¿Alguna vez os habéis parado a pensar qué demonios pasa realmente dentro de una Facultad de Ciencias un martes a las ocho de la mañana? No me refiero a lo que vemos en las películas, con gente en bata blanca gritando «¡Eureka!» mientras algo explota en un matraz. La realidad es bastante más mundana, pero, si me apuráis, mucho más interesante. Huele a café recalentado, se oye el tecleo furioso de alguien peleándose con un script de Python y, sobre todo, se respira esa mezcla de frustración y curiosidad que solo los que intentan entender cómo funciona el mundo pueden comprender.
La verdad es que, cuando uno echa un vistazo a instituciones como la Facultad de Ciencias (Fcien) de la Universidad de la República en Uruguay —que, por cierto, tienen un portal completísimo aunque a veces nos perdamos entre tantas cookies y avisos legales—, se da cuenta de que la ciencia es un lenguaje universal. Pero claro, aquí escribimos desde la orilla del Mediterráneo, y aunque los principios de la termodinámica sean los mismos en Montevideo que en nuestra querida Cartagena, el contexto, la historia y el «duende» de nuestras facultades tienen un sabor muy nuestro.
A ver, que levante la mano quien no haya pensado alguna vez que estudiar ciencias es meterse en un túnel oscuro de matemáticas imposibles y nombres de proteínas que parecen conjuros de Harry Potter. Yo mismo, hace años, miraba los edificios de la UPCT (la Politécnica de Cartagena, para los que vienen de fuera) con un respeto que rozaba el miedo. Pero la realidad es que una Facultad de Ciencias hoy en día es más parecida a un centro de operaciones tecnológicas que a una biblioteca polvorienta.
En facultades como la Fcien, y trasladándolo a lo que vivimos en los campus españoles, la estructura se divide en pilares que son los que sostienen todo lo que usamos a diario. Hablamos de Biología, Física, Matemáticas, Geología… Vaya, lo que viene siendo el «kit básico» para entender el planeta. Pero lo que me vuela la cabeza es cómo estas disciplinas se han hibridado. Hoy, un biólogo que no sepa manejarse con el Big Data está tan perdido como un pulpo en un garaje. Y un matemático que no entienda de ética algorítmica, pues casi que también.
La verdad es que el modelo de estas facultades ha tenido que cambiar a la fuerza. Ya no vale con saberse el ciclo de Krebs de memoria. Ahora lo que se busca es la transferencia. ¿Y qué es eso? Pues básicamente que lo que se descubre entre cuatro paredes llegue a la calle, a las empresas de Cartagena, a los agricultores del Campo de Cartagena o a la industria naval que tenemos aquí al lado.
El espejo uruguayo y la realidad en nuestras fronteras
Si miramos el organigrama de la Facultad de Ciencias en Uruguay, vemos una apuesta decidida por la investigación básica. Y ojo con esto, porque a veces en España pecamos de querer resultados para ayer. La investigación básica es esa que parece que «no sirve para nada» hasta que, de repente, sirve para todo. Es como cuando Isaac Peral andaba dándole vueltas a la propulsión eléctrica aquí en Cartagena; muchos pensarían que era un loco perdiendo el tiempo, y mira tú por dónde acabó la historia.
En nuestras facultades, la conexión con el entorno es vital. No podemos vivir de espaldas a lo que pasa en el puerto o en las refinerías de Escombreras. Por eso, cuando analizamos el currículo de estas instituciones, vemos que cada vez hay más peso de la informática y la inteligencia artificial. Ya no es una opción, es el pan de cada día.
Cartagena: Donde el salitre se mezcla con la tecnología
No puedo hablar de una Facultad de Ciencias sin barrer para casa. Cartagena no es solo el Teatro Romano y los exploradores; es, por derecho propio, una ciudad de ciencia. La Universidad Politécnica de Cartagena ha sabido recoger ese testigo histórico. Si paseas por el Campus de la Muralla del Mar, te das cuenta de que estamos rodeados de historia científica. El edificio del CIM, por ejemplo, es una joya que respira ingeniería por los cuatro costados.
La verdad es que estudiar ciencias aquí tiene un punto especial. Tienes el laboratorio a un lado y el mar al otro. Y eso, para disciplinas como la biología marina o la ingeniería naval (que al final es física aplicada a lo bestia), es un lujo que ya quisieran en muchos otros sitios. Además, la relación entre la facultad y la ciudad es casi orgánica. Los proyectos de fin de grado muchas veces nacen de problemas reales que tienen las cofradías de pescadores o las empresas tecnológicas del Parque Tecnológico de Fuente Álamo.
