ciencia / mayo 12, 2026 / 10 min de lectura / 👁 57 visitas

La ética del técnico frente al rodillo político

La ética del técnico frente al rodillo político

A veces, uno se levanta con la sensación de que la política y la ciencia son como el aceite y el agua: por mucho que intentes batirlos en el mismo recipiente, tarde o temprano terminan separándose. Lo que ha pasado con Rafael Araos en el Ministerio de Ciencia no es solo una dimisión más en un organigrama estatal; es el síntoma de una fricción que conocemos muy bien por estos lares, desde los despachos de Madrid hasta los laboratorios de la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT).

La noticia saltó casi a medianoche, de esas que te pillan terminando el segundo café del turno de guardia. Rafael Araos, hasta hace nada subsecretario de Ciencia, ha dejado su puesto. Y no parece haber sido una salida de esas de «me voy por motivos personales para pasar más tiempo con mi perro». La ministra Lincolao ha tenido que salir al paso confirmando que existían «diferencias de gestión y visión». Vaya, que no se ponían de acuerdo ni en el color de los clips, para que nos entendamos.

Pero lo que realmente levanta ampollas, y lo que nos hace arquear la ceja a quienes seguimos de cerca cómo se maneja el dinero público en investigación, es el rumor que corre por los pasillos: Araos se habría negado a firmar una serie de despidos. Y ahí es donde la cosa se pone seria. Porque una cosa es discutir sobre si el presupuesto se va a la inteligencia artificial o a la biotecnología, y otra muy distinta es que te pidan que cortes cabezas en un sector que ya de por sí vive en una precariedad constante.

La verdad es que la figura del subsecretario suele ser la de un «fontanero» de lujo. Es quien tiene que hacer que la maquinaria funcione, que los papeles fluyan y que las directrices políticas se conviertan en realidades administrativas. Cuando un perfil técnico como el de Araos —que no olvidemos, tiene un bagaje real en el mundo científico— choca frontalmente con la dirección del Ministerio, suele ser porque la realidad de los datos no encaja con el relato que se quiere vender desde arriba.

En España hemos visto esto mil veces. Me viene a la cabeza la de veces que nuestros investigadores del CSIC han tenido que hacer malabares porque desde el Ministerio de turno se decidía cambiar el rumbo de las subvenciones de la noche a la mañana. La gestión de la ciencia no es como gestionar una fábrica de tornillos; aquí los tiempos son largos, los resultados no siempre son inmediatos y el capital humano es lo más valioso que tenemos. Si empiezas a despedir a la gente que sabe cómo manejar un secuenciador de ADN o a los que están desarrollando algoritmos de aprendizaje profundo, no estás ahorrando dinero, estás tirando el futuro a la basura.

Ojo con esto, porque la negativa a firmar despidos dice mucho de la integridad de un profesional. En un mundo donde lo fácil es agachar la cabeza y mantener el sueldo oficial, que alguien diga «por aquí no paso» es, cuanto menos, digno de análisis. Me recuerda un poco a esas historias que contamos en Cartagena sobre Isaac Peral. Salvando las distancias temporales, claro. Peral tenía un invento que podía cambiar la historia naval de España, pero se topó con una burocracia y unos intereses políticos que preferían hundir el proyecto antes que darle la razón a un técnico que «no sabía jugar al juego de la corte». Al final, el submarino se quedó oxidándose mientras otros países nos adelantaban por la derecha.

¿Gestión eficiente o recortes encubiertos?

La ministra Lincolao habla de «visión». Es una palabra muy bonita, muy de presentación de PowerPoint. Pero en el día a día de la administración pública, la «visión» a veces es un eufemismo para decir que hay que cuadrar las cuentas como sea, aunque sea a costa de desmantelar equipos que han tardado años en formarse. La verdad es que gestionar la ciencia requiere una sensibilidad especial que no siempre se encuentra en la política de carrera.

Para que nos entendamos, imaginad que en una empresa tecnológica de aquí, de las que tenemos en el Parque Tecnológico de Fuente Álamo, el director financiero decide que para ahorrar costes hay que despedir a los tres ingenieros senior que llevan el proyecto de IA. Sí, la cuenta de resultados del mes que viene se verá más limpia, pero el proyecto se muere. Y con él, la competitividad de la empresa. Pues a nivel estatal, esto es lo mismo, pero con el dinero de todos.

  • El factor humano: Los investigadores no son piezas intercambiables. Cada baja es una pérdida de conocimiento acumulado.
  • La estabilidad institucional: Cambios tan bruscos en la cúpula de un ministerio generan desconfianza en los organismos internacionales que financian proyectos.
  • El precedente: Si un subsecretario se va por no firmar despidos, ¿quién vendrá después? ¿Alguien con menos escrúpulos?

La situación de Araos nos pone frente al espejo de cómo tratamos la inteligencia y el conocimiento en los países de habla hispana. Siempre estamos con la cantinela de la «fuga de cerebros», lamentándonos de que nuestros mejores científicos se vayan a Alemania o a Estados Unidos. Pero luego, cuando tenemos a gente válida en puestos de decisión, les ponemos palos en las ruedas si no se pliegan a las necesidades puramente políticas del momento.

La sombra de la Inteligencia Artificial en la administración

No puedo evitar pensar en cómo la IA está empezando a jugar un papel en todo esto. Últimamente, hay una tendencia muy peligrosa en la gestión pública: usar algoritmos para «optimizar» plantillas. Se meten datos de productividad, horas de laboratorio, publicaciones indexadas y costes salariales en una coctelera y el software te dice a quién deberías despedir para ser más «eficiente».

