ciencia / mayo 3, 2026 / 11 min de lectura / 👁 142 visitas

¿Por qué nos empeñamos en separar el juego del laboratorio?

¿Por qué nos empeñamos en separar el juego del laboratorio?

Ayer estaba terminando de tomarme el tercer café de la mañana en una de esas terrazas del puerto de Cartagena, mirando cómo los barcos entraban y salían, cuando me fijé en un crío que intentaba entender cómo funcionaba un imán que se había encontrado. El chaval no tendría más de seis años, pero la cara de concentración que ponía, esa mezcla de desconcierto y absoluta fascinación, es algo que ya quisiéramos muchos para un lunes a primera hora. Y es que, al final del día, la ciencia no es más que eso: una curiosidad insaciable que, si no se cuida, se termina oxidando con los años.

Me vino a la cabeza todo este jaleo de Universum 2025, esa iniciativa que busca que los más pequeños se manchen las manos con el método científico. Aunque el epicentro de este evento en particular nos pille al otro lado del charco, en la UNAM, la onda expansiva llega hasta aquí. Porque, seamos sinceros, la forma en que enseñamos ciencia en España —y concretamente lo que intentamos mover desde plataformas como la UPCT aquí en nuestra trimilenaria Cartagena— está pidiendo a gritos un enfoque mucho más gamberro, más de juego y menos de pizarra aburrida.

La verdad es que tenemos una manía muy fea de pensar que la ciencia es algo serio, de gente con bata blanca y cara de pocos amigos. Pero si te paras a pensarlo, un niño jugando en un parque es lo más parecido que existe a un investigador del CSIC. Observa, lanza una hipótesis («si salto desde aquí, igual vuelo»), experimenta (salta) y analiza los resultados (se raspa la rodilla). Lo que propone Universum para este 2025 es, básicamente, no matar ese instinto.

Vaya, que la idea es que los niños no vayan a «aprender» ciencia, sino a «hacer» ciencia. No es lo mismo que te cuenten qué es la gravedad a que te dejen tirar cosas desde una torre. En el contexto español, donde a veces pecamos de una educación demasiado teórica, este tipo de eventos son un soplo de aire fresco. Aquí en Cartagena, por ejemplo, cuando se hace la Noche de los Investigadores, ves a los chavales alucinando con los drones o con la robótica submarina. Eso es lo que se busca: que el conocimiento entre por los dedos, no solo por los ojos.

La biodiversidad no es solo una palabra bonita en un libro de texto

Uno de los pilares que se están moviendo para estas jornadas de 2025 tiene que ver con la biodiversidad. Y ojo con esto, porque no es un tema menor. Se menciona mucho la figura del Dr. José Sarukhán, un tipo que sabe de lo que habla cuando dice que nos urge generar soluciones a los problemas ambientales. Si aterrizamos esto a nuestra realidad murciana, entender la biodiversidad es entender por qué nuestro Mar Menor está como está.

En Universum, la propuesta es que los niños interactúen con el mundo de los hongos, esos seres que casi siempre son invisibles pero que mantienen el cotarro del ecosistema funcionando. Imagina a un niño de ocho años descubriendo que sin hongos no habría bosques. Eso te cambia la perspectiva. Ya no ves una seta en el monte como algo para echar a la sartén (o para evitar si no sabes), sino como una pieza clave de una maquinaria gigante. Es pasar de la anécdota a la comprensión sistémica, y eso, amigos, es lo que crea ciudadanos con criterio.

La Inteligencia Artificial: ¿Juguete o herramienta para los más pequeños?

Como redactor que se pasa el día trasteando con código y algoritmos, este punto me toca la fibra. En el programa de Universum se cuelan reflexiones sobre qué rasgos humanos son imposibles para la IA. Es un debate que tenemos que traer a las aulas de aquí, de España, ya mismo. A menudo me preguntan si es bueno que los niños aprendan a programar tan pronto. Mi respuesta es siempre la misma: no se trata de que todos sean ingenieros de software, se trata de que entiendan la lógica que gobierna su mundo.

Para que nos entendamos, enseñar a un niño las bases de la IA o de la programación es como enseñarle a leer hace cien años. Si no sabes cómo funciona el algoritmo que te recomienda vídeos en YouTube, eres un sujeto pasivo. Si juegas con él, si entiendes que es una máquina que predice patrones basándose en datos, dejas de tenerle miedo y empiezas a tenerle respeto.