Y es que, al final del día, la ciencia local tiene que responder a necesidades locales. De nada nos sirve ser expertos en física de partículas si no somos capaces de aplicar ese conocimiento para mejorar la desalinización del agua o para monitorizar la salud de nuestro Mar Menor, que buena falta le hace, dicho sea de paso.
¿Qué se cuece hoy en una Facultad de Ciencias? (Spoiler: mucho código)
Si entras ahora mismo en un aula de tercer año de cualquier grado científico, lo más probable es que no veas a nadie con un microscopio (bueno, alguno habrá, no nos pongamos dramáticos), sino a un grupo de chavales peleándose con una terminal de Linux. La digitalización ha entrado como un elefante en una cacharrería.
Para que nos entendamos, la ciencia moderna se escribe en Python. Si mal no recuerdo, hace apenas una década, saber programar era un «plus» para un científico. Hoy es como saber leer. Vamos a ver un ejemplo rápido de lo que un estudiante de ciencias podría estar haciendo ahora mismo para analizar, por ejemplo, la calidad del aire en la zona de la Algameca:
import pandas as pd
import matplotlib.pyplot as plt
# Cargamos los datos de los sensores locales
# (Imaginad que el sensor no se ha quedado sin batería, que ya es mucho pedir)
datos_aire = pd.read_csv('calidad_aire_cartagena.csv')
# Limpiamos un poco el desastre de datos que nos han pasado
datos_limpios = datos_aire.dropna()
# Buscamos picos de NO2, porque aquí el tráfico es lo que tiene
picos_contaminacion = datos_limpios[datos_limpios['no2'] > 40]
print(f"Ojo, hemos encontrado {len(picos_contaminacion)} momentos críticos hoy.")
# Y lo pintamos para que el jefe lo entienda rápido
plt.plot(datos_limpios['hora'], datos_limpios['no2'])
plt.title('Niveles de NO2 en el Puerto de Cartagena')
plt.show()
Este trozo de código, que parece sencillo, es la base de la toma de decisiones en la gestión ambiental moderna. Y esto se aprende en la Facultad de Ciencias, no en una academia de informática cualquiera. Porque el científico sabe por qué ese dato de NO2 es preocupante y qué reacciones químicas lo han provocado.
El papel de la IA en el laboratorio moderno
Aquí es donde la cosa se pone interesante. La Inteligencia Artificial ya no es ese concepto de ciencia ficción que veíamos en las pelis de los 80. En las facultades de ciencias de toda España, y por supuesto en las que tomamos como referencia como la Fcien, la IA se está usando para acelerar descubrimientos que antes tardaban décadas.
Imaginaos que queremos diseñar un nuevo material para las palas de los aerogeneradores que hay por la zona de La Unión. Antes, esto era ensayo y error: fabricar, probar, romper, repetir. Ahora, gracias a las redes neuronales y al aprendizaje profundo (Deep Learning, para los amigos), podemos simular miles de materiales en un ordenador antes de fabricar ni un solo gramo de nada. Esto ahorra una cantidad de dinero y de tiempo brutal.
Pero no todo es color de rosa. En los pasillos de la facultad también se debate, y mucho, sobre los límites de esto. ¿Podemos confiar ciegamente en lo que nos dice un algoritmo? La respuesta corta es no. Y por eso la formación científica es más necesaria que nunca. Necesitamos gente que sepa cuestionar a la máquina, que entienda los sesgos y que no se trague cualquier gráfico bonito que escupa una IA.
La odisea de investigar en España (y en Cartagena ni te cuento)
No quiero ponerme melancólico, pero hay que decir las cosas como son. Estudiar en la Facultad de Ciencias es un acto de valentía. En España, la carrera investigadora es lo más parecido a una carrera de obstáculos con los ojos vendados. Becas que no llegan, contratos temporales que se encadenan y esa sensación constante de que fuera se valora más el talento que aquí.
A pesar de esto, el nivel que sale de nuestras aulas es espectacular. La gente que se forma en Cartagena, en Murcia o en cualquier rincón de nuestra geografía, acaba en los mejores laboratorios del mundo. Lo triste es que a veces no vuelven. Pero bueno, esa es otra batalla. Lo que sí es cierto es que la resiliencia que adquiere un estudiante de ciencias aquí es un grado en sí mismo. Como solemos decir por aquí, «hay que echarle muchos huevos» para sacar adelante una tesis doctoral mientras el presupuesto se recorta año tras año.
