A veces uno se queda mirando el Mediterráneo desde el puerto de Cartagena, aquí en nuestra tierra, y se olvida de que al otro lado del charco, en ese Pacífico que suena a aventura de las de antes, hay gente que mira el mar con la misma curiosidad y, sobre todo, con las mismas ganas de entender cómo funciona este planeta que nos estamos cargando a marchas forzadas. La verdad es que, cuando me puse a cotillear lo que están haciendo en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Valparaíso (UV), me dio un poco de envidia sana. Y es que, aunque nos separen miles de kilómetros, la forma en que entienden la ciencia allí tiene un «no sé qué» que me recuerda mucho a nuestra resiliencia local.
Para los que no estéis muy puestos en el mapa académico chileno, la UV es una de esas instituciones que no se andan con chiquitas. No es solo un sitio donde vas a que te den un título y a sufrir con los exámenes de cálculo. Es un hervidero de ideas que, curiosamente, tiene una conexión vital con el mar y el cielo, algo que a los cartageneros nos toca la fibra. Pero vamos a dejarnos de romanticismos de barra de bar y vamos a lo mollar, porque lo que está pasando en esa facultad de cara al 2026 y lo que han descubierto recientemente sobre la Antártida es para sentarse y leer con calma.
Si mal no recuerdo, la Facultad de Ciencias de la UV no nació ayer por generación espontánea. Hay que remontarse a finales de 1958. Por aquel entonces, el rector de la Universidad de Chile, un tal Juan Gómez Millas (un tipo que, por lo que cuentan las crónicas, tenía las luces bastante largas), firmó el decreto para que esto empezara a rodar. En aquella época, la ciencia en Chile estaba muy centralizada en Santiago, y abrir una facultad de este calibre en Valparaíso fue un movimiento valiente. Fue como cuando aquí en España empezamos a descentralizar la formación técnica y científica para que no todo pasara por Madrid o Barcelona.
Lo que empezó como un proyecto pequeño ha terminado siendo un referente en investigación básica y aplicada. Y es que, al final del día, la ciencia no entiende de fronteras, pero sí de contextos. Valparaíso, con sus cerros y su puerto, es el laboratorio perfecto para estudiar desde la meteorología hasta la biología marina. Es un caos organizado que alimenta la curiosidad de cualquiera que tenga dos dedos de frente.
Cuando el trópico hace que la Antártida sude: El estudio de Nature
Ojo con esto, porque no es ninguna tontería. Hace nada, un equipo de científicos, entre los que se encuentra Deniz Bozkurt, investigador del Departamento de Meteorología de la UV, ha publicado un estudio en la prestigiosa revista Nature. Ya sabéis que publicar en Nature es como si a un director de cine le dan un Oscar y un Goya el mismo día. No es moco de pavo.
La investigación demuestra algo que suena a guion de película de ciencia ficción, pero que es una realidad climática aplastante: las tormentas tropicales están desencadenando el derretimiento de la Antártida. Vaya, que lo que pasa en el Caribe o en las zonas cálidas del Pacífico tiene un impacto directo en el hielo del sur. Para que nos entendamos, es como si encendieras la calefacción en el salón y se te derritiera el hielo del cubata que tienes en la terraza.
El mecanismo es complejo, pero Bozkurt y su equipo lo explican de forma que hasta yo, después de tres cafés, lo entiendo. Se trata de los llamados «ríos atmosféricos». Son bandas estrechas de humedad concentrada que viajan por la atmósfera. Cuando una tormenta tropical potente se forma, puede empujar estos ríos de aire cálido y húmedo hacia el polo sur. Al llegar allí, ese calor no solo derrite la superficie, sino que altera todo el equilibrio térmico de la zona. Esto es un aviso a navegantes: el clima es un sistema global. Si tocamos una tecla en el Ecuador, la sinfonía se desafina en los polos.
Este tipo de investigaciones son las que ponen a la Facultad de Ciencias de la UV en el mapa mundial. No están encerrados en un laboratorio mirando el ombligo de su ciudad; están mirando el mundo y tratando de descifrar por qué el termómetro se está volviendo loco.
Astronomía: De Valparaíso a los confines del universo
Si hay algo que me flipa de esta facultad es el IFA-UV (Instituto de Física y Astronomía). Hace poco celebraron el Día de la Astronomía y se trajeron al profesor José Maza. Si no sabéis quién es Maza, imaginad a una mezcla entre Carl Sagan y ese abuelo sabio que te explica las cosas con una paciencia infinita y mucha chispa. Fue una jornada de esas que hacen afición, llenando espacios y acercando las estrellas a la gente de a pie.
La astronomía en Chile es casi una religión, y no es para menos. Tienen los cielos más limpios del planeta (con permiso de Canarias, que aquí barremos para casa). Pero lo interesante es cómo la UV integra esto en su formación. No se trata solo de mirar por un telescopio y decir «mira qué bonita esa nebulosa». Se trata de física pura, de entender la gravedad, la luz y el tiempo. Es, en esencia, la máxima expresión de la curiosidad humana.
Además, la facultad mantiene lazos estrechos con instituciones internacionales. Hace poco recibieron a una delegación de la Universidad de Leiden, de los Países Bajos. Estuvieron hablando de colaboraciones científicas y de cómo montar programas de doctorado conjuntos. Esto es vital. En el mundo de la ciencia, si te quedas solo, te mueres de asco. La colaboración con Leiden, que es una de las universidades más antiguas y potentes de Europa, dice mucho del nivel que se gastan en Valparaíso.
Mujeres, mar y memoria: Un libro necesario
Cambiando un poco de tercio, pero sin salirnos de la ciencia, hay una noticia que me ha parecido especialmente bonita. Un grupo de académicas de la facultad ha lanzado un libro que rescata la trayectoria de la oceanografía chilena, pero con un enfoque muy concreto: el rol de las mujeres en las ciencias del mar.
La verdad es que ya iba siendo hora. Durante décadas, la imagen del científico marino era la de un tipo con barba, jersey de lana y pipa, muy al estilo Jacques Cousteau. Pero las mujeres han estado ahí, a pie de muelle y de microscopio, sacando adelante investigaciones fundamentales mientras el mundo miraba para otro lado. Este libro no es solo un ejercicio de nostalgia; es un acto de justicia histórica. En una ciudad como Cartagena, donde el mar lo es todo, sabemos bien que la mar no entiende de géneros, sino de valor y de inteligencia. Me parece un acierto total que la UV ponga en valor este legado.
¿Quieres ser científico en 2026? Así está el patio
Si hay algún estudiante por aquí que esté pensando en dar el salto, o si tienes algún sobrino de esos que se pasan el día preguntando el porqué de las cosas, ojo al proceso de admisión 2026. La Facultad de Ciencias de la UV ya está calentando motores.
Lo que más me gusta de su propuesta es que no se limitan a la vía tradicional de la selectividad (o la PAES, como le llaman allí). Tienen lo que denominan «Ingresos Especiales». Esto es clave porque reconoce que el talento no siempre se mide bien en un examen de tres horas un martes por la mañana. Hay gente con capacidades distintas, con trayectorias vitales diferentes o con un talento deportivo o artístico que también suma a la hora de hacer ciencia.
Las carreras que ofrecen son potentes:
- Meteorología: Fundamental con la que está cayendo (literalmente) con el cambio climático.
- Física: Para los que quieren entender las reglas del juego del universo.
- Astronomía: Para los que tienen la cabeza en las nubes, pero los pies en las matemáticas.
- Matemáticas y Estadística: El lenguaje en el que está escrito todo lo demás.
- Biología Marina: Para los que, como nosotros, no pueden vivir lejos del salitre.
Y no se quedan solo en el grado. Los programas de postgrado (magíster y doctorado) están muy enfocados a la investigación real. No es paja académica; es ciencia para el desarrollo del país, como dicen ellos. Y eso es algo que deberíamos aplicar más a menudo por aquí: que la universidad no sea una burbuja, sino un motor para la sociedad.
Un poco de «código» y ciencia de datos
Para los que venís a este blog buscando algo de chicha tecnológica, no penséis que la Facultad de Ciencias vive solo de probetas y telescopios. Hoy en día, la ciencia es, en gran medida, gestión de datos. Un meteorólogo de la UV pasa más tiempo delante de una terminal de Python que mirando al cielo con un higrómetro de mano.
Para que os hagáis una idea, procesar los datos de los ríos atmosféricos que mencionaba antes requiere una capacidad de cómputo brutal. Estamos hablando de modelos climáticos que corren en clústeres de alto rendimiento. Si te mola el análisis de datos, la ciencia es tu sitio. Aquí os dejo un ejemplo tonto de cómo se podría empezar a filtrar datos de temperaturas anómalas en Python, algo que un estudiante de primero de ciencias en la UV ya debería manejar con soltura (o al menos estar en ello):
import pandas as pd
# Imaginemos que tenemos un CSV con temperaturas de la Antártida
datos_clima = pd.read_csv('temperaturas_antartida.csv')
# Buscamos esos días donde el calor se nos fue de las manos
# (Para un pingüino, 5 grados es como para nosotros estar en Murcia en agosto)
anomalias = datos_clima[datos_clima['temperatura'] > 5]
if not anomalias.empty:
print(f"Vaya, tenemos {len(anomalias)} días con calor sospechoso.")
print("Habrá que llamar a los de la UV para que nos expliquen qué pasa.")
else:
print("Todo frío por aquí. De momento.")
Es un ejemplo muy simple, casi de broma, pero la realidad detrás de la investigación de Deniz Bozkurt implica algoritmos de aprendizaje automático (Machine Learning) para identificar patrones en el movimiento de las masas de aire. La ciencia moderna es, básicamente, saber hacerle las preguntas correctas a una montaña de datos.
¿Por qué nos debería importar esto en España?
Podríais pensar: «Vale, muy bien lo de Valparaíso, pero a mí qué me cuentas si yo vivo en Cartagena o en Albacete». Pues nos importa, y mucho. Primero, porque el cambio climático no tiene pasaporte. Lo que descubren allí sobre el derretimiento de los polos nos afecta directamente en el nivel del mar de nuestras costas. Si el hielo de la Antártida se va al traste, las playas de La Manga van a tener un problema serio.
Segundo, porque el modelo de «universidad de ciudad portuaria» es algo que compartimos. Valparaíso y Cartagena tienen esa alma de frontera, de lugar donde llega gente de todas partes y donde la ciencia siempre ha tenido un componente práctico, ya sea para navegar mejor o para entender el clima. Ver cómo una facultad allí se abre al mundo, colabora con los mejores y encima se preocupa por rescatar la historia de sus mujeres científicas, es un espejo en el que mirarse.
Además, la verdad es que la conexión entre España y Chile en temas científicos es histórica y muy fluida. Muchos investigadores de aquí terminan allí y viceversa. Es un trasvase de talento que nos enriquece a todos.
La ciencia como motor de cambio
Al final de todo este rollo que os he soltado, la conclusión que saco es que la Facultad de Ciencias de la UV es un ejemplo de cómo se deben hacer las cosas. Tienen claro que la ciencia es para el desarrollo del país, pero también que la ciencia es una aventura humana. Desde los confines del universo hasta las intimidades de la célula, como dicen en su eslogan.
Me gusta ese enfoque de «En Valparaíso somos ciencia». No es solo que enseñen ciencia, es que la ciudad y la universidad se funden. Es una declaración de intenciones. Y de cara al 2026, parece que vienen con las pilas cargadas, buscando mentes inquietas que no se conformen con lo que pone en los libros de texto, sino que quieran escribir los nuevos capítulos.
Así que, ya sabéis. Si alguna vez os habéis preguntado por qué llueve cuando no toca, cómo se mueven las estrellas o qué demonios hacen las mujeres en los barcos de investigación (spoiler: de todo y muy bien), echadle un ojo a lo que hacen en la UV. A veces, para entender lo que pasa en nuestra propia casa, hay que mirar lo que están haciendo los vecinos del otro lado del mundo. Y estos vecinos de Valparaíso, la verdad, es que lo están haciendo de cine.
Para que nos entendamos: la ciencia no es algo aburrido que pasa en un sótano con luz de fluorescente. La ciencia es lo que permite que hoy sepamos que una tormenta en el trópico puede hacer que un glaciar a miles de kilómetros se rompa. Y saber eso es el primer paso para intentar arreglarlo. O al menos, para que no nos pille por sorpresa.
Me voy a por otro café, que hablar de la Antártida me ha dejado un poco frío, a pesar de que aquí en Cartagena hoy el sol aprieta como si no hubiera un mañana. ¡Nos leemos!
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