Estaba el otro día terminando el tercer café de la mañana —ese que ya no te despierta, pero te mantiene el pulso en un nivel de vibración interesante— cuando me topé con un post que me hizo dejar la taza en la mesa. Seguro que lo habéis visto, porque estas cosas corren por las redes más rápido que un cartagenero cuando abren las puertas del Carrefour en rebajas. Resulta que Arelys Henao se ha puesto a jugar con una de esas herramientas de Inteligencia Artificial que te cambian la cara, el pelo y hasta el código postal con un par de clics. La pregunta que lanzaba era sencilla: «¿Qué nacionalidad creen que me queda mejor?».
Y claro, la gente se vuelve loca. Cientos de comentarios, miles de «likes» y esa sensación de que estamos viviendo en una película de ciencia ficción de bajo presupuesto, pero con filtros muy bonitos. La verdad es que esto de vernos con otros ojos, o mejor dicho, con los ojos de un algoritmo entrenado con millones de imágenes, tiene mucha más miga de la que parece a simple vista. No es solo un juego de «mira qué guapo salgo de vikingo»; es una demostración de fuerza bruta computacional que, hace apenas tres años, nos habría parecido brujería de la buena.
Para que nos entendamos, cuando usamos una de estas aplicaciones que nos transforman en una versión francesa, japonesa o marroquí de nosotros mismos, no hay un diseñador gráfico en una oficina de Silicon Valley retocando nuestra foto con Photoshop. Lo que hay es un modelo de difusión latente trabajando a destajo. Vaya, que la máquina ha aprendido a «entender» qué rasgos definen visualmente una identidad y cómo mezclarlos con tus facciones sin que parezca un collage de parvulario.
La tecnología detrás de esto suele ser una variante de lo que conocemos como Stable Diffusion o Midjourney. Estos modelos funcionan mediante un proceso de «ruido». Imagina que tienes una foto tuya y empiezas a echarle arena encima hasta que no se ve nada. Luego, le pides a la IA que quite la arena, pero con una instrucción específica: «haz que parezca que esta persona nació en el barrio de Santa Lucía en 1920». La IA, que ha visto trillones de fotos de la época y del lugar (o de lo que ella cree que es el lugar), va reconstruyendo la imagen guiada por esa idea.
Ojo con esto, porque aquí es donde entra el sesgo. La IA no sabe de historia, ni de sociología, ni de la riqueza cultural de Cartagena. Ella sabe de píxeles. Si le pides una «nacionalidad española», lo más probable es que te plante un fondo con una plaza de toros o te ponga un vestido de flamenca, porque es lo que más ha visto en su entrenamiento. Es un poco frustrante, la verdad, que con lo que hemos avanzado, la tecnología siga cayendo en los mismos clichés de siempre. Pero bueno, para eso estamos nosotros, para darle un poco de contexto y alma a tanto bit suelto.
Un poco de código para los que quieren mancharse las manos
Si eres de los que, como yo, prefiere entender cómo se monta el juguete antes de jugar con él, aquí te dejo un ejemplo muy básico de cómo se invocaría a uno de estos modelos usando Python y la librería de Hugging Face. No te asustes, que no muerde, aunque a veces da errores que te hacen querer tirar el teclado por la ventana.
# Importamos la artillería pesada
from diffusers import StableDiffusionPipeline
import torch
# Cargamos el modelo. Aquí usamos la versión 1.5 porque es la "vieja confiable"
model_id = "runwayml/stable-diffusion-v1-5"
pipe = StableDiffusionPipeline.from_pretrained(model_id, torch_dtype=torch.float16)
pipe = pipe.to("cuda") # Si no tienes una gráfica potente, esto va a tardar un siglo
# El "prompt" es donde ocurre la magia (o el desastre)
prompt = "A portrait of a woman with Mediterranean features, Cartagena Spain background, modernist architecture, cinematic lighting"
image = pipe(prompt).images[0]
# Guardamos nuestra creación
image.save("mi_version_cartagenera.png")
Lo gracioso de este código es que, dependiendo de cómo redactes el «prompt», el resultado puede ser una obra de arte o algo que parece sacado de una pesadilla de Dalí. Si mal no recuerdo, la primera vez que intenté generar una imagen de la Calle Mayor de Cartagena, la IA decidió que era buena idea poner palmeras de coco y gente vestida de safari. Se ve que confundió nuestra trimilenaria ciudad con algún lugar remoto. Y es que, al final del día, la IA es como un becario muy rápido pero que a veces no presta atención a los detalles.
