A veces nos imaginamos la ciencia como un entorno aséptico, lleno de batas blancas, probetas y gente con la mirada perdida en ecuaciones imposibles. Un mundo donde solo importan los datos, los resultados y las publicaciones en revistas de alto impacto. Pero la realidad, la que se vive en los pasillos de los centros de investigación en Madrid, Barcelona, Sevilla o Valencia, es muy distinta. La ciencia la hacen personas. Y las personas, por suerte o por desgracia, no dejamos nuestra identidad en el perchero junto al abrigo cuando entramos a trabajar.
La noticia ha saltado hace nada: la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, esa entidad que todos conocemos como FECYT, ha publicado su I Plan LGTBIQ+. Y ojo, que no es un documento cualquiera de esos que se quedan cogiendo polvo en un servidor olvidado. Es un compromiso serio con la igualdad de trato y la no discriminación. La verdad es que ya tocaba que una institución que es el pulmón de la divulgación y la gestión científica en España diera un paso tan firme hacia adelante.
Si mal no recuerdo, la FECYT siempre ha estado en el ajo de la modernización del sistema de I+D+i español. Desde gestionar el CVN (ese currículum normalizado que tantos quebraderos de cabeza da a los investigadores) hasta financiar proyectos de cultura científica. Pero este movimiento va más allá de la gestión burocrática. Se trata de entender que, si queremos una ciencia puntera en España, no podemos permitirnos el lujo de que el talento se escape por las grietas de la intolerancia o la incomodidad laboral.
¿Qué hay realmente dentro de este I Plan LGTBIQ+?
Para que nos entendamos, este plan no ha salido de la nada tras una tarde de lluvia. Es el resultado de un trabajo conjunto con la Comisión de Igualdad de la fundación. Lo que han hecho es sentarse, analizar cómo está el patio y diseñar una estrategia para que nadie, absolutamente nadie, se sienta fuera de lugar por su orientación sexual o su identidad de género. Vaya, que buscan crear «espacios seguros», un término que a veces suena a psicología moderna pero que en el fondo significa algo tan básico como poder trabajar sin miedo a que te miren raro o te cierren puertas.
El plan se apoya en un informe diagnóstico previo. Esto es muy de científicos: antes de aplicar el tratamiento, analizan el síntoma. Y lo que han visto es que, aunque hemos avanzado mucho en España, todavía quedan rincones oscuros donde la discriminación sutil (o no tan sutil) sigue operando. El objetivo es nítido: eliminar cualquier forma de discriminación y avanzar en políticas de Diversidad, Equidad e Inclusión (lo que en el mundo corporativo llaman DEI, pero aplicado a nuestra realidad investigadora).
- Promoción de la igualdad: No solo se trata de no insultar, sino de fomentar activamente que la diversidad sea vista como un valor añadido.
- Erradicación de la discriminación: Protocolos claros para cuando las cosas se ponen feas. Nada de «son bromas de oficina».
- Impulso del talento: Asegurarse de que los procesos de selección y promoción sean limpios de sesgos.
La ciencia española y el espejo de la realidad social
La verdad es que en España tenemos un ecosistema científico bastante peculiar. Por un lado, somos una potencia en áreas como la biotecnología o las energías renovables. Por otro, arrastramos una precariedad estructural que hace que muchos de nuestros mejores cerebros tengan que hacer las maletas. En este contexto, añadir una capa de dificultad por cuestiones de identidad es, sencillamente, un error estratégico monumental.
Fijaos en lo que pasa en muchas empresas tecnológicas de Madrid o el distrito 22@ de Barcelona. Allí ya han entendido que la diversidad no es una medalla que te cuelgas para quedar bien en LinkedIn, sino una herramienta de innovación. Un equipo donde todos piensan igual, han vivido lo mismo y tienen las mismas perspectivas, va a resolver los problemas de la misma forma de siempre. La ciencia necesita disrupción, y la disrupción viene de la diferencia.
Y es que, al final del día, la FECYT actúa como un faro para el resto de instituciones públicas. Si ellos, que dependen del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, marcan este camino, es muy probable que veamos un efecto dominó en universidades y centros del CSIC. Ojo con esto, porque estamos hablando de cambiar la cultura de trabajo de miles de personas en todo el país.
Un pequeño paréntesis técnico: el sesgo en los datos
Como redactor que ha pasado demasiadas horas trasteando con código y algoritmos, no puedo evitar pensar en cómo esto se traslada al mundo de la Inteligencia Artificial y el procesamiento de datos en la ciencia. A menudo pensamos que los algoritmos son objetivos, pero recordad: los algoritmos los entrenamos nosotros con nuestros datos sesgados.
Si una institución como la FECYT no tiene una política clara de inclusión, esos sesgos terminan filtrándose en cómo se evalúan los proyectos o cómo se asignan las becas. Imaginad un script sencillo para filtrar candidatos. Si no tenemos cuidado, podríamos estar perpetuando injusticias sin darnos cuenta. Aquí os dejo un ejemplo de cómo un código «tonto» puede ser un desastre si no se piensa con perspectiva humana:
# Un ejemplo irónico de cómo NO filtrar talento
def evaluar_candidato(datos):
# Si el algoritmo solo valora "estabilidad" basada en parámetros antiguos...
if datos['años_en_el_mismo_puesto'] < 5:
return "Descartado por falta de compromiso"
# ...podría estar ignorando que muchas personas LGTBIQ+ cambian de entorno
# buscando lugares donde no sufran acoso.
# O si penaliza huecos en el CV sin entender procesos de transición o salud mental.
if datos.get('hueco_temporal'):
return "Sospechoso"
return "Apto (según mi visión cuadriculada)"
Vaya, que la tecnología por sí sola no nos va a salvar de la estrechez de miras. Necesitamos marcos éticos y planes de actuación como el de la FECYT para que, cuando usemos herramientas digitales en la gestión científica, lo hagamos con una base de justicia social real.
