seguridad / mayo 21, 2026 / 11 min de lectura / 👁 24 visitas

El despertar abrupto de la «mano dura» en La Moneda

El despertar abrupto de la «mano dura» en La Moneda

Parece que fue ayer cuando las redes sociales y los informativos de medio mundo abrían con la victoria de José Antonio Kast en Chile. La promesa era clara, casi quirúrgica: orden, seguridad y un fin tajante a la delincuencia que traía de cabeza al país andino. Pero la realidad, esa que no entiende de eslóganes de campaña ni de hilos de Twitter, le ha dado un bofetón de realidad al nuevo Gobierno en un tiempo récord. Solo han pasado 69 días —vaya, que ni siquiera ha llegado a los tres meses de rigor que se le suelen dar de cortesía a cualquier administración— y el tablero ya ha saltado por los aires.

La noticia nos llega desde Santiago con un aroma a crisis de las que dejan cicatriz. Kast se ha visto obligado a hacer algo que ningún presidente chileno había tenido que hacer desde que recuperaron la democracia allá por 1990: una remodelación de gabinete tan temprana y, sobre todo, tan traumática. No estamos hablando de un cambio de cromos en una cartera secundaria. Se ha llevado por delante a la pieza maestra de su engranaje: el Ministerio de Seguridad Pública. La verdad es que, si lo analizamos con frialdad, es como si un entrenador de fútbol cambiara a su delantero estrella en el minuto diez porque no ha olido la pelota.

La salida de Trinidad Steinert, una exfiscal con un currículum impecable en la lucha contra el crimen organizado, es el síntoma de una enfermedad más profunda. Se suponía que ella era la garantía técnica, la mujer que sabía cómo funcionan las cloacas del sistema judicial y cómo meterle mano a las bandas que operan en el norte y en la periferia de Santiago. Pero, al parecer, la teoría de los despachos y la práctica de las calles chilenas están hoy más alejadas que nunca. Y ojo con esto, porque el desgaste no es solo político; es una cuestión de confianza ciudadana que se está evaporando a una velocidad que asusta.

¿Por qué se ha roto el cristal tan pronto?

Si mal no recuerdo, la campaña de Kast se cimentó casi exclusivamente en la sensación de inseguridad. Y no es para menos. Chile, que siempre fue ese «oasis» de estabilidad en el Cono Sur, ha visto cómo los índices de criminalidad violenta se disparaban. La llegada de bandas internacionales, como el Tren de Aragua, ha cambiado las reglas del juego. El ciudadano de a pie, el que coge el metro en Puente Alto o el que camina por el centro de Santiago, ya no se siente seguro. Y claro, cuando prometes que vas a ser el sheriff que limpie la ciudad y a los dos meses las cifras siguen en rojo, la gente empieza a mirar el reloj.

Kast admitió en La Moneda, con ese tono circunspecto que gasta, que este cambio «no era lo que tenía pensado para esta etapa». Es una confesión de debilidad en toda regla, aunque intente disfrazarla de «sentido de urgencia». La salida de Steinert y de la portavoz Mara Sedini deja al descubierto que el diseño original del Gobierno tenía más grietas de las que admitían. La gestión de la seguridad no es solo poner más policías en la calle o endurecer las penas; es una maquinaria compleja que requiere una coordinación que, por lo visto, ha brillado por su ausencia.

Además, hay un factor que aquí en España conocemos bien: la brecha entre el discurso populista y la gestión administrativa. Es muy fácil decir «vamos a acabar con esto» desde un atril, pero cuando te sientas en el despacho y ves que los presupuestos están comprometidos, que la policía tiene sus propios vicios internos y que el crimen organizado tiene más tecnología que el propio Estado, la cosa cambia. Es un baño de humildad que le ha llegado a Kast antes de que pudiera siquiera deshacer las maletas en el palacio presidencial.

El espejo español: ¿Nos suena de algo esta historia?

A veces, cuando miramos lo que pasa al otro lado del charco, tendemos a pensar que son realidades ajenas. Pero la verdad es que el fenómeno Kast y su crisis de seguridad tienen ecos muy claros en la política española. Aquí también hemos visto cómo el discurso de la seguridad ciudadana se convierte en el eje central de ciertos partidos, especialmente cuando se vincula a la inmigración o a la ocupación. Salvando las distancias kilométricas y sociales, la presión que siente un ministro del Interior en Madrid no es tan distinta a la que ha tumbado a Steinert en Chile.