La identidad digital y el «valle inquietante»
Hay algo que me inquieta un poco de todo este asunto de las nacionalidades generadas por IA. Se llama el «Uncanny Valley» o valle inquietante. Es ese punto en el que una imagen se parece tanto a un ser humano, pero tiene algo —una mirada demasiado simétrica, una piel demasiado perfecta— que nos da un repelús tremendo. En el caso de Arelys Henao, las imágenes son espectaculares, sí, pero nos alejan de la realidad de lo que somos.
En España, y concretamente aquí en el sureste, tenemos una mezcla genética que es una maravilla. Fenicios, romanos, cartagineses, árabes… todos han dejado su huella en nuestras caras. Que venga una IA a decirnos «así te verías si fueras de X sitio» es un ejercicio curioso, pero a veces simplista. Me pregunto qué pasaría si le pidiéramos a la IA que generara el «rostro medio de Cartagena». Probablemente saldría alguien con una resistencia innata al sol de agosto y una capacidad sobrenatural para pelar gambas con cuchillo y tenedor.
Además, está el tema de la privacidad. Cada vez que subimos nuestra cara a una de estas apps gratuitas para ver cómo seríamos si hubiéramos nacido en Noruega, estamos regalando nuestros datos biométricos. Y no es por ser alarmista, pero ya sabemos que en internet, si el producto es gratis, el producto eres tú (y tu cara, y la forma de tu nariz, y el color de tus ojos). Empresas españolas de ciberseguridad llevan tiempo advirtiendo que estas bases de datos de rostros son oro puro para entrenar sistemas de reconocimiento facial que luego se usan para cosas no tan divertidas como un filtro de Instagram.
Cartagena a través del algoritmo: ¿Nos reconoce la IA?
Me he tomado la libertad de hacer un experimento. He intentado que varias IAs generen imágenes de personajes históricos de nuestra Cartagena, como Isaac Peral o Carmen Conde, pero dándoles un toque moderno, como si fueran «influencers» actuales. El resultado ha sido… curioso, por no decir otra cosa. A Isaac Peral me lo pintaban con una barba de hípster de Malasaña y a Carmen Conde le ponían unos cascos de gamer que no venían a cuento.
Esto me lleva a pensar en cómo la IA está reescribiendo nuestra percepción visual de la historia. Si buscamos «Cartagena» en un generador de imágenes, lo primero que suele salir es el Teatro Romano. Es lógico, es nuestra joya de la corona. Pero la IA tiende a idealizarlo, a quitarle las manchas de humedad, a ponerle un cielo azul que parece sacado de una película de Disney. Estamos creando una versión «turística» y algorítmica de nuestra propia realidad.
La verdad es que me da un poco de nostalgia. Recuerdo cuando para ver cómo te quedaba un estilo diferente tenías que ir a la peluquería de la esquina y jugártela con un corte de pelo arriesgado. Ahora, con un deslizamiento de dedo, puedes ser un samurái o una noble renacentista. Hemos perdido el riesgo, pero hemos ganado una capacidad de fabulación increíble. ¿Es mejor? No lo sé. Es diferente.
El impacto en el mercado local y la creatividad
No todo es jugar a cambiar de nacionalidad. En España, muchas agencias de publicidad y estudios de diseño están usando estas herramientas para abaratar costes y acelerar procesos. Ya no hace falta alquilar un estudio y contratar a diez modelos para una campaña de ropa si puedes generar modelos sintéticos que den el pego. Esto, claro, tiene a los fotógrafos y modelos de aquí con la mosca detrás de la oreja, y con razón.
Pero también abre puertas. Imagina a un pequeño comercio de la calle San Fernando que quiere hacer una campaña visual potente pero no tiene presupuesto para una superproducción. Con un poco de maña y una suscripción a Midjourney, puede crear visuales que antes solo estaban al alcance de las grandes marcas. La IA democratiza la estética, aunque a veces esa estética sea un poco clónica.
Vaya, que estamos en un momento de transición. Como cuando llegó la fotografía y los pintores de retratos pensaron que se les acababa el chollo. Algunos se adaptaron y otros desaparecieron. Con la IA va a pasar lo mismo. El valor ya no estará en «saber hacer la imagen», sino en tener la idea, el gusto y la capacidad crítica para decidir qué imagen merece la pena ser mostrada.