¿Por qué ahora? El contexto legal en España
No podemos olvidar que este plan no cae en el vacío. En España tenemos la Ley 4/2023, conocida popularmente como la Ley Trans y de garantía de los derechos LGTBI. Esta ley obliga a las empresas de más de 50 trabajadores a tener un conjunto planificado de medidas para alcanzar la igualdad real y efectiva. La FECYT, como entidad pública puntera, no solo cumple la ley, sino que intenta liderar el camino.
La verdad es que el ambiente en el sector público español está cambiando. Ya no basta con poner un arcoíris en el logo durante el mes de junio. La gente pide hechos. Y un plan negociado de forma paritaria con los sindicatos y la Comisión de Igualdad es un «hecho» con todas las letras. Es un documento que tiene indicadores, plazos y responsables. No es humo.
La importancia de la comunicación científica inclusiva
Otro punto donde la FECYT tiene mucho que decir es en la divulgación. Ellos son los que están detrás de plataformas como SINC (el Servicio de Información y Noticias Científicas). Que la fundación adopte este plan significa que la comunicación que emana de ella también va a ser más sensible y representativa.
¿Cuántas veces hemos leído artículos científicos donde se asume la heteronormatividad como la base de todo? O estudios médicos que no tienen en cuenta las realidades de las personas trans. Al integrar la diversidad en el ADN de la institución que gestiona la ciencia, estamos asegurando que la ciencia que llega al público general sea más precisa y, sobre todo, más humana. Porque, seamos sinceros, una ciencia que ignora a una parte de la población no es buena ciencia, es ciencia incompleta.
El bienestar integral: más allá de la nómina
El plan de la FECYT menciona el «bienestar integral de toda su plantilla». Esto me parece clave. En el mundo de la investigación, el estrés es el pan de cada día. La presión por publicar, la precariedad de los contratos temporales y la competencia feroz crean un caldo de cultivo perfecto para problemas de salud mental. Si a eso le sumas tener que ocultar quién eres o aguantar comentarios fuera de lugar, tienes la receta perfecta para el desastre.
Crear un entorno equitativo no es solo una cuestión de justicia, es una cuestión de salud pública laboral. Un investigador que puede ser él mismo en el laboratorio es un investigador que rinde más, que colabora mejor y que, al final, aporta más al progreso del país. Es una inversión con un retorno social y económico clarísimo, aunque algunos todavía se empeñen en verlo como un gasto o una distracción.
¿Qué podemos aprender de esto en otros sectores?
La conclusión que saco de todo esto es que la ciencia española está madurando. Estamos dejando atrás esa idea de que el científico es un ser aislado en una torre de marfil para entender que el laboratorio es parte de la sociedad. Lo que ha hecho la FECYT debería servir de espejo para muchas PYMES tecnológicas y startups de nuestro país.
A menudo, en el mundo de la tecnología, nos llenamos la boca con la palabra «innovación». Pero la innovación de verdad no es solo sacar un modelo de lenguaje nuevo o un chip más rápido. La innovación real es cambiar las estructuras que nos impiden trabajar juntos de forma efectiva. Y este plan LGTBIQ+ es, en esencia, una innovación social aplicada al corazón de nuestra I+D+i.
Para los que nos leéis desde el mundo del código, la ingeniería o la academia: ojo con esto. No lo veáis como algo ajeno. Es parte de la modernización de nuestro mercado laboral. Es lo que hace que España sea un lugar atractivo para el talento internacional y para que los que estamos aquí no queramos irnos.
Un camino con curvas, pero necesario
Por supuesto, implementar esto no será un camino de rosas. Siempre habrá quien diga que «esto no tiene nada que ver con la ciencia» o que «son temas políticos». Pero, la verdad es que todo es política, especialmente cómo decidimos tratarnos los unos a los otros en el trabajo. La FECYT ha dado un paso valiente y necesario, y desde aquí, en este rincón curioso de la red, no podemos más que celebrarlo.
Al final del día, lo que todos queremos es que la ciencia española brille. Y para que brille, necesita todas las luces posibles, de todos los colores y de todas las intensidades. Sin excepciones. Este I Plan LGTBIQ+ es solo el principio, pero es un principio sólido que nos hace mirar al futuro con un poco más de optimismo. Ojalá dentro de unos años no sea noticia que una fundación pública saca un plan así, porque ya sea lo normal. Mientras tanto, bien por la FECYT por abrir la veda.
Y es que, como solemos decir por aquí, no hay quien viva en un entorno que no te deja ser tú mismo. Ni en una comunidad de vecinos, ni en un laboratorio de alta seguridad. La ciencia, o es de todos y para todos, o se queda pequeña.
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