IA / marzo 23, 2026 / 12 min de lectura / 👁 322 visitas

El criterio como brújula en el caos algorítmico

Hace nada, apenas un par de años, entrar en una sala de profesores y mencionar la Inteligencia Artificial era como soltar una granada de humo. Había de todo: desde el que se echaba las manos a la cabeza pensando que los chavales no volverían a escribir una redacción por sí mismos, hasta el entusiasta que creía que los robots iban a corregir exámenes mientras él se tomaba un café en la calle Mayor de Cartagena. Pero ese humo se está disipando. La fase del asombro —y del pánico ciego— ha pasado. Ahora estamos en lo que a mí me gusta llamar «la fase del aterrizaje forzoso», donde lo que importa no es si la IA entra en clase, sino cómo demonios la usamos para que no se convierta en un juguete caro o en una máquina de generar deberes vacíos.

La verdad es que, si nos paramos a pensarlo, esto ya lo hemos vivido. Los que peinamos alguna cana recordamos cuando llegaron los primeros ordenadores a los institutos de la Región de Murcia. Aquellos armatostes con monitor de tubo que ocupaban media mesa. Al principio eran una curiosidad, luego una distracción, y al final terminaron siendo una herramienta más, como el bolígrafo o la regla. Con la IA está pasando lo mismo, pero a una velocidad que te deja sin aliento. Ya no hablamos de «el futuro», hablamos de lo que pasó ayer en el aula de 4º de la ESO.

Vicent Gadea lo dejaba caer hace poco en sus redes y no le falta razón: el debate ha mutado. Ya no estamos para perder el tiempo discutiendo si ChatGPT es el demonio o el mesías. La cuestión ahora es el criterio. Y ojo, que el criterio no se compra en una tienda de software ni se descarga con una actualización de Windows. El criterio es esa capacidad puramente humana de saber cuándo una respuesta de la IA es una genialidad y cuándo es una «alucinación» como una catedral.

Para que nos entendamos, usar la IA en educación sin criterio es como darle un Ferrari a alguien que no tiene ni el carné de conducir. Sí, el coche corre mucho, pero lo más probable es que acabes empotrado contra la primera farola que encuentres. En el contexto educativo español, donde tenemos una burocracia que a veces parece diseñada por Kafka en un mal día, aterrizar la IA con sentido común es un reto mayúsculo. No se trata de que el alumno genere un resumen de la Guerra de la Independencia en tres segundos, sino de que sepa cuestionar si ese resumen está omitiendo el papel de las guerrillas locales o si se está inventando un dato histórico.

La verdad es que me preocupa que nos quedemos en la superficie. En España, a veces somos muy de ponernos la medalla de la «innovación tecnológica» porque hemos comprado trescientas tablets, pero luego no sabemos qué hacer con ellas más allá de usarlas como cuadernos caros. Con la IA, el aterrizaje tiene que ser pedagógico, no solo técnico. Tenemos que enseñar a los chavales a ser directores de orquesta de estos algoritmos, no simples espectadores pasivos.

¿Sustitución o aumento? El eterno dilema del docente

Hay un miedo latente, un runrún en los pasillos de los centros educativos: «¿Me va a quitar el puesto un bot?». Mira, si tu trabajo consiste únicamente en repetir como un loro lo que pone en un libro de texto de hace diez años, pues igual sí tienes un problema. Pero la enseñanza de verdad, esa que te marca, la que te hacía salir de clase en el instituto Isaac Peral de Cartagena con la cabeza dándole vueltas a una idea, eso no lo hace un modelo de lenguaje por muchos parámetros que tenga.

La IA no viene a sustituir al profesor, viene a quitarle de encima la paja. Esa corrección repetitiva, la generación de ejercicios de refuerzo personalizados para cada alumno o la organización de materiales. Imagina que tienes treinta alumnos en clase. Cada uno con su ritmo, sus problemas en casa y sus intereses. Es humanamente imposible atender a cada uno como se merece. Ahí es donde la IA entra como un asistente personal hipervitaminado. Puede generar tres niveles distintos de dificultad para un mismo problema de matemáticas en lo que tardas en parpadear.

Pero —y este es un «pero» del tamaño del Teatro Romano— el toque humano es insustituible. La IA no sabe si un alumno está triste porque ha suspendido o si tiene un potencial oculto que solo necesita un empujón de confianza. La IA procesa datos; los profesores procesan almas, por muy cursi que suene. Por eso, en esta nueva fase, el docente pasa de ser el «poseedor del saber» a ser un mentor, un guía que enseña a navegar en un mar de información generada artificialmente.

Un poco de código para bajar a la tierra

A veces, para entender de qué hablamos cuando decimos «aterrizar la IA», hay que mancharse un poco las manos. No hace falta ser un ingeniero de la NASA, pero entender cómo funciona por debajo ayuda a perderle el miedo. Muchos profesores en España ya están empezando a trastear con pequeñas automatizaciones. No hablo de crear un nuevo modelo desde cero, sino de usar lo que ya existe para facilitarse la vida.