Aun así, hay motivos para el optimismo. La colaboración público-privada está empezando a dar sus frutos. Cada vez hay más empresas tecnológicas que se instalan en la Región buscando ese talento que sale de la facultad. Ya no es raro ver a un físico trabajando en una consultora financiera o a un matemático optimizando rutas logísticas para una empresa de transportes de la zona.
De Isaac Peral a los algoritmos de optimización
Me gusta pensar que hay un hilo invisible que une a los grandes científicos de nuestra historia con el chaval que hoy está en la biblioteca de la facultad estudiando álgebra lineal. Cartagena tiene esa solera. No podemos olvidar que aquí se gestaron avances que cambiaron el mundo. El submarino de Peral no fue solo un hito militar, fue un triunfo de la ciencia aplicada: electricidad, estanqueidad, navegación… todo eran problemas científicos que hubo que resolver.
Hoy, los problemas son otros, pero el espíritu es el mismo. En lugar de torpedos, lanzamos satélites (o ayudamos a diseñarlos, como hacen algunos grupos de investigación locales). En lugar de mapas de papel, usamos sistemas de información geográfica (SIG) para predecir inundaciones o incendios forestales. La Facultad de Ciencias es el motor que mantiene viva esa llama de la curiosidad técnica.
Además, la divulgación está ganando terreno. Ya no se quedan los conocimientos encerrados en el laboratorio. Eventos como la «Noche de los Investigadores» o las ferias de la ciencia en el puerto acercan estos rollos a la gente de a pie. Y es que, la verdad, es fundamental que la vecina del quinto sepa que los impuestos que paga sirven para que un grupo de científicos esté investigando cómo curar una enfermedad o cómo hacer que su coche consuma menos.
¿Merece la pena meterse en este «fregao»?
Si me preguntáis a mí, la respuesta es un sí rotundo, pero con matices. No es un camino fácil. Si buscas dinero rápido y poco esfuerzo, mejor monta un chiringuito (que en Cartagena también funcionan muy bien, por cierto). Pero si lo que quieres es entender el «porqué» de las cosas, si te gusta esa sensación de resolver un problema que nadie más ha podido resolver, entonces la Facultad de Ciencias es tu sitio.
La formación que te da una carrera de ciencias es como una navaja suiza. Te enseña a pensar de forma estructurada, a ser crítico con la información y a no rendirte cuando las cosas no salen a la primera (que será el 90% de las veces). Y esas son habilidades que valen oro en el mercado laboral actual, sea cual sea el sector.
- Versatilidad: Hoy trabajas en un laboratorio, mañana en una tecnológica y pasado analizando datos para una ONG.
- Pensamiento crítico: No te la dan con queso fácilmente. Sabes leer estadísticas y detectar cuándo te están vendiendo humo.
- Impacto real: Aunque sea un granito de arena, estás contribuyendo al conocimiento humano. Y eso, qué queréis que os diga, mola mucho.
La conclusión que saco de todo esto…
Al final del día, una Facultad de Ciencias es mucho más que un edificio con laboratorios y despachos. Es un ecosistema vivo, un lugar donde se cocina el futuro, a veces a fuego lento y con pocos recursos, pero con una pasión que ya quisieran otros. Ya sea siguiendo el modelo de la Fcien en Uruguay o pateando los pasillos de nuestra Politécnica en Cartagena, el objetivo es el mismo: arrojar un poco de luz en la oscuridad de nuestra ignorancia.
Vaya, que si tenéis un sobrino, una hija o un amigo que está dudando si meterse a estudiar ciencias, decidle que adelante. Que se prepare para tomar mucho café, para frustrarse con ecuaciones que no cuadran y para pasar horas delante de una pantalla. Pero también decidle que no hay nada como el momento en que, por fin, algo funciona. Ese pequeño «¡ajá!» compensa todas las noches en vela.
Para que nos entendamos, la ciencia es la herramienta más potente que tenemos para no cargarnos el planeta y para vivir un poco mejor. Y las facultades son las fábricas donde se forjan esas herramientas. Así que, la próxima vez que paséis por delante de una, miradla con un poco más de cariño. Quién sabe, igual ahí dentro alguien está diseñando la solución al próximo gran problema de Cartagena o del mundo entero. Y eso, amigos, es algo que merece todo nuestro respeto.
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