibles, están bien diseñados y nos recuerdan que, a veces, los problemas más complejos tienen soluciones lógicas si tenemos la paciencia de buscarlas. Así que, la próxima vez que tengáis un hueco, ya sabéis dónde encontrarme: probablemente estaré peleándome con un 8 que se resiste a aparecer en su casilla.

Written by unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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