Pensemos, por ejemplo, en cómo empresas españolas de tecnología de defensa y seguridad, como Indra o diversas startups que trabajan con reconocimiento facial y análisis de datos, están mirando estos mercados. Chile ha sido tradicionalmente un socio preferente para la tecnología española. Si el Gobierno de Kast fracasa en implementar soluciones tecnológicas eficaces para frenar el crimen, no solo cae su aprobación, sino que se cierra una puerta a la innovación que muchos esperaban ver florecer bajo un mandato de «orden y progreso».

En España, la gestión de la seguridad también es un campo de batalla constante. La diferencia es que aquí, por ahora, las instituciones parecen tener una inercia más resistente a los cambios bruscos de gabinete. Pero ojo, que el descontento social es un combustible muy volátil. Si un gobierno basa toda su legitimidad en un solo pilar (en este caso, la seguridad) y ese pilar muestra grietas a los 60 días, el edificio entero empieza a cimbrar. Es una lección de manual para cualquier estratega político en nuestro país: no prometas lo que no puedes gestionar en el corto plazo, porque el votante del siglo XXI no tiene paciencia.

La tecnología como tabla de salvación (o como espejismo)

Uno de los puntos donde más se esperaba que Steinert y el equipo de Kast marcaran la diferencia era en la modernización de las fuerzas de seguridad. Se hablaba de drones, de inteligencia artificial predictiva y de un control biométrico estricto en las fronteras. Para que nos entendamos: querían convertir a Chile en el laboratorio de seguridad del siglo XXII. Sin embargo, la implementación de estas herramientas no es apretar un botón y ya está.

La Inteligencia Artificial, de la que tanto nos gusta hablar en este blog, tiene un papel crucial aquí. Existen sistemas de predictive policing que analizan patrones delictivos para desplegar patrullas antes de que el delito ocurra. En España, tenemos ejemplos interesantes de cómo la analítica de datos ayuda a la Policía Nacional y a la Guardia Civil, aunque siempre bajo un marco legal bastante garantista. En Chile, Kast quería ir un paso más allá, eliminando ciertas «trabas» burocráticas para agilizar el uso de estos datos.

El problema es que la tecnología sin una estrategia humana detrás es solo chatarra cara. Si los datos te dicen que el crimen se está desplazando a una zona, pero no tienes suficientes efectivos formados o si la cadena de mando está rota por desconfianzas políticas, de poco sirve el algoritmo más avanzado del mundo. Me da la sensación de que Steinert se encontró con un muro de realidad operativa que no pudo saltar. Y Kast, en lugar de darle más tiempo para picar piedra, ha preferido cambiar el pico por otro nuevo, esperando que el siguiente golpe sea el definitivo.

El factor humano y el desgaste de la «portavocía»

No podemos olvidar la salida de Mara Sedini. La portavoz de un gobierno es la cara que recibe los golpes cuando las cosas van mal. En estos 69 días, Sedini ha tenido que salir a explicar lo inexplicable: por qué, a pesar de las promesas, los asaltos violentos seguían abriendo los telediarios. La comunicación política en tiempos de crisis es un arte que requiere una piel muy gruesa, y parece que la de Sedini no ha aguantado el ácido de la opinión pública chilena.

La verdad es que ser portavoz de un gobierno de corte conservador radical es una tarea ingrata. Tienes que mantener un discurso de firmeza absoluta mientras, por detrás, ves cómo los engranajes del Estado chirrían. Es esa disonancia cognitiva la que acaba quemando a los perfiles más mediáticos. En España hemos visto casos similares, donde la cara visible del gobierno acaba siendo el sacrificio necesario para intentar salvar al líder. Kast ha aplicado la vieja máxima de «cortar cabezas para salvar el cuerpo», pero el problema es que el cuerpo (su programa de gobierno) ya está empezando a mostrar signos de fatiga crónica.

¿Qué viene ahora para Chile?

La gran pregunta que se hacen los analistas en Santiago —y que nosotros desde aquí seguimos con curiosidad— es si este cambio de piezas servirá para algo. Kast ha puesto el «sentido de urgencia» como bandera, pero la urgencia suele ser mala consejera en temas de seguridad del Estado. La seguridad requiere planes a medio y largo plazo, requiere inteligencia (de la humana y de la otra) y, sobre todo, requiere un consenso social que Chile parece haber perdido hace tiempo.

Si el nuevo equipo no logra resultados tangibles en los próximos tres meses, Kast se enfrentará a una crisis de legitimidad sin precedentes. No puedes ser el presidente del «orden» si tu propio gabinete es un caos de entradas y salidas. Además, la oposición, que estaba algo noqueada tras las elecciones, ha encontrado en este tropiezo el oxígeno necesario para empezar a presionar. Ya no se trata de ideología, se trata de eficacia pura y dura.

