ciencia / marzo 10, 2026 / 9 min de lectura / 👁 104 visitas

Esa manía de ponerle nombres largos a las cosas que importan

Esa manía de ponerle nombres largos a las cosas que importan

A veces uno va navegando por la red, o caminando por la calle, y se topa con carteles que parecen diseñados para que los ignoremos. «Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación». Vaya, que si no fuera porque uno tiene el vicio de leerlo todo, pasaría de largo pensando que es otro edificio lleno de funcionarios sellando papeles. Pero la realidad, cuando rascamos un poco la superficie de instituciones como el ICTI (ya sea el de Michoacán, que es el que hoy nos ocupa, o sus primos hermanos en España como el CDTI o las agencias regionales de innovación), es bastante más movida.

La verdad es que estos centros son, en teoría, el motor que debería evitar que nos quedemos atrás en la carrera tecnológica. En el caso del Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de Michoacán, nos encontramos con una estructura que intenta poner orden al caos del desarrollo regional. Y digo intenta porque, como bien sabemos los que nos movemos por el ecosistema tecnológico español, la burocracia y la innovación suelen llevarse como el perro y el gato. Sin embargo, hay detalles en su portal y en su funcionamiento que nos dan pistas sobre hacia dónde va la gestión del conocimiento hoy en día.

Si echamos un ojo a su estructura, vemos términos como C+Tec o el PIIM. Suenan a nombres de droides de Star Wars, pero detrás hay algo que aquí en España conocemos muy bien: la lucha por retener el talento y la necesidad de que la ciencia no se quede encerrada en un laboratorio de la universidad, sino que baje al barro, a las empresas y a la vida de la gente.

¿Para qué sirve realmente un instituto de este tipo?

Para que nos entendamos, un instituto de este calibre tiene una misión que es casi un equilibrismo. Por un lado, tiene que ser el «cajero automático» de la ciencia (gestionar becas, convocatorias y fondos). Por otro, tiene que ser un faro. En el portal del ICTI vemos una sección de «Menú ciudadano» y «Trámites». Esto, que parece lo más aburrido del mundo, es en realidad el puente. Si un chaval de una zona rural tiene una idea para optimizar el riego mediante sensores —algo que en mi querida Cartagena y en todo el Levante español nos suena de sobra—, este es el sitio donde debería encontrar el apoyo.

Ojo con esto: la innovación no es solo inventar el próximo ChatGPT. A veces, la innovación es simplemente aplicar lo que ya existe a un problema local que nadie se ha molestado en mirar. El ICTI se organiza a través de atribuciones muy claras que van desde la divulgación hasta la creación de políticas públicas. Es decir, deciden qué tecnologías van a recibir mimos y cuáles se van a quedar en el cajón.

Además, me llama la atención el enfoque en los «Estados Financieros» y la transparencia. En España, con la Ley de Transparencia, nos hemos vuelto muy exigentes con esto. Ver que una institución tecnológica publica hasta el último céntimo de sus convocatorias externas es una buena señal. No hay nada que mate más la innovación que la sensación de que los fondos se reparten «entre amigos».

C+Tec y la divulgación: No todo son fórmulas matemáticas

Uno de los pilares que mencionan es la revista C+Tec. Y aquí me pongo un poco sentimental. La divulgación científica es la hermana pobre de la investigación, pero es la más importante. Si la sociedad no entiende qué demonios están haciendo los científicos con sus impuestos, el apoyo a la ciencia se desploma.

En España tenemos ejemplos maravillosos de esto, pero siempre es refrescante ver cómo en otras latitudes se esfuerzan por crear contenidos que no parezcan un manual de instrucciones de una lavadora. La divulgación tiene que tener alma. Tiene que explicarte por qué la Inteligencia Artificial no te va a quitar el trabajo mañana, pero sí va a cambiar cómo haces la lista de la compra o cómo se gestiona el tráfico en una ciudad como Murcia o Madrid.

La verdad es que, si mal no recuerdo, la mayoría de estos institutos nacieron con la idea de copiar el modelo de éxito de Silicon Valley, pero aterrizado a la realidad local. En el caso de Michoacán, se centran mucho en la apropiación social del conocimiento. Eso es un término muy académico para decir: «vamos a hacer que la abuela sepa para qué sirve el satélite que acabamos de lanzar».

El PIIM y la fuga de cerebros: Un drama compartido

El Programa de Incorporación de Investigadores (PIIM) es otra de las joyas de la corona. Aquí es donde la cosa se pone seria. Tanto en México como en España, tenemos un problema de narices con la fuga de cerebros. Formamos a gente brillante, les pagamos la carrera con dinero público y luego, como no hay donde caerse muerto profesionalmente, se van a Alemania o a Estados Unidos a hacer ricos a otros.

El PIIM intenta frenar esto. Es un esfuerzo por insertar a doctores e investigadores en el tejido productivo. No es fácil. A veces pones a un doctor en astrofísica a trabajar en una empresa de logística y el choque cultural es tremendo. Pero es ahí, en ese roce, donde saltan las chispas de la verdadera innovación.

Para que nos hagamos una idea, en España tenemos programas similares como las ayudas «Torres Quevedo». La lógica es la misma: el Estado paga una parte del sueldo del investigador para que la empresa se atreva a innovar sin arriesgar todo su capital. Al final del día, se trata de crear un ecosistema donde ser listo no sea sinónimo de tener que hacer las maletas.

La Inteligencia Artificial en la administración pública: ¿Utopía o realidad?