Por ejemplo, imagina un script sencillo en Python que utilice la API de OpenAI (o cualquier modelo local como Llama 3, que ahora está muy de moda por ser abierto) para analizar las dudas más frecuentes de un foro de clase y agruparlas por temas. Esto le ahorra al profesor horas de lectura y le permite ir directo al grano en la siguiente sesión presencial.


# Un ejemplo tonto pero útil para un profesor que sepa un pelín de Python
import openai

def analizar_dudas_alumnos(lista_dudas):
    prompt = f"""
    Eres un asistente pedagógico experto. Analiza las siguientes dudas de mis alumnos de 2º de Bachillerato 
    sobre la historia de Cartagena en el siglo XIX. Agrupa las dudas por temas comunes y sugiere 
    una actividad de 10 minutos para resolver la confusión más repetida.
    
    Dudas: {lista_dudas}
    """
    
    response = openai.chat.completions.create(
        model="gpt-4o",
        messages=[{"role": "user", "content": prompt}]
    )
    return response.choices[0].message.content

# El profesor solo tiene que pegar las dudas que le han llegado por correo o Moodle
dudas_reales = [
    "No entiendo qué pasó con la Revolución Cantonal",
    "¿Por qué Cartagena fue tan importante en 1873?",
    "¿El Cantón de Cartagena era un país aparte?",
    "Me lío con los bombardeos de la ciudad"
]

print(analizar_dudas_alumnos(dudas_reales))

Vaya, que esto no es magia negra. Es simplemente usar la potencia de cálculo para organizar el caos. El profesor sigue siendo el que decide si la actividad sugerida por la IA es una tontería o si realmente va a ayudar a sus alumnos a entender por qué su ciudad fue el epicentro de un lío monumental en el siglo XIX. La IA propone, el humano dispone. Esa es la regla de oro de esta nueva fase.

El contexto español: entre la ley y la realidad del aula

No podemos hablar de IA en educación en España sin mencionar el elefante en la habitación: la normativa. Aquí somos muy de regular antes de entender. Que si la protección de datos, que si la privacidad de los menores (que es sagrada, ojo), que si el uso de móviles en clase… Es un campo de minas legal. Muchos centros educativos quieren innovar, pero tienen miedo de que les caiga una multa de la Agencia Española de Protección de Datos por usar herramientas que alojan los servidores en el quinto pino.

Además, está la brecha digital. Es muy bonito hablar de tutores inteligentes personalizados cuando hay colegios en barrios humildes donde todavía pelean porque el Wi-Fi llegue a todas las aulas o porque los portátiles de la Junta no tarden media hora en arrancar. Si no tenemos cuidado, la IA en lugar de ser un ascensor social va a terminar siendo una brecha más. El hijo de una familia con recursos tendrá su «copiloto» de IA premium que le ayude con los deberes, mientras que el chaval con menos suerte se quedará con lo que buenamente pueda darle un sistema público a veces saturado.

La verdad es que el reto no es solo tecnológico, es político y social. Necesitamos una estrategia nacional que no se quede en palabras bonitas, sino que baje al barro. Que forme a los docentes no con cursos de tres horas un viernes por la tarde, sino con tiempo real para experimentar y fallar. Porque sí, vamos a fallar mucho antes de dar con la tecla.

Lecciones de la historia: de Isaac Peral a los algoritmos

A veces me gusta mirar hacia atrás para entender hacia dónde vamos. Aquí en Cartagena tenemos el ejemplo perfecto de innovación incomprendida: Isaac Peral. El tío inventó el primer submarino torpedero eléctrico, una maravilla que estaba décadas por delante de su tiempo. ¿Y qué pasó? Pues que se topó con la incomprensión, las envidias y una burocracia que no supo ver el potencial de lo que tenía delante. Al final, el submarino acabó oxidándose en un muelle durante años antes de ser reconocido como la joya que era.

Con la IA en la educación corremos el mismo riesgo. Podemos ignorarla, ponerle trabas absurdas o dejar que se oxide por miedo a lo desconocido. O podemos ser como Peral: valientes, analíticos y con una visión clara de que la tecnología, bien usada, puede cambiar las reglas del juego. La IA es nuestro nuevo submarino. Puede que al principio nos dé un poco de claustrofobia y que no sepamos muy bien cómo manejar todos los mandos, pero nos permite explorar profundidades que antes eran inalcanzables.

En las universidades, como la Politécnica de Cartagena (UPCT), ya se nota este cambio de chip. Ya no se trata de prohibir que los alumnos usen herramientas de IA para programar o para redactar informes técnicos. Se trata de evaluar de otra manera. Si una IA puede hacer tu examen, es que tu examen no vale para nada. El reto ahora es diseñar evaluaciones donde la IA sea una herramienta permitida, pero donde el valor añadido lo ponga el estudiante: su capacidad crítica, su creatividad y su forma de conectar conceptos inconexos.

