A veces me pregunto qué pensaría un espectador del siglo XIX si viera lo que hoy montamos sobre las tablas de un teatro. Probablemente, se quedaría a cuadros. Y es que la relación entre la ciencia y las artes escénicas siempre ha tenido ese punto de tensión creativa, como un matrimonio que discute mucho pero que no sabe vivir el uno sin el otro. La verdad es que, cuando pensamos en teatro, solemos visualizar tragedias griegas o comedias de enredo, pero hay un rincón fascinante donde las leyes de la termodinámica y la programación informática se convierten en las verdaderas protagonistas de la función.
Hace unos días, tomando un café cerca del puerto de Cartagena —del nuestro, del de la Región de Murcia, que ya sabéis que aquí no nos cruzamos el charco—, pensaba en cómo ha cambiado la forma de contar historias técnicas. Ya no nos vale con un manual de instrucciones o una charla de TED un poco sosa. Queremos que nos lo cuenten con alma. Y ahí es donde entra esta hornada de obras que están rompiendo el molde, mezclando el espectáculo circense con la física pura o la biografía dramática con el código binario. Vaya, que la ciencia ha decidido que ya está bien de quedarse encerrada en el laboratorio y ha pedido paso en el camerino.
Hay algo casi hipnótico en ver a alguien caminar sobre una cama de clavos. La primera reacción, si eres una persona normal, es apartar la vista o pensar que hay truco. Pero la realidad es mucho más elegante (y menos dolorosa si sabes lo que haces). En propuestas como «El circo de las ciencias», que asoma la patita en la programación de 2025, se utiliza precisamente ese asombro para meterte la física doblada sin que te des cuenta.
Para que nos entendamos: no es magia, es presión. Si te sientas sobre un solo clavo, te vas a urgencias con un agujero nuevo. Pero si te repartes sobre mil clavos, la fuerza de tu peso se distribuye tanto que la presión sobre cada punto de tu piel es mínima. Es una lección de física de primero de carrera, pero explicada con el sudor del faquir y el redoble de tambor. La verdad es que es una forma brillante de acercar conceptos como el equilibrio o los giroscopios a chavales que, de otra forma, estarían mirando el móvil debajo del pupitre.
Ojo con el tema de los giroscopios, que parece una palabra sacada de una película de naves espaciales, pero es lo que hace que tu teléfono sepa cuándo lo has puesto en horizontal o lo que mantiene estables a los barcos que entran en nuestro puerto. Ver a un maestro de ceremonias explicar el momento angular mientras hace girar objetos en el escenario tiene un impacto visual que ningún libro de texto puede igualar. Es, en esencia, devolverle a la ciencia su capacidad de dejarnos con la boca abierta.
La ciencia del equilibrio y la fuerza
En este tipo de espectáculos, el público no es un mero mueble que ocupa una butaca. Se le invita a subir, a tocar, a ser parte del experimento. Y ahí es donde ocurre el clic mental. Cuando un espectador siente en sus propias carnes cómo funciona una polea o cómo se distribuyen las fuerzas en un arco, la teoría deja de ser algo abstracto. Si mal no recuerdo, en algunas de estas representaciones se llega a jugar con la inercia de una forma que te hace replantearte si Newton no era, en realidad, un tipo con mucho sentido del espectáculo.
En España tenemos una tradición de divulgación muy potente, pero llevarla al teatro es subir un peldaño. Aquí en Cartagena, con nuestra herencia de ingenieros navales y nuestra historia ligada a la tecnología militar y civil, este tipo de teatro «científico-circense» encaja como un guante. Imaginaos explicar la flotabilidad de los submarinos de Isaac Peral con un número de equilibrismo. Sería, sencillamente, una forma distinta de honrar nuestra propia historia local.
Nikola Tesla: El hombre que iluminó el mundo y murió en la sombra
Si hay un personaje que se ha convertido en el «rockstar» de la ingeniería moderna, ese es Nikola Tesla. Pero claro, su vida no fue precisamente un camino de rosas. La obra «Nikola Tesla: El hijo de la luz» se mete de lleno en esa figura que estuvo adelantada a su tiempo más de un siglo. Y es que, la verdad sea dicha, a Tesla le debemos casi todo lo que usamos hoy en día, desde la corriente alterna que alimenta tu cafetera hasta los principios de la comunicación inalámbrica.
Lo que hace que una obra de teatro sobre Tesla funcione es el conflicto. No es solo hablar de bobinas y voltios; es hablar de la lucha contra Thomas Edison, de la guerra de las corrientes y de cómo un genio puede acabar alimentando palomas en un parque de Nueva York, solo y arruinado. Es una historia humana con un trasfondo técnico brutal. En el escenario, esto se traduce en efectos visuales que intentan replicar sus experimentos, creando una atmósfera que mezcla la estética steampunk con la realidad histórica.