¿Por qué nos obsesiona vernos diferentes?
Al final del día, lo que hizo Arelys Henao y lo que hacemos todos nosotros cuando probamos estos filtros es buscar una versión alternativa de nosotros mismos. Es una forma de escapismo digital. Vivimos vidas a veces un poco grises, entre facturas de la luz que suben y el tráfico de la Alameda de San Antón a hora punta, y de repente, una pantalla nos dice que podríamos ser una princesa guerrera en un desierto lejano.
Hay un componente psicológico potente aquí. La IA actúa como un espejo mágico que no solo refleja lo que somos, sino lo que podríamos haber sido en otras circunstancias. Y eso engancha. Engancha porque nos gusta gustarnos, y estas IAs están programadas para hacernos parecer más atractivos según los cánones estándar (ojos más grandes, piel más lisa, mandíbula más marcada). Es una gratificación instantánea para el ego.
Pero ojo, que esto tiene su peligro. Si nos acostumbramos a vernos siempre a través del filtro de la perfección algorítmica, la realidad nos va a parecer un poco decepcionante. Y no hay nada más real y más bonito que una cara con sus arrugas de haber reído mucho en las fiestas de Carthagineses y Romanos, o esas ojeras de habernos quedado hasta las tantas leyendo o trabajando.
Consejos para jugar con la IA sin perder la cabeza (ni los datos)
Si te pica el gusanillo y quieres probar qué tal te queda la nacionalidad islandesa o si serías un buen caballero de la Orden de Santiago, aquí te dejo unos consejos de «barra de bar» para que lo hagas con cabeza:
- No uses cualquier app: Si ves una aplicación que te pide acceso a todos tus contactos, tu ubicación y tu historial de navegación solo para ponerte una corona de flores, huye. Usa herramientas conocidas como Canva (que tiene IA integrada), Adobe Firefly o Bing Image Creator.
- Lee la letra pequeña: Ya sé que es un tostón, pero mira qué dicen sobre la propiedad de las imágenes. Algunas apps se quedan con los derechos de tu cara para siempre. Y no querrás verte en un anuncio de champú en Vietnam sin cobrar un euro.
- Sé crítico con el resultado: Si la IA te pone rasgos que no tienes o te cambia el color de piel de forma exagerada, recuerda que es un sesgo del algoritmo. No te lo tomes como algo personal.
- Experimenta con lo local: Prueba a pedirle cosas específicas de nuestra tierra. «Un astronauta comiendo un michirón frente al Ayuntamiento de Cartagena». Te vas a reír, te lo aseguro.
La conclusión que saco de todo esto…
La verdad es que el post de Arelys es solo la punta del iceberg. Estamos ante una revolución silenciosa que está cambiando cómo nos vemos y cómo nos mostramos al mundo. La IA es una herramienta maravillosa, una especie de pincel atómico que puede crear mundos enteros, pero no debemos olvidar que el alma la ponemos nosotros.
Para que nos entendamos, la tecnología es como un buen caldero: necesitas los mejores ingredientes (datos), una buena lumbre (potencia de cálculo) y, sobre todo, el toque del cocinero para que no se pase el arroz. La IA nos da los ingredientes y el fuego, pero el sabor, la intención y la historia detrás de cada imagen son cosa nuestra.
Así que, la próxima vez que veas uno de estos retos de «nacionalidades», juégalo si te apetece, diviértete viendo tu versión de otros países, pero cuando apagues la pantalla, mírate al espejo y recuerda que ninguna IA podrá replicar nunca esa chispa única que tienes. Y si esa chispa viene acompañada de un buen café y una tarde de paseo por el puerto de Cartagena, mucho mejor. Al final, la mejor versión de nosotros mismos no es la que crea un servidor en Oregón, sino la que construimos nosotros cada día, con nuestros fallos, nuestras virtudes y nuestra bendita humanidad.
Vaya, que me he puesto un poco profundo para ser un artículo sobre un filtro de Instagram, ¿no? Será el café. O será que, en el fondo, me fascina cómo algo tan tecnológico puede hacernos pensar tanto en quiénes somos realmente. Sea como sea, seguid curioseando, seguid probando, pero no dejéis que un algoritmo os diga lo que valéis. ¡Nos vemos por las redes, o mejor aún, por las calles de nuestra Cartagena!
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