Para que nos hagamos una idea, es como si en Cartagena, mi tierra, el ayuntamiento prometiera arreglar todos los baches de la ciudad en un mes y a los dos meses no solo hubiera más baches, sino que el concejal de infraestructuras dimitiera porque no sabe dónde están las máquinas. La frustración del vecino es instantánea y difícil de revertir. Pues multipliquen eso por la escala de un país entero que vive con el miedo en el cuerpo.

Un apunte sobre el contexto histórico

Para entender la magnitud del drama, hay que recordar que Chile ha sido, durante décadas, el alumno aventajado de la región. Su transición a la democracia fue, con sus luces y sombras, un modelo de estabilidad. Ver ahora este baile de ministros a los dos meses de mandato es algo que rompe con la tradición institucional del país. Kast quería romper con el pasado, sí, pero probablemente no de esta manera.

La historia nos enseña que los gobiernos que llegan al poder con promesas mesiánicas de soluciones rápidas a problemas complejos suelen estrellarse contra la primera curva. La seguridad es un problema estructural que tiene que ver con la desigualdad, con la educación, con el control de fronteras y con la cooperación internacional. Pensar que se soluciona solo con «voluntad política» y un par de decretos es, siendo generosos, de una ingenuidad asombrosa. O, siendo más realistas, una estrategia electoral que ahora les está pasando factura.

Reflexión final desde la distancia

Al final del día, lo que está pasando en Chile es un aviso para navegantes en todo el mundo hispanohablante. La seguridad es el nuevo campo de batalla de la política moderna, y la tecnología es el arma que todos quieren blandir. Pero sin una gestión sólida, sin equipos que aguanten la presión y sin un plan que vaya más allá del titular de prensa, todo se queda en fuegos artificiales.

Desde «aquinohayquienviva.es» seguiremos atentos a cómo evoluciona este experimento de Kast. No solo por el interés político, sino por lo que nos dice sobre nuestra propia sociedad y sobre cómo gestionamos el miedo y la esperanza. Porque, vaya, que al final todos queremos lo mismo: poder caminar tranquilos por la calle, ya sea en la Alameda de Santiago o en la Calle Mayor de Cartagena. La diferencia está en quién es capaz de convertir ese deseo en una realidad cotidiana sin que se le desmorone el gobierno en el intento.

Ojo con los próximos meses, porque si Kast no endereza el rumbo, Chile podría entrar en una espiral de inestabilidad que nadie desea. Y es que, como decimos por aquí, una cosa es predicar y otra dar trigo. Y a Kast, de momento, el trigo se le está llenando de gorgojos antes de salir del granero.

Anexo técnico: La seguridad en la era del dato

Para los que nos leéis buscando ese toque más técnico, no quería cerrar este artículo sin comentar un detalle que me parece fundamental en la caída de Steinert. Se rumorea en los círculos tecnológicos de Santiago que uno de los grandes puntos de fricción fue la integración de las bases de datos de las distintas policías (Carabineros y PDI). En Chile, como en muchos otros sitios, la interoperabilidad es el gran unicornio negro.

Imaginad que tenéis una base de datos en SQL Server, otra en un sistema propietario de hace veinte años y otra que son básicamente hojas de Excel compartidas por email. Intentar que eso hable entre sí para generar alertas en tiempo real es una pesadilla logística. Steinert, con su visión de fiscal, quería resultados inmediatos, pero la infraestructura informática del Estado chileno parece que no estaba a la altura de sus ambiciones. Es un recordatorio de que, antes de hablar de IA y de algoritmos mágicos, hay que tener limpia la casa y bien estructurados los datos. Sin una base sólida, cualquier intento de modernización es como construir un castillo sobre arena de playa.

Y esto es algo que en España también tenemos pendiente. Aunque el sistema VioGén es un ejemplo de éxito en la coordinación de datos contra la violencia de género, todavía queda mucho camino por recorrer en otras áreas de la seguridad ciudadana. La lección chilena es clara: la tecnología es necesaria, pero la gestión de los tiempos y de las expectativas es vital. Si vendes el futuro y entregas el pasado, el mercado (y el votante) te penaliza sin piedad.

Vaya, que me he alargado más de la cuenta, pero es que el tema da para mucho. Me voy a por otro café, que estas noticias del Cono Sur me llegan siempre a horas intempestivas y uno ya no tiene edad para estos trotes informativos. ¡Seguimos informando!

¿Te ha gustado este artículo?

unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Resuelve la operación para enviar el comentario * Time limit is exhausted. Please reload the CAPTCHA.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.