Para los que nos movemos entre líneas de código o circuitos, Tesla es un referente, pero el gran público a veces solo conoce el nombre por los coches de Elon Musk. El teatro sirve aquí para hacer justicia. Nos cuenta cómo Tesla cayó en el olvido por no ser un buen hombre de negocios, a diferencia de Edison, que era un hacha del marketing. Es una lección sobre cómo la innovación necesita algo más que brillantez: necesita que la sociedad esté lista para recibirla.
La guerra de las corrientes en clave dramática
Imagínate la escena: el escenario dividido en dos. A un lado, la corriente continua de Edison, segura pero limitada en distancia. Al otro, la corriente alterna de Tesla, capaz de viajar kilómetros pero vista como peligrosa por las campañas de desprestigio de la época. Es puro drama. En España, esta transición también tuvo su miga a principios del siglo XX, cuando las ciudades empezaron a electrificarse y las viejas farolas de gas daban paso a la luz eléctrica. Ese cambio social, ese miedo a lo nuevo, es lo que el teatro captura mejor que cualquier documental.
Al final del día, la historia de Tesla nos recuerda que la tecnología no es algo neutro. Está llena de envidias, de patentes robadas y de sueños que se quedan a medias. Y ver eso representado, con actores que le dan voz a las dudas del inventor, hace que cuando llegues a casa y enciendas la luz, lo hagas con un poquito más de respeto por esos electrones que corren por la pared.
Ada Lovelace y la poesía de los algoritmos
Si Tesla es el padre de la electricidad moderna, Ada Byron (conocida como Ada Lovelace) es, sin duda, la madre de la programación. Y su historia es, si cabe, más increíble. La obra «Ada y la ciencia poética» rescata a esta mujer que, en plena época victoriana, ya vio que las máquinas podían hacer algo más que simples cálculos matemáticos. Ella entendió que, si podíamos representar notas musicales o símbolos con números, una máquina podría «crear».
El término «ciencia poética» no es un adorno. Fue ella misma quien lo acuñó. Ada era hija de Lord Byron, el poeta, y su madre, obsesionada con que no saliera tan «loca» como su padre, la volcó en las matemáticas. El resultado fue una mente única que unía la imaginación literaria con el rigor lógico. En el monólogo teatral que narra su vida, vemos a una mujer luchando contra las limitaciones de su salud y de su género para colaborar con Charles Babbage en su Máquina Analítica.
Para los que escribimos código, Ada es la que escribió el primer algoritmo destinado a ser procesado por una máquina. ¡Y lo hizo antes de que existieran los ordenadores! Es como si alguien hoy escribiera el manual de instrucciones para una nave que viajará a otra galaxia dentro de doscientos años. La verdad es que te deja pensando en la capacidad de la mente humana para proyectarse hacia el futuro.
El legado de Ada en la era de la Inteligencia Artificial
Hoy hablamos de IA, de redes neuronales y de modelos de lenguaje como si fueran algo caído del cielo. Pero la semilla la puso Ada. Ella ya se preguntaba si una máquina podría tener pensamientos propios (concluyó que no, que solo hacía lo que le ordenábamos, un debate que sigue vivito y coleando). Llevar esto al teatro permite que el espectador entienda que la informática no nació en Silicon Valley en los años 70, sino en la mente de una mujer que veía poesía en las ecuaciones.
En el contexto español, donde cada vez hay más mujeres liderando proyectos tecnológicos y donde la brecha de género en las STEM sigue siendo un tema de conversación necesario, la figura de Ada Lovelace es fundamental. Representar su vida en ciudades con tanta solera técnica como Cartagena es una forma de decirles a las niñas que se sientan en el patio de butacas: «Oye, que esto de las máquinas también es cosa vuestra, y desde hace mucho tiempo».
El escenario como laboratorio: ¿Por qué funciona esta mezcla?
Podríamos pensar que la ciencia es fría y el teatro es cálido, y que al juntarlos sale algo tibio y sin gracia. Pero es justo al revés. La ciencia necesita del teatro para humanizarse, para salir de las gráficas de Excel y convertirse en una experiencia vital. Y el teatro necesita de la ciencia para encontrar nuevos temas, nuevas metáforas y, por qué no, nuevos efectos especiales que dejen al público clavado en el asiento.
La verdad es que el aprendizaje a través de la emoción es mucho más duradero. Te puedes olvidar de la fórmula de la aceleración centrípeta a los cinco minutos de salir de un examen, pero no te vas a olvidar de aquel actor que casi sale volando en un arnés para explicarte ese mismo concepto. Es lo que los expertos llaman aprendizaje significativo, pero yo prefiero llamarlo «que no te den la chapa».
- Interactividad: Romper la cuarta pared para que el público sea el «sujeto de prueba».
- Contexto histórico: Entender que los inventos no surgen en el vacío, sino en sociedades con problemas reales.
- Visualización: Ver lo invisible (electricidad, fuerzas, algoritmos) a través de la escenografía.
