A veces me paro a pensar, mientras paseo por el puerto de Cartagena y veo la réplica del submarino de Isaac Peral, en lo difícil que ha sido siempre para la ciencia sacar la cabeza en este país. Peral, un genio que estaba adelantado décadas a su tiempo, tuvo que luchar no solo contra las leyes de la física, sino contra la burocracia, las envidias y una sociedad que no terminaba de entender qué hacía un tipo encerrado en un «puro» de hierro bajo el agua. Hoy, en pleno siglo XXI, parece que hemos cambiado los muros de piedra por muros de algoritmos, pero el problema de fondo sigue siendo el mismo: la ciencia está perdiendo terreno, y no es por falta de datos, sino por un exceso de ruido.
La verdad es que, si echamos un vistazo a cómo nos informamos hoy en día, da un poco de vértigo. Ya no se trata de que alguien no sepa algo; el problema es que «sabe» cosas que no son ciertas, o peor aún, que solo acepta como verdades aquellas que encajan con lo que ya pensaba de antemano. En aquinohayquienviva.es nos gusta desgranar estas cosas con calma, así que vamos a ver por qué la ciencia se está quedando arrinconada en una esquina mientras el griterío ocupa el centro del escenario.
Uno de los puntos más peliagudos que estamos viviendo es lo que los expertos llaman «utilidad identitaria» de la información. Para que nos entendamos: ya no buscamos saber si algo es verdad, sino si ese «algo» nos hace sentir parte de nuestro grupo. Es como cuando vas al Cartagonova a ver al Efesé; no vas a analizar objetivamente si el árbitro ha pitado bien, vas a defender lo tuyo. El problema es que hemos trasladado esa mentalidad de bufanda y estadio a temas como las vacunas, el cambio climático o la inteligencia artificial.
Si mi grupo social, mis amigos de confianza o los políticos a los que sigo dicen que la IA es un invento para controlarnos, cualquier paper científico que explique los beneficios del machine learning me va a resbalar. La información se ha convertido en un accesorio de moda ideológica. Si la verdad me aleja de los «míos», prefiero quedarme con una mentira que me mantenga dentro del grupo. Y ojo con esto, porque es un mecanismo psicológico tan potente que ni la persona más formada está libre de caer en él.
2. La polarización como muro infranqueable
Desde que terminó la Guerra Fría, el mundo ha ido mutando hacia una polarización que asusta. Ya no hay matices, solo hay «nosotros» contra «ellos». Esta dinámica de pueblo-antipueblo genera una reacción emocional brutal. Sentimos un rechazo visceral hacia el que piensa distinto y una aceptación acrítica, casi mística, hacia los que dicen lo que queremos oír.
En este contexto, la ciencia, que por definición es duda, matiz y revisión constante, tiene las de perder. La ciencia no te da una verdad absoluta y eterna; te da la mejor explicación posible con las pruebas que tenemos hoy. Pero en un mundo polarizado, la gente quiere certezas tipo «sí o no». Si un científico dice «hay una probabilidad del 80% de que esto ocurra», el polarizado lo interpreta como debilidad o como que «ni ellos mismos se aclaran».
3. El fin del consenso sobre la verdad
La verdad se ha fragmentado. Ya no existe una realidad compartida sobre la que discutir. Ahora hay una «verdad» por cada ideología o clase social. Esto es un drama para la convivencia, pero para la ciencia es un tiro en el pie. La ciencia necesita un suelo común, unos hechos mínimos aceptados por todos para poder construir conocimiento.
Si ni siquiera nos ponemos de acuerdo en que la Tierra es redonda o en que el CO2 calienta la atmósfera, ¿cómo vamos a debatir sobre políticas públicas basadas en datos? La desinformación no solo difunde mentiras, sino que destruye la capacidad de construir significados compartidos. Al final del día, si cada uno tiene su propia «verdad», la ciencia pasa a ser simplemente una opinión más, al mismo nivel que lo que dice un influencer desde su cocina.
4. La desconfianza en las instituciones (y en las batas blancas)
Las crisis se nos acumulan: la financiera de 2008, la pandemia, la inflación, la crisis energética… Y cada crisis erosiona un poco más la confianza en las instituciones. Cuando la gente siente que el sistema le ha fallado, empieza a mirar con recelo a cualquiera que represente a ese sistema, incluidos los científicos.
Vaya, que si no llegas a fin de mes y ves que los «expertos» no supieron predecir la crisis o que las soluciones que proponen te complican la vida, es normal que acabes desconfiando. Esa desconfianza se traduce en que valoramos más la recomendación de un vecino o de un grupo de WhatsApp que la de un comité de expertos del CSIC. Es una reacción humana, pero nos deja vendidos ante los charlatanes que prometen soluciones sencillas a problemas complejos.
5. El algoritmo que nos encierra en burbujas
Aquí es donde entra mi parte más técnica. Los algoritmos de las redes sociales no están diseñados para informarte, sino para retenerte. Y lo que más retiene es lo que nos da la razón o lo que nos indigna. Si empiezas a ver vídeos sobre teorías de la conspiración, el algoritmo te va a dar ración doble, triple y cuádruple.