En las actividades previstas para 2025, se busca que los niños vean la diferencia entre el procesamiento frío de una máquina y la intuición humana. Es curioso, pero a veces un niño de cinco años tiene más sentido común que el modelo de lenguaje más avanzado del mercado. Y eso es algo que hay que poner en valor. La creatividad, la empatía y ese «no sé qué» que nos hace humanos son cosas que ninguna tarjeta gráfica de NVIDIA puede replicar por ahora.

Un poco de código para romper el hielo

A veces, en estos talleres, se usan herramientas como Scratch o versiones simplificadas de Python. No me resisto a poner un ejemplo de cómo se le explica a un crío qué es un bucle, pero con un toque de ironía:

# Algoritmo de un niño en la playa de Cala Cortina
ganas_de_helado = True
dinero_en_el_bolsillo = 0

while ganas_de_helado:
    print("¿Mamá, me compras un helado?")
    paciencia_madre -= 1
    
    if paciencia_madre == 0:
        print("¡Que te he dicho que no!")
        break

La verdad es que, cuando un niño entiende que puede «dar órdenes» a una máquina para que haga algo divertido, se le enciende una bombilla que ya no se apaga. Es ese momento «Eureka» que mencionaba antes. Y no hace falta que sea algo complejo; a veces, ver cómo un robot esquiva un obstáculo gracias a un sensor de ultrasonidos es suficiente para que ese niño decida que de mayor quiere ser el nuevo Isaac Peral.

Cartagena y la ciencia: Una herencia que no podemos ignorar

Hablando de Isaac Peral, no puedo evitar barrer para casa. Si hablamos de niños jugando con ciencia, Cartagena tiene un historial que ya quisieran muchas capitales europeas. Tenemos el prototipo del submarino ahí mismo, en el puerto, a la vista de todos. Es el ejemplo perfecto de «ciencia aplicada» que nació de la cabezonería y el ingenio de un cartagenero.

En los eventos de divulgación que se inspiran en modelos como el de Universum, siempre intento meter la cuña de nuestra historia local. Porque la ciencia no ocurre en el vacío. Ocurre en lugares como el Arsenal, en las minas de La Unión o en los laboratorios de la UPCT. Cuando un niño de aquí ve que la tecnología que permite que un submarino se sumerja se inventó en su ciudad, la ciencia deja de ser algo que pasa en las películas de Hollywood y se convierte en algo real, tangible y, sobre todo, posible para él.

La conexión entre el pasado industrial y tecnológico de Cartagena y el futuro que representan estos niños es vital. No podemos permitir que la ciencia se perciba como algo ajeno. Por eso, iniciativas que fomentan el juego son tan necesarias. Si un crío se divierte montando un circuito eléctrico simple, está a un paso de interesarse por la ingeniería naval o la energía fotovoltaica, sectores que en nuestra región tienen un peso brutal.

Dormir para aprender: La ciencia del descanso

Un detalle que me ha parecido curioso de las temáticas que se manejan para estas jornadas es la importancia de la siesta y el sueño. Parece una tontería, pero hay estudios (y se mencionan en las agendas de divulgación científica actuales) que dicen que una siesta corta mejora el rendimiento cerebral.

Y claro, aquí en España, lo de la siesta lo llevamos en el ADN, aunque a veces se nos olvide con este ritmo de vida frenético que llevamos. Explicarle a un niño por qué su cerebro necesita «resetearse» es fundamental. No es solo «vete a dormir porque lo digo yo», sino «vete a dormir porque tus neuronas están ordenando los juguetes que has usado hoy». Usar analogías cercanas hace que la biología sea mucho más digerible.

Al final, se trata de entender el cuerpo humano como la máquina más compleja que existe. Y si Universum 2025 pone el foco en esto, es porque saben que la salud mental y física de las futuras generaciones de científicos empieza por entender cómo funciona su propio motor.

El papel de los padres: Guías, no sabelotodos

A veces, como padres o tíos, nos da miedo que los niños nos pregunten cosas de ciencia porque pensamos que tenemos que tener la respuesta de Wikipedia en la punta de la lengua. Error. Lo mejor que puedes decirle a un niño cuando te pregunta «¿por qué el cielo es azul?» es «No lo sé con certeza, ¿lo buscamos juntos?».

Esa actitud de búsqueda compartida es la esencia de lo que se vive en estos festivales científicos. No se trata de soltar un discurso, sino de acompañar en el descubrimiento. La verdad es que yo mismo he aprendido más sobre física de fluidos intentando explicarle a mi sobrino por qué no debe meter una pajita en el café caliente que en mis años de instituto. Bueno, igual exagero un poco, pero ya me entendéis.

  • Fomenta el error: Si el experimento sale mal, es cuando empieza la verdadera ciencia. ¿Por qué ha fallado?
  • Usa lo que tengas a mano: No hace falta un microscopio electrónico. Una lupa y un hormiguero en el parque de Artillería son suficientes.
  • Cuestiona todo: Hazle preguntas que no tengan una respuesta de sí o no. «¿Qué crees que pasaría si…?» es la frase mágica.

¿Qué nos depara el futuro después de Universum 2025?

Si mal no recuerdo, hace unos años la preocupación era que no había suficientes vocaciones STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas). Hoy, el problema no es solo la cantidad, sino la calidad de la conexión que los jóvenes tienen con estas disciplinas. No queremos robots que sepan resolver ecuaciones; queremos personas que sepan usar esas ecuaciones para salvar el ecosistema o para crear una IA que sea ética.

El impacto de que miles de niños jueguen con la ciencia en 2025 se verá dentro de quince o veinte años. Quizás alguno de esos chavales que hoy está mirando un hongo a través de una lente sea el que encuentre una solución para la regeneración de suelos contaminados en nuestra Sierra Minera. O quizás sea la ingeniera que diseñe un sistema de desalinización más eficiente para el campo de Cartagena.

La verdad es que suena un poco idílico, pero es que la alternativa es quedarnos de brazos cruzados viendo cómo el talento se marcha o se apaga por falta de estímulos. Y en un sitio con tanta solera como el nuestro, eso sería un pecado.

La ciencia como herramienta de cohesión social

Otro punto que no quiero dejar pasar es que estos eventos suelen ser democráticos. La ciencia no debería ser un privilegio de colegios caros. Universum, al ser parte de una universidad pública como la UNAM, y las iniciativas que vemos aquí a través de la UPCT o los museos municipales, buscan que cualquier niño, venga del barrio que venga, pueda sentir que el laboratorio también es su casa.

En Cartagena, tenemos barrios con realidades muy distintas. Llevar la ciencia a la calle, sacarla de los edificios de piedra y ponerla en plazas o centros juveniles es clave. Para que nos entendamos: un kit de robótica puede ser el puente que conecte a un chaval con un futuro que ni siquiera sabía que existía. Y eso, amigos, tiene una carga emocional que va mucho más allá de los datos y las cifras.

¿Y ahora qué hacemos?

Pues mira, para empezar, no hace falta esperar a que llegue mayo de 2026 o que estemos en pleno 2025 para empezar a «jugar». Aquí en España tenemos una red de museos de ciencia maravillosa. Si estás por la zona, el Museo de la Ciencia y el Agua en Murcia es una parada obligatoria, y las ferias de ciencia que se montan en la Región son canela en rama.

Al final del día, lo que nos enseña Universum 2025 es que la curiosidad es un músculo. Si no lo entrenas, se atrofia. Así que, ya seas padre, madre, docente o simplemente alguien que pasaba por aquí, mi consejo es que no dejes de hacerte preguntas. Y sobre todo, no dejes de dejar que los niños se equivoquen, que pregunten «por qué» hasta que te duela la cabeza y que vean el mundo no como algo que ya está hecho, sino como algo que está esperando a ser descubierto.

Vaya, que me he puesto un poco sentimental, pero es que después de ver tanto código y tanta pantalla, recordar que la base de todo es un niño jugando con un imán en el puerto de Cartagena me devuelve un poco la fe en el futuro. La ciencia será tecnológica, será digital y será compleja, pero si no es divertida, sencillamente no será.

La conclusión que saco de todo esto es que necesitamos más espacios donde el «prohibido tocar» sea sustituido por un «toca, rompe y vuelve a montar». Porque así es como se construye el conocimiento de verdad. Y si para eso tenemos que viajar virtualmente hasta México o quedarnos aquí disfrutando de lo que tenemos en casa, bienvenido sea. Lo importante es que el motor de la curiosidad no se detenga.

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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