Además, este tipo de teatro tiene una ventaja brutal: es para todos los públicos. Un ingeniero de telecomunicaciones disfrutará de los guiños técnicos en la obra de Tesla, mientras que su sobrino de diez años se quedará alucinado con las chispas y los rayos. Es un puente generacional que pocas cosas logran construir tan bien.
Cartagena y su idilio con las tablas y la técnica
No puedo hablar de teatro sin barrer para casa. Cartagena tiene una relación especial con las artes escénicas. Tenemos el Teatro Romano, que es una joya que nos recuerda que hace dos mil años ya nos gustaba que nos contaran historias. Pero también tenemos el Teatro Circo Atanasio Sáenz, un lugar que por su propia arquitectura invita a este tipo de espectáculos que mezclan lo circense con lo dramático.
Imaginaos una representación de «El circo de las ciencias» bajo la cúpula del Teatro Circo. El ambiente, el olor a madera antigua mezclado con el ozono de algún experimento eléctrico… es una combinación ganadora. Y es que en esta ciudad, donde la Universidad Politécnica (UPCT) tiene tanto peso, hay un público natural para estas propuestas. Somos una ciudad de «maquinitas», de barcos, de industria y de historia. El teatro científico no es algo ajeno a nosotros; es, en realidad, un reflejo de lo que somos.
Vaya, que si me apuráis, hasta las fiestas de Carthagineses y Romanos tienen ese componente de «teatro de calle» donde se mezclan la historia y la tecnología de la época (aunque sea para fabricar catapultas de atrezo). La curiosidad está en nuestro ADN, y el teatro es la herramienta perfecta para alimentarla.
El código fuente de una buena representación
Para que una obra de este tipo no se quede en una simple clase de instituto con disfraces, necesita un buen «guion técnico». No basta con soltar datos. Hay que construir un arco dramático. En el caso de Ada Lovelace, por ejemplo, el conflicto no es solo resolver una ecuación, sino su lucha contra una sociedad que no la dejaba entrar en las bibliotecas por ser mujer. Ese es el «bug» del sistema que ella intenta corregir.
En el desarrollo de software, a veces nos obsesionamos con que el código sea limpio y eficiente. En el teatro científico pasa lo mismo: la explicación técnica tiene que ser impecable, pero la ejecución tiene que tener alma. Si el actor que interpreta a Tesla no transmite esa obsesión casi enfermiza por sus inventos, la obra se cae. La ciencia, al final, la hacen personas con sus miedos, sus deudas y sus manías. Y eso es lo que el teatro pone sobre la mesa.
// Ejemplo de cómo Ada Lovelace podría haber imaginado un bucle lógico
// aplicado a la vida real (en un pseudocódigo muy libre y con un toque irónico)
while (sociedad.limitaciones == true) {
if (mente.brillantez > prejuicios.epoca) {
crearAlgoritmo();
desafiarConvenciones();
} else {
// Esto nunca pasó, Ada no se rendía
esperarSiguienteSiglo();
}
salud--; // El coste físico de la genialidad
}
Este pequeño fragmento de código, comentado con un poco de guasa, refleja lo que estas obras intentan transmitir: que detrás de cada gran avance hay una estructura lógica, pero también un esfuerzo humano titánico. La verdad es que, cuando ves a Ada en el escenario, te das cuenta de que su vida fue el primer gran programa informático de la historia, con sus bucles, sus condicionales y, lamentablemente, su final de ejecución demasiado temprano.
¿Hacia dónde va el teatro de divulgación?
La conclusión que saco de todo esto es que el teatro está viviendo una segunda juventud gracias a su alianza con la ciencia. Ya no se trata solo de entretener, sino de inspirar. En un mundo donde la tecnología a veces nos abruma o nos parece una caja negra que no entendemos, estas obras abren la tapa y nos enseñan los engranajes.
Para que nos entendamos, el teatro científico es como ese amigo que sabe mucho de un tema y te lo explica en la barra de un bar de forma que lo entiendes a la primera. Sin ínfulas, sin palabras raras, pero con mucha pasión (uy, perdón, que esa palabra no me gusta… digamos que con mucho «nervio»). Es una invitación a no dejar de hacernos preguntas.
Así que, la próxima vez que veáis en la cartelera una obra que hable de física, de inventores olvidados o de pioneras de la informática, no penséis que vais a volver al colegio. Id preparados para ver cómo la realidad supera a la ficción y cómo, a veces, un clavo, una bobina o una tarjeta perforada pueden contar la historia más emocionante de vuestras vidas. Y si es en Cartagena, mejor que mejor, que aquí sabemos apreciar un buen ingenio, ya sea de vapor, de electricidad o de puro talento sobre las tablas.
Al final del día, tanto la ciencia como el teatro intentan responder a la misma pregunta: ¿qué hacemos aquí y cómo funciona este tinglado llamado universo? Unos usan telescopios y otros usan focos, pero el objetivo es el mismo: arrojar un poco de luz en la oscuridad. Y eso, la verdad, es algo que siempre merece la pena ver.
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