Para que nos entendamos, imagina un código muy simplificado de cómo funciona esto en una red social cualquiera:
# Pseudocódigo de un algoritmo de recomendación básico
def recomendar_contenido(usuario):
intereses = usuario.historial_clicks
contenido_disponible = base_de_datos.get_all()
# Priorizamos lo que genera reacción emocional fuerte
recomendaciones = sorted(contenido_disponible, key=lambda x: x.engagement_score, reverse=True)
# Filtramos para que solo vea lo que refuerza sus sesgos
feed_final = [c for c in recomendaciones if c.tag in intereses]
return feed_final
Este bucle crea una cámara de eco donde la ciencia, que suele ser aburrida y requiere esfuerzo mental, no tiene nada que hacer contra un titular clickbait que te dice que el brócoli cura el cáncer. La verdad es que el algoritmo no tiene ética, solo busca el scroll infinito.
6. La velocidad de la mentira frente a la lentitud de la ciencia
La ciencia es lenta por necesidad. Hay que diseñar experimentos, recoger datos, revisarlos por pares, publicar, replicar… Un proceso serio puede tardar años. En cambio, un bulo se fabrica en treinta segundos con una IA generativa y se propaga por todo el mundo en cinco minutos.
Cuando sale una noticia científica, los investigadores suelen ser cautos: «Los resultados sugieren que…», «Podría haber una correlación…». El desinformador, en cambio, es tajante: «¡ESTO ES LO QUE NO TE CUENTAN!». En la batalla por la atención, la cautela científica suena a duda, y la rotundidad del mentiroso suena a valentía. Y ya sabemos quién suele ganar esa pelea en Twitter.
7. La ciencia como algo «de élites»
Existe una percepción creciente de que la ciencia es algo que hacen personas privilegiadas en torres de marfil, lejos de los problemas reales de la gente de a pie. En España, además, tenemos el problema histórico de la precariedad en la investigación. Muchos de nuestros mejores cerebros están fuera o malviven con becas de miseria.
Si la sociedad percibe que la ciencia no soluciona sus problemas inmediatos (el precio del alquiler, la lista de espera en el médico, el empleo), se genera un desapego. La ciencia pierde terreno porque deja de ser vista como una herramienta de progreso social para ser percibida como un hobby caro de unos pocos. Y eso es peligrosísimo, porque la ciencia es, precisamente, lo que nos permite tener una sanidad pública de calidad o una industria competitiva.
8. La carga emocional de la desinformación
La desinformación no es solo un dato falso; es un relato con carga emocional. Juega con el miedo, la ira o la esperanza. La ciencia, en cambio, intenta ser objetiva y fría. Es difícil competir contra un mensaje que te dice que tus hijos están en peligro, aportando una gráfica de barras y un valor p de 0,05.
La verdad es que somos animales emocionales que razonan, no máquinas de lógica. Si un mensaje nos toca la fibra, desactivamos el pensamiento crítico. Los creadores de bulos lo saben perfectamente y diseñan sus contenidos para disparar la amígdala, esa parte del cerebro que gestiona el miedo. Una vez que el miedo entra por la puerta, la razón salta por la ventana.
9. La complejidad del mundo moderno
Vivimos en un mundo absurdamente complejo. Entender cómo funciona una vacuna de ARNm o por qué la computación cuántica va a cambiar la criptografía requiere una base de conocimientos que no todo el mundo tiene (ni tiene por qué tener). Ante esta complejidad, el cerebro busca atajos.
Es mucho más fácil aceptar una explicación simplista y falsa que esforzarse en entender una realidad compleja y verdadera. La ciencia nos obliga a admitir que no sabemos muchas cosas, y eso genera una ansiedad que la desinformación calma con respuestas fáciles. «Es culpa de los de siempre», «Es un plan secreto», «Lo hacen por dinero». Son explicaciones que encajan en un tuit y que nos ahorran el esfuerzo de pensar.
10. La erosión del lenguaje y el debate público
Por último, estamos perdiendo la capacidad de debatir. El lenguaje se ha vuelto agresivo y simplón. Ya no se discuten ideas, se ataca a las personas. Si un científico publica algo que no gusta, no se rebaten sus datos, se le acusa de estar a sueldo de tal empresa o de cual gobierno.
Esta degradación del debate público hace que muchos científicos prefieran no asomar la cabeza. ¿Para qué voy a salir en la tele o a escribir en redes si me van a llover insultos y amenazas? Al final, el espacio público lo acaban llenando los que más gritan, no los que más saben. Y así, poco a poco, la ciencia va perdiendo su lugar como guía de la sociedad.
¿Hay luz al final del túnel?
La verdad es que el panorama parece un poco negro, pero no todo está perdido. En Cartagena, por ejemplo, tenemos una Universidad Politécnica que hace cosas increíbles y que intenta acercar la tecnología a la calle. La clave está en la divulgación, pero en una divulgación que no sea paternalista. No se trata de «bajar» al nivel de la gente, sino de subir todos juntos el nivel del debate.
Necesitamos una ciencia que sepa comunicar, que admita sus dudas y que se baje al barro de los problemas cotidianos. Y nosotros, como ciudadanos, tenemos que hacer el esfuerzo de parar un segundo antes de compartir ese audio de WhatsApp que nos ha puesto los pelos de punta. Al final del día, la ciencia es lo único que nos ha sacado de las cavernas y lo único que nos puede salvar de las nuevas cuevas digitales que nos estamos construyendo.
Para que nos entendamos: la ciencia no es un lujo, es nuestro seguro de vida. Y si dejamos que pierda terreno frente a la desinformación, los que acabaremos perdiendo seremos todos nosotros, vivamos en Cartagena, en Madrid o en la Conchinchina. Así que, la próxima vez que leas algo que te indigne mucho o que te dé la razón de forma demasiado perfecta, sospecha. Probablemente sea el algoritmo intentando venderte una moto que no tiene motor.
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