Aunque el portal del ICTI no lo diga explícitamente en su página de inicio, este tipo de organismos están ahora mismo en una encrucijada con la IA. Imaginaos automatizar el «Directorio» o los «Trámites» que mencionan. No hablo de poner un chatbot tonto que no entiende nada, sino de usar modelos de lenguaje para clasificar expedientes o para ayudar a los ciudadanos a rellenar convocatorias complejas.

Si yo fuera el director de tecnología de un instituto así, estaría perdiendo el sueño pensando en cómo implementar RAG (Retrieval-Augmented Generation) sobre toda la base de datos de leyes y normativas del instituto. Para los que no estéis puestos en el tema, el RAG es básicamente darle a una IA un libro de instrucciones específico para que no alucine y te responda con datos reales de tu organización.

Por ejemplo, un pequeño script en Python para analizar las tendencias de las convocatorias externas podría ser algo así (perdonad el ramalazo friki, pero es que si no, no sería yo):


import pandas as pd

# Imaginemos que descargamos los datos de las convocatorias del ICTI
data = pd.read_csv('convocatorias_icti.csv')

# Queremos ver qué áreas están recibiendo más atención este año
resumen_areas = data.groupby('area_tematica')['presupuesto_asignado'].sum().sort_values(ascending=False)

print("Inversión por sector:")
print(resumen_areas)

Este tipo de análisis simple es lo que diferencia a una institución que «está» de una que «entiende». Y es lo que deberíamos exigir a todos nuestros organismos públicos, ya sea en Morelia o en Cartagena.

El espejo español: ¿Cómo estamos por aquí?

Al leer sobre el ICTI, no puedo evitar pensar en el INFO (Instituto de Fomento) de la Región de Murcia o en el CDTI a nivel nacional. La estructura es sospechosamente parecida. Tenemos un organigrama, tenemos unas convocatorias y tenemos un montón de gente con buenas intenciones peleándose con una plataforma web que a veces parece que la ha diseñado el enemigo.

La diferencia suele estar en el presupuesto y en la conexión con la industria local. En España, hemos mejorado mucho en la colaboración público-privada, pero seguimos teniendo miedo al fracaso. En los institutos de innovación de otros lugares, a veces se entiende mejor que si financias diez proyectos y nueve fallan, pero uno cambia las reglas del juego, has tenido éxito. Aquí, si un proyecto financiado con dinero público no sale bien, parece que se va a acabar el mundo.

Vaya, que nos falta un poco de esa mentalidad de «capital riesgo» aplicada a la ciencia regional. El ICTI de Michoacán, con su enfoque en los estados financieros y la lectura de resultados, parece que intenta llevar un control férreo, lo cual es lógico, pero espero que dejen espacio para la locura creativa.

La importancia de la cultura local en la ciencia

Un detalle que a menudo olvidamos es que la ciencia no ocurre en el vacío. El ICTI está en Michoacán, una tierra con una riqueza cultural y agrícola brutal. No tendría sentido que se pusieran a investigar sobre minería submarina si su fuerte es el campo o la gestión forestal.

Esto me recuerda a mi tierra. En Cartagena, la innovación tiene que oler a mar y a industria pesada. Tiene que ver con Navantia, con el puerto y con la agricultura del Campo de Cartagena. Un instituto de tecnología que no mira a su alrededor es solo una oficina con aire acondicionado. Por eso, cuando veo que el ICTI tiene convocatorias específicas y un directorio de investigadores locales, me da esperanza. Significa que saben quiénes son y qué necesitan.

¿Qué podemos aprender de todo esto?

Al final del día, la conclusión que saco de todo esto es que la tecnología es una herramienta, no un fin. El Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación es solo un nombre en una web, pero lo que representa es la voluntad de una sociedad por no ser simples espectadores del futuro.

Para los que nos leéis desde el ámbito técnico, la lección es clara: hay que involucrarse. No basta con quejarse de que la administración funciona mal. Hay que participar en las convocatorias, hay que escribir en esas revistas de divulgación y hay que presionar para que los datos sean abiertos y procesables.

Y para el público general, quedaos con esto: la próxima vez que veáis un acrónimo impronunciable de una institución pública, dadle una oportunidad. Entrad en su web, mirad qué están financiando. Igual descubrís que hay alguien cerca de vuestra casa intentando curar una enfermedad, mejorar la batería de vuestro móvil o simplemente haciendo que el agua del grifo llegue de forma más eficiente.

La ciencia y la tecnología no son cosas que pasan en Silicon Valley mientras nosotros miramos Instagram. Pasan en institutos como este, con nombres largos y despachos llenos de gente que, a pesar de los pesares, sigue creyendo que el conocimiento es la única salida que tenemos como especie. Y eso, qué queréis que os diga, me parece un plan bastante sólido.

Un pequeño apunte sobre el futuro

Si tuviera que apostar, diría que en los próximos cinco años vamos a ver una transformación radical de estos institutos. La presión por la digitalización total y la integración de la IA va a hacer que el «Menú ciudadano» que vemos hoy en la web del ICTI nos parezca prehistórico.

Imaginaos un sistema donde no tengas que buscar convocatorias, sino que el propio instituto, conociendo tu perfil de investigador o de empresa, te envíe una notificación al móvil diciendo: «Oye, ha salido esta ayuda que encaja perfectamente con lo que estás haciendo, ¿quieres que te ayude a redactar la memoria?». Eso sí sería innovación de la buena.

Por ahora, nos toca seguir navegando por PDFs y organigramas, pero con la vista puesta en el horizonte. Porque, como decimos por aquí, el que no corre, vuela, y en tecnología, si te quedas parado, te conviertes en arqueología antes de que te des cuenta.

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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