Si mal no recuerdo, hace poco se hablaba en algunos foros tecnológicos de Madrid sobre la implementación de herramientas de análisis predictivo para la gestión de recursos humanos en el sector público. El problema es que la IA no entiende de contexto. No sabe que ese investigador que este año no ha publicado tanto es el que está mentorizando a cinco doctorandos que van a ser punteros en tres años. Si la «diferencia de visión» entre Araos y Lincolao iba por ahí, por la deshumanización de la gestión científica a través de métricas frías, entiendo perfectamente que el hombre haya preferido irse a casa.

La verdad es que la tecnología debería servir para quitarnos burocracia de encima, no para justificar decisiones políticas impopulares. En Cartagena, por ejemplo, estamos viendo cómo la digitalización está ayudando a conservar el patrimonio arqueológico, como el Teatro Romano. Ahí la tecnología suma, no resta. Pero cuando se usa como excusa para el recorte, se pervierte su propósito original.

El impacto en el ecosistema científico local

Aunque la noticia venga de fuera, el eco llega hasta aquí. Porque la ciencia es global. Lo que pasa en un ministerio de ciencia en un país hermano suele ser un aviso para navegantes en el nuestro. Aquí en España, la relación entre el Ministerio de Ciencia e Innovación y los organismos de investigación siempre ha sido un baile delicado. Tenemos una Ley de la Ciencia que se supone que debe proteger la carrera investigadora, pero la realidad es que los contratos temporales y la falta de estabilidad siguen siendo el pan de cada día.

Me pregunto qué pensarán de esto los chavales que están ahora mismo en la UPCT, rompiéndose la cabeza con proyectos de robótica submarina o nuevas formas de energía limpia. Ver que un alto cargo tiene que dimitir por negarse a firmar despidos no es precisamente el mensaje de esperanza que necesitan. Al final del día, lo que buscan es saber que, si se quedan en España (o en su país de origen), habrá una estructura sólida que valore su trabajo más allá de los vaivenes electorales.

Vaya, que es lo de siempre. Nos llenamos la boca hablando de I+D+i, pero a la hora de la verdad, la ciencia sigue siendo el patito feo de los presupuestos. Y cuando alguien intenta defenderla desde dentro, se encuentra con que el sistema está diseñado para expulsar a los que no son «hombres de partido».

¿Qué nos dice esto sobre el futuro de la gestión pública?

La renuncia de Rafael Araos debería hacernos reflexionar sobre qué tipo de gestores queremos. ¿Queremos autómatas que firmen lo que se les ponga delante sin rechistar? ¿O queremos profesionales con criterio propio que sean capaces de decir «esto es un error»?

La gestión pública, especialmente en áreas tan críticas como la ciencia y la tecnología, no puede permitirse el lujo de perder a gente con principios. La verdad es que me produce una mezcla de tristeza y admiración. Tristeza porque perdemos a un técnico valioso en un puesto clave. Admiración porque, en los tiempos que corren, tener la integridad de renunciar a un cargo de alto nivel por una cuestión ética es casi un acto heroico.

Para que nos entendamos, esto es como si el capitán de un barco decide bajarse en el puerto anterior porque sabe que la ruta que le marca el armador va directa hacia los arrecifes. El armador dirá que el capitán no tenía «visión de negocio», pero el capitán sabe que su responsabilidad es salvar la nave y a la tripulación.

Lecciones desde la trimilenaria Cartagena

Desde mi rincón en Cartagena, viendo cómo el sol se pone sobre el puerto, no puedo evitar conectar estos puntos. Esta ciudad ha sobrevivido a cartagineses, romanos, bizantinos y a cuanta crisis política te puedas imaginar. Y si algo hemos aprendido es que las estructuras que perduran son las que se basan en el conocimiento real y en el respeto a quienes lo poseen.

Cuando se intentó modernizar la flota española en el siglo XVIII, los mejores ingenieros navales vinieron aquí, a Cartagena. Y funcionó porque se les dio autonomía y recursos. No se les pedía que «gestionaran despidos» cada vez que cambiaba el ministro en Madrid. Se les pedía que construyeran los mejores barcos del mundo. Y lo hicieron.

Quizás la conclusión que saco de todo esto es que necesitamos volver a ese modelo. Un modelo donde la ciencia y la técnica tengan un espacio protegido de las urgencias políticas de corto plazo. Donde un subsecretario no tenga que elegir entre su puesto y su conciencia.

  • Independencia técnica: Los cargos de gestión científica deberían tener un grado de autonomía similar al del Banco de España.
  • Carreras estables: No podemos pretender liderar la revolución tecnológica si nuestros investigadores no saben si tendrán contrato el año que viene.
  • Transparencia: Si hay «diferencias de visión», que se expliquen con datos, no con frases vacías de manual de comunicación política.

La verdad es que el caso de Rafael Araos va a dar mucho que hablar en las próximas semanas. Seguramente saldrán más detalles sobre esos despidos que se negó a firmar. Y espero que así sea, porque la luz y los taquígrafos son el mejor antídoto contra la mala gestión. Mientras tanto, nos queda el regusto amargo de saber que, una vez más, la política le ha ganado la partida a la razón técnica.

Y ahora, si me disculpáis, voy a por otro café. Porque para entender cómo funciona el mundo de la alta política y la ciencia, hace falta estar muy despierto. O tener mucha paciencia. O quizás, un poco de las dos cosas. Al final del día, lo único que nos queda es seguir contando estas historias, con la esperanza de que alguna vez, alguien en un despacho importante decida que la ciencia vale más que un titular de prensa o un ajuste de cuentas en un Excel.

Vaya, que no es poco pedir, ¿verdad? Pero bueno, aquí seguiremos, al pie del cañón, analizando cada movimiento desde nuestra querida Cartagena, donde sabemos que las piedras duran más que los gobiernos, y que la verdad, tarde o temprano, siempre termina saliendo a flote, como el submarino de Peral.

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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