La ética no es una asignatura optativa

Ojo con esto, porque es donde nos la jugamos. La IA no es neutra. Los modelos están entrenados con datos que tienen sesgos, prejuicios y una visión del mundo muy anglosajona. Si dejamos que la educación de nuestros hijos dependa exclusivamente de algoritmos diseñados en Silicon Valley, corremos el riesgo de perder nuestra propia identidad cultural y nuestra capacidad de pensamiento crítico local.

¿Qué pasa si le preguntas a una IA sobre un conflicto histórico español y te da una respuesta basada en una visión sesgada? ¿O si el algoritmo de recomendación de lecturas decide que un alumno no es «apto» para ciertas carreras basándose en patrones estadísticos cuestionables? En esta nueva fase, la alfabetización ética es tan importante como la digital. Los alumnos tienen que saber que detrás de esa interfaz amable y servicial hay una caja negra con intereses comerciales y sesgos algorítmicos.

Para que nos entendamos: no queremos usuarios de IA, queremos ciudadanos críticos que sepan usar la IA. Y eso se enseña cuestionando, debatiendo y, a veces, llevando la contraria a la propia máquina. «Mira, ChatGPT dice esto, pero vamos a contrastarlo con esta otra fuente o con lo que sabemos de nuestra propia realidad». Ese ejercicio de contraste es, posiblemente, la lección más valiosa que se puede dar hoy en día en un aula.

¿Cómo aterrizamos esto mañana por la mañana?

Si eres docente y estás leyendo esto con un poco de ansiedad, relájate. No tienes que convertirte en un experto en redes neuronales de la noche a la mañana. La clave para entrar en esta nueva fase es la curiosidad humilde. Empieza por cosas pequeñas. Usa la IA para generar ideas para una unidad didáctica, para crear rúbricas de evaluación (que son un dolor de cabeza) o para explicar un concepto complejo mediante una analogía que a ti no se te habría ocurrido.

Aquí tienes una lista de cosas que puedes probar sin volverte loco:

  • Personalización del material: Pídele a la IA que adapte un texto difícil a un lenguaje más sencillo para alumnos con dificultades de comprensión lectora.
  • Generación de «contraejemplos»: Pide a la IA que escriba un argumento con fallos lógicos sobre un tema que estéis tratando en clase y reta a tus alumnos a encontrarlos.
  • Roleplay histórico: Configura un chat para que actúe como un personaje histórico (un general cartaginés, por ejemplo) y deja que los alumnos le hagan preguntas. Pero luego, haced un «fact-checking» de lo que ha dicho el bot.
  • Asistente de feedback: Usa la IA para dar una primera capa de feedback constructivo sobre borradores de trabajos, para que los alumnos puedan mejorar antes de la entrega final.

La verdad es que las posibilidades son infinitas, pero siempre con el profesor al volante. No se trata de trabajar más, sino de trabajar de otra forma. Y, sobre todo, de no perder de vista que el objetivo final sigue siendo el mismo de siempre: que el alumno aprenda a pensar por sí mismo.

Al final del día, lo que queda es el factor humano

La conclusión que saco de todo esto es que estamos viviendo un momento histórico, sí, pero no hay que perder los papeles. La IA en educación está dejando de ser un espectáculo de magia para convertirse en una herramienta de taller. Y como toda herramienta, requiere destreza, práctica y, sobre todo, saber para qué la quieres usar.

En Cartagena sabemos mucho de resistir embates y de adaptarnos a los tiempos. Hemos visto pasar civilizaciones, revoluciones y crisis, y aquí seguimos, con nuestra mezcla de historia y modernidad. La educación con IA será igual. Habrá mucho ruido, muchos gurús vendiendo la próxima panacea y muchos miedos infundados. Pero al final, lo que quedará será ese momento mágico en el que un alumno entiende algo nuevo, se le enciende la bombilla y siente curiosidad por el mundo que le rodea.

Si la IA nos ayuda a tener más de esos momentos porque nos quita de encima el trabajo burocrático y repetitivo, bienvenida sea. Pero si dejamos que se convierta en un muro entre el profesor y el alumno, habremos fracasado. Así que, menos miedo y más criterio. Menos fuegos artificiales y más aterrizaje con sentido común. Al fin y al cabo, la inteligencia, por muy artificial que sea, nunca podrá sustituir a la sabiduría de un buen maestro que sabe cuándo cerrar el libro (o apagar la pantalla) y simplemente escuchar a sus alumnos.

Vaya, que el camino es largo y apenas estamos empezando a caminar. Pero la verdad es que, si lo hacemos bien, puede ser una etapa de lo más interesante para la educación en nuestro país. Ojo con lo que viene, porque va a ser de todo menos aburrido.

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