Me pasa a menudo: guardo una película en la lista de «pendientes» de Prime Video o Netflix con la firme intención de verla el domingo por la tarde y, cuando por fin saco un hueco entre el caos diario, ha volado. Los derechos de emisión son así de caprichosos. Pues bien, esta vez os traigo un aviso de los que duelen si se os escapa. Resulta que Brazil, esa joya distópica de Terry Gilliam que es, básicamente, el manual de instrucciones de lo que no debería ser una sociedad moderna, tiene los días contados en Amazon. Concretamente, le queda una semana para desaparecer del catálogo.
Si no la habéis visto, quizá el nombre os despiste. No, no va sobre el país sudamericano, ni hay zamba, ni playas paradisíacas. El título viene de la canción «Aquarela do Brasil», que suena de fondo como un eco irónico mientras el protagonista intenta no volverse loco en un mundo donde un error tipográfico puede costarte la vida. La verdad es que, para los que nos movemos entre líneas de código, servidores que se caen sin explicación y la burocracia digital de la administración española (que a veces parece diseñada por un enemigo de la humanidad), esta película se siente más como un documental que como ciencia ficción.
La trama arranca con algo que a cualquier programador le daría un sudor frío: un error de un solo carácter. Una mosca cae muerta dentro de una máquina de escribir (sí, en este futuro todo es analógico y ruidoso) y provoca que el apellido «Tuttle» se convierta en «Buttle». El sistema, que es una bestia ciega y sorda, decide que el pobre señor Buttle es un terrorista peligroso en lugar de un humilde padre de familia. A partir de ahí, la maquinaria del Estado se pone en marcha con una eficiencia aterradora para lo malo y una torpeza absoluta para lo bueno.
Aquí entra Sam Lowry, interpretado por un Jonathan Pryce que clava esa cara de «solo quiero que me dejen en paz». Sam es un burócrata de nivel medio que prefiere vivir en sus sueños —donde vuela con una armadura plateada y rescata a una damisela— antes que enfrentarse a la realidad de su oficina, que es un laberinto de tuberías que gotean y formularios por triplicado. La cosa se complica cuando intenta arreglar el error del sistema y se cruza con el verdadero Tuttle, un Robert De Niro que hace de fontanero renegado. Ojo con esto: en el mundo de Brazil, arreglar una tubería sin el permiso oficial es un acto de terrorismo. Si alguna vez habéis intentado pedir una licencia de obra en el Ayuntamiento de Cartagena para cambiar una ventana, sabréis de lo que hablo; la película se queda corta.
La estética del «futuro usado»
Lo que hace que esta película sea de culto no es solo su guion, sino su aspecto visual. Terry Gilliam, que venía de los Monty Python, tiene una imaginación que no le cabe en el pecho. En lugar de enseñarnos un futuro limpio, con pantallas táctiles y naves blancas tipo Apple, nos muestra un mundo lleno de cables, vapor, máquinas que chirrían y tecnología que parece pegada con celo. Es lo que algunos llaman retro-futurismo o cyberpunk de baja fidelidad.
Para que nos entendamos, es como si la tecnología de los años 40 hubiera seguido evolucionando sin inventar nunca el microchip. Todo es enorme, pesado y se rompe constantemente. A mí, personalmente, me recuerda mucho a ciertas zonas industriales que tenemos por aquí cerca, como la refinería de Escombreras en sus días más grises, donde las tuberías parecen tener vida propia y el metal oxidado cuenta historias de otra época. Esa sensación de que el entorno te oprime, de que las máquinas no están para servirte sino para estorbar, está logradísima.
Burocracia, algoritmos y el «vuelva usted mañana»
A veces pensamos que la Inteligencia Artificial o la automatización nos van a salvar de la ineficiencia humana. Pero Brazil nos lanza un jarro de agua fría a la cara. La película nos enseña que el problema no es la herramienta, sino el sistema que la gestiona. En la cinta, nadie se hace responsable de nada. «Yo solo sigo órdenes», «El formulario no está completo», «No tengo competencia en este asunto». Son frases que resuenan con una fuerza brutal en la España actual.
La verdad es que, viendo cómo funcionan hoy en día algunos algoritmos de asignación de citas o de detección de fraude, no estamos tan lejos de ese error del apellido Buttle. Si un algoritmo decide que no eres apto para un crédito o que tu perfil es sospechoso, buena suerte intentando hablar con un humano que tenga el poder de darle a la tecla de «borrar». En la película, la administración es un ente abstracto que se alimenta de papel. Hoy se alimenta de datos, pero la sensación de indefensión del ciudadano es exactamente la misma.
- El Ministerio de Información: Un lugar donde se tortura a la gente por errores administrativos, pero siempre con el sello oficial correspondiente.
- Las tuberías: Representan las tripas del sistema. Si fallan, la mierda (literalmente) sale a flote, pero nadie sabe cómo arreglarlas sin el papeleo adecuado.
- El escapismo: Sam Lowry huye a sus sueños porque la realidad es insoportable. ¿No es lo que hacemos nosotros con las redes sociales o los videojuegos cuando el mundo real se pone feo?
Un rodaje que fue una guerra real
Si la película es caótica, su historia detrás de las cámaras no se queda corta. Gilliam tuvo una batalla legendaria con los ejecutivos de Universal. Los jefazos querían un final feliz, un «Love Conquers All» (el amor lo conquista todo) que durara 90 minutos y fuera apto para todos los públicos. Gilliam, que es un cabezota de manual, se negó en redondo. El final original de la película es una de las cosas más valientes y desoladoras que se han rodado nunca.
Llegó un punto en que el director puso un anuncio a toda página en Variety preguntando al presidente de Universal cuándo iba a estrenar su película. Incluso organizó proyecciones clandestinas para críticos de Los Ángeles. Al final, la presión fue tal que la versión del director salió a la luz y se convirtió en el clásico que es hoy. Vaya, que si Gilliam no hubiera peleado como un gato panza arriba, nos habríamos quedado con una versión descafeinada y sin alma. Es un recordatorio de que, a veces, hay que mandar a paseo al «sistema» para crear algo que merezca la pena.
¿Por qué deberías verla antes de que desaparezca?
A ver, no os voy a engañar: Brazil no es una película para poner de fondo mientras planchas. Es densa, es ruidosa y a ratos es muy incómoda. Pero es necesaria. En un momento en el que la IA genera imágenes perfectas y los discursos políticos parecen escritos por un bot de Twitter, ver una obra tan artesanal, tan sucia y tan humana es como beberse un vaso de agua fría en mitad del agosto cartagenero.
Además, tiene detalles técnicos que son una delicia. Los efectos especiales son prácticos: maquetas, juegos de luces, perspectivas forzadas… nada de pantallas verdes que cantan a leguas. Hay una escena con un conducto de ventilación que es pura ingeniería cinematográfica. Si os gusta el cine que te hace pensar pero que también te entra por los ojos, no tenéis excusa.
Conexiones con la realidad tecnológica española
Me resulta curioso comparar el Ministerio de Información de la película con nuestra propia digitalización. Aquí en España, tenemos empresas tecnológicas punteras y un talento brutal, pero luego vas a renovar el DNI o a pedir una ayuda y te encuentras con una web que parece diseñada en 1998 y que solo funciona con una versión específica de Java que ya no existe. Ese contraste entre la alta tecnología y la implementación chapucera es puro Terry Gilliam.
Incluso en el ámbito de la Inteligencia Artificial, donde ahora todo el mundo quiere meter la cuchara, corremos el riesgo de crear «Brazils» digitales. Sistemas que toman decisiones basadas en datos sesgados o erróneos y que, una vez en marcha, son imposibles de detener. La película nos advierte de que la eficiencia sin empatía es una forma de barbarie. Y eso, amigos, es una lección que no caduca.
Un reparto de lujo que no se repite
Aparte de Jonathan Pryce y De Niro, tenemos a Ian Holm (nuestro querido Bilbo Bolsón) haciendo de jefe nervioso y servil, y a Katherine Helmond como la madre de Sam, obsesionada con la cirugía estética. Este último punto es otra profecía de la película: esa búsqueda eterna de la juventud a través de operaciones que acaban deformando la cara, algo que hoy vemos cada vez que abrimos Instagram.
La química entre los personajes es extraña, casi teatral. No buscan que te caigan bien, buscan que entiendas su desesperación o su locura. Es un cine que ya no se hace, donde el riesgo era la norma y no la excepción. Si mal no recuerdo, fue una de las primeras películas que se atrevió a mezclar la comedia más absurda con el terror existencial de una forma tan orgánica.
¿Cómo verla y no morir en el intento?
Si os animáis a darle una oportunidad esta semana en Prime Video, mi consejo es que apaguéis el móvil. Brazil requiere atención. Hay detalles en el fondo de los planos, carteles en las paredes y sonidos ambientales que cuentan la mitad de la historia. Es una película que mejora con cada visionado, porque siempre descubres una nueva sátira o un nuevo detalle visual que se te había pasado por alto.
Para que nos entendamos, es como pasear por el casco antiguo de Cartagena: puedes pasar cien veces por la misma calle, pero si un día levantas la vista, descubres un relieve modernista o una inscripción romana en la que nunca habías reparado. Pues con esta cinta pasa igual. Es una capa sobre otra de significado y creatividad.
Al final del día, lo que nos queda es la historia de un hombre pequeño intentando mantener su humanidad en un mundo que lo quiere convertir en un número. Y eso, en los tiempos que corren, es un mensaje que resuena más fuerte que nunca. Así que ya sabéis, buscad un hueco, preparad unas palomitas (o un buen café, que la película es larga) y disfrutad de este delirio visual antes de que el algoritmo de Amazon decida que ya hemos tenido suficiente.
La conclusión que saco de todo esto es que el cine de culto se llama así por algo. No es por postureo, es porque son obras que, décadas después, siguen dándonos un bofetón de realidad mientras nos entretienen. Y Brazil es, sin duda, el bofetón más creativo y necesario que podéis recibir esta semana. No digáis que no os avisé cuando el próximo lunes ya no esté disponible y solo queden las secuelas de turno de alguna peli de